lunes, 20 de febrero de 2012

DON LUCERO


Reconozco que nunca me había pasado con la muerte de un extraño. Porque sí: Luis Alberto Spinetta era un extraño. Los lugares comunes que enuncian el conocimiento y aún la intimidad de un oyente con el músico que escucha (o del lector con el autor, etc.) me resultan un poco tontos. Estaba sentado frente a esta misma computadora y, además, con el televisor encendido de costado. Es que desde que en mi cabeza se largaron estos fuegos de artificio sonoros que se dan en llamar acúfenos ando todo el día con algún aparato que haga ruido encendido. En un principio el rumiar del CPU era suficiente como para camuflarlo y no quedar empantanado en la idea de un pesar gratuito y nuevo; pero ya no: ventilador y televisor tienen que reforzar la defensa porque el Zumbido F.C. parece haber comprado el pase de Messi.

Entonces la televisión me lo anunció así nomás de costado: Murió Spinetta. Yo seguí escribiendo como lo estoy haciendo ahora hasta que en unos pocos minutos me encontré llorando y con una tristeza pesada como un sueño de siesta. No pude ni me puedo explicar bien esa reacción ante la noticia y es por eso que me senté a tratar de encontrar alguna razón acá en negro sobre blanco.

En la era de las redes sociales el lamento colectivo y público ante la muerte de cualquier persona famosa se ha transformado en ley. Vengo observando el hecho con bastante curiosidad y fastidio. Siento que es como parte de la incesante búsqueda de aceptación y pertenencia en un mundo donde las soledades se han convertido en abismales. Así salen a relucir en los virtuales muros de los lamentos homenajes donde casi en la totalidad de los casos el eje resulta ser no el homenajeado sino el homenajeador, si se me permite y si no, también. “Este es el primer tema que toqué en guitarra…” o “Te voy a escuchar tres días seguidos” (uy, qué loco desmesurado…) son apenas piadosos ejemplos de lo que yo he podido leer gracias al perfil de El Patio que he creado hace un año con el objetivo de ir vendiendo mis discos y hacer con ellos algo… algo también inútil, pero de una inutilidad renovada. “Reconozco que nunca pude hacer conexión con Spinetta pero no puede dejar de reconocerse que es un grande…” Qué hijo de puta el que puso eso, pensé en el momento de leerlo: ni siquiera se atreve a decir “a mí siempre me pareció un pelotudo o su música un bodrio” o lo que fuere: “yo nunca hice conexión…” Creo que ilustra bien el vacío de esta moda de andar dándole condolencias al aire cada vez que se muere alguien a quien queda bien conocer y por lo tanto citar de alguna manera en lainterné como para darse lustre y calce. Me revienta.

Ustedes dirán: “uy, ya volvió la viuda de Spinetta”, pero no. La viuda de Spinetta es la mamá de Dante, Catarina, Valentino y Vera. A propósito: qué lindos nombres les puso el hijo de puta… Ni hablar si se los pega con el apellido que tienen la fortuna de portar estos cuatro pibes… En fin… Lo que estoy tratando de expresar es que no hago distinciones entre oyentes/fans/admiradores de Spinetta (en este caso) de mayor o menor mérito: no no no y no, de ninguna manera. Eso no existe. Pero a los que sí me gustaría apartar un poco son a los que impostan el interés por el músico. Como los que impostan admiración por Borges, sin ir más lejos que a lo mejor nos perdemos. ¿Que para qué los quiero apartar? No sé, ni siquiera sé si los quiero apartar, por supuesto. Pero tengo que seguir escribiendo, que está sonando el último tema del lado A de Mondo di Cromo y un grillo que hace su ruido por ahí me proyecta un protector a través de mi ventana abierta, una ventana detrás de la pantalla en la que voy siguiendo esas manchitas negras sobre el blanco hacia ningún lugar.

Naturalmente que el ímpetu de los simuladores de congoja del mundo virtual se apaga con rapidez (porque además en cualquier momento se muere algún otro y hay que tirar un par de lagrimones más para engrosar el CV facebookeano) pero siempre hay resabios y el último que encontré (siempre en el perfil de El Patio) fue el de un pibe que subió algo escrito en un blog de habla inglesa. Decía lo siguiente:


“Luis Alberto Spinetta
February 11th, 2012 2 comments

RIP a revolutionary rock pioneer from Argentina; Luis Alberto Spinetta’s work in Pescado Rabioso, Almendra, Invisible = South American dynamite on par with some of the best psych/prog songcrafters of more spotlit locales. My fave work of his is the 1973 2nd Pescado LP, which followed his stint with Almendra and a great solo record. He had absorbed a lot of European influences from his time there after Almendra, and that record was kind of a solo project in itself. Without a doubt it had one of the best 1970′s rock covers to boot (above).

Via Billboard:

Luis Alberto Spinetta, one of the fathers of South American rocanrol and an archetypal Argentine rebel whose music became arallying cry against political repression in the 1970s, died Wednesday, February 8, in Buenos Aires. Spinetta died of lung cancer at age 62.

Spinetta recorded over 40 albums with his different bands, starting in 1969 with the legendary Almendra, one of the first rock groups to write songs in Spanish. Spinetta brought a highly poetic lyricism to Argentine rock that still characterizes the national sound today.

”Rock is not only a certain form of rhythm or melody,” Spinetta wrote in a manifesto distributed at a 1973 concert of his band Pescado Rabioso. “It is the natural impulse to transmit through total freedom the profound knowledge, to which, because of repression, the common man does not have access to.”

Starting at one o’clock Thursday morning, according to the Argentine newspaper Clarín, musicians including Fito Páez and Leon Gieco, along with hundred of fans, gathered at a funeral home in the Belgrano section of Buenos Aires Thursday to say farewell to Spinetta, commonly called “El Flaco” (the thin one).

“He was one of the first to get us all into this,” Gieco told the newspaper.

Spinetta is survived by four children, including Dante Spinetta, founder of the well-known hip-hop/rock group Illya Kuryaki y los Valderramas.”




Agreguemos que este texto se acompañaba de una foto de Spinetta, la imagen de la tapa de Pescado 2 y los “videos” con el sonido de Nena Boba y Ana No Duerme (elecciones muy ilustrativas del improperio, dicho sea de paso)

Lo primero que me molestó fueron los errores del breve texto, uno cofundiendo discos, el otro conceptual. El “error” del pibe que se hizo eco de esta publicación me pareció derivado de los errores madres, me pareció un poco víctima de ellos. Es que ese día me había levantado bueno… Pero igual de pelotudo: por lo tanto le hice un comentario al pibe preguntándole quién era el tal Steve Shelley (autor de ese Blog: Vampire Blues o algo así) y le marqué los errores: el amigo americano (Steve) dice que su disco de Spinetta favorito es el segundo de Pescado de 1973 y coloca la imagen de su tapa agregando como descripción del mismo que, en verdad, es un trabajo solista de Spinetta por más que salió bajo el nombre de Pescado Rabioso cosa que, como todo el mundo sabe, sucedió con Artaud. Luego, en el texto más largo, se habla de Spinetta como el arquetipo del rebelde argentino que luchaba contra la represión política de los setenta y, como para ilustrar esto en el párrafo siguiente, se traduce al inglés un Manifiesto que Spinetta había repartido en algún recital de Pescado Rabioso:

”Rock is not only a certain form of rhythm or melody. It is the natural impulse to transmit through total freedom the profound knowledge, to which, because of repression, the common man does not have access to.”

Este párrafo, a las claras, habla de la represión que cada hombre ejerce sobre sí mismo, emocionalmente. Pero en una jugada estúpida, reduccionista y, justamente, arquetípica de la estupidez circundante, lo pega (sin importar incongruencias hasta cronológicas) a la “lucha contra la represión política”. Y esto sí me parece una “imprecisión” gravísima y si me llaman la viuda de Spinetta ya mismo me busco un vestidito negro con encaje antiguo. Zapatitos charolados ya tengo: "¡Valentíiiinoooo, se'nfría la lecheeeeee...!" Yo, con mis propios oídos y mucho antes de que los acúfenos los transformaran en una poco amable invitación a la locura, he oído atribuir a la canción Las Golondrinas de Plaza de Mayo un velado guiño a las madres de esa misma placita. Sí, una vez más desoyendo hasta indicadores cronológicos que desmienten tal despropósito. Pero bueno… El asunto es que le puse al pibe: “che, quién es Steve Shelley (de verdad no sabía quién era), porque se equivoca en lo que pone y ya tenemos suficiente aporte a la confusión colectiva gracias a los falsos deudos del fanatismo local como para agregar más azafrán al arrocito…” o algo así… El pibe me respondió con un: “Seteve Shelley es el batero de Sonic Youth… ¿Los tenés?” agregando luego algún comentario descalificador hacia mi comentario, de tono bastante estudiantil (por más que seguro andaría orillando los cuarenta el rockerito). Ya si utilizás la terminología “batero” te vas expulsado de mi club y de mi partia (de atrás): El Oasis in the Head. "¿Los tenés?", me pregunta por Sonic Youth: sí, claro que los tengo (y aclaro que no le respondí nada al muchacho, el experimento ya había concluido) y me parecen, en el contexto de mi pesadumbre por la muerte de Spinetta, CUATRO PELOTUDOS DE GRUESO CALIBRE.

A ver… Yo puedo entender perfectamente cómo discos de rock argentino (y peruano y hasta congolés) llegan a manos gringas (hermosas manos, ustedes saben que yo soy bien cipayito) desde hace mucho tiempo: al fin y al cabo yo comencé a erigir mi discoteca (que hoy deconstruyo para pagar las cuotas de un departamentito a la vuelta de la casa de Arribeños) enviando afuera vinilos de rock nacional (el primero de Alas y La Biblia de Vox Dei figuraban entre los más solicitados en aquellos momentos, early eighties) a cambio de una cantidad mayor de discoseninglé. El snobismo y aburrimiento e interés de un pequeño círculo de habitantes de países europeos, de (Norte)América o Japón hacen que se practique una modestísima y miope arqueología rockera aquí y allí desde hace varias décadas ya, mucho antes de lainterné y cuando había que mandarse cartitas y pegar estampillas con saliva (yo siempre, como buen hipocondríaco, me escupía la yema de un dedo índice y así humedecía el engomado para cerrar el sobre o pegar las estampillas: ni loco pasaba la lengua por miedo a la intoxicación o a la incubación de algún tipo de cáncer o algo así; eso sí: antes de hacerlo miraba para un costado y otro -por lo general en el hall del correo central- y lanzaba el escupitajo cuando estaba seguro de que nadie podía estar percatándose de tan horrible acción). Hoy, en la era de las redes sociales y los blogs, ese vicio primermundista viene acompañado de gestos de vanidad como el de dedicar un post comentando la muerte de un artista muy pero muy lejano a ellos: tanto geográfica como artísticamente. Porque seamos breves y directos: en mi librito cien Sonic Youths no alcanzan para pagar medio Spinetta (si es que la Luz pudiese dividirse), ni en cien vidas. Y acá yo no olvido mi imposibilidad de comprender a Sonic Youth en su total (y única) dimensión por haber nacido muy lejos de New York y por ser mi lengua madre esta que ustedes leen aquí. Pero la distancia entre uno mismo y ese punto de imposibilidad es mucho menor a la distancia entre Steve Shelley (en este caso, o seamos justos: Steve Shelley y el nabo que escribió eso de la represión polítca y no sé qué más para la revista Billboard) y su gran punto de imposibilidad: la obra de Luis Alberto Spinetta. ¿Le contaron que las letras de las canciones de Spinetta eran más poéticas que la media local? ¿Y con esa idea qué hizo después, escuchar los riffs? Digamos: todo bien, yo escuché toda mi vida música fuera del alcance de mi comprensión y no hay pecado en ello. Y aquí el problema deja de ser Steve Shelley y el gordito (yo lo veo gordito) de la Billboard: entra en acción el muchacho que lo “posteó” en Facebook que piensa que el hecho de que “el batero de Sonic Youth” haya hecho ese “homenaje” en su blog significa una especie de posgrado en NYU que valida a Spinetta como “rockerito”… Ay ay ay, por el amor de Dios… Como los que comenzaron a hablar de Atahualpa Yupanqui porque les gustó Devendra Banhart y el piojoso ese lo empezó a mencionar… A lo que yo voy y arriesgo, total si la mando a la tribuna no me importa: si vos te acercás de algún modo u otro a tener conciencia de la dimensión de la obra de Spinetta, de su vuelo, de su carácter extraordinario y singular, los disquitos de Sonic Youth se desvanecen: nunca existieron. De lo contrario me parece que a Spinetta lo tenés nada más que para lamentarte un poco de su muerte en lainterné junto a tus mil trecientos cuarenta y tres amigos. Spinetta, así, pasa a ser una ficha intercambiable con el “No les pagues para tocar” y “Macri facho-puto pará de cerrar lugares para tocar y saltá el molinete”.

A esta altura de la Adrián Suaré estoy como cuando vino Colón y nos ganó cuatro a uno en el viejo Gasómetro: no encontré lo que quiero decir sobre el lamentable capítulo de la muerte de Spinetta y cómo me entristecí al enterarme. O por qué...

El otro día llovió a cántaros y hubo Milanesas para Algunos. Cuatro guerreros que no detienen jamás su marcha estuvieron allí sentados a una mesa de Croxi. Yo la pasé fenómeno, como diría Jah Wobble... El tema Luis Alberto no dejó espacio para más rockeros (sí hubo un lugarcito para Troilo, Cobián y Cadícamo) y se disfrutó mucho observar las distintas formas en las cuales el genio del Bajo Belgrano se filtró en los días de cada uno de los presentes. Las anécdotas de Nicholas Drake en el recital de los Stones con Luisito y Carolina o el especial amor (y mayor conocimiento que los demás) de Stevie Wonder por la última etapa en discos como Para los Árboles, Silver Sorgo o Un Mañana; o descubrir que Wobble y yo estuvimos en un mismo recital de hace como treinta años atrás... Todo eso resultaba encantador y, con la cerveza, nos colocaba en un estado unos milímetros menos distante de la posibilidad de descubrir el Edén Spinetteano. Un imposible hacia el cual uno quiere dirigirse aún a sabiendas de la imposibilidad de llegar a buen puerto...

La relectura que Jah Wobble hizo (tras la muerte del ídolo) del comunicado que Spinetta había hecho confirmando su enfermedad fue tan reveladora como estremecedora: estar en camino hacia una curación definitva significaba ni más ni menos que se estaba muriendo; el recuerdo de ese gran obituario inconciente que fue el mega-recital en Vélez (cosa que yo percibí claramente in situ y la entrada que escribí acerca de ese show en este mismo blog no me deja mentir) y la conclusión a la que arribamos que, aún sin Spinetta saberlo, el cáncer en ese momento ya estaba encaminándose; la feliz coincidencia de todos en el conocimiento de que el único genio del rock argentino era un ser conectado con algo trascendente como sólo los grandes talentos de la humanidad pueden estarlo… Todo esto fueron componentes de una sobremesa larga que pareció haberse corrido de tiempo y lugar…

Cuando las coordenadas de la realidad visible comenzaron a bajar hacia la mesa como si fueran un mantel diferente al que nos habíamos acodado durante tres horas pedimos la cuenta y nos fuimos caminando por la calle Conde hacia Echeverría. Ya en la esquina, cruzando el empedrado nos detuvimos en la bocacalle como si descubriésemos que no sabíamos bien hacia dónde ir… Era la medianoche…

Su cuerpo volverá
Ágil como un halcón
Hojas y latas se tuercen
Todo cambia en el acto...


Pancho y Fernando coinciden en que van a buscar un taxi, uno para cada uno. Mariano dice que por ahí mismo pasan, yo creo que no tanto:

Piernas sin ansiedad
En autos de hielo van...


Hubo saludos incompletos, Mariano y Fernando se van por el empedrado hacia el lado de Cramer, Pancho hace lo propio hacia Superí. Yo quedo en el mismo lugar, dando vueltas con mi molinete… En eso detengo mi mirada y lo veo a Pancho, de quince años, yendo de espaldas hacia un lado. Como si volviera de la presentación de Kamikaze y se estuviese yendo solo hacia su casa, la de sus padres. Juro que lo vi así y estoy siendo literal. Nadie puede discutírmelo, nadie se atrevería a semejante locura. Sobre el mantel de la realidad visible que nos expulsó en el pago de la cuenta por unas milanesas y otras cervezas había quedado el Pancho médico y su mujer en la casa a la que regresaría en taxi por haber alejado a su propio auto del peligro de granizo por consejo de su neo-mamá (madre en años luz...)

Sobre la luminosidad lunar del empedrado yo había visto por vez primera a mi amigo tal cual era yendo con la inseguridad del camino sin recorrer hacia vaya a saber dónde… Di entonces media vuelta y tanto Fernando como Mariano se me habían transformado en dos adolescentes yéndose de espaldas, espaldas que pronto tomarían cada una su propio camino indescifrable. Nunca percibí nada con tanta claridad como en esos brevísimos instantes. Desorientado tomé Conde hacia Avenida de los Incas para tomarme el 44 en la búsqueda de la estrella: esa misma cama donde acostaba mis confusas ilusiones al regresar solo de madrugada tras ver cualquier recital de, la mayoría de las veces, Luis Alberto Spinetta. No hay respuestas ni explicaciones: sólo impensadas percepciones:

Esto no se explica ni al principio
Ni al final
Diodos sobre el cristal
Sus ojos rendirán una sonrisa

Todo se ha calcado a sí mismo...