jueves, 26 de enero de 2012

NARCISOS BOBOS


Una reflexión, diría Robertito…

Ayer estaba viendo un documental sobre el formato “sinfonía”, para ser más precisos, el capítulo primero en una serie de cuatro. Fue un recorrido por la Europa del siglo XVIII (más comienzos del XIX), desde la Mitteleuropa hasta las Islas Británicas, desde Haydn hasta Beethoven, pasando por Mozart. Desde el plácido dominio aristocrático hasta el ascenso de las clases medias pasando por la Revolución Francesa. En medio de todo eso, la épica inigualable de los tres genios mencionados, y en particular lo heroico de Ludwig Van Beethoven.

Cuando terminó el capítulo saqué el DVD y el televisor volvió a la “función cable” justo pero justo en el momento en que un periodista deportivo desde la emisión del canal de noticias C5N declamaba con argentina vehemencia: “… Pero ninguno eh… Ni Barcelona-Real Madrid, ni Manchester-Liverpool… Ninguno… No hay nada más importante en el fútbol mundial que un Boca-River”. Juro que el contraste me puso la piel de gallina. Venía en una ensoñación de otros tiempos y otras tierras y se me cayó encima mi propia realidad espacio-temporal, con brutalidad. Y no es que se me cayó el fútbol encima de la sinfonía. No, no se trata de eso. Se me cayó encima toda la ignorancia que nos condena. Fue como un baldazo de agua fría en el medio de un invierno en las estepas rusas. ¿Qué es lo que le sucede a una sociedad para llegar a esos niveles de inconciencia de la propia pequeñez?

Olvidemos a Haydn y sus 104 sinfonías. Remitámonos al fútbol. En este momento se está jugando Boca-River y, a propósito, estacioné allí el televisor, en su emisión. El partido, deportivamente, es de una mediocridad pasmosa. Pero eso no viene al caso. El partido más importante del fútbol mundial se está jugando en una canchita que parece una caja de zapatos, una mal hecha. Su arquitectura es de vaya a saber qué siglo: toda su idea, de haberla, está perimida. Alrededor del campo de juego se erige, en todo el perímetro, un alambrado altísimo que separa “el espectáculo” del “público”. La sensación es la de un zoológico a la inversa: los monos están mirando el juego desde el lado de “afuera” del alambrado, contenidos en su barbarie por protecciones metálicas de cinco, ocho, diez y quince metros de altura. Miles de miradas bovinas y bocas entreabiertas babeando carencia. En el “estadio”, naturalmente, no se expenden bebidas alcohólicas a las bestias. Sin embargo, de tener necesidad de ir al baño, ahí tienen sus pestilentes letrinas. Iguales que hace veinte, treinta, cuarenta y cincuenta años.

Las publicidades llamadas estáticas también son reveladoras: algunas políticas (o de gobiernos), aún cuando la época eleccionaria pasó hace apenas un par de meses y no regresa, gracias a Dios, por bastante más de un año. Otra de “Mini-cuotas Ribeiro”, una casa de electrodomésticos que, como todas aquí, vende tecnología que en el mundo ya ha sido amortizada y descartada (y la venden como lo último y, por supuesto, a unos precios de asalto). Además te lo venden todo en cuotas, porque acá hay estabilidad. Así es: en los países serios lo que se te da en cuotas es una casa, con una hipoteca del largo de una vida y unas cuotas de monto irrisorio. Aquí no: aquí las viviendas se pagan al contado rabioso y sus precios son, a esta altura, más caros que en San Francisco o Sevilla.

El partido sigue y la televisión, en mi casa y caso, lo emite de costado. Escucho las voces del relator y su comentarista, hablando de cualquier cosa menos del encuentro mismo. Claro, no da para mucho hablar. Igual sigue siendo el mejor, eh…

Pero volvamos un segundo a las jaurías que hacen las veces de espectadores: ambas parcialidades (o sus barras bravas, aunque me parece que la barbarie ya está generalizada entre todos los espectadores de este devaluado deporte nacional) han sido escoltadas desde Buenos Aires por la Policía. No sólo para que no se crucen en el camino: también para que no cometan delitos de lo más variados y violentos durante el largo trayecto. Cuando termine el partidito, se repetirá la mecánica. Fantástico.

Hoy por hoy se puede ver cualquier tipo de partido de todas las ligas mas importantes del fútbol mundial. Es cuestión de observar un segundo y a la distancia de la televisión. En un Villareal-Málaga ya notamos la aplastante diferencia. Civilidad, estructura, respeto, entretenimiento y, a veces, espectáculo. Sentido común.

Con todo esto no estoy sublimando “lo de afuera” y condenando “lo nuestro”. No. Tampoco estoy diciendo que acá “la gente es toda mala o toda ignorante” y afuera “toda civilizada y culta”. No; y no lo digo porque no es así. Sólo estoy hablando de sistemas. De un sistema que, con sus inevitables fallas o eventuales crisis, funciona. Aquí en nuestro país, lo noto cada vez más claramente, no existe sistema alguno. Porque ni siquiera es que el sistema existe pero no funciona bien o no funciona nada: el sistema es una mentira, es falso. Es la mala representación de un sistema. Sin embargo la idea de que “tenemos el mejor y más importante de los clásicos de fútbol de todo el mundo” o que “somos la capital cultural de las Américas todas” o que “acá no sufrimos la crisis que en todo el mundo porque tienen que aprender de nosotros” están alarmantemente difundidas. El ignorante que ignora que ignora es el más peligroso. O el que ignora que siempre se puede ignorar (o estar equivocado). Eso me aterra. La convicción sin siquiera intentar un contraste medianamente serio. Es como la idea ya instalada que dice: “los españoles se están viniendo a trabajar acá, al revés que en 2001”. Somos medalla de oro en el lanzamiento de falacias. ¿Alguien que haya estado en cualquier lugar de España puede pensar que eso es cierto más allá de casos particulares que en relación a los millones de habitantes resultan poco menos que insignificantes? ¿No hay casi nadie ya que aclare que no sólo las realidades son diametralmente opuestas (o totalmente diferentes) sino que además los conceptos no son los mismos aquí que allí? “Crisis” no se traduce en la realidad española del mismo modo que en la Argentina. ¿Quién puede pensar que sí, que la palabra implica lo mismo aquí que allí? Un parado allí no es lo mismo que un desocupado aquí. ¿Alguien se tomó un tren o un colectivo en España? ¿Alguien caminó por las calles en cualquiera de sus ciudades, observando? No pregunto si alguien lo hizo aquí porque es lo que vivimos haciendo y padeciendo. Lo que tal vez no hagamos mucho es, mientras andamos, observar. Observemos todo el desastre que, sin tener otro remedio, hemos naturalizado y ya ni siquiera registramos. La mugre, el abandono, la desidia, los olores pestilentes, la agresividad sonora, la violencia latente, la proliferación sin precedentes de las villas miseria y sus innegables desgracias para el conjunto de la población. La inexistencia de la ley, la desaparición de la norma. ¿Y qué hay del respeto al ciudadano? Desde el ciudadano mismo y, sobre todo, desde el Estado. Creo que la respuesta a la tonta pregunta de “cómo puede haber un marrano que trabaja de periodista que afirme que Boca-River es el partido más importante del fútbol mundial” está en el silencio de la observación que les sugiero hagan la próxima vez que se den una vuelta por la calle. La ignorancia es barbarie.

En relación a la civilización contemporánea (y hablo como conjunto social, no pensando en comportamientos individuales), estamos mucho más atrasados de lo que estaban los pobladores “originarios” respecto de los colonizadores europeos del siglo XV. Sin lugar a dudas. La brecha se amplió, se hizo abismo. ¿También le vamos a echar la culpa de ello a los imperialistas y colonizadores?

Terminó el partido. Qué excitación. Cuánto estímulo. We are the champions, my friend. We are the champions, of the world.