domingo, 8 de abril de 2012

"ÉEEHHHHH... GATOOOOO"


Es bravón bravón el tango… De alguna manera, por más que el movimiento musical murió (y nunca podrá resucitar en lo que alguna vez fue) se nos han pegado vicios o tics como sociedad. El apasionamiento que provocaba en la población era superior al que provoca el fútbol, además de las diferencias cualitativas: el entusiasmo por el fútbol suele tener como único sustento la imbecilidad, con el tango pasaba otra cosa.

Ahora entiendo en retrospectiva algunas discusiones de mi viejo con mi tía abuela Delia. Mi viejo la llamaba La Sorda. Luego a todos nos divertía referirnos a ella de esa manera. “¿Ahora venís a hablar bien de Gardel? ¡Si a vos nunca te gustó, si siempre dijiste que era un maricón inaguantable y no sé cuántas cosas más!” decía La Sorda en defensa propia ante algún insistente ataque verbo-musical de Cacho, mi viejo, quien se enfurecía ante la réplica de su tía, seguramente por reconocer íntimamente un pecado de juventud: los años le habían enseñado el valor del Zorzal y La Sorda, justamente La Sorda, lo dejaba en orsai ante toda la familia.

El tango era motivo de charla, discusión, encuentro y todo lo que se te ocurra. Me da risa lo que a nosotros “los rockeritos” nos han dicho (o hecho leer) hasta el cansancio de la cultura del ranking, del Top of the Pops, en la música popular inglesa… Como si eso acá no hubiese pasado antes, con mayor intensidad y con herramientas más interesantes (es decir con menos herramientas)… En este contexto, con el correr de los tiempos, las historias tangueras se han inflamado y reproducido a punto tal que la mitología lo invadió casi todo y la vocación de romanticismo sumada a la nostalgia natural de un género musical generado por inmigrantes desarraigados, han hecho que se cuenten historias sobre un mismo asunto que se contradicen entre sí. Y eso no está mal, bajo mis ojos.

"En la calle Corrientes yo trabajé en dos lugares y muy distintos: en el Germinal y en el Tibidabo. En el viejo café Germinal debuté con Juan Maglio Pacho. Fue una rentré que hizo él después de muchos años sin trabajar. Imagine en la calle Corrientes, angosta, los carteles anunciando a Pacho. Él no tocaba, la orquesta se la formé yo con elementos como Héctor Lagnafietta; el cantor era Antonio Maida y otros muchachos como Guisado... Se volcó todo Mataderos, la provincia, había gente hasta en la vereda de enfrente, no podían pasar los tranvías..." Troilo dixit.

El Café Germinal estaba sobre Corrientes entre Suipacha y Carlos Pellegrini. A lo largo de veinte años pasó por su palco lo más excelso de la música ciudadana: Pacho Maglio, Anselmo Aieta, Elvino Vardaro, Osvldo Pugliese, Pichuco y muchos otros. Este café funcionó hasta finales de los cuarenta.

Corría el año 1940 y Aníbal Troilo convocaba a diario a una pequeña multitud en el Germinal. Había un pibe de 19 años que no se perdía ni una sola de las actuaciones, siempre sentado a una mesa de primera fila. De tanto estar ahí se había hecho “amigo” del violinista Hugo Baralis.

Resulta que un día de esos faltó el segundo bandoneón de Pichuco ¡y el pibe se ofrece para tocar en su lugar esa noche! “Este chico no tiene cara de tocar el bandoneón” dijo Goñi desde el piano, temeroso de que la función se convirtiera en un bochorno. La orquesta estaba aceitadísima ya por entonces y no era cuestión de dilapidar prestigio así como así. Pichuco, desde su silencio, sólo dijo: “Que suba”.

El pibe subió. Tocó todo el repertorio de esa noche, no se amilanó con ninguna. Cuando llegó la hora de ejecutar “Abandono” del gran bandoneonista Pedro Maffia, hasta tiró un lujo: hizo las variaciones con la mano izquierda mientras todos los demás la hacían con la derecha. Terminó el show y Goñi, entre abatido y asombrado, se disculpó: “El pibe es un fenómeno”.

El Toto Rodríguez faltó dos días más y, cuando volvió, Pichuco sentenció: “El pibe se queda: vamos con cuatro bandoneones”. El pibe se llamaba Astor Piazzolla. Lo comenzaron a llamar “El Yoni”.

Al año siguiente la orquesta de Pichuco empieza a grabar y en el 42 El Yoni no pierde ni una de las actuaciones del conjunto que, para ese entonces, ya contaba con cinco bandoneones.

"Cuando entré con Troilo, yo trataba de imitar muchas de sus cosas... Me aprendí las trampas de los tangueros, esas trampas del intuitivo que me sirvieron más adelante. No las podría definir técnicamente, son formas de tocar, de sentir; es algo que sale de adentro, así, sin vueltas. Yo era, al principio, uno de los tantos bandoneones que tenía Troilo en su orquesta, pero quería ser el primero y llegué a serlo. El Gordo confiaba en mí." Piazzolla dixit.

En el 42, en la cresta de la ola de la orquesta de Pichuco, van a tocar a un programa de Radio El Mundo llamado Ronda de Ases. Allí, con público en vivo, varias orquestas tocaban el mismo tango (por Dios: ¡qué buena idea!) Pichuco tiene en sus manos la partitura de Azabache, que es el tango en cuestión, pero no tiene quien le escriba la instrumentación. Piazzolla se ofrece. Troilo le dice: “pero si vos no sabés hacer esto…” El Yoni hacía dos años que estudiaba con Ginastera, lo que pasa es que se lo tenía medio calladito… “Había que escribirla de un día para el otro. Utilicé los violines haciendo escalas para arriba, cosa que no era lo más común en la orquesta, me salió bárbara, ganamos el primer premio. Así y todo, a Troilo mucho no le gustó”. Es que El Pibe era un atrevido y esto comenzó a no caer demasiado bien dentro de la orquesta. El Pibe proponía cosas inusuales que se iban del libreto. “Hay muchos que vienen a escuchar…” le decía Piazzolla a Troilo. Y era cierto: alrededor del palco se agolpaba mucha gente que no bailaba, cada vez más.

De ahí en más El Pibe hizo muchísimas instrumentaciones, muy bellas e imaginativas y muy ofrecidas siempre dentro de lo que Pichuco quería del estilo. Porque Piazzolla conocía muy bien el estilo de Pichuco (se lo conocía de memoria de estar cada noche en la primera mesa del Germinal), tan es así que, cuando actuaban en el cabaret Tibidabo, durante tantos años, muchas noches Pichuco dirigía la primera vuelta de la orquesta y cuando el cabaret quedaba con los parroquianos de rutina, dirigía Piazzolla. Astor aprendió a dirigir una orquesta de tango, dirigiendo la orquesta de Aníbal Troilo, haciendo de Troilo. Casi nada.

Igual, no todo era color de rosas… Hugo Baralis (el violinista que había entablado una relación con aquél pibe que estaba todas las noches del Germinal en primera fila) era consciente de que su amigo era un bicho raro en ese ambiente... Hablaba mitad inglés, un cuarto de castellano y otro cuarto de lunfardo. Además, y para colmo, había tocado con Gardel (en la película El Día que me Quieras, 1934, mientras Piazzolla vivía en New York), pero hablaba de Bach… Cuando por algún motivo Troilo no podía tocar, a veces le pedía a Astor que asumiera el rol como primer bandoneón, cosa que no les caía muy bien a los demás bandoneonistas de la orquesta. Ocasionalmente, Astor tocaba el piano cuando Goñi estaba demasiado borracho como para presentarse.

En una ocasión, al escuchar la versión que hizo Piazzolla del tango clásico "Inspiración", con su larga introducción de violonchelo, sus compañeros le preguntaron: "Pibe, ¿estás loco o te equivocaste?", y también: "¿Te crees que estás en el Teatro Colón?". El tango fue ejecutado en un baile de carnaval en el club Boca Juniors y los bailarines se quedaron petrificados. Algunos se acercaron a la orquesta para escuchar; otros simplemente se fueron a bailar a otra parte. Un efecto semejante tuvo el arreglo de Piazzolla para "Chiqué", otro tango clásico, sólo que esta vez los bailarines lo silbaron y arrojaron objetos al escenario. En otra ocasión, señalando a la gente que se había reunido en torno a la orquesta, Astor le dijo a Troilo: "Gordo, ¿ves que la gente quiere escuchar la música?".

Estos incidentes incomodaban cada vez más a Troilo. "Gato, vos sos un demonio", le decía, y hasta llegó a apelar a Dedé: "Párelo a Astor", le suplicó, "me está convirtiendo la orquesta en una sinfónica". Pichuco había rebautizado a Piazzolla como Gato ya que andaba de un lado a otro y tenía una mirada fulminante. Troilo no era zonzo y sabía del infierno musical que El Pibe tenía adentro. Le iban a hablar de intuición a Pichuco…

Así es que las internas en la orquesta crecieron, igual que los celos y rencores. Le mojaban las partituras de Ginastera que El Gato guardaba en el estuche del bandoneón… Troilo intentaba mantenerse neutral, pero era difícil. Tenía un nombre muy grande ya dentro de la tradición tanguera, siempre tan conservadora y reaccionaria. Y El Gato era un demonio… Pichuco sabía que Piazzolla no tenía mucho más que hacer allí, sabía que sólo era cuestión de tiempo para que disparara hacia su propio universo… Y si bien jamás le dijo literalmente “andate, Pibe: ya no tenés nada más que hacer acá” (como se cuenta la salida de Piazzolla en su versión más romántica), se lo dijo de otras mil formas. Y le dio salida a él y a Baralis, arrepintiéndose y volviéndolos a llamar a las pocas semanas… No sabía cómo enfrentar la situación. ¡El quilombo que se le había armado por decir aquella noche de hacía tres años “El pibe se queda”!

Volvieron, pero a Baralis Troilo lo rajó una noche de 1943 por faltar a una presentación y “por mil cosas más”. Piazzolla se salió al año siguiente… Porque no tenía más que hacer ahí, como lo sabía Troilo que tanto amor y admiración le tenía (se tenían). El Gato era un Demonio, efectivamente. Uno inevitable.

“El Pibe se queda…”