martes, 10 de abril de 2012

WE DIDN'T START THE FIRE


(Puede ser un café cualquiera para los años que corren, sus formas responden al loteo en boga por lo que suelen ser alargados hacia el fondo. Cuando toca una típica las mesas del centro del salón se colocan junto a las paredes, lo mismo que las sillas. Al tango todavía se lo baila, casi exclusivamente. Se escucha en segunda instancia. Las baldosas colocadas de modo que dibujen rombos, blancos y negros en una alternancia de psicosis. Al final del salón, en la punta más lejana a la puerta de entrada, está el palco donde los músicos, elevados por sobre los bailarines pero sometidos a sus exigencias, realizan su faena. Ejecuciones a la parrilla, sin partituras, con mucha libertad e intuición. Las ropas de los asistentes en tonos oscuros, casi exclusivamente negras. Bien temprano llega un taciturno y escuálido hombre, un tanto inquieto. Elige una mesa ya arrimada contra una de las paredes; al rato se cambia a una más cercana al palco, justo debajo de un pequeño aplique lumínico cuya lamparita dejaba caer un haz de luz cónico. Lleva este hombrecito consigo algo como una carpeta, o unos papeles. Es extraño: ningún hombre va a bailar al bar con objeto alguno que moleste a los propósitos de la salida, el sombrero y eventualmente el bastón son dejados a recaudo en el guardarropas, igual que los abrigos si el invierno arrecia. El recinto se ha colmado y la orquesta arranca con sus tangos. Nuestro amigo no se mueve de la mesa elegida mientras casi todo el mundo ya está bailando. Algunas mesas y sillas son ocupadas por los que descansan un turno o por quienes esperan a alguien. Ha apoyado sus objetos sobre la mesa mientras se lo nota como alerta ante el arranque de cada nuevo tango. De repente, al comenzar uno muy celebrado por los milongueros, saca una pluma del bolsillo interior de su saco y toma un papel de la especie de carpeta que trajo consigo. Apoya el papel sobre el rincón de la mesa donde el haz de luz llega con más fuerza y comienza a escribir…)



Siempre tuve mucha estima y respeto por las personas que desde hace décadas registran “ilegalmente” presentaciones de músicos valiéndose de algún grabador portátil. Estos adminículos han ido evolucionando con el correr del tiempo. En una primera instancia eran armatostes que rara vez registraban la música con una fidelidad demasiado alta. Estos aparatos fueron haciéndose cada vez más pequeños y eficientes. Los formatos de registro también fueron evolucionando hasta hacerse absolutamente digitales. Los micrófonos, que a veces no estaban incorporados a los aparatos y podían elegirse con mayor pretensión, fueron refinándose a extremos alguna vez impensados.

Nunca me pregunté cuándo es que esta actividad tan valiosa por su inapreciada e inapreciable y además oculta labor testimonial y de archivo había comenzado. Supuse que con la difusión de los grabadores portables. Pero no… Lejos de ello.

Si bien no se trata del primer tango compuesto ni ejecutado, se suele tomar como punto de partida de los tangos registrados a El Entrerriano, de Anselmo Rosendo Mendizábal. Este muchacho amenizaba las noches de la casa non-sancta de “La Vasca” reducto también conocido como “La Casa de Laura”, en Paraguay y Pueyrredón. El 25 de Octubre de 1897 estrenó Rosendo allí un tango ejecutado al piano. Fue recibido por los parroquianos con mucho fervor a punto tal que, a través de la sugerencia de José Guidobono -un conocido milonguero de la época-, el tango fue dedicado a un tal Ricardo Segovia, hacendado presente esa noche en la casita de amor mientras visitaba Buenos Aires por unos días. Segovia venía de Entre Ríos y estaba esa noche “tirando manteca al techo” allá en lo de Laura. A cambio de una propina de 100 pesos nacionales Rosendo bautizó a su tango El Entrerriano.

Desde entonces, o desde algunos años después y durante las cinco primeras décadas del Siglo XX (más fuertemente durante las dos primeras) se podría decir que los tangos se editaban como partituras antes de ser registrados sonoramente y vendidos como música en los viejos 78 rpm. Era el modo de venderlos: un público muy grande sabía música, al menos rudimentariamente, como para tocar esas piezas que se bailaban en las distintas ocasiones sociales en el ámbito privado. También era una vía de difusión entre los músicos de las distintas localidades: el número de orquestas existentes dando vueltas por la ciudad y por la provincia de Buenos Aires (sin contar las residentes del interior del país) era literalmente incalculable. Así, las canciones se editaban como partituras. Y los autores cobraban por la venta de esas partituras.

Un Tango para la “pegada”

“Me senté a una mesa del Café de La Paloma. Desde el palco, Tuegols me hizo un saludito con un acorde del violín, al que agregó una guiñada de entendimiento. Alguna travesura tramaba y pronto lo comprobé. La orquesta arrancó con “El Esquinazo”, de Villoldo, que tiene en su desarrollo esos golpes regulados que los bailarines de antes marcaban a taconazo limpio. El conjunto de La Paloma hacía lo mismo en el piso del palquito, con tal fuerza, que las viejas tablas dejaban caer una nube de tierra sobre la máquina de café express, la caja registradora y el patrón. Éste echaba denuestos; los de arriba seguían muy seriamente su tango; y los parroquianos del cafetín se regocijaban. Era el Tuegols de siempre…”

“Después me hizo escuchar su tango flamante. ¡Qué tangazo! El café estaba abarrotado de público que le pedía el bis insistentemente:

‘¡Zorro gris! ¡Zorro gris!’

“El tango tenía ya ese nombre. En la mesa, cambiando con él optimistas impresiones, me dijo luego que le había puesto ese título al tango porque en el hipódromo Grey Fox le había quitado el invicto a Botafogo…”

“Pensando ya en la letra con ese título forzado, se me ocurrió que podría referirla a la boa de piel tan complementaria entonces del atavío femenino. Le pareció excelente idea. Me contó que al café llegaba gente de todos lados de la ciudad para oír y bailar su tango y continuamente acudían colegas a pedirles copias manuscritas.”

“–No quería que saliera la edición de Breyer sin que vos le hicieras letra -agregó-, pero ya me ganaron de mano los falsificadores…”

Los Piratas del Ritmo

“En aquél tiempo, el pujante interés que despertaba la melodía porteña, y la deficiente ley de propiedad intelectual, hacían proliferar los falsificadores de la música impresa, con el consiguiente detrimento de la percepción de derechos de autor por ese concepto. Con “Zorro Gris” esa piratería llegó a grado sumo.”

“Hábiles y disimulados transcriptores, desde una mesa del Café de La Paloma, en tanto la orquesta del propio compositor lo ejecutaba, se adelantaron aprovechadamente con su edición clandestina a la que la casa Breyer puso en venta legalmente con el título “El Zorro Gris”, del cual posteriormente se eliminó el artículo. Por razones obvias, el desquite de Breyer estuvo en dar la primicia de los modestos versos que convertían al tango en canción:

Cuántas noches fatídicas de vicio
Tus ilusiones dulces de mujer…

“Gracias a la afortunada melodía de Tuegols tuve la suerte de entrar al mundo del tango por la puerta grande y contar con otro espaldarazo trascendental: el de Carlos Gardel…”

Este encomillado reproduce parte del primer capítulo del libro de Francisco García Jiménez “Memorias y Fantasmas de Buenos Aires”. En su continuación relata una simpática historia de la grabación que hiciera de Zorro Gris el mítico Carlos Gardel (le sugirió a García Jiménez cambiarle la letra porque "el tango es muy criollito pero la letra muy fina" pero José Razzano lo instó a que la grabara tal cual estaba ya que consideraba “que las letras finas, de esta clase, serán las que vendrán” -cosa que el tiempo le dio la razón-)

Pero el tema que nos compete es este pre-histórico modo que tenían tanto la falsificación como la piratería. Quedé impresionado de sólo pensar que había gente con conocimiento de la notación musical que se ocupaba de ir a los cafés para escribir la música que se estaba ejecutando para, de este modo, transcribir y editar sin ninguna autorización del autor las partituras de los tangos que se iban haciendo famosos a lo largo y ancho de la ciudad y que aún permanecían inéditos (tanto en partitura, que era el primer paso, como por supuesto en tanto a registro sonoro). Es fantástico. Se me ocurre que habría “pirateadores” con mayor y menor grado de conocimiento de la escritura musical y también con más y menos “oreja”. Es una analogía de la mayor y menor calidad de los grabadores y los micrófonos con que se grababan muchas décadas más tarde los conciertos de los músicos populares.

La ubicación del “pirateador” la noche de la ejecución de la música se mantenía importante en las circunstancias tan distintas entre sí: en una y otra época había que cuidarse de no ser pescado in-fraganti. La diferencia podría ser que en el caso de los transcriptores de partituras era importante no sólo estar ubicado en un lugar que se escuchara bien sino que además necesitaban estar fuera de la pista de baile y en alguna mesa o silla que estuviera no demasiado lejos de algún rayo de luz…

Imagino que esa gente que en las primeras décadas del Siglo XX se dedicaba a ese “metié” habrá anotado “ilegalmente” algún que otro tango que, por diferentes y fortuitos motivos, jamás fuera luego editado ni grabado, a pesar de la eventual y/o creciente popularidad de la que gozara. Esos tipos, más allá de sus intenciones, me resultan personajes heroicos, de una heroicidad y épica incomprendidas.

¿Tenés piratas de Arolas?