jueves, 19 de enero de 2012

EN TREN DE IGNORANCIA...


Ahora son las seis de la mañana del lunes pasado y zumba que te zumba. Me despertó el zumba que te zumba y, con la cabeza hecha un panal de abejas, decidí levantarme y deambular por la casa vacía yendo hacia el jardín. Allí, en ritual de jubilado silencioso, hice murmurar una radio y me senté a esperar. A seguir esperando.

El domingo fui en busca de aliviar los acúfenos que me aquejan yendo a la pileta de la casa que mi hermano mayor alquiló más allá de Tigre. Como el fin de semana anterior el combo pileta más posterior bilardización a cargo del Profesor Dr. Li Ding me habían reducido el zumbido al mínimo (al menos por un día y medio), quise repetir el ritual. Para ello debía someterme al tren que une Belgrano C con Tigre, casi una experiencia religiosa.

Estoy ya subiendo al tren desde un andén desbordado por el gentío. Me paro frente a un par de asientos que van enfrentados entre sí. Vamos muy apretados sabiendo, además, que a medida que pasen las estaciones iríamos imitando cada vez mejor a un conjunto de sardinas ya muertas y enaceitadas. Mientras mi cabeza es un sinfín de cortes y quebradas voy registrando lo que tengo alrededor. En los asientos van tres mujeres grandes en actitud de “yo me bajo en la terminal”. Sentada justo debajo mío hay una mujer más joven que las otras, de unos cincuenta años, pelo largo y un diario (que no veo cuál es) dentro de esas bolsas con la publicidad del restaurante Kansas. A mi lado está parado quien es el acompañante de esta mujer, un hombre de su misma edad (de la suya propia seguro) que lleva bigotes setentistas con un toque (gracias a su pelo enrulado) Alcides.

En eso noto que Alcides le señala a su acompañante una pintada sobre los paredones linderos a las vías. Uno versaba sobre Crsitina 2011 y otro decía algo así como “Magnetto devolvé…” no sé qué cosa… Cuando veo que luego de la señalización se hicieron entre ellos algunos comentarios en base a señas y guiños de complicidad, me pregunté si los mismos responderían a una aprobación o desaprobación de la “posición” política detrás de esas pintadas… Es que en esas cosas voy pensando cuando viajo: cambio de tema como loco, los intercalo, me aturdo con boludeces. Observo y desobservo, si se me permite y si no se me permite también. El diario seguía oculto dentro de la bolsa de Kansas.

La indagación del espacio hizo que olvide mirar al costado de las vías cuando el tren pasa entre las calles Manuel Ugarte y Congreso: allí están construyendo un edificio en el que estoy pagando lo que se supone será un monoambiente que dará a las vías. Cada vez que tomo ese tren ensayo un cálculo de distancias e imagino si el ruidoso pasar de los trenes se hará o no insoportable para los que allí terminen viviendo (ojalá yo no). Pero bueno, como les contaba… Me acordé del asunto cuando ya habíamos pasado por el lugar…

“Vagón 1, puerta 2” dice un sms que le envío a Andrea quien se sumará a la travesía en la estación La Lucila. Cuando sube se le hace difícil arrimarse adonde estoy parado debido a la aglomeración de gente. A mi lado hay un espacio vacío pero la gente se agolpa delante de las puertas, aún cuando les puedo asegurar que todo el mundo en ese tren un domingo al mediodía se baja en Tigre. Pero la gente es así: entra y se estaciona ahí nomás y así como así. Es difícil entender a la gente, constituye un gran desafío hacedor de monjes tibetanos.

“¿Cuándo te entregan el departamento? ¿Estás comprando uno?” interrogó doble ración Andrea quien había logrado pararse a mi lado con bastante rapidez. No nos veíamos desde hacía un tiempo por lo que la puse a tiro del asunto con información: que para evitar que la guita de la venta de mi casa se siguiera evaporando con el paso del tiempo me metí en dos fideicomisos, aquí y allí, que me los entregan a fin de año, que estoy vendiendo mis discos para pagar las cuotas, bla bla bla…

En eso la conversación cuenta que la madre de Andrea tiene que someterse a un reemplazo de caderas (copiona) y que, si bien la prepaga (o la obra social, se me escapan algunos detalles) le cubre las prótesis de origen nacional su médico, con buen tino, le aconsejó que trate de comprar unas importadas (alemanas, son las mejores: te lo digo yo). Entonces resulta que esas cosas se pagan en dólares y la mamá de Andrea está ahorrando pesito tras pesito para comprarlos. Pero resulta que, ante el primer y segundo intentos de hacerse de las divisas, no se lss vendieron porque no calificaba para adquirirlas. No le vendieron 200 dólares. Chú-jándred. “¿Ni que explique y hasta demuestre para qué los necesita se los venden?” “Sí, pero el trámite es tan engorroso y le piden cosas tan absurdas que es más barato comprar dólares más caros que someterse al suplicio burocrático”. Naturalmente la conversación (o la mía) se volcó hacia comentarios como “estos hijos de puta que no nos dejan en paz ni para comprar 200 dólares… y no digo ‘para reemplazarnos las caderas’, no… no tenemos derecho a gastarnos 200 dólares ni en Brasil…” En eso Alcides, quien seguía parado a mi izquierda (Andrea a mi derecha) la miró a su mujer (sentada debajo de todos nosotros) acompañando el contacto visual con un bamboleo de cabecita hacia los lados. Sí: Alcides estaba no sólo escuchando lo que hablábamos sino que, además, hacía mudas notas al pie de página, allí donde justo estaba sentada su mujer con el diario escondido en la bolsita de Kansas. En eso se libera un asiento (seguramente el pasajero que se levantó se sentía mal, porque todo el mundo en este tren se baja en Tigre, al menos los domingos) y se apoltrona en el mismo nuestro amigo Alcides. Allí es cuando los (porque resulta que eran los y no era el) diarios salen de la bolsita de Kansas y se despliegan. Miradas al Sur y Página 12 (que Alcides abre en una nota que decía “Macri, del voto al veto” cuyo copete hablaba de 84 leyes vetadas por el Niño Mauricio en lo que iba del año; luego me enteraría que, en rigor de información, las 84 leyes –por ejemplo la que legalizaba a los “trapitos”- con veto total o parcial por parte del mandatario elegido por voto popular habían sucedido en los cuatro años y pico que lleva en el ejercicio de sus funciones). Acabáramos… Todos los intríngulis resueltos.

Yo iba entonces hablando con Andrea y con los ear-plugs puestos. Eran de color amarillo y sobresalían de mis orejas lo suficiente como para que los vean desde el último vagón. Cuando redepente… Cuando redepente ingresa a nuestro vagón un… No, no lo voy a decir… Cuando redepente ingresa al vagón un muchacho con un ghetto-blaster al palo (pero cuando digo al palo lo digo en serio: convirtió un vagón hacinado con más de 200 personas apretujadas en una discoteca y para eso el volumen tiene que estar a “todo lo que da” –yo de chico pensaba que esa expresión era “a todo loquedad”, asociando la desproporción a la locura, los niños son siempre más ingeniosos o, mejor dicho, son ingeniosos): estaba vendiendo CDs con TODOS los últimos éxitos. Así sonaba y sonaba el chingui-chingui latino mientras el volumen me comenzaba a lastimar ya a distancia y a pesar de mis ear-plugs a lunares amarillos diminutos justo-justo… Ahí comencé a sentir pánico: el individuo iba acercándose (muy) lentamente hacia nosotros y el volumen se iba incrementando desde nuestro punto de vista (o en este caso desde nuestro punto de audición). En otro caso hubiese optado por escapar hacia otro vagón pero ahora (en aquel momento ahora) resultaba imposible: para adelante no iba a andar ya que estábamos en el vagón uno (puerta dos). Para el anterior había que flanquear a este… No, no lo voy a decir… Para el anterior había que flanquear a este muchacho vendedor ambulante incrementando, en esa acción, el volumen. Además el tren estaba intransitable de tan lleno. ¿Que cómo estaba intransitable si este…? No, no lo voy a decir… ¿Que cómo estaba intransitable si este muchacho estaba vendiendo discos? Bueno, ante la necesidad de un desposeído todo se justifica y avala, ¿no? ¿No? ¿NO?

Opté por lo único que me quedaba y por lo más lógico (dentro de la locura de la situación, locura por el no respeto de ninguna norma y, tras cartón, locura por la inexistencia del sentido común): cuando se acercó el… muchacho yo, aún paralizado por el pánico que producía en mí el volumen, le toco el hombro para llamar su atención y le digo como puedo: “¿podrías por favor bajar el volumen que –señalo mis tapones- tengo un problema de salud en mis oídos?” El tipo baja un poco el volumen… Un poco, pero bueno… algo es algo. El buen samaritano sigue de largo, muy parsimoniosamente, y se va alejando un poco de nosotros. Hacemos algunos comentarios con Andrea al respecto de la situación, de la falta total y absoluta de consideración, debajo de la cual subyace la falta más grave, la de educación: la ignorancia, piedra filosofal de todos los males de este mundo. En la conversación le remarco a Andrea que puedo entender que el tipo haga lo que hace porque es un ignorante, pero lo que no tolero es que desde el Estado se avale la ignorancia; y se la fomente; que se avale que todo el mundo puede hacer lo que quiera basta sea en nombre de “paliar las necesidades de los desprotegidos”. ¿Los desprotegidos por quién?, me pregunto ahora mismo. La respuesta es fácil: por ellos mismos y, en última instancia (el calificativo “última” puede variar en graduación según el caso), por el Estado. Pero el asunto lo paga cualquiera, jamás el desprotegido mismo -dueño de su propio destino- ni mucho menos el Estado (argentino).

A todo esto, los muchachos suscriptos a Miradas al Sur y Página 12, que saben leer y se supone no son ignorantes sino intelectuales informados que no se van a comer la galletita del sistema -esas Lincoln mojadas en el café con leche- seguían opinando sobre nosotros (y ahora sobre la situación que ellos seguramente habían ya caratulado como “el trabajador versus los cerdos capitalistas dedicados a la especulación inmobiliaria y compra ilegal de divisas para contrabando de prótesis”) con gestos y comentarios entre dientes. Fantástico.

En eso vuelve este… No, no lo voy a decir… En eso vuelve este muchacho vendedor ambulante (quien había vuelto a subir el volumen poniéndolo de nuevo al palo tras no más de veinte segundos de leve respiro) y se planta justito justito a mi lado. Justito eh. Pobre, no se habrá dado cuenta: ¿vos sabés lo que es el hambre? “Please me girl, pleeeaassssss me gril, please me for a-while…”, chirriaba el ghetto-blaster al palo, mientras yo no sabía para qué lado girar, si proteger el oído izquierdo (supuestamente el menos dañado) o el derecho (el definitivamente destrozado), transpirando impotencia, midiendo mis reacciones porque estaba en un vagón lleno de… No, no lo voy a decir… Midiendo mis reacciones porque estaba en un vagón lleno de gente y acompañado de Andrea… “Perdoná, ¿no te dije que tengo un problema en el oído y te estacionás justo acá con el volumen al máximo?” Hacía ya casi dos minutos por reloj que el tipo se había estacionado ¿desafiante? No, che… Sos un mal pensado… Y hacía ya casi cuatro estaciones que había comenzado el suplicio del vagón discoteca. “¿Qué querés que haga, estoy esperando que va a bajar la gente?” Responde este Negro de Mierda argumentando que se caga en mí por respeto a la gente… “Vos también te podés bajar”, dijo Andrea, que después me critica si digo “negro (o negros) de mierda” pero que cuando mete bocadillo resulta bastante más punzante.

A esa altura no pude dejar de escuchar el comentario de la compañera de Alcides, a su oído (¿él bailantero también sufriría de acúfenos?) “lo odian estos asquerosos”, y movía su cabecita de un lado a otro. La situación me superaba. El muchacho vendedor se bajaba y todos nosotros también. No supe ni pude más que mirar un poco fijamente a los intelectuales de la revolución, sin más. Esta gente que todo lo reduce a una lucha entre “el que tiene más contra el que tiene menos”, esta gente que no se da cuenta que YO TAMBIÉN SOY POBRE, UN POBRE DE MIERDA. No se dan cuenta que yo OPTÉ porque nadie me esté empujando hoy en día una silla de ruedas, que no entiende que yo, cuando voy a una casa que mi hermano (un POBRE PROFESIONAL) se alquiló para pasar enero ya que no se puede tomar vacaciones, y veo que el barrio cerrado está bueno, y veo tremendas casas y una hermosa laguna artificial, no entienden que cuando yo veo eso mi pensamiento es “qué bueno sería tener una casa así acá, cómo podré hacer para algún día tenerla”, no entienden que uno pueda tener ese pensamiento al enfrentarse a “esa otra realidad” cuando lo natural, para ellos, es pensar “cómo mierda hacemos para cagarle el status quo a estos hijos de puta que seguro la robaron, porque para que exista esto tiene que existir la 11-14 pi por radio al cuadrado…” Hijos de puta que hoy leen Miradas al Sur y Página 12 y se hacen los libertarios e igualitarios pero que si hubiesen estado en mi lugar seguro alguien les estaría empujando una sillita de ruedas por el mismo tren, pisando callos o juanetes ajenos pidiendo (o más bien exigiendo) monedas y billetes a diestra y siniestra. Todo reducido a pobres y ricos, a izquierda y derecha. Toda lectura a esos pasquines que “denuncian al demonio” y nos esclarecen todo acerca de la naturaleza humana. ¡¡¡Si hasta una vez tuve que aguantar, en un asado de ex compañeros de colegio, que uno me dijera que “Shakespeare era de izquierda”!!! Sí: para que me dejara de romper las pelotas con sus comentarios sobre la realidad social y sobre sus lecturas de “información no sesgada” le dije que a mí no me interesaba nada de eso, que yo sólo leía Shakespeare una y otra vez, un genio que escribía para la Reina, el tipo me contestó: “pero Shakespeare era de izquierda”. Ese muchacho da clases en la “facultad” de “sociología” de la U.B.A. En fin…

Volviendo al trenecito… Nadie pero nadie registró nada de todo esto que había sucedido. Salvo Alcides y su mujer de profundo compromiso social. Mientras tanto el… No. Mientras tanto el muchacho este vendió como cinco discos mientras se había estacionado a mi lado. “Please me girl, please me girl, pleeeeaase me for a while…”

Aguante el tren subsidiado.