sábado, 4 de febrero de 2012

RELECTURAS


"Ya no sé si duermo o no. Si duermo, es por afuera del sueño, en ese anillo de asteroides de hielo en constante movimiento que rodea el vacío oscuro e inmóvil del olvido. Es como si no entrara nunca a ese hueco de tinieblas. Doy vueltas, literalmente, por la zona externa, que es amplia como un mundo y es el mundo en realidad. No pierdo la conciencia. Sigo conmigo. Me acompaña el pensamiento. Tampoco sé si es un pensamiento distinto al de la vigilia plena; en todo caso, se le parece mucho."

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"... Y, ya con la lengua tartajosa por la bebida, desarrollaba una teoría sobre el espionaje como arte y ciencia. Según él, era una actividad cualitativa. No importaba tanto que se hiciera mucho o poco, es decir que se recogiera mucha o poca información, sino la calidad de esa información: podía ser un mínimo, una palabra, una letra, un número, pero tenía que ser bueno. Ellos recorrían el mundo en busca de ese elemento precioso, como evaluadores expertos, afinando el ojo en los años. No era la busca de una veta de oro, salvo como metáfora. La diferencia estaba en que ellos buscaban algo alojado en una mente, así hubiera quedado registrado en un papel o un objeto. Y como la mente participaba de otras mentes, y éstas de otras más, la busca se prolongaba.
Podía ilustrarlo con una situación cotidiana, como lo era la elección de un peluquero. Para el hombre medianamente interesado en lucir bien, es decir todo el mundo, la elección del sitio donde cortarse el pelo era un pequeño gran problema, que en la ignorancia de los arcanos del gremio se resolvía al azar, con resultados en general insatisfactorios. Una guía para perplejos podía surgir de la respuesta a la siguiente pregunta: ¿quién le cortaba el pelo a un peluquero? Aun el más hábil tendría cierta dificultad en cortarse a sí mismo, y aunque esto no era del todo imposible, los peluqueros eran enemigos jurados del "autocorte", y seguramente querrían tener el mejor corte posible para causar buena impresión en su clientela. Y como un peluquero si conocía el rubro, y conocía a sus colegas, elegiría al mejor disponible en la ciudad o el barrio.. No el más caro o el más famoso, como haría un ignorante en la materia, sino al más realmente bueno, aunque atendiese en un sucio tugurio y le hiciera obras maestras por tres pesos a camioneros y jubilados. De modo que bastaba con averiguar dónde se cortaba el pelo un peluquero cualquiera, para tener una pista segura.
Ahora bien, seguía Bradley, a una pista se la seguía: no era un punto de llegada sino de partida. La lógica indicaba que ese segundo peluquero se iría a cortar con un tercero, y el tercero con un cuarto, y la cadena seguiría prolongándose porque lo óptimo en materia humana siempre estaba un paso más allá.
Para establecer la cadena había que partir de un peluquero cualquiera, preferiblemente un humilde peluquero de barrio, no demasiado joven (todavía no sabría lo suficiente) ni demasiado viejo (habría perdido interés en su pelo). Se podía entablar una relación con él, hacerse cliente, darle charla, y llegado el momento oportuno preguntarle, como al pasar, quién le cortaba el pelo. Era el único método razonable y factible, pero, según Bradley, había que rechazarlo de entrada, por diversos motivos. Claro que si rechazábamos el único método razonable y factible, ¿qué nos quedaba? La vigilancia, el seguimiento. Bastaba pensarlo un minuto para ver que aquí las dificultades prácticas eran insuperables. ¿Quién le dedicaría meses de trabajo a la obtención de un dato tan trivial? Habría que pagarle a un detective privado, que necesitaría asistentes, quizás también habría que gastar en sobornos, y además habría que tomar precauciones porque el espía estaría expuesto a represalias legales por violación de la privacidad. Y el resultado, laborioso y carísimo, sería apenas el primer eslabón: habría que recomenzar todo con el segundo, y después con el tercero, el cuarto...
Y sin embargo, había que reconocer que es posible. Ellos dos, con su experiencia, y con la experiencia de haber sobrevivido, eran la prueba. Ese hombre común que recorría el laberinto de la ciudad tras el Graal de las tijeras, era la imagen del destino que ellos habían elegido, o que los había elegido. La fugitiva calidad de la información saltaba de cabeza en cabeza, y la resignación a lo imperfecto era apenas una maniobra más en la busca de la perfección. ¡Qué ascética, el espionaje!"

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(César Aira, "Las Conversaciones")