sábado, 31 de diciembre de 2011

2011: EL RETORNO MENOS PENSADO


Acá nomás, a pocos metros de donde estoy sentado, está todo. La doble cocina o más bien la cocina partida en dos es, siempre se dice, una consecuencia de cómo iban haciendo sus casas nuestros abuelos inmigrantes: de a poco, por partes, a medida que juntaban algo de dinero. Sin planificar demasiado y bajo ningún dominio estético.
Las dos cocinas, o ambas partes de una única, eran igualmente cuadradas de algo así como tres metros por tres. Ambas tenían un hueco a modo de espacio extra: en el de la que daba al interior de la casa había una cocina de tres hornallas y horno, una de vieja loza blanca. Arriba suyo, por la derecha, un calefón de marca Universal con la vieja palanca reguladora de potencia. Una mesa plegable de fórmica marrón y forma redóndica completaban el mobiliario, además de dos sillas de tapizado anaranjado, una a cada lado de la mesa. En la pared detrás de ella, junto a la puerta que comunicaba con un distribuidor desde donde se podía pasar al baño o hacia el hall, había una repisita de acrílico transparente donde se mostraban una veintena de frasquitos con especias. Los azulejos de esta parte de la cocina eran blancos con uniones gruesas en negro. El piso hecho con la típica baldosa con muchas pintas y colores, predominando el plateado y el verde botella.

La otra parte de la cocina, que tenía la pileta, la mesada, las alacenas y la heladera, estaba cruzando la galería que daba al patio. De un lado, por encima de la pileta de mármol blanco, había una ventana de doble hoja del ancho mismo de esa pared que daba hacia el patio, hacia el costado del patio que en verdad era un jardín. De ese lado, pegado a la ventana, estaba la parrilla. “Esto sí lo hicieron bien… De casualidad…” Decía mi viejo cuando hacía algún asado ahí en lo de mi abuela Aída, que era también su casa desde la naturalidad de su nacimiento. Era como un gran éxito de la providencia inteligente eso de poder limpiar la carne y salarla sobre la mesada para pasarla a la parrilla apenas estirando la mano a través de la ventana.

En la pared opuesta a la de la mesada había una gran alacena de madera, de piso a techo y, en un hueco abierto especialmente y a medida, funcionaba la heladera. Tenía congelador y una sola puerta. En el estante superior de dicha puerta y sobre el extremo por el cual se abría estaba él, vestido de oscuro ámbar. Su cortante tapa de chapa enroscaba con cierta dificultad y nunca terminaba de abrazar armónicamente al aro del que se había desligado con violencia en el momento de la primera apertura. Sus giros hacia dentro y fuera, que por lo general se practicaban alternativa y seguidamente, eran rasposos: el pico nacarado por la cristalización del azúcar que los labios no podían evitar derramar tras cada trago le daba al ritual de apertura y cierre del frasco una música muy especial que se dejaba sentir con el oído y el tacto. Era normal que el frasco estuviese pegajoso en algún punto y que dejase ver la franja vertical de algún breve derrame de néctar desde el encumbrado pico. Saber que había Benadryl en la heladera era mucho más sanador que el jarabe mismo. ¿Que qué “sanaba”? Lograba que no me pique y que así pudiese conciliar el sueño en algún momento. El no recordar que no había (cuando no había) podía tener el mismo efecto que saber que estaba allí, por si en medio de la madrugada el insomnio me descubría rascando la angustia en medio de un remolino de sábanas. Aliviadores de un síntoma abstracto. En este caso la picazón. “¿Pica?” fue una pregunta que habitualmente le formulaban al niño psoriásico. Una pregunta de respuesta inútil, claro. ¿Qué es lo que pica y lo que no? ¿Cuándo empieza a picar, aún antes de estimular la urticaria rascándose? El huevo o la gallina de la angustia nocturna del niño psoriásico. “Dale, dale… seguí rascándote, así te la llevás a todo el cuerpo…” Esa era la dulce amenaza consuetudinaria espetada con liviandad al niño psoriásico. Porque estaba el mito del auto-contagio. La psoriasis no era contagiosa pero sí era auto-contagiosa: vos, con tus mismas uñitas, te rascabas acá, donde tenías una costra, y lo que las uñas tocaban de piel sana en otra parte, infectaban. Una mentira muy hija de puta. Muy.

Así estaba yo de un extremo del patio, del posterior, donde terminaba la larga casa de Aída, ahí donde estaba mi pieza que daba a la Iglesia Santa Inés… Y del otro extremo del patio estaba una de las dos mitades de la cocina, donde estaba la heladera, donde siempre debía haber un frasco de Benadryl. Lo último que hacía cada noche antes de cruzar el patio hasta el otro día era abrir la heladera, tomar el frasco de la puerta, desenroscar la tapita de chapa blanca, arrimar el pico a mis labios y volcar hacia la boca un trago que unas veces era más largo que otras, o en oportunidades se hacía doble… Si bien el sabor era dulce siempre había un dejo ácido o fuerte (o empalagoso) en el brebaje por lo cual, mientras colocaba la tapa en el pico y la enroscaba, mi rostro acompañaba con un gesto como de quien toma por primera vez en su vida un vasito de grapa. El secreto era tomarlo creyendo que en la ingesta se deslizaba la solución: dulce recorrido por el tubo digestivo, aceitoso y azucarado bien. El fin de una abstracción debe venir de la mano de alguna otra. ¿Qué mierda es la picazón, concretamente? ¿Cómo viene, cómo se va y cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo se mide? ¿Cuándo y por qué se hace intolerable y perdemos el control?

Por supuesto el ritual del Benadryl estaba cargado de culpa. Los mayores del niño psoriásico no olvidaban recalcar que no era bueno abusar de ello… Mientras tanto podía avalarse un tratamiento prolongado con corticoides a un niño de ocho años, pero había que ponerle un coto al Benadryl. Claro. Los mensajes claros, ante todo.
De esta advertencia venía la culpa ante cada trago y también se enraizaba el esfuerzo de intentar alguna que otra noche cruzar el patio sin pasar por la heladera. Total, sabiendo que el frasco estaba allí, esperando, las posibilidades de pasar la noche sin necesidad de ir a por su ayuda crecían. De última y en el peor de los casos habría que cruzar el patio plateado por la luna de las tres de la madrugada y zamparse un trago nocturno, trago de propiedades mágicas y misteriosas: sin tiempo a que ningún químico opere en el cuerpo como para cambiar alguna condición y detener urticaria alguna, muchas veces lo que duraba el viaje a través del patio bastaba para erradicar la picazón.

El asunto es que el Benadryl era un aliado de cierta nobleza, de esos que se añoran con el paso del tiempo. No es poca cosa ser un eficaz ahuyentador de males del dominio abstracto. No resultan lo mismo los corticoides, dicho sea de paso. Porque antes del Benadryl llegaron, de la mano del imbécil de mi tío Titi, los corticoides. Mi tío Titi casi siempre estuvo en malos tratos con el resto de la familia, su madre incluida (su madre mi abuela Aída) o su hermano (su hermano mi padre). Aún así parece que en la familia se había desperdigado el virus que hacía brotar el deber moral en todo el mundo de “ayudar al niño psoriásico”. Tal es así que mi tío Titi, que no ayudaba a nadie y, es más, solía perjudicar a quien pudiese con tal de ir tras un provecho personal, un día se ofreció a llevarme a un médico. A lo del Dr. Cordero (padre; porque estos hijos de puta son varias generaciones de inescrupulosos inoculadores de drogas prescriptas a niños de cuerpo indefenso y mente maleable). Este hijo de remil putas de Cordero, para combatir una psoriasis moderada (codos, costado derecho del torso y cuero cabelludo) en un niño de todavía siete años, recetó corticoides vía oral. Fue mi primer amor con los corticoides, y el primer amor marca y no se olvida.

Las costras desaparecieron del cuerpito antes de que pasara una semana y el estatuto del Dr. Cordero, en boca de mi familia, pasó a ser poco menos que divino. Un derroche de inteligencia el género humano…

Era Octubre, entonces. Y las manchas no estaban. El niño psoriásico, constitutivamente delgado, estaba gordito. Piernas, torso, brazos: como inflados. Igual que el rostro. Signo de buena salud, ¿no?

Ese verano fui dos semanas a algún lugar de la costa atlántica con Luisi, el primo de mi viejo, y Moni, su mujer. Hay una foto que anda dando vueltas en alguna casa de por ahí que me muestra en la playa, irreconociblemente “saludable”.

Pero las vacaciones, como el verano, cesan, y los corticoides, cortados en su suministro así como así, dejan el campo mucho peor que cien años de monocultivo. La psoriasis, que a diferencia de la picazón se maneja en el plano de lo concreto, invadió con furia cada centímetro de piel disponible. Los corticoides no son nobles, ni siquiera aliados. Son evidentemente un enemigo del que uno puede intentar usar midiendo costos y beneficios. Eso lo supe no hace mucho. Lo supe porque pago mis cuentas en vida, hasta el último céntimo que se me factura aún sin aviso ni justificación: yo agarro las boletas, voy y pago. Sin chistar.

Los corticoides volvieron a aparecer en otras circunstancias y ya por decisión propia, quince años después de cuando el Dr. Cordero (padre; porque el hijo también me atendió: entonces ya eran épocas de inmunosupresores). Pero eso no viene al caso ahora (y no vayamos más lejos que a lo mejor nos perdemos). Tras esa reaparición que duró unos tres años, volvieron a ausentarse por lo que yo pensé sería de por vida. Pero no: fueron sólo quince años más. Y volvieron. Cuando menos se los esperaba: ahora. Y volvieron por prescripción médica. ¿Para combatir qué cosa? Lo que constituye (justo ayer me di cuenta) una reedición de las picazones de psoriasis nocturnas de la infancia: acúfenos. Sí, zumban que te zumban los oídos. La idea de un mal íntimo que no cesa aterroriza y reedita el miedo a la noche sin Benadryl en la heladera de cuando niño. Se apagan las luces, se acallas los ruidos del mundo y ahí está la desesperación hecha sutiles ondas sonoras… Un mal abstracto, imposible de medir, de saber qué es, algo intrínseco del padeciente, una queja abstracta. En la picazón estaba la psoriasis, sí, que podía justificarla (como podía justificarlo todo, si se hubiese querido). Pero eso no sacaba a la urticaria del terreno de las abstracciones. Igual que a los acúfenos: sí, claro, ellos son producto del trauma acústico agudo, de ese recital y esas dos gordas estúpidamente inglesas pegando alaridos dentro de mis oídos por el sólo hecho de fastidiar más que para llegar a la estúpida baranda. Pero lo son (en tanto causas) como la psoriasis lo es a la picazón: hay un punto en el que las dos cosas no se unen, hay un resquicio a través del cual todo está en duda y puede ser irreal (y todos sabemos que la irrealidad que generamos es la única verdad). Entonces, para combatir a los acúfenos, volvieron los corticoides. Primero en un shot intramuscular como los de la re-make de hace quince años (una pena que no me lo haya podido aplicar Jorge, el farmacéutico de la esquina que me lo aplicaba en el mercado negro del conocimiento barrial para que yo pudiese, en una estafa reumática, andar viajes y viajes de ver recitales al pedo: Jorge hoy sufre de Parkinson), después en un tratamiento vía oral de un mes de duración. Mes que aún no pasó. A las claras un pifie: zumba que te zumba. No como el del Dr. Cordero (padre; hijo de una gran puta casado con otra muy puta) que es como para cagarlo bien a trompadas, claro. Lo de hoy, simplemente un pifie académico en la manía de seguir el manual. Porque para los males de sintomatología abstracta hay que buscarse un Benadryl, señores. Hay que cargar en la heladera algún frasco de pico nacarado que nos endulce la angustia, que nos platine la noche. Acá nomás está la heladera, en una de las mitades de la cocina. Salgo al pasillo y me dirijo con la premura de un sueño hacia lo de Aída. Noto que las cosas están cambiadas, pero ya sabemos cómo son los sueños, conocemos los efectos de la premura… La puerta de chapa que estaba adelante parece cambiada de lugar y pintada de marrón. La del fondo, la de madera, parece ser otra. Cuando llego a la puerta me encuentro sin llaves y golpeo y grito “¡Abuela! ¡Abuéeeelaaaaa!” Hasta recién me parecía oír voces de chicos y ruido de agua, pero de golpe todo se hizo silencio. “¡Abuela! ¡Abuéeeelaaaaa!” Se abrió la puerta y entré atropelladamente, casi sin ver. La mujer que dejé detrás sin ningún cuidado no se parecía a mi abuela, tampoco a mi tía Delia: era una mina joven, como la que vive acá al lado desde hace unos años. La casa está rara, tanto que me parece atravesar una cocina enorme, completa, que mira directamente a un patio nuevo. Estoy confundido. Es como si la pileta con forma de riñón en la que jugábamos de niños se hubiese agrandado y cambiado de forma. Hay un nene y una nena adentro pero están muy quietos y me miran en silencio, no dejan de mirarme. Paralizado, busco desesperadamente con los ojos mi habitación, la galería, la cocina, la heladera… Es como saber dónde estás pero estar imposibilitado de ingresar al plano correcto: hay algo que no cuaja. En un esfuerzo descomunal logro quebrar la inmovilidad (como cuando uno despierta de esos sueños donde nos desgañitamos gritando sin lograr que suene la voz) y corro con desesperación desandando los pasos que había dado. Tras de mí suena el cierre de una puerta de chapa color marrón y resulta un sonido muy familiar, imposible de no reconocer. El silencio es apenas quebrado por las voces de dos chicos, creo que de una nena y un nene, que preguntan algo a alguien intentando comprender. Voy cruzando el pasillo y de pronto se me presenta la imagen del rostro de mi abuela, sonriendo como extraviada. Ojalá esta noche me pique.