domingo, 22 de enero de 2012

MI AMIGO EL PUTO




En distintas situaciones de la vida me encontré siendo identificado por ciertas personas como "el fanático de The Cure". Me lo tenía merecido, ciertamente (no tengo derecho al carolina pataleo).

Años más tarde, gente que me conoció por la disquería me condenaba a la etiqueta de "fanático de Oasis". "Sos fanático de Oasis, ¿no?", preguntaban por el sólo nombre del negocio, luego de entrar y a tres pasos de la puerta.

Nunca me pregunté de qué soy fanático porque sería una pregunta medio pelotuda y, aún siendo yo medio pelotudo, siempre trato de disimularlo ante mi propia persona. Para sacar de la redacción la palabra "fanático" (que en mi librito es un sinónimo de ignorante) y además en rigor de verdad, voy a decir que un día no hace demasiado tiempo (en relación a la eternidad que anduve con esta pavada de la musiquita y los disquitos) descubrí que el artista que más me gusta o, mejor dicho, el que me gusta en serio y sin ningún tipo de dudas, el que me sorprende escuchándolo más asiduamente con un interés y placer que no decaen, el que más disfruté viendo actuar en vivo, ese tipo es Marc Almond.

La carrera de Almond es dilatada, continua, errática, histérica, imprevisible, caprichosa, riquísima, singularísima. Llena de vericuetos, santos y señas que pueden pasear nuestro interés por los lugares más insospechados. Prestándole atención a Almond podés terminar en la literatura, el teatro, el vaudeville, el cabaret, el pop más recalcintrante, la vanguardia más hermética e insoportable, los folklores o la música popular de lugares tan discímiles como España, Rusia, Brasil o Francia. Pero, por sobre todas las cosas, siempre vas a estar (de tener la suerte de alguna vez haber quedado enganchado) atrapado por su carácter de intérprete y performer excepcional.

Como si todo esto fuera poco es un songwriter inapreciado. Seguramente alguna vez, dentro de muchos años, alguien con un talento análogo al suyo lo mostrará en su faceta de songwriter reinterpretándolo como él lo hizo con tantos mitos más o menos conocidos, desde Scott Walker a Bill Fay pasando por Baby Dee. Y aclaremos: él siempre llegó a esos lugares MUCHO antes que cualquiera del mundillo del rock e invariablemente lo hizo sin ningún tic esnobista.

Hoy, de casualidad, encontré este documental inglés que, se ve, estuvo hecho para cuando la reunión y disco nuevo de Soft Cell, hace ya más de diez años. Fue un placer verlo y fue una demostración de por qué me gusta tanto Almond: la historia de Soft Cell tiene cifrado todo lo que vendría luego en su inagotable derrotero de artista solista, de estrella barrosa y, por sobre todo, dudosa y poco confiable. Porque hasta eso encierra su inusual perfección: la intuición y sospecha de que todo es un fiasco, un gran fraude.

Qué lindo hubiese sido estar en su grupo de amigos y frecuentadores de aquellos años, haber conocido y visto en acción a Stevo o haber quedado irremediablemente prendado de Cindy Ecstasy. Qué lindo... Pero qué lindo.