domingo, 25 de marzo de 2012

GRANDES VALORES: JUAN MAGLIO, PACHO


“Eh… Sei pazzo?” le decía su padre italiano. Los inmigrantes italianos solían aferrarse a sus tonadas y a sus palabras como una velada resistencia al desarraigo y la pena irremediable de haberse ido lejos. Los hijos, argentinos, tampoco podían sanarlo. Y los hijos, allá en los primeros años de la primera década del Siglo XX, se les hicieron tangueros. De atorrantes nomás. “Pazzo…!”, lo llamaban desde la puerta de su casa a los gritos para despegarlo de la reunión de vagos en las veredas. Sus amigos, que ni sabían el significado del vocablo italiano, pensaban que lo llamaban “Pacho”. Y así lo bautizaron. Pasó a ser Juan Maglio, Pacho. Uno de los originadores del Tango, la única expresión del arte popular local cien por ciento argentina, más allá de las estériles quejas uruguayas. El Tango es enorme y, cuando estaba vivo, era a nivel global mucho más popular que el jazz; y por lo tanto más importante.

Pacho nació en el barrio de Palermo en 1880 y murió enfermo en el Hospital Ramos Mejía en 1934. Lo supe el otro día mientras leía un libro a media cuadra del hospital, sobre la calle Agrelo que sale en cortada desde 24 de Noviembre, la “parte de atrás” del nosocomio. Se me llenó el espacio de magia y de misterio, que son la misma cosa. Me estremecí aún cuando estoy mucho más muerto que él. La Buenos Aires de comienzos de Siglo XX se me hace que sigue viva, girando en círculos dantescos en un plano demasiado sutil para que el vacío contemporáneo pueda siquiera sospecharlo.

En 1906 coincidió con Francisco Canaro en un Peringundín de la localidad bonaerense de Guaminí. A esos antros suburbanos se iban a tocar estos hermosos vagos, a entretener a los hombres solos y desarraigados. Las mujeres eran tan osadas como escasas.

Canaro lo vio a Pacho como un muchacho simpático de una palidez remarcada por sus bigotes con las guías hacia arriba sostenidas por cosméticos.

Pacho, para 1909, ya se había fogoneado en más de un café y a los cafés volvería después de las zapadas en las casas non sanctas del interior, hasta tener el suyo propio: “Ambos Mundos”, sobre Paraná casi esquina Corrientes (fijate la próxima vez que pases por ahí, porque todavía debe seguir haciendo la espiral).

Para el 1913 su fama y éxito eran tales que sus discos, editados por Tagini (permisionario de la firma Columbia), se vendían como pan caliente: la gente pedía “un Pacho” sin importarle de qué tango se tratara. Soberbio. Pacho dijo una vez que en el 14 había “levantado” más de 12.000 pesos por la venta de sus discos.

Pacho fue de los primeros en llevar el Tango a los salones de la haute donde lo bailaban el Maco Milani, Ricardo Güiraldes, Vicente Madero (a quien le dedicara un tango: "Maderito") y otros jóvenes de abolengo, con damas que podían ser Beba de González Bonorino o Victoria Ocampo.

En el café El Nacional acaudilló a varios que se transformarían, como él, en héroes inmortales: Rodolfo Biagi, Elvino Vardaro y, en 1932, al mismísimo Pichuco. También escribió algunas obritas teatrales bajo el seudónimo Oglima bajo el cual también firmó como autor de algunas letras de tango (porque no se conformaba con hacer “músicas geniales”)

Para finalizar con este Gran Valor de El Oasis in the Head, digamos que en 1925, cuando la Guardia Nueva (la primera renovación de los pioneros de la Guardia Vieja de la cual Pacho era abanderado) apenas comenzaba a esbozarse, dijo: “¿Cuál es la característica negativa de los tangos de hoy? La ausencia de un sentimiento emotivo, viril y ardiente… El tango llorón y fofo de ahora carece de personalidad”. Sin saberlo, Pacho estaba coincidiendo con Borges… “Eh… Sei pazzo?”



("Dame dos Pachos...")