sábado, 7 de abril de 2012

ASDRÚBAL


A mi abuela Aída, un buen día, le agarró demencia senil. Así se lo habían diagnosticado entonces aunque hoy por hoy tal vez hubieran dicho que se trataba de Alzheimer. La angustia se le disparaba a niveles siderales y en su cabeza los tiempos se habían licuado: a veces entraba mi vieja (que no era su hija sino su nuera) por el pasillo y ella, emocionada hasta las lágrimas, decía con voz temblorosa: "ah... ¡ahí viene mamá! ¡Ahí viene mamá!" Aclaro que se lo decía a sí misma, en un ensimismamiento conmovedor.

En ese entonces comenzó la abuela a no encontrar ciertas palabras y a disparar otras que no se correspondían a ninguna de las conocidas: ella las decía naturalmente como si estuviese nombrando las correctas (las que ella quería decir). Ir adivinando el nuevo diccionario de Aída era todo un juego atrapante. Yo, en esta etapa, comencé a llamarla Asdrúbal, porque la sonoridad de ese nombre se emparentaba con los vocablos que ella inventaba en su locura sin darse siqueira cuenta de semejante nivel de creatividad inconciente. Y me parece que está bien haberle cambiado su nombre, eso era una conexión profunda con mi abuela. Porque ella, antes de todo esto, cuando su cabeza manejaba la angustia existencial al punto de no sufrir desbordes (es decir que parecía cuerda como nosotros vamos pareciendo por la vida), también jugaba con las palabras. Y un ejemplo me vino a la cabeza hace un rato, como si la abuela Aída, en su papel de Asdrúbal, acabara de llamarme: "¡Gremáaal... Gremáaaal!"

Estaba yo todavía en mi etapa del rock nacional tras unos años del comienzo gracias a la influencia de mi prima Gabi y era yo fanático de Spinetta y también de Serú Girán (¿se escribía así con tildes?). Muchas veces me hallaba a mí mismo ensimismado con el radiograbador que reproducía un cassette (en un ensimismamiento análogo al de Asdrúbal confundiendo a mi vieja con la suya cuando ella niña llegando a casa a través del pasillo) y no respondía a sus llamados. Un día de esos (mientras escuchaba Serú Girán), en el enésimo intento de capturar mi atención, Aída optó por cambiar mi nombre por esta voz de alerta: "Eh... ¡Serán Gilún! ¿No me oís?" Brillante. A la altura de El Flequillo de Balá 1964.

¡Asdrúbal vieja nomás!