sábado, 9 de febrero de 2013

EL PAÍS IDIOTA




Hace unos días que no escribo nada de las crónicas de Pink Pig y hoy tampoco siento que tenga que retomarlas. Pero no está mal ejercitarse un poco para que no entumezcan las falanges. Aclaro: al vuelo y sin correcciones.


No es negatividad ni veneno ni toxinas (lo aclaro porque hay mucho tonto utilizando términos de libros de autoayuda baratos pero carísimos), simplemente sentí a lo largo de este par de días durante los cuales tuve que andar mucho en la calle, que no aguanto más vivir acá. Literalmente. Se me hace imposible. De permanecer, probablemente me enferme o me pase algo. Lo siento muy claramente.

Ayer había ido a buscar el resultado de la repetición de un estudio de coagulación que me había dado mal (y de paso a entregar en el mismo Sanatorio de la Trinidad de Palermo un disco de Limp Bizkit que me había comprado el pibe de la recepción del mismísimo piso 3 donde me atiende el cirujano, “Results May Vary”, título muy conectado como todo parece estarlo últimamente) y, como los resultados variaron y salió bien y me operan el jueves (séptima cirugía o algo así, la primera a la que voy feliz), no me importó mucho el maltrato sufrido durante el viaje, ni la mugre, ni los olores fétidos, ni nada de eso que la aplastante ignorancia colectiva ha naturalizado. Llegué a la estación La Paternal puntual como para tomar un tren hacia Palermo (dos paradas) sin tener que esperar en ese andén rodeado de “depósitos de cartón” donde confluyen todos los “trabajadores del reciclado” de la ciudad (Dani los llama “saqueadores de basura”), ni de una nueva y populosa villa miseria que tiene no menos de 500 metros de largo a un costado de las vías y que llega hasta la punta norte del andén, entre otros horrores (todo con la marca del abandono, la desidia, la destrucción total, la corrupción y la putrefacción generalizadas).

En ese Divino contexto, se pasó la hora del tren. Y se acumulaba gente horrible en el andén. Pasó un tren en dirección contraria y, ni bien partió el mismo de la estación La Paternal, la barrera volvió a bajar: “albricias, viene mi tren”, me dije. No: era otro en la misma opuesta dirección al que yo esperaba. Llegó a la estación mientras el anterior (que recién partía) todavía podía verse en su andar cansino, bordeando la villa miseria. Indudablemente no sólo que no hay horarios: no hay control de nada. Pasan dos trenes juntos, literalmente juntos, como si fuesen dos autos que van uno detrás de otro por una calle cualquiera.

Mi tren no venía. Pregunté en la ventanilla donde se venden los pasajes (¿se llamaba boletería?): la gorda desagradable que estaba del otro lado del vidriecito me dio la hora del próximo tren: el siguiente al que yo había ido a esperar en vano. Pasó el tiempo y tampoco vino ese. Vuelvo a preguntar. No sabe/no contesta. No viene al caso cómo termina la historia (yo tomándome un taxi –también espantoso-), sólo quería que quedara el antecedente de la locura de tomarse un tren en este lugar de mierda. Línea San Martín.

Huí entonces de allí justo luego de que el altoparlante de la estación (uno que debieron haber traído los ingleses) anunciara que “el próximo tren a Retiro” estaba demorado. Sin más. Es decir: a todo volumen y distorsión me incrementaron los acúfenos (y rompieron un par de tímpanos a alguno de los primates presentes –querido lector, si aún no se percató, soy un facho) para anunciar la nada misma. El colmo del maltrato.

Pero parecía que todo había pasado: a la noche estaba en la casa de mi vieja sabiendo que me operan la semana próxima: ¡genial!

Hoy tenía que ir a firmar la venta de una de las jaulitas de durlock que tenía “en mi poder” gracias a la pésima idea de poner mi dinero en circulación en este país de hijos de puta a través del “fideicomiso al costo” (¡JA!). Ayer, en el ayer del trenecito y la coagulación, la compradora me había emputecido un poco más. Durante los veinte días que pasaron entre la reserva y la concreción del asunto, me pidió diez millones de cosas absurdas. A todas dije que sí, a todas accedí. Bajé el precio todo lo que me pidió: al fin y al cabo quiero vender y no funciono como el argentino promedio, invariablemente tan pelotudo e hijo de puta.

El asunto es que la mina me transferiría el dinero de la operación a una cuenta. Y para ver cómo salvaba esas 48 o 72 horas que transcurren entre la transferencia (al momento de firmar la venta) y la confirmación del ingreso de ese dinero a mi cuenta bancaria, les consulté a los queridos Bruce Springsteen y Brian Jones, reconocidos abogados enamorados (como dice el amigo Jackson Browne). Enamorados de la guitarrita, no vaya a creer que son putos... Ellos me dijeron que ningún papel que pudiese firmar con esta mujer sería ejecutable en el caso de que surgiera algún inconveniente y que la solución práctica y posible era que la cesión de mis derechos fiduciarios por el departamento quedase en la Escribanía por un par de días, hasta que se confirmara el ingreso del pago en mi cuenta. En la propia Escribanía uno de los titulares del Estudio de Arquitectura que llevó adelante este proyecto me confirmó que era correcto y que solían hacerlo. Mirá si Jones se va a equivocar, cabeza de chorlito…

El asunto es que (ayer) le transmito la solución a la compradora y, vaya sorpresa, me la objeta: “pero yo cómo me voy a enterar si a vos te ingresa el dinero o no, yo no tengo acceso a tu cuenta”. No se me ocurriría decirle a alguien estupidez semejante. Como uno conserva algún rasgo de cortesía contesté “voy hasta tu casa e ingresamos online a mi cuenta y te muestro”. Además: ¿para qué necesita ver ella que el dinero ha ingresado? ¿No debería chequear en caso de que yo le dijera que no ingresó? El asunto es que me planteaba que eso no, que iba a consultar con su abogado lo del “contradocumento” que podíamos firmar. Le dije que no lo hiciera, que no lo había consultado con Bruce y Brian porque eran mis amigos, nada más, sino porque se trata de gente idónea. “El papel no sirve”. “Pero entonces qué hacemos, porque mañana es la firma y…” Ya me veía venir el enésimo pero y/o problema por parte de esta insaciable vieja de mierda (en tanto a romper las pelotas del prójimo) por lo que le dije, interrumpiéndola: “Isabel, no diga más nada: que la Escribanía no retenga nada y no hay papel por firmar; tomo todo el riesgo yo”. Esta misma vieja de mierda, que luego me entero se llama Isabelle y no Isabel (porque es francesa, pero más argentina que el hijo de recontra mil putas de Perón), me había pedido de todo, inclusive que le dejara en la Escribanía 2.000 dólares, como depósito en garantía de un eventual nuevo y último ajuste en el pago de la jaulita de durlock. No solo que accedí a hacerlo sino que, en lugar de dejarlo en lo de Prato Murphy, le dije que me gire 90 en lugar de 92 y listo. Y que no me firme ningún papel. De palabra, así nomás. Una vez que se aseguró este capricho de dos lucas, me planteó: “¿y si el ajuste es mayor y no alcanza con 2.000 dólares?” En fin… esta misma mina pensaba en 120 dólares que pudieran faltar para el ajuste (que tal vez ni exista) y, a su vez, me hacía la vida imposible para que yo tuviese un mínimo resguardo en la transferencia de 92.000 billetes de los de verdad. Digamos: argentina hasta la muerte. Me cago en que naciste en Francia y que a tu hija le pusiste Michelle (y no por el tema de McCartney) y todo lo que me dijiste durante las odiosas conversaciones que debí sostener con vos: “que una vez con tu cuenta en Francia, y otra en la de Barbados,” etc. Sos una argentina de mierda y, si yo fuese un par tuyo, la operación no se realiza. Se traba, se frustra. Como este país todo.

En este contexto me dispuse a ir hacia San Isidro. Hoy. En colectivo y tren. Línea Mitre, ramal Tigre. Avisé a los bobitos que me compran redondelitos por Mercado Libre que iba a estar en mi casa para atenderlos solamente de 10 a 12 para luego “reabrir” a las 16. Todos avisados. Doce menos cuarte llega un sms de uno que decía, textualmente: “ya estoy llendo -sic- tal vez llegue un toque tarde”. Respuesta breve: “A las 12 me voy y no espero”. Me llama doce menos un minuto: “me bajé mal del subte, estoy yendo -bueno, él lo dijo con elle-“. “Pero ¿dónde estás?” “Yendo” “Ya sé que estás viniendo, pero necesito saber dónde estás ahora (“que el viento borró tus manos”) porque si no llegás en dos minutos no te puedo esperar, yo te dije de 10 a 12 y de 10 a 12 es de 10 a 12” (a este nivel de absurdo llegan casi todas las conversaciones que te dispongas a tener con un argentino). Ruidos en la línea: está preguntando a transeúntes dónde mierda está… Vuelve a hablar: “estoy en Triunvirato…” Lo interrumpo: “No, no llegás y no te espero”. Fin de la conversación.

Ya salía yo torcido a tomarme apurado un 44 hacia Barrancas de Belgrano. Un 44 más que, cada vez que abre o cierra una de sus puertas, te deja literalmente sordo: el ruido del sistema de aire comprimido equivale al que hace un globo aerostático al pincharse violentamente y, sumado a esto, produce un silbido, el típico de los colectivos. Ensordecedor y dañino no para mí y mi tinnitus tinguitella papá: además para los primates que se creen sanos y viajan con vos también. Pero lo ignoran, no se dan cuenta. “Porque no tienen conciencia”, diría una vez más Dani.

Luego de apretarme los oídos 74 veces en un viaje de 15 minutos, llego a Barrancas. Estación Belgrano C. Justamente el otro día le contaba a mi querido amigo Bruce la experiencia de haberme tomado un tren allí para llegar adonde estábamos conversando en ese momento en que yo le comentaba lo que aquí y ahora escribo: resulta impresionante la mugre, los olores pestilentes, la destrucción de toda cosa, la proliferación de gente dudosa, de vendedores “manteros de la nada”… Cuando iba al colegio, al San Román, a la salida muchas veces íbamos con los amigos a una churrería que quedaba a mitad de la estación, a un costado del andén. Esa misma churrería hoy, le contaba a Bruce, es un “bar” de esos de borrachines peruanos y paraguayos. I am a facho, loco: dejá de leer. Y ojo: también son frecuentados estos barsuchos por negros de mierda y grasas peronistas argentinos hijos de una gran puta. El asunto es que de toda la galería de locales comerciales que había entonces, cuando el San Román, no quedó nada: ni la mercería o la casa de ropa de hombres o la librería o la churrería. Sólo locales abandonados y cuatro bares de borrachines, de esos que sirven cerveza en un forro de telgopor para que no-se-le-en-fríe, yaguareté. Donde siempre suena un televisor que, en volumen expansivo, transmite el alimento de la idiotez de este país inexistente y sin remedio.

Llegué entonces este mediodía, 12:30, a esa estación de trenecitos. Mugrienta es decir poco: es un lugar lindero con lo radioactivo e infeccioso. Literalmente. Allí pasaban los minutos y no venía ningún tren hacia el lado de San Isidro. Y el andén se llenaba de seres fantasmagóricos y horribles, rostros indecibles, mutilaciones genéticas que han ido demasiado lejos. Yo y mi fobia nos poníamos cada vez más nerviosos (más nerviosas quedaría mejor), caminando para evitar contacto con cada nuevo especímen que aparecía. Y el trenecito no venía. Se hizo la una. Crucé el andén de punta a punta para preguntarle a alguno de los dos policías que había visto al llegar si sabían dónde me podían informar a qué hora venía el tren. Es que no hay boletería en la estación Belgrano C. De ninguno de los dos andenes. NO HAY.

Llego y me enfrento a los “policías”. En mi absurdo me dirijo a ellos con sumo respeto y educación. Bastante buena dicción y, en relación a ellos, con una articulación idiomática digna de Manucho Mujica Láinez. “Disculpe Señor: ¿Sabe usted dónde me pueden informar a qué hora pasa el próximo tren hacia Tigre, porque no hay boleterías y no sé a quién preguntarle.” El negro de mierda este de uniforme, sí: otro negro de mierda, un gordo infame de unos cuarenta años que debe rendir diez minutos por litro (de vino tinto en damajuana), este sub-humano se ríe sobradoramente antes de responderme: “no hay horarios”. “¿Cómo que no hay horarios, -le digo incrédulo-, hoy no hay?” “Desde hace cinco meses”, me responde riéndose más fuerte en complicidad con el otro. Estuve a punto de decirles un montón de barbaridades, pero opté por retirarme con mi rictus de Chapman sin Chirolita hacia la otra punta del andén, nuevamente. Esquivando seres desagradables, bobos de ambos sexos, que se amontonan entre la mugre, se apelmazan esperando a por un tren roñoso, oxidado, con cada una de sus puertas picadas y desenmarcadas, con una mugre ancestral, un movimiento lindero al descarrilamiento inminente, un ruido infernal dentro de los mismos vagones que están hechos de chapa, cual lata de duraznos en almíbar.

En el percudido interior del tren del espanto había pegados carteles anunciando trabajos de mejoras durante la noche. Eran papeles impresos muy precariamente, fatto in casa. Pegados con engrudo sobre vidrios o chapas. Como uno que le pide a la gente que tenga cuidado dónde viaja para evitar accidentes, porque si se produce un accidente la resultante es: 1) demoras en el servicio 2) demoras en el servicio y 3) demoras en el servicio. Se los juro: la persuasión para que la gente sea prudente es esa. No es hacerla tomar conciencia del valor de la vida y de la salud. El asunto es “la demora.” Como si esto fuese Suiza. Es de NO CREER. Pero nadie repara en eso. ¡Si ni siquiera reparan en que la idea de limpiar e higienizar un transporte que usan cientos de miles de personas por semana ha sido abolida desde hace pilas de años!

En eso, entre la estación Martínez y La Lucila, el tren comienza a avanzar a paso de hombre. Durante diez minutos. En un momento, a un costado de las vías, veo tres reflectores apagados sostenidos por un trípode, dos baños químicos desperdigados, algunas herramientas y materiales varios en cantidades mínimas. A los veinte metros un tipo muy gordo, con ropa de seguridad, sentado en una silla destartalada que se “apoyaba” sobre el piso de piedras grises, esas que hay a los costados de las vías o entre ellas. Se los juro. Solo, bajo el sol y a dos metros del ensordecedor paso del tren. Era el “sereno” que cuidaba de día los materiales relacionados a lo que se estaba “trabajando” de noche, para mejorar el servicio. No saben lo que era esa imagen conjugada a todo el resto. Demoledor.

Así viajé, con la sub-especie nacional y popular, ese gentilicio que merece lo peor, que es justamente lo que tiene: se tiene a sí misma sin tomar conciencia de la tragedia que encierra la situación. Tuve que escapar de vagón en vagón evitando al que vende cds con archivos de mp3 y lleva un ghetto blaster consigo, a todo volumen. Sufrí el viaje y llegué a San Isidro, lugar que hace años visitaba cada tanto para ir a un par de librerías que quedaban para el lado del río. Hoy por hoy es peor que Munro, que Constitución. Los negros y la miseria lo han invadido todo. La fealdad ganó por goleada y nos hizo precio.

Entro a la Escribanía. Me reciben Isabel (Isabelle, perdón) y uno de los arquitectos del fideicomiso. Me reciben con una sonrisa y me preguntan cómo ando. ¿Saben qué hice? Les contesté la verdad. A riesgo de que se suspenda toda la operación. Porque en tres minutos hablé pestes de este país de mierda y les dije que el que no se iba estaba loco y ni hablar del que se compraba una casa en este contexto demencial. Se los juro. No me respondían nada, se sonreían…

En la Escribanía había no menos de siete personas “trabajando”. Haciendo aspavientos en el vacío, bah. ¿O se piensan que en este lugar se puede “dar fe” de algo real o serio? Por favor… A mí con jaulitas de durlock en medio de esta jungla apocalíptica de hijos de puta…

Pasamos a la sala, a leer y firmar. El texto tenía errores. En mi CUIT, para arrancar. El error de base es que mi CUIT no existe. Yo lo doy cuando me lo piden, pero está dado de baja desde hace años, muchos. Pero yo lo doy. Si da lo mismo… Había otros errores o faltantes, que marcaba la falsa francesa. Todos para “cubrirse” de algo. De una estafa. De mi parte, supongo. Me dio un papelito que yo le había dado, con los datos de mi cuenta. Abajo había puesto su firma, como que me iba a transferir algo. Le pedí que firmemos rápido, que no pretendía obtener ningún instrumento farsesco que me “asegurara” que el dinero iba a ingresar a mi cuenta. Que confirmara la operación por teléfono como dijo que lo haría luego de firmar la cesión de mis derechos fiduciarios. Ya habíamos firmado. Mientras tomó su blackberry blanco le dije al del Fideicomiso que no íbamos a dejar en custodia por 48 horas la documentación porque hasta eso me había objetado la compradora. En voz baja y de costado, aprovechando que Isabelle hablaba vaya a saber qué y con quién, le dije: “no la aguanto más”. Isabelle dejó de hablar y dijo que había hecho la transferencia. “¿Ya? ¡Qué rápido!”, le dije.

Mientras la compradora seguía encontrando cosas que reclamarle al de la Fiduciaria yo me retiré. Isabelle me agradeció haber hecho de la operación algo tan plácido. Para mí había sido un infierno. Me fui sin saber si hizo la transferencia ni si va a entrarme el dinero en caso de que la haya hecho. Me fui a tomar el tren en otro viaje horroroso. Igual que el del 44: todo el colectivo estaba mugriento, dudé un minuto en qué asiento debía sentarme para bajar las probabilidades de una infección justo ahora que voy a cuchillo. Me tapé los oídos 74 veces en un viaje de 15 minutos. Me bajé en el horrible barrio que es este hoy por hoy, terminal internacional de los saqueadores de basura, aguantadero de ilegales, vagos varios y villeros del ojete.

Yo tengo una jaulita menos. La guita después vemos.