domingo, 29 de enero de 2012

EL CANTOR DE BUENOS AIRES



Una vez nunca hace mucho caminaba por las calles siempre extrañas en busca del desconocido que uno se niega en ser. La angustia a rienda suelta y el llanto que creía oír su historia en la canción que un mendigo con pretensión de artista podía estar cantando en cualquier lugar de la inabarcable simultaneidad del mundo. Así, sentado en una silla que nunca es propia (porque la desesperación se pasea de a pie) me bajó de golpe mi viejo, su imagen sin recuerdo, amplificación de mi soledad. Sentí que me habló en el silencio del propio sollozo, sentí que me dijo sin siquiera mencionar. Él me sacó del absurdo yo, de la egomanía sin sentido del sufrimiento unívoco (el del recorte de uno mismo), aunque sea en ese instante y por lo que dura. “¿Cuántas veces habrá sentido esto mismo mi viejo?” me pregunté, como si lo que yo sentía pudiera ser algo definido o decible. Mi viejo era cualquiera, allí entonces y en cada plano de la existencia. Yo era mi viejo, un desprendimiento fugaz e imprevisto de cualquier cosa.

Hoy el tic nervioso de la televisión me dijo, desde Crónica TV, que Roberto Goyeneche cumpliría 86 años. En mi librito el apellido Goyeneche es una parte de mi viejo, mi viejo que murió hace veinte años.

Al mediodía pasé justo de canal cuando comenzaba un programa que era no más no menos que una entrevista entre Antonio Carrizo y Roberto Goyeneche. Mi viejo se hizo entonces más presente, como cuando volvía al mediodía de manejar el taxi y contaba, contaba cualquier cosa como sólo él sabía: “por Dios… no sabés lo que fue eso, las cosas que dijo y cantó… Mañana va de vuelta… No sabés… No sabés…” Mi viejo volaría el taxi esas mañanas o mediodías tardíos cuando en La Vida y El Canto, uno de los programas de radio que él escuchaba mientras trabajaba, Goyeneche era el invitado extraordinario. Esos programas, un buen día, fueron editados en 3 CDs que mi viejo hubiese atesorado. Pero por suerte no: ¿quién que tenga el don de la narración y goce tanto en él va a desear que le congelen las infinitas posibilidades de un pasado a contar en un pedazo de plástico? No sería digno de un conocedor y admirador del Polaco Goyeneche.

Me había levantado con el zumbido a pleno que anulaba gran parte de mi oído derecho, había maldecido no sé cuánto hasta que todo esto que cuento se disparó: cuánto dolor que yo no supe intuir en el momento habrá tenido mi viejo mientras se estaba desviviendo… A mi viejo que no puedo volver a ver del mismo modo que jamás vi a Goyeneche cantar a pesar de tenerlo a mi viejo ahí, insistiéndome, invitándome a oírlo, a verlo cantar o a visitarlo a su casa de Saavedra ahí a unas doce cuadras de la nuestra de Coghlan, justo del otro lado de la Avenida Congreso. Cuánto daría hoy (yo que he dado tanto por tan poca cosa) por levantarme y caminar esas tan pocas cuadras entre aires de infancia para ir a ver a un desconocido de la mano de mi padre. Seguramente en el camino me contaría cosas, me haría algunos chistes, me remarcaría algún detalle.

Mi viejo… Mi viejo el que no se googlea y a quien no se puede ir a alguna parte para verlo contar. Goyeneche es una parte suya en mí, que nunca me doy cuenta.