sábado, 24 de diciembre de 2011

NAVIDAD


1

Después de volver caminando a su casa solariega, a través de la nieve ya en penumbra, Sleptsov se sentó en un rincón, en un diván tapizado de felpa que no recordaba haber usado antes. Era el tipo de cosa que ocurre después de una gran calamidad. No un hermano, sino una relación casual, un oscuro vecino del campo a quien nunca se le había prestado mayor atención, con quien en tiempos normales se cambia apenas unas palabras, es la persona que suele reconfortarnos con sabiduría y tacto, quien nos entrega el sombrero que dejamos caer, terminado el servicio religioso de difuntos, cuando estamos tambaleantes de congoja, con los dientes castañeteando, los ojos enceguecidos de lágrimas. Lo mismo puede afirmarse de los objetos inanimados. Cualquier cuarto, aun el más confortable y el más absurdamente pequeño, en el ala poco utilizada de una gran casa de campo, tiene un rincón donde no se ha vivido. Fue, pues, en un rincón como aquél donde se sentó Sleptsov.
El ala estaba conectada a la casa principal por una galería de madera, obstruida en aquel momento por nuestras inmensas tormentas de nieve rusas, pero solamente se la usaba durante el verano. No había necesidad de despertarla, de calentarla. El amo había llegado de San Petersburgo, sólo por un par de días y se había instalado en el anexo, donde era muy sencillo hacer funcionar las estufas de cerámica holandesa blanca.
El amo estaba sentado en su rincón, en ese diván de felpa, como en la sala de espera del médico. El cuarto flotaba en medio de la oscuridad. El azul denso de las primeras horas de la noche se filtraba a través de las cristalinas plumas de escarcha sobre el vidrio de la ventana. Iván, el valet silencioso y de aspecto respetable, quien hacía poco tiempo se había afeitado el bigote y se parecía en aquel momento a su difunto padre, el mayordomo de la familia, le trajo una lámpara de kerosene de mecha bien recortada y radiante de luz, que depositó en una mesita y, sin el menor ruido, enjauló dentro de su pantalla de seda rosada. En seguida se retiró y la puerta dejó oír un chirrido amortiguado.
Sleptsov levantó una ano de la rodilla y se la miró atentamente. En la piel entre dos dedos se había adherido y endurecido una gota de cera de vela. Cuando apartó los dedos, la pequeña escama blanca se quebró.


2

Al día siguiente, por la mañana, después de una noche pasada en sueños sin sentido, fragmentados sin ninguna relación con su pena, al salir Sleptsov a la galería fría, un tablón del piso disparó un alegre pistoletazo bajo su pie y los reflejos de los vidrios multicolores formaban losanges de tonos celestiales sobre las banquetas pintadas con cal y sin almohadones debajo de las ventanas. Al principio la puerta de salida resistió, pero luego se abrió con un fuerte crujido y la escarcha deslumbrante le golpeó la cara. La arena rojiza esparcida con toda previsión sobre el hielo que cubría los escalones de la entrada parecía canela y del alero colgaban gruesos pámpanos entretejidos de azul verdoso. La nieva llegaba sin interrupción hasta las ventanas del anexo y asía con sus garras glaciales la abrigada estructura de madera. Sobre la nieve más pareja, delante del acceso a la galería, se levantaban levemente unas sapiencias blancas y redondeadas sobre lo que en verano eran canteros cubiertos de flores y más lejos se extendía un parque reluciente, en el cual cada rama negra tenía bordes de plata y los abetos daban la impresión de esconder sus patas verdes bajo su espesa y brillante carga.
Con botas altas de fieltro y chaqueta forrada de piel, con cuello de caracul, Sleptsov inició la marcha, despacio, por un sendero recto, el único del que habían despejado la nieve, hacia aquel paisaje lejano y enceguecedor. Estaba asombrado de vivir aún y poder percibir la brillantez de la nieve, el dolor de sus dientes a causa del frío. Notó, inclusive, que un arbusto cubierto de nieve parecía una fuente y que un perro había dejado en la pendiente de un montículo de nieve una serie de marcas de color azafrán que habían corroído la costra externa. Un poco más allá, los parantes de un puente para peatones sobresalían, entre la nieve y allí Slepstov se detuvo. Con amargura, con furia, despejó la cobertura espesa y porosa del parapeto. Recordaba vívidamente el aspecto de este puente en verano. Allí iba su hijo, caminando por las planchas de madera resbaladiza, entre las que asomaba el amento, atrapando con destreza en su red una mariposa posada en la barandilla. Ahora el chico ve a su padre. Una risa perdida para siempre juega en su rostro bajo el ala baja de un sobrero de paja, quemada de un color tostado oscuro por el sol. La mano del chico juega con la cadenita del monedero de cuero que lleva asegurado a su cinturón y sus piernas queridas, lisas, tostadas bajo los pantalones cortos de sarga y las sandalias enchapadas, adoptan la posición habitual y despreocupada, ambas muy separadas. Hace muy poco en San Petersburgo, después de haber balbuceado en su delirio algo sobre la escuela, sobre su bicicleta, sobres una gran mariposa nocturna oriental, murió. Y Sleptsov llevó al ataúd –cargado, según le parecía, por una vida entera- al campo, a la bóveda familiar cerca de la iglesia de la aldea.
Reinaba el silencio que puede reinar sólo en un día glacial y soleado. Sleptsov levantó muy alto una pierna, se apartó del sendero y, dejando pozos azulados tras sí en la nieve, se abrió camino entre los troncos de árboles, insólitamente blancos, hasta el punto en que el parque caía en una pendiente hacia el río. Muy abajo, los témpanos de hielo resplandecían cerca de un agujero cortado en la lisa extensión de blancura y en la margen opuesta, unas columnas muy derechas de humo rosado se levantaban de los tejado cubiertos de nieve de las cabañas de troncos. Sleptsov se quitó la gorra de caracul y se apoyó contra el tronco de un árbol En algún lugar, lejos, los campesinos cortaban leña –y cada golpe rebotaba y retornaba en dirección al cielo- y detrás de la bruma plateada de árboles, muy alto sobre las cabañas achaparradas, el sol aprisionaba el fulgor ecuánime de la cruz sobre la iglesia.


3

Fue allí adonde se dirigió después del almuerzo, en un viejo trineo con respaldo alto y derecho. La pechera del potro negro chasqueaba co fuerza en el aire helado, los blancos penachos de las ramas bajas se deslizaban por encima de su cabeza y de las huellas, ante el trineo, brotaba un resplandor de un azul plateado. Cuando llegó, permaneció sentado alrededor de una hora junto a la tumba, apoyando la pesada mano enguantada en lana sobre el hierro de la verja, que le hacía arder la piel bajo el guante. Volvió hacia la casa con una leve sensación de desengaño, como si allá, en la bóveda funeraria, se hubiese hallado más lejos aún de su hijo que aquí, donde las innumerables pisadas de verano de sus veloces sandalias estaban preservadas bajo la nieve.
Por la noche, agobiado por un sentimiento de inmensa tristeza, hizo abrir la casa principal. Cuando la puerta se abrió con un pesado gemido y un peculiar vaho de frescura muy poco invernal surgió del sonoro vestíbulo con barras de hierro, Sleptsov tomó la lámpara con reflector de latón de la mano del sereno y entró solo. El piso de parquet crujió con un ruido fantasmal bajo sus pasos. Un cuarto tras otro se llenó de luz amarilla y los mueles enfundados en sus mortajas le parecieron poco familiares. En lugar de la araña de cristales tintineantes, colgaba del techo un bolsa silenciosa y la sombra enorme de Sleptsov, que extendía lentamente un brazo, flotó por la pared y por los rectángulos grises de los cuadros cubiertos.
Entró en el cuarto que su hijo utilizaba para estudiar en verano, puso la lámpara en el alféizar y abrió las celosías plegadas, quebrándose las uñas al hacerlo, a pesar de que afuera todo era tinieblas. En el vidrio azul apareció la llama amarilla de la lámpara algo humeante y su rostro grande y cubierto de barba se reflejó un instante.
Se sentó ante el escritorio vacío. Con aire severo, las cejas fruncidas, observó el empapelado pálido con sus guirnaldas de rosas azuladas, el angosto archivo que recordaba los de las oficinas, con cajones desde arriba hasta abajo, el sofáy los sillones cubiertos por fundas. De pronto, apoyando la cabeza en el escritorio, comenzó a temblar con pasión, con ruido, apretando primero los labios y luego las mejillas mojadas de lágrimas contra la madera fría y polvorienta, a la vez que aferraba las esquinas del mueble.
Encontró en el escritorio un cuaderno, tableros para fijar muestras, una cantidad de alfileres negros y un a lata de galletitas inglesas con un capullo de aspecto exótico que le había costado tres rublos. Al tacto era como papel y parecía hecho de hojas pardas enrolladas. Su hijo lo recordó durante su enfermedad, lamentándose de haberlo dejado en el campo, pero consolándose con la idea de que la crisálida estaba probablemente muerta. Encontró, además, una red desgarrada; una bolsa de tarlatán ajustada a un aro plegable (y la tela olía todavía a verano y a punto caliente de sol).
Después se inclinó aun más y sollozando con todo el cuerpo comenzó a tirar, uno por uno, de los cajones del archivo. Bajo la luz tenue de la lámpara vio las filas de ejemplares que brillaban como la seda debajo del vidrio. Aquí, en este cuarto, en este mismo escritorio, su hijo había apartado las alas de sus presas. Primero pinchaba el insecto muerto con gran cuidado en la capa de corcho con surcos del tablero, entre las varillas de madera ajustables y fijaba con tiras de papel y alfileres las alas todavía frescas y blandas. Hacía mucho que se habían secado y habían sido transferidas al mueble de cajones… las espectaculares mariposas llamadas Cola de Golondrina, las deslumbrantes Cobres y Azules, las diversas Fritilarias, algunas de ellas montadas sobre el dorso para mostrar la parte ventral nacarada. Su hijo pronunciaba siempre los nombres en latín con un gemido de triunfo, o bien con una afectada sonrisa de desdén. ¡Y las mariposas nocturnas, las mariposas nocturnas, aquella primera Halcón Trémulo de hacía cinco veranos!


4

La noche era de un azul ahumado, alumbrada por la luna. En el cielo había nubes dispersas, pero no tocaban aquella luna delicada, helada. Los árboles, masas de escarcha gris, proyectaban sombras oscuras sobre los montículos de nieve que centelleaban aquí y allá con chispas metálicas. En el cuarto lleno de tapizados de felpa y de tibieza del anexo había instalado un abeto de menos de un metro dentro de una maceta de barro sobre la mesa y estaba Iván atando una velita en la punta cruciforme, cuando volvió Sleptsov de la casa principal, con frío y con los ojos enrojecidos, con manchas de polvo grisáceo en la mejilla y con un estuche de madera bajo el brazo. Al ver el arbolito de Navidad sobre la mesa preguntó, distraído:
-¿Qué es eso?
Al tomarle el estuche, Iván repuso en voz baja:
-Mañana es día de fiesta.
-No, llévatelo –le dijo Sleptsov, frunciendo el ceño. Al mismo tiempo pensó: “¿Es posible que sea Nochebuena? ¿Cómo pude olvidarlo?”
Iván insistió con suavidad:
-Está muy lindo y verde. Que quede aquí un rato.
-Por favor, llévatelo –repitió Sleptsov.
Se inclinó sobre el estuche que había traído. En él había juntado las pertenencias de su hijo, la red plegable para cazar mariposas, la lata con el capullo, el tablero para fijar ejemplares, los alfileres en su caja laqueada, el cuaderno celeste. Habían arrancado la mitad de la primera página y la otra mitad contenía parte de un dictado en francés. Había luego apuntes diarios, nombres de mariposas cazadas y otras notas.
“Caminé a través del pantano hasta Borovichi…”
“Hoy llueve. Jugué a las damas con papá, después leí Fragata, de Goncharov. Mortal de aburrida.”
“Estupendo día de calor. Por la tarde anduve en bicicleta. Se me metió una mosquita en el ojo. A propósito pasé frente a su dacha dos veces, pero no la vi…”
Sleptsov levantó los ojos, tragó algo ardiente, enorme. ¿Sobre quién escribía su hijo?
“Salí en bicicleta como siempre” siguió leyendo. “Nuestros ojos casi se cruzaron. Mi querida, mi amor…”
-Esto es inconcebible –susurró Sleptsov-. Nunca sabré quién…
Volvió a inclinarse y leyó con avidez, descifrando la escritura infantil, que formaba renglones más bajos sobre el margen y curvados hacia arriba hacia el final.
“Vi un nuevo ejemplar de la Camberwell hoy. Quiere decir que llegó el otoño. Lluvia por la noche. Seguramente se fue, y ni siquiera llegamos a conocernos. Adiós, mi amor. Me siento muy, muy triste…”
-Nunca me dijo nada… -Sleptsov intentó recordar, frotándose la frente con la palma de una mano.
En la última página había un dibujo hecho con pluma, la parte posterior de un elefante, dos gruesos pilares, las puntas de dos orejas y una cola diminuta.
Sleptsov se levantó. Agitó la cabeza tratando de contener otro acceso de horribles sollozos.
-No puedo soportarlo más… -dijo entre lamentos entrecortados y volvió a repetir más despacio aún-: No… puedo… soportarlo… más…
“Mañana es Navidad”, oyó que le recordaban en su interior, inesperadamente, “y yo voy a morir. Claro. Es sencillo. Esta noche misma…”
Tomó un pañuelo y se secó los ojos, la barba, las mejillas. En el pañuelo quedaron machas alargadas y oscuras.
-…la muerte –dijo Sleptsov en voz baja, como si terminara con esta palabra una larga oración.
Se oía el reloj. Los dibujos de la escarcha se entrelazaban en el vidrio azul de la ventana. El cuaderno abierto brillaba, radiante, sobre la mesa. Juno a él la luz atravesaba la muselina de la red para cazar mariposas y relucía sobre un ángulo de la lata abierta. Sleptsov apretó los párpados y tuvo la sensación fugaz de que la vida en la tierra se presentaba ente él desnuda, comprensible… horrorosamente en toda su tristeza, humillante por su falta de sentido, su esterilidad, su carencia de milagros…
En aquel instante se produjo un ruido súbito, un ruido débil, como el de una banda de goma que se estira demasiado y se rompe. Sleptsov abrió los ojos. El capullo dentro de la lata se había abierto de pronto por una punta y una crisálida negra y arrugada, del tamaño de un ratoncito, reptaba por la pared arriba de la mesa. Se detuvo, aferrándose a la superficie con seis patas peludas y negras, y comenzó a palpitar de una manera extraña. Había surgido del capullo porque un hombre transido de dolor había trasladado aquella lata a su cuarto abrigado y el calor había penetrado su envoltura apretada, de hoja y seda. Hacía tanto que esperaba ese instante, tal era la tensión acumulada que en ese momento, liberada, se expandía, despacio, milagrosamente. Poco a poco los tejidos arrugados, los bordes aterciopelados comenzaron a desplegarse. Las venas que la surcaban en abanico se volvieron más firmes al llenarse de aire. En forma imperceptible se transformó en un ser alado como el rostro al madurar se vuelve bello. Y sus alas, débiles, húmedas aún, siguieron creciendo, desplegándose, y por fin quedaron en el límite establecido para ellas por Dios, y allí, sobre la pared, en lugar de una pequeña mancha de vida, en lugar de un ratoncito oscuro, apareció una gran mariposa nocturna, una Attacus idéntica a las que vuelan, como aves, en torno de las lámparas en el crepúsculo indio.
Y por fin esas gruesas alas negras, con su mancha como un ojo vidrioso en cada una y un tinte purpúreo sobre los curvados extremos anteriores, aspiraron finalmente muy hondo bajo el impulso de una dicha íntima, subyugante, casi humana.


(Vladimir Nabokov, 1925)