jueves, 5 de abril de 2012

SUR


"...Desde la barranca de Boedo hacia el sur, se presentan Pompeya y Puente Alsina, con sus portones y sus chimeneas y sus inundaciones; y hacia el norte, el último pedazo de Almagro, escenario de José Betinotti el pequeño muchacho zapatero que inventó, vaya a saberse cómo, la primera canción de Buenos Aires. Y al otro lado, Cochabamba arriba, las calles anchas y los árboles verdes y hasta retazos de alfalfares y quintas misteriosas. Y por San Juan, ganando río, el San Cristóbal bravo lleno de mostradores y de escudos de comité y de canchas de taba y de pedanas a cuchillo.

“Y a los cuatro rumbos, casas sin salas y corredores profundos y huecos sembrados de vidrios y de latas y de hombres traídos por los mares y mujeres con pañuelos atados a la cabeza y muchachos argentines que estaban fundando, sin saberlo, al hijo Nuevo de la patria vieja. Y tal vez, este mismo cielo, esta misma mañana y las estrellas de siempre y el mismo calor de barrio y un amor parecido entre sus gentes sencillas.

“Boedo era algo así como un paso pesado que diera Puente Alsina para llegar al centro, como también el tránsito obligado de las gentes del centro cuando querían acercar el alma hasta el Riachuelo…”
Así me hablaba un día de 1947 Homero Manzi, talentoso amigo y camarada. En esos momentos hilvanaba su mente las estrofas de un tango que se llamaría Sur, y en esas palabras le subía la genesis desde el corazón.

No era un hijo de Buenos Aires el que con tal fervor me hablaba de un barrio porteño. Homero Manzi (que hizo este apócope de su verdadero apellido Manzione) había nacido en 1907 en Añatuya, provincial de Santiago del Estero. Pero a la vida del espíritu en vuelo, de la emoción íntima, del numen poético, nació varios años después en Buenos Aires, muchacho sensitive avecindado al barrio de Nueva Pompeya y educado en las aulas del siempre bien recordado colegio de los Luppi. Seguidor adolescente de don José González Castillo, prohombre de la barriada. Manzi afirmó la vocación literaria en su cenáculo y un día, ya professor normal, abandon por ella la cátedra, como abandonaría después la carrera de Derecho cuando lo expulsaron de la Facultad por pertenecer a los rebeldes “estudiantes de alpargatas” que en 1930 desfilaban por la calle Florida para establecer distingos con otro tipo de calzado que gobernaba “de facto” el país.

A fines de 1947, Homero Manzi y Aníbal Troilo (dos “gordos” de físico, con lirismo etéreo) daban los retoques finales a su tango Sur. Letrista y músico se comprendían en la recíproca palpitación del cariño y el arte. Su anterior composición -Barrio de Tango- lo demostraba.

Ya entonces Manzi sospechaba que estaba herido de muerte. Sus camaradas más cercanos también lo sospechábamos. En una tarde triste del mes de Julio de ese año, cuando sepultábamos en la Chacarita al Negro “Cele”, el de Mano a Mano, que nos tocó despedir a Manzi y a mí con sendas oraciones en nombre de amigos y colegas de la canción popular, él me confió allí mismo, en un aparte, que había dicho su discurso sobreponiéndose angustiosamente a un repentino y terrible dolor interno, que venía a unirse a otros anteriores síntomas desagradables.

Ilusorio retorno… y adiós verdadero.


Era el anuncio del mal que no perdona. Nuestras sospechas tuvieron desgraciado aserto. Simulábamos ante él un franco optimismo en su recuperación, pero, ¿cómo podia engañarse él, con su carne dolorida sumisa al tremendo arsenal medico que lo rodeaba? En ese estado de ánimo escribió Sur. Añorando la lozana mocedad en su barriada de adopción. Partiendo de:

San Juan y Boedo antiguo(*), y todo el cielo
Pompeya, y más allá la inundación


Caminando en un sueño de retorno, hacia el arrabal que amó:

Sur
Paredón, y después…
Sur
Una luz de almacén…


Despidiéndose del tiempo florido del idilio:

Ya nunca alumbraré con las estrellas
Nuestra marcha sin qerellas
Por las noches de Pompeya…


Más aún. Despidiéndose de la vida, definitivamente…

Las calles y las lunas suburbanas
Y mi amor y tu ventana
Todo ha muerto, ya lo sé


En los días del Carnaval de 1948 visité a Manzi en el sanatorio donde acababa de ser operado. Le hablé del estreno afortunado de su tango. Él, hundido en el lecho, me sonreía agradecido entre las hebras de su barba, y sus ojos me decían que le gustaba más volver a la vida empujado por el halago de esas coplas de Sur que por el filoso expediente del cirujano. Salió mucho después de aquel sanatorio, cargando la sentencia ineluctable. Vivió tres años más, dos de ellos cayendo y levantándose, hasta el último resto de su dinamismo heroico; postrado el ultimo. No había cumplido cuarenta y cuatro de edad cuando la muerte le quebró la ambición de hacer montones de cosas que estaban bullentes en su pensamiento.
Para revancha de su manes, diré que no fue una muerte sin remedio, porque él se ha salvado del olvido.

(Del libro “Así Nacieron los Tangos”, de Francisco García Jiménez, autor de las letras de un centenar de tangos, entre ellos “Rosicler”)


(*) Acerca de este verso, mi viejo siempre contaba lo que decía el Polaco Goyeneche al respecto: "Se canta 'San Juan y Boedo antiguA... No antiguo, ANTIGUA: ¡es una esquina!" Aún cuando contradecía su propia versión de estudio con Pichuco grabada para el memorable "Te Acordás Polaco..." ¡Un loco!