miércoles, 14 de diciembre de 2011

WASTEHEAD, LIFE IS A PROLOGUE



Nunca había llegado de noche a Londres, mucho menos una noche de domingo que se hace lunes de madrugada. Entre tanto detalle que quise tener cerrado en el entramado de tan desproporcionada travesía, dejé bajo los dominios del sobreentendido en mi cabeza el cómo caminar desde la estación Archway hasta el departamento donde había alquilado una habitación, en el 272 de Sussex Way.

La primera imagen de la ciudad, la que se suele ver desde la ventanilla del avión una vez aterrizado el mismo, era la de esperarse: el asfalto mojado y el dibujo de las gotas cayendo desde el haz de la luces hasta la indiferencia del suelo. El bolso pesa (casi 18 kilos, dice la balanza sin saber mucho), la mochila suma y la mandolina le agrega un poco de incomodidad a la secuencia. A la tensión del trámite migratorio se le adhiere un chango sin frenos y una bajada en espiral que requiere una dosis de fuerza extra a un cuerpo medularmente agotado. Al abordar el tren subterráneo uno se sumerge en el reconocimiento de esos sonidos que por más descansos que de ellos se tome la cabeza no se demora en reconocer como extraños y habituales al mismo tiempo. Leicester Square, estación de trasbordo, aguarda más esfuerzo en el arrastre de bolsos: escaleras que se suben a pie hasta un nuevo andén y otro tren, esta vez de la Northern Line que nos deja en Archway ya pasada la medianoche. Nadie más que lluvia, y una Traffic con un puñado de trabajadores que arreglan la vía pública durante la noche. Porque todo el tiempo se está arreglando algo de Londres, en cada barrio, a cada paso: nada amigable para un obsesivo a quien se le ocurra la necesidad de ver, algún día y durante un breve instante, la ciudad funcionando a pleno con el mantenimiento al ciento por ciento. Es tan utópico como pretender presenciar un concierto sinfónico sin que se produzca una sola tos ni un breve carraspeo en toda la sala a lo largo y ancho del mismo.

En el laberinto de las calles de la capital inglesa es normal que en la esquina de una estación cualquiera del Underground confluyan cinco, seis y siete arterias. “Excuse me, Sir: which one is Holloway Road?” “Down there, mate”, responde uno de los tipos enfundados en un chaleco verde fluo y sin mosquearse por la tupidísima garúa demoledora de almas.

El asunto es que en una ciudad del trazado de Londres siempre es un error dejar funcionar un sobreentendido respecto de la orientación necesaria para llegar a alguna parte. Doce y media de la madrugada de un lunes, lloviendo, con las calles mostrando su universal depresión desértica, así se desparrama la primera dosis de energía por el camino cuyo comienzo recién se emprende. Y digamos que para un esqueleto dividido en dos por un sector de titanio, para unos tendones cansados de la frialdad teutónica y el tesón peronista, para una mente vieja y afiebrada que se empecina en ignorar la invención de la novedad del cuerpo, para todo eso (y mucho más), decía, resulta todo un poco demasiado. El bolso pesa más a cada paso en su arrastre, las caderas de prestado se tuercen de aquí para allí de acuerdo a qué mano tome como propia la carga por unos metros, la incertidumbre al sospechar que el sobreentendido fue un error y que la calle buscada no es esta ni la otra ni la que le sigue, la desesperación acelerando al porfiado empeño que se desliza en la transpiración que baja por la espalda al compás de la lluvia rociada incansablemente por esta ciudad ajena a uno aún en su escepticismo, todo esto nos va recordando que la realidad es dura. Las diez cuadras, mal planeadas, son quince, luego diecisiete y, tras una pregunta a esos cinco lads que salieron a fumar a la puerta del pub que quedó cerrado y en privado para ellos tras las once de la noche, ya se hicieron veinte. Los tendones tensan el andar, la cadera asusta cuando el tesón afloja porque parece que se está por llegar: a ninguna parte pero se llega. Así es este camino: postas en la cadena de lo abstracto. Nos inventamos una llegada para volver a salir hacia una nueva repetición ilusoria.

Una vez en la cama, tras el contacto de rigor con el nuevo Landlord, se recuentan los dolores en los fantasmas luminosos de lo oscuro, basuritas oculares que las cansadas órbitas inventan como hipocampos en un tablero de telematch: este es rutina, este otro un llamado de atención, este puede ser una futura alarma, aquel de allá me da miedo. El cuerpo descansa lo que la mente no, pero descansa apenas lo que la mente permite: siempre apenas lo suficiente para poder seguir al otro día, hasta el nuevo racconto de resplandores a ojos cerrados y sobre el negro. Que vaya esta descripción como una de mis primeras definiciones de lo que es “viajar para ver recitales”. Porque siempre la idea instalada me resulta un poco desbordada de imprecisión arquetípica. Como la idea de “qué bueno, tener una disquería…” Darle vuelta al mundo para ir a ver un recital, en el campo de batalla, suele ser una porquería. El pico ocurre cuando compraste la entrada, a la distancia. A partir de allí, todo va en caída. No lo digo haciéndome el vivo ni mucho menos ironizando: es así y no hay vueltas. Que después rescates la experiencia porque necesitás hacerlo o porque el rescate sea válido o porque no hay más remedio, eso es otro cantar... Pero “viajar para ver recitales” es esa travesía que desde la torpeza de este asiento intenté describir más arriba: y eso que arranqué recién cuando el avioncito estaba frenando en su carretear… Asfalto mojado, huesos cansados, madrugada, extrañeza, dolores, fantasmas, desesperación hecha tesón, situaciones contra natura, todo eso tiene mucho más que ver con el asunto que las cancioncitas que se tocan en los recitales. Invariablemente, los resortes de las camas londinenses rechinan el sonido del cansancio.






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El primer día de cada viaje que hice a Londres desde 1990 tuvo un ritual invariable: pasar por Stargreen Box Office. Argyll Street, a la vueltita de Oxford Circus. Allí yo comencé a comprar tickets por teléfono a principios del año 1990. Y a través del milagro del Sr. Bell yo conocí los primeros picos de excitación y éxito en los recitales de mi vida. Comprar una entrada por aquellos años no era para cualquiera: las psicosis se merecen, se trabajan, se ganan. Pánico me daba el teléfono cuando había elegido el recital (en alguna revista a la que estaba suscripto o ante la alerta de algún pen pal) y debía comprar mi entrada. Con todos esos números frente a mí, con el doble cero y un cuarenta y cuatro que no iba a Pompeya invariables de arranque, tenía que tomarme un tiempo para juntar coraje y finalmente marcar. Sabía que tenía que hacerlo, calculaba la diferencia horaria pero daba vueltas. Pasaba junto al teléfono varias veces, evitándolo con promesas de “mejor en cinco minutos” o un “tengo ganas de ir al baño”, hasta que llegaba el momento de tomar el tubo por las astas. Una vez marcado el número, un también marcado silencio telefónico preanunciaba el doble ring tan típicamente inglés. Con él la taquicardia se imponía y la voz se atropellaba desde todos los ensayos mentales que oficiaban de atolondrado apuntador de una muy mala obra teatral, una argentina. “Good morning, this is a long distance call from Buenos Aires, sorry about my english hope you can understand me…” Había que indicar el recital, con el problema que significaba por aquellos tiempos el acertarle a la pronunciación de los nombres de grupos y artistas, pero las dificultades no terminaban allí: había que pasar los datos de una tarjeta de crédito, de una internacional, que por aquellos tiempos no eran tan comunes como ahora. Y nuestros nombres impronunciables, y una chorrera de números y la puta madre que los parió, quién carajo me mandó a llamar por teléfono a la concha de la lora para comprar una entrada para ver un recital del ojete. Si hace cuatro años iba a ver a Los Pillos al Teatro Santa María por qué carajo ahora quiero ir a ver a Nick Cave, Shack o The Charlatans si soy el mismo pelotudo de siempre. Uruguay y Córdoba queda más cerca y la entrada se compra ahí, en medio del sutil aroma a Gamexane y la espera a por el recital en el Hall del teatrito hasta las dos, tres y tres y media de la madrugada…

Pero bueno… Así, eso es ir a ver recitales afuera: no es viajar porque me manda el diario o la radio o porque voy a la Creamfields a tocar a las doce menos veinte del mediodía. No es armarse el itinerario por Internet ni mirar videos en YouTube para ver qué onda The Vaccines. La previa a tomar el tubo por las astas, el tomarlo, el marcado del número de dimensiones senegalesas (siempre deseando, en el fondo, que diera ocupado), el silencio teatral tras el discado, el doble ring, el “Stargreen Box Office, good morning, may I help youuuuu…?”, TODO ESO ES IR A VER RECITALES A LA CONCHA DE LA LORA.

Cada vez, entonces, que iba al localcito de Stargeen durante mi primer día de cada estadía londinense, me encontraba con ella, la que en un principio atendía el teléfono invariablemente (hasta que el negocio se fue expandiendo y tuvo hasta cuatro chicas atendiendo sendas líneas), siempre tan sonriente detrás del alto mostrador que la mostraba como dos hombros y un gesto de generosa amplitud. Ante cada encuentro se producía un sobreentendido que sí funcionaba: yo era el argentino que llamaba por teléfono unas cinco, seis, diez o doce veces antes de cada viaje, el que compraba un ticket para cada recital, el que se llamaba German no sé cuanto (esos nombres con tantas vocales abiertas, tan simpáticamente hispanos…), mientras ella era la que me vendía las entradas. Saludo, sonrisa, breve intercambio de palabras mientras ella buscaba mi sobre en una caja de zapatos, mientras me lo daba y me hacía firmar (entonces) los tickets que había que firmar, mientras yo miraba el gig listing que ella hacía a mano, una hoja enorme, de esas que son del tamaño de cuatro hojas carta, escrita en letra chica y renglones que se pechaban en un intento de rectitud con tanto ahínco que no dejaban espacio para margen alguno… Ella, que se pasaría tal vez gran parte de una noche haciendo el manuscrito del original que luego fotocopiaría, esos listings que yo comenzaba a revisar con pasión de víspera mientras ella me entregaba las entradas del comienzo de cada travesía… Ella. Y nunca más que eso con ella: trato de viejos y queridos conocidos que no tenían tiempo ni lugar para detenerse en intimidades, como si las dejaran para la noche siguiente en la que uno iba a cenar a la casa del otro. Veintidós años repitiendo la escena: ella invariable. ¿Yo? Les juro que también, y se los juro a los ojos de ella que esta vuelta miré por primera vez. Porque cuando llegué este martes de hace dos semanas y entré al localcito de siempre, pegado al mostrador estaba un hombre grande que seguramente sería su marido: un típico marido inglés, muy mayor a su mujer, pelado de pensamiento y fuera de combate. Estaría ayudando. Y en el fondo del local, que se va angostando en un efecto cónico, estaba ella a un teléfono (además de otra a otro, entre ella y la pared) Mientras el viejo finalizaba de atender a un cliente que ya estaba allí cuando yo había ingresado, un cliente de estos modernos que no valen ni ocho cuartos, yo me dije con mucha pena: “qué cagada, ella no me va a ver, no me va a atender…” cuando de repente, como si me hubiese oído (porque lo hizo), finalizó su conversación telefónica y sin mediar nada se levantó de su silla, dio un cuarto de giro y se dirigió hacia a mí, como si ya me hubiese visto mientras hablaba (cosa que no hizo), como si siempre me hubiese visto entrar y sólo hubiese estado simulando que atendía a un cliente extranjero como si fuese 1990 (cosa que era) con el secreto objetivo de que su marido no registrase nuestra relación, así fue que se me acercó como nunca siempre y me besó esa sonrisa que me quita el tiempo: “Hello daaarlin’… How are youuuu? So lovely to see you…” Y vi entonces por primera vez en 22 años y aún mayor número de visitas sus ojos, claros tras su pelo corto y rubio, su tez blanca salpicada en pecas, su atemporalidad demoledora, su amoroso estado de gracia. Todo el amor que nos habíamos dispensado en breves, sintéticos y ascépticos diálogos tan británicos (casi como pequeñas escenas diagramadas por Nöel Coward) se desbordó este martes glorioso del que les estoy hablando. Le declaré mi amor, como si hubiese hecho falta, como si nada más existiese a nuestro alrededor. Me declaró el suyo y vio mis ojos por primera vez. “Tdrouing Museis… gooood…” dijo con acento norteño dándome una entrada como disimulando lo que allí en verdad estaba sucediendo: al fin y al cabo hasta hacía unos instantes andaban por ahí un marido y una empleada… Fue el momento más sublime de mis 22 años de “ir a ver recitales” y vuelvo a aclarar: no lo digo haciéndome el vivo ni ironizando. Ella es la mujer de mi vida.






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Siempre me manejé por impresiones, intuitivamente: se me instalan ideas en la cabeza y allí quedan, estampadas, sin importar mucho el origen se transforman en realidades indeclinables. Al fin y al cabo: ¿tiene algún origen la realidad? La existencia de Dios me resulta indemostrable desde mis limitaciones, sin embargo está ahí, a las sombras de la desesperación.

De chico tenía imágenes de casas a la vera de caminos campestres, nunca supe si las había soñado o si las estaba soñando. Esas imágenes se me hacían que eran Inglaterra y Alemania que en la cabeza de una criatura son verdades intercambiables. Otra cosa que supe desde niño fue que quería contar algo, escribiéndolo. Pero debía evitarlo ya que, el concretarlo, implicaría un final. La muerte. ¿Que cuándo sería eso? No sé, pero sería. Como Dios. En esas instalaciones a modo de estampas o postales había una con el número treinta y dos (simplemente) y otra donde había un piyama blanco y amarillo de dos piezas que se lo estaban sacando a un niño que lloraba sobre una camilla. Así fue que comenzó mi vocación por dilatar las cosas, por dejarlas para otra oportunidad prolongándoles la vida o, más bien, ahuyentándoles la muerte. No escribiendo me aseguraría más vida y más tiempo que, en algún momento, tal vez dedicase a escribir una historia que nunca acabara. Una sin comienzo y mucho menos prehistoria. Sin origen ni porvenir. Una serie de sucesos que se dispararan desde distintos resquicios de la mente proyectándose en un tiempo sin tiempo donde lo lineal no existe y todo termina siendo un punto en el infinito, la expansión del cuerpo hacia la nada.

También me inventé otras cosas… Intereses, gustos: enunciados.

Todas mis invenciones llevan el sello de la imperfección, la marca de la insatisfacción. La esperanza de volver a intentarlo para rescatarme del fracaso y dilatarlo, para ahuyentarle la muerte. Así es que en cada uno de los primeros viajes que hice a Londres, durante el último día, me iba hasta el Támesis, a la orilla opuesta a The Houses of Parliament. Allí, acodado en el balcón de la rambla miraba hacia abajo la vertiginosidad del oleaje sobre el borde cementado, ahí donde el río también se descubre prisionero. En eso, disimulándome en la indiferencia de la gente, me sacaba una caspita de psoriasis de debajo de alguna manga. Desarrimaba un poco el pulgar del índice y espiaba que fuera lo suficientemente grande como para verla caer siguiendo su recorrido hacia la inmersión. A veces no era fácil, pero una mente preparada para completar lo inacabado de la realidad todo lo puede. Así, depositando infinitas partes del incompletable yo en las aguas de ese río, me aseguraba el regreso sin siquiera sospechar que podría haberme preguntado, alguna vez, si en verdad deseaba que eso sucediera. Simplemente el rito se había instalado y así era. Y así volví, siempre con municiones perennes listas para ser arrojadas al hambriento río, inquieto e insobornable. Inagotables, el discurrir del río y la descamación. Rituales de autoinmunidad. El hastío se renueva en energía, el fracaso en esperanza nueva, el llanto en subrepticia calma, la mentira en ilusión vigorosa, la certeza en el olvido. La caspita desciende titubeante en la inseguridad de su inconsistencia y se sumerge en la adivinación del ojo inventivo. De chico también decía que quería ser médico para encontrarle una cura a la psoriasis. Así, aprovechando los continuos y furiosos brotes, ya en la cama cuando noche, me ponía boca arriba y levantaba una rodilla hasta que la planta del pie quedara horizontal apoyada sobre el colchón. Me inclinaba un poco hacia un lado haciendo que la mano llegase al frente de la pierna, unos centímetros por encima del empeine. Allí y entonces, sobre la dureza del joven hueso, solía dejar algún borde levantado una caspita que, de no sufrir los embates de las uñitas de niño durante algunas noches consecutivas, había crecido lo suficiente. Tomaba entre el índice y el pulgar con mucho cuidado ese borde que descubría tanteando y comenzaba a arrancar la caspita con mucho cuidado, como si se tratase de un sticker que fuera uno a pegar en un álbum de figuritas mágico cuyos huecos para ir ubicando la colección estuviesen en un continuo cambo de forma y tamaño hasta que la pieza de colección se constituyese simplemente para ser insertada en su lugar correspondiente. Cuanto más grande se despegara la caspita mayor era el placer y la satisfacción intraducibles del niño psoriásico: un intransferible gozo que compensaba el escarnio público de los estigmas ocultos tras mangas largas y un espíritu utópico con tendencia al engaño y la credulidad. Una vez conquistada la presa, adivinando su tamaño desde la oscuridad de las manos, me levantaba a prender la luz. Colocaba la piel muerta de hiperactividad del reverso, es decir del lado que había estado pegado al cuerpo, cara que siempre tenía una superficie más rugosa e irregular: la levantaba hacia el haz de luz y la miraba al descubierto de sus veladas transparencias. Era un caleidoscopio de alucinatoria asimetría, un universo en expansión donde los infinitos y resplandecientes puntos que lo conformaban estaban bullendo en la búsqueda de venturosos trazadores de líneas que los unieran en un sentido, aún uno trágico. Y ahí estaba yo, queriendo ser médico o arrojando una caspita al río, sin un antes ni un después, repitiéndolo todo en una alternancia sin solución desde la primera vez.






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