sábado, 31 de diciembre de 2011

2011: EL RETORNO MENOS PENSADO


Acá nomás, a pocos metros de donde estoy sentado, está todo. La doble cocina o más bien la cocina partida en dos es, siempre se dice, una consecuencia de cómo iban haciendo sus casas nuestros abuelos inmigrantes: de a poco, por partes, a medida que juntaban algo de dinero. Sin planificar demasiado y bajo ningún dominio estético.
Las dos cocinas, o ambas partes de una única, eran igualmente cuadradas de algo así como tres metros por tres. Ambas tenían un hueco a modo de espacio extra: en el de la que daba al interior de la casa había una cocina de tres hornallas y horno, una de vieja loza blanca. Arriba suyo, por la derecha, un calefón de marca Universal con la vieja palanca reguladora de potencia. Una mesa plegable de fórmica marrón y forma redóndica completaban el mobiliario, además de dos sillas de tapizado anaranjado, una a cada lado de la mesa. En la pared detrás de ella, junto a la puerta que comunicaba con un distribuidor desde donde se podía pasar al baño o hacia el hall, había una repisita de acrílico transparente donde se mostraban una veintena de frasquitos con especias. Los azulejos de esta parte de la cocina eran blancos con uniones gruesas en negro. El piso hecho con la típica baldosa con muchas pintas y colores, predominando el plateado y el verde botella.

La otra parte de la cocina, que tenía la pileta, la mesada, las alacenas y la heladera, estaba cruzando la galería que daba al patio. De un lado, por encima de la pileta de mármol blanco, había una ventana de doble hoja del ancho mismo de esa pared que daba hacia el patio, hacia el costado del patio que en verdad era un jardín. De ese lado, pegado a la ventana, estaba la parrilla. “Esto sí lo hicieron bien… De casualidad…” Decía mi viejo cuando hacía algún asado ahí en lo de mi abuela Aída, que era también su casa desde la naturalidad de su nacimiento. Era como un gran éxito de la providencia inteligente eso de poder limpiar la carne y salarla sobre la mesada para pasarla a la parrilla apenas estirando la mano a través de la ventana.

En la pared opuesta a la de la mesada había una gran alacena de madera, de piso a techo y, en un hueco abierto especialmente y a medida, funcionaba la heladera. Tenía congelador y una sola puerta. En el estante superior de dicha puerta y sobre el extremo por el cual se abría estaba él, vestido de oscuro ámbar. Su cortante tapa de chapa enroscaba con cierta dificultad y nunca terminaba de abrazar armónicamente al aro del que se había desligado con violencia en el momento de la primera apertura. Sus giros hacia dentro y fuera, que por lo general se practicaban alternativa y seguidamente, eran rasposos: el pico nacarado por la cristalización del azúcar que los labios no podían evitar derramar tras cada trago le daba al ritual de apertura y cierre del frasco una música muy especial que se dejaba sentir con el oído y el tacto. Era normal que el frasco estuviese pegajoso en algún punto y que dejase ver la franja vertical de algún breve derrame de néctar desde el encumbrado pico. Saber que había Benadryl en la heladera era mucho más sanador que el jarabe mismo. ¿Que qué “sanaba”? Lograba que no me pique y que así pudiese conciliar el sueño en algún momento. El no recordar que no había (cuando no había) podía tener el mismo efecto que saber que estaba allí, por si en medio de la madrugada el insomnio me descubría rascando la angustia en medio de un remolino de sábanas. Aliviadores de un síntoma abstracto. En este caso la picazón. “¿Pica?” fue una pregunta que habitualmente le formulaban al niño psoriásico. Una pregunta de respuesta inútil, claro. ¿Qué es lo que pica y lo que no? ¿Cuándo empieza a picar, aún antes de estimular la urticaria rascándose? El huevo o la gallina de la angustia nocturna del niño psoriásico. “Dale, dale… seguí rascándote, así te la llevás a todo el cuerpo…” Esa era la dulce amenaza consuetudinaria espetada con liviandad al niño psoriásico. Porque estaba el mito del auto-contagio. La psoriasis no era contagiosa pero sí era auto-contagiosa: vos, con tus mismas uñitas, te rascabas acá, donde tenías una costra, y lo que las uñas tocaban de piel sana en otra parte, infectaban. Una mentira muy hija de puta. Muy.

Así estaba yo de un extremo del patio, del posterior, donde terminaba la larga casa de Aída, ahí donde estaba mi pieza que daba a la Iglesia Santa Inés… Y del otro extremo del patio estaba una de las dos mitades de la cocina, donde estaba la heladera, donde siempre debía haber un frasco de Benadryl. Lo último que hacía cada noche antes de cruzar el patio hasta el otro día era abrir la heladera, tomar el frasco de la puerta, desenroscar la tapita de chapa blanca, arrimar el pico a mis labios y volcar hacia la boca un trago que unas veces era más largo que otras, o en oportunidades se hacía doble… Si bien el sabor era dulce siempre había un dejo ácido o fuerte (o empalagoso) en el brebaje por lo cual, mientras colocaba la tapa en el pico y la enroscaba, mi rostro acompañaba con un gesto como de quien toma por primera vez en su vida un vasito de grapa. El secreto era tomarlo creyendo que en la ingesta se deslizaba la solución: dulce recorrido por el tubo digestivo, aceitoso y azucarado bien. El fin de una abstracción debe venir de la mano de alguna otra. ¿Qué mierda es la picazón, concretamente? ¿Cómo viene, cómo se va y cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo se mide? ¿Cuándo y por qué se hace intolerable y perdemos el control?

Por supuesto el ritual del Benadryl estaba cargado de culpa. Los mayores del niño psoriásico no olvidaban recalcar que no era bueno abusar de ello… Mientras tanto podía avalarse un tratamiento prolongado con corticoides a un niño de ocho años, pero había que ponerle un coto al Benadryl. Claro. Los mensajes claros, ante todo.
De esta advertencia venía la culpa ante cada trago y también se enraizaba el esfuerzo de intentar alguna que otra noche cruzar el patio sin pasar por la heladera. Total, sabiendo que el frasco estaba allí, esperando, las posibilidades de pasar la noche sin necesidad de ir a por su ayuda crecían. De última y en el peor de los casos habría que cruzar el patio plateado por la luna de las tres de la madrugada y zamparse un trago nocturno, trago de propiedades mágicas y misteriosas: sin tiempo a que ningún químico opere en el cuerpo como para cambiar alguna condición y detener urticaria alguna, muchas veces lo que duraba el viaje a través del patio bastaba para erradicar la picazón.

El asunto es que el Benadryl era un aliado de cierta nobleza, de esos que se añoran con el paso del tiempo. No es poca cosa ser un eficaz ahuyentador de males del dominio abstracto. No resultan lo mismo los corticoides, dicho sea de paso. Porque antes del Benadryl llegaron, de la mano del imbécil de mi tío Titi, los corticoides. Mi tío Titi casi siempre estuvo en malos tratos con el resto de la familia, su madre incluida (su madre mi abuela Aída) o su hermano (su hermano mi padre). Aún así parece que en la familia se había desperdigado el virus que hacía brotar el deber moral en todo el mundo de “ayudar al niño psoriásico”. Tal es así que mi tío Titi, que no ayudaba a nadie y, es más, solía perjudicar a quien pudiese con tal de ir tras un provecho personal, un día se ofreció a llevarme a un médico. A lo del Dr. Cordero (padre; porque estos hijos de puta son varias generaciones de inescrupulosos inoculadores de drogas prescriptas a niños de cuerpo indefenso y mente maleable). Este hijo de remil putas de Cordero, para combatir una psoriasis moderada (codos, costado derecho del torso y cuero cabelludo) en un niño de todavía siete años, recetó corticoides vía oral. Fue mi primer amor con los corticoides, y el primer amor marca y no se olvida.

Las costras desaparecieron del cuerpito antes de que pasara una semana y el estatuto del Dr. Cordero, en boca de mi familia, pasó a ser poco menos que divino. Un derroche de inteligencia el género humano…

Era Octubre, entonces. Y las manchas no estaban. El niño psoriásico, constitutivamente delgado, estaba gordito. Piernas, torso, brazos: como inflados. Igual que el rostro. Signo de buena salud, ¿no?

Ese verano fui dos semanas a algún lugar de la costa atlántica con Luisi, el primo de mi viejo, y Moni, su mujer. Hay una foto que anda dando vueltas en alguna casa de por ahí que me muestra en la playa, irreconociblemente “saludable”.

Pero las vacaciones, como el verano, cesan, y los corticoides, cortados en su suministro así como así, dejan el campo mucho peor que cien años de monocultivo. La psoriasis, que a diferencia de la picazón se maneja en el plano de lo concreto, invadió con furia cada centímetro de piel disponible. Los corticoides no son nobles, ni siquiera aliados. Son evidentemente un enemigo del que uno puede intentar usar midiendo costos y beneficios. Eso lo supe no hace mucho. Lo supe porque pago mis cuentas en vida, hasta el último céntimo que se me factura aún sin aviso ni justificación: yo agarro las boletas, voy y pago. Sin chistar.

Los corticoides volvieron a aparecer en otras circunstancias y ya por decisión propia, quince años después de cuando el Dr. Cordero (padre; porque el hijo también me atendió: entonces ya eran épocas de inmunosupresores). Pero eso no viene al caso ahora (y no vayamos más lejos que a lo mejor nos perdemos). Tras esa reaparición que duró unos tres años, volvieron a ausentarse por lo que yo pensé sería de por vida. Pero no: fueron sólo quince años más. Y volvieron. Cuando menos se los esperaba: ahora. Y volvieron por prescripción médica. ¿Para combatir qué cosa? Lo que constituye (justo ayer me di cuenta) una reedición de las picazones de psoriasis nocturnas de la infancia: acúfenos. Sí, zumban que te zumban los oídos. La idea de un mal íntimo que no cesa aterroriza y reedita el miedo a la noche sin Benadryl en la heladera de cuando niño. Se apagan las luces, se acallas los ruidos del mundo y ahí está la desesperación hecha sutiles ondas sonoras… Un mal abstracto, imposible de medir, de saber qué es, algo intrínseco del padeciente, una queja abstracta. En la picazón estaba la psoriasis, sí, que podía justificarla (como podía justificarlo todo, si se hubiese querido). Pero eso no sacaba a la urticaria del terreno de las abstracciones. Igual que a los acúfenos: sí, claro, ellos son producto del trauma acústico agudo, de ese recital y esas dos gordas estúpidamente inglesas pegando alaridos dentro de mis oídos por el sólo hecho de fastidiar más que para llegar a la estúpida baranda. Pero lo son (en tanto causas) como la psoriasis lo es a la picazón: hay un punto en el que las dos cosas no se unen, hay un resquicio a través del cual todo está en duda y puede ser irreal (y todos sabemos que la irrealidad que generamos es la única verdad). Entonces, para combatir a los acúfenos, volvieron los corticoides. Primero en un shot intramuscular como los de la re-make de hace quince años (una pena que no me lo haya podido aplicar Jorge, el farmacéutico de la esquina que me lo aplicaba en el mercado negro del conocimiento barrial para que yo pudiese, en una estafa reumática, andar viajes y viajes de ver recitales al pedo: Jorge hoy sufre de Parkinson), después en un tratamiento vía oral de un mes de duración. Mes que aún no pasó. A las claras un pifie: zumba que te zumba. No como el del Dr. Cordero (padre; hijo de una gran puta casado con otra muy puta) que es como para cagarlo bien a trompadas, claro. Lo de hoy, simplemente un pifie académico en la manía de seguir el manual. Porque para los males de sintomatología abstracta hay que buscarse un Benadryl, señores. Hay que cargar en la heladera algún frasco de pico nacarado que nos endulce la angustia, que nos platine la noche. Acá nomás está la heladera, en una de las mitades de la cocina. Salgo al pasillo y me dirijo con la premura de un sueño hacia lo de Aída. Noto que las cosas están cambiadas, pero ya sabemos cómo son los sueños, conocemos los efectos de la premura… La puerta de chapa que estaba adelante parece cambiada de lugar y pintada de marrón. La del fondo, la de madera, parece ser otra. Cuando llego a la puerta me encuentro sin llaves y golpeo y grito “¡Abuela! ¡Abuéeeelaaaaa!” Hasta recién me parecía oír voces de chicos y ruido de agua, pero de golpe todo se hizo silencio. “¡Abuela! ¡Abuéeeelaaaaa!” Se abrió la puerta y entré atropelladamente, casi sin ver. La mujer que dejé detrás sin ningún cuidado no se parecía a mi abuela, tampoco a mi tía Delia: era una mina joven, como la que vive acá al lado desde hace unos años. La casa está rara, tanto que me parece atravesar una cocina enorme, completa, que mira directamente a un patio nuevo. Estoy confundido. Es como si la pileta con forma de riñón en la que jugábamos de niños se hubiese agrandado y cambiado de forma. Hay un nene y una nena adentro pero están muy quietos y me miran en silencio, no dejan de mirarme. Paralizado, busco desesperadamente con los ojos mi habitación, la galería, la cocina, la heladera… Es como saber dónde estás pero estar imposibilitado de ingresar al plano correcto: hay algo que no cuaja. En un esfuerzo descomunal logro quebrar la inmovilidad (como cuando uno despierta de esos sueños donde nos desgañitamos gritando sin lograr que suene la voz) y corro con desesperación desandando los pasos que había dado. Tras de mí suena el cierre de una puerta de chapa color marrón y resulta un sonido muy familiar, imposible de no reconocer. El silencio es apenas quebrado por las voces de dos chicos, creo que de una nena y un nene, que preguntan algo a alguien intentando comprender. Voy cruzando el pasillo y de pronto se me presenta la imagen del rostro de mi abuela, sonriendo como extraviada. Ojalá esta noche me pique.



jueves, 29 de diciembre de 2011

2012: EXORCISING GHOSTS


Justo ayer me di cuenta... No, no es sólo cuestión de plata. Esa es una letra pelotuda. Decía que justo ayer me di cuenta que la Guerra Santa Antiperonista, esa que se viene librando en esotéricos campos, se puso bravona bravona... Saben que siempre les hablo en serio. Yo, particularmente, me descubrí como un herido de guerra. Tomé conciencia de la dimensión de las últimas batallas y supe que es un absurdo: hay que detenerla a tiempo. ¿Que por qué? Porque hay resistencias más sutiles. ¿Que cómo? Fácil, tanto como comenzó. Y allí vamos...

El martes 3 de Enero de 2012 recibimos el nuevo año. Sí: en The Head no se despide más nada, sólo se recibe, se da bienvenida. ¿Muy marica? No creas... Decía que así nomás, el martes próximo, recibiremos el 2012 con este sorpresivo armisticio que borrará heridas, acallará zumbidos y sanará a los tullidos de los infinitos bandos.

Entonces, martes 3 de Enero a las 21:00 en El Torreón de Belgrano R. Exorcising Ghosts, creer o reventar.


sábado, 24 de diciembre de 2011

NAVIDAD


1

Después de volver caminando a su casa solariega, a través de la nieve ya en penumbra, Sleptsov se sentó en un rincón, en un diván tapizado de felpa que no recordaba haber usado antes. Era el tipo de cosa que ocurre después de una gran calamidad. No un hermano, sino una relación casual, un oscuro vecino del campo a quien nunca se le había prestado mayor atención, con quien en tiempos normales se cambia apenas unas palabras, es la persona que suele reconfortarnos con sabiduría y tacto, quien nos entrega el sombrero que dejamos caer, terminado el servicio religioso de difuntos, cuando estamos tambaleantes de congoja, con los dientes castañeteando, los ojos enceguecidos de lágrimas. Lo mismo puede afirmarse de los objetos inanimados. Cualquier cuarto, aun el más confortable y el más absurdamente pequeño, en el ala poco utilizada de una gran casa de campo, tiene un rincón donde no se ha vivido. Fue, pues, en un rincón como aquél donde se sentó Sleptsov.
El ala estaba conectada a la casa principal por una galería de madera, obstruida en aquel momento por nuestras inmensas tormentas de nieve rusas, pero solamente se la usaba durante el verano. No había necesidad de despertarla, de calentarla. El amo había llegado de San Petersburgo, sólo por un par de días y se había instalado en el anexo, donde era muy sencillo hacer funcionar las estufas de cerámica holandesa blanca.
El amo estaba sentado en su rincón, en ese diván de felpa, como en la sala de espera del médico. El cuarto flotaba en medio de la oscuridad. El azul denso de las primeras horas de la noche se filtraba a través de las cristalinas plumas de escarcha sobre el vidrio de la ventana. Iván, el valet silencioso y de aspecto respetable, quien hacía poco tiempo se había afeitado el bigote y se parecía en aquel momento a su difunto padre, el mayordomo de la familia, le trajo una lámpara de kerosene de mecha bien recortada y radiante de luz, que depositó en una mesita y, sin el menor ruido, enjauló dentro de su pantalla de seda rosada. En seguida se retiró y la puerta dejó oír un chirrido amortiguado.
Sleptsov levantó una ano de la rodilla y se la miró atentamente. En la piel entre dos dedos se había adherido y endurecido una gota de cera de vela. Cuando apartó los dedos, la pequeña escama blanca se quebró.


2

Al día siguiente, por la mañana, después de una noche pasada en sueños sin sentido, fragmentados sin ninguna relación con su pena, al salir Sleptsov a la galería fría, un tablón del piso disparó un alegre pistoletazo bajo su pie y los reflejos de los vidrios multicolores formaban losanges de tonos celestiales sobre las banquetas pintadas con cal y sin almohadones debajo de las ventanas. Al principio la puerta de salida resistió, pero luego se abrió con un fuerte crujido y la escarcha deslumbrante le golpeó la cara. La arena rojiza esparcida con toda previsión sobre el hielo que cubría los escalones de la entrada parecía canela y del alero colgaban gruesos pámpanos entretejidos de azul verdoso. La nieva llegaba sin interrupción hasta las ventanas del anexo y asía con sus garras glaciales la abrigada estructura de madera. Sobre la nieve más pareja, delante del acceso a la galería, se levantaban levemente unas sapiencias blancas y redondeadas sobre lo que en verano eran canteros cubiertos de flores y más lejos se extendía un parque reluciente, en el cual cada rama negra tenía bordes de plata y los abetos daban la impresión de esconder sus patas verdes bajo su espesa y brillante carga.
Con botas altas de fieltro y chaqueta forrada de piel, con cuello de caracul, Sleptsov inició la marcha, despacio, por un sendero recto, el único del que habían despejado la nieve, hacia aquel paisaje lejano y enceguecedor. Estaba asombrado de vivir aún y poder percibir la brillantez de la nieve, el dolor de sus dientes a causa del frío. Notó, inclusive, que un arbusto cubierto de nieve parecía una fuente y que un perro había dejado en la pendiente de un montículo de nieve una serie de marcas de color azafrán que habían corroído la costra externa. Un poco más allá, los parantes de un puente para peatones sobresalían, entre la nieve y allí Slepstov se detuvo. Con amargura, con furia, despejó la cobertura espesa y porosa del parapeto. Recordaba vívidamente el aspecto de este puente en verano. Allí iba su hijo, caminando por las planchas de madera resbaladiza, entre las que asomaba el amento, atrapando con destreza en su red una mariposa posada en la barandilla. Ahora el chico ve a su padre. Una risa perdida para siempre juega en su rostro bajo el ala baja de un sobrero de paja, quemada de un color tostado oscuro por el sol. La mano del chico juega con la cadenita del monedero de cuero que lleva asegurado a su cinturón y sus piernas queridas, lisas, tostadas bajo los pantalones cortos de sarga y las sandalias enchapadas, adoptan la posición habitual y despreocupada, ambas muy separadas. Hace muy poco en San Petersburgo, después de haber balbuceado en su delirio algo sobre la escuela, sobre su bicicleta, sobres una gran mariposa nocturna oriental, murió. Y Sleptsov llevó al ataúd –cargado, según le parecía, por una vida entera- al campo, a la bóveda familiar cerca de la iglesia de la aldea.
Reinaba el silencio que puede reinar sólo en un día glacial y soleado. Sleptsov levantó muy alto una pierna, se apartó del sendero y, dejando pozos azulados tras sí en la nieve, se abrió camino entre los troncos de árboles, insólitamente blancos, hasta el punto en que el parque caía en una pendiente hacia el río. Muy abajo, los témpanos de hielo resplandecían cerca de un agujero cortado en la lisa extensión de blancura y en la margen opuesta, unas columnas muy derechas de humo rosado se levantaban de los tejado cubiertos de nieve de las cabañas de troncos. Sleptsov se quitó la gorra de caracul y se apoyó contra el tronco de un árbol En algún lugar, lejos, los campesinos cortaban leña –y cada golpe rebotaba y retornaba en dirección al cielo- y detrás de la bruma plateada de árboles, muy alto sobre las cabañas achaparradas, el sol aprisionaba el fulgor ecuánime de la cruz sobre la iglesia.


3

Fue allí adonde se dirigió después del almuerzo, en un viejo trineo con respaldo alto y derecho. La pechera del potro negro chasqueaba co fuerza en el aire helado, los blancos penachos de las ramas bajas se deslizaban por encima de su cabeza y de las huellas, ante el trineo, brotaba un resplandor de un azul plateado. Cuando llegó, permaneció sentado alrededor de una hora junto a la tumba, apoyando la pesada mano enguantada en lana sobre el hierro de la verja, que le hacía arder la piel bajo el guante. Volvió hacia la casa con una leve sensación de desengaño, como si allá, en la bóveda funeraria, se hubiese hallado más lejos aún de su hijo que aquí, donde las innumerables pisadas de verano de sus veloces sandalias estaban preservadas bajo la nieve.
Por la noche, agobiado por un sentimiento de inmensa tristeza, hizo abrir la casa principal. Cuando la puerta se abrió con un pesado gemido y un peculiar vaho de frescura muy poco invernal surgió del sonoro vestíbulo con barras de hierro, Sleptsov tomó la lámpara con reflector de latón de la mano del sereno y entró solo. El piso de parquet crujió con un ruido fantasmal bajo sus pasos. Un cuarto tras otro se llenó de luz amarilla y los mueles enfundados en sus mortajas le parecieron poco familiares. En lugar de la araña de cristales tintineantes, colgaba del techo un bolsa silenciosa y la sombra enorme de Sleptsov, que extendía lentamente un brazo, flotó por la pared y por los rectángulos grises de los cuadros cubiertos.
Entró en el cuarto que su hijo utilizaba para estudiar en verano, puso la lámpara en el alféizar y abrió las celosías plegadas, quebrándose las uñas al hacerlo, a pesar de que afuera todo era tinieblas. En el vidrio azul apareció la llama amarilla de la lámpara algo humeante y su rostro grande y cubierto de barba se reflejó un instante.
Se sentó ante el escritorio vacío. Con aire severo, las cejas fruncidas, observó el empapelado pálido con sus guirnaldas de rosas azuladas, el angosto archivo que recordaba los de las oficinas, con cajones desde arriba hasta abajo, el sofáy los sillones cubiertos por fundas. De pronto, apoyando la cabeza en el escritorio, comenzó a temblar con pasión, con ruido, apretando primero los labios y luego las mejillas mojadas de lágrimas contra la madera fría y polvorienta, a la vez que aferraba las esquinas del mueble.
Encontró en el escritorio un cuaderno, tableros para fijar muestras, una cantidad de alfileres negros y un a lata de galletitas inglesas con un capullo de aspecto exótico que le había costado tres rublos. Al tacto era como papel y parecía hecho de hojas pardas enrolladas. Su hijo lo recordó durante su enfermedad, lamentándose de haberlo dejado en el campo, pero consolándose con la idea de que la crisálida estaba probablemente muerta. Encontró, además, una red desgarrada; una bolsa de tarlatán ajustada a un aro plegable (y la tela olía todavía a verano y a punto caliente de sol).
Después se inclinó aun más y sollozando con todo el cuerpo comenzó a tirar, uno por uno, de los cajones del archivo. Bajo la luz tenue de la lámpara vio las filas de ejemplares que brillaban como la seda debajo del vidrio. Aquí, en este cuarto, en este mismo escritorio, su hijo había apartado las alas de sus presas. Primero pinchaba el insecto muerto con gran cuidado en la capa de corcho con surcos del tablero, entre las varillas de madera ajustables y fijaba con tiras de papel y alfileres las alas todavía frescas y blandas. Hacía mucho que se habían secado y habían sido transferidas al mueble de cajones… las espectaculares mariposas llamadas Cola de Golondrina, las deslumbrantes Cobres y Azules, las diversas Fritilarias, algunas de ellas montadas sobre el dorso para mostrar la parte ventral nacarada. Su hijo pronunciaba siempre los nombres en latín con un gemido de triunfo, o bien con una afectada sonrisa de desdén. ¡Y las mariposas nocturnas, las mariposas nocturnas, aquella primera Halcón Trémulo de hacía cinco veranos!


4

La noche era de un azul ahumado, alumbrada por la luna. En el cielo había nubes dispersas, pero no tocaban aquella luna delicada, helada. Los árboles, masas de escarcha gris, proyectaban sombras oscuras sobre los montículos de nieve que centelleaban aquí y allá con chispas metálicas. En el cuarto lleno de tapizados de felpa y de tibieza del anexo había instalado un abeto de menos de un metro dentro de una maceta de barro sobre la mesa y estaba Iván atando una velita en la punta cruciforme, cuando volvió Sleptsov de la casa principal, con frío y con los ojos enrojecidos, con manchas de polvo grisáceo en la mejilla y con un estuche de madera bajo el brazo. Al ver el arbolito de Navidad sobre la mesa preguntó, distraído:
-¿Qué es eso?
Al tomarle el estuche, Iván repuso en voz baja:
-Mañana es día de fiesta.
-No, llévatelo –le dijo Sleptsov, frunciendo el ceño. Al mismo tiempo pensó: “¿Es posible que sea Nochebuena? ¿Cómo pude olvidarlo?”
Iván insistió con suavidad:
-Está muy lindo y verde. Que quede aquí un rato.
-Por favor, llévatelo –repitió Sleptsov.
Se inclinó sobre el estuche que había traído. En él había juntado las pertenencias de su hijo, la red plegable para cazar mariposas, la lata con el capullo, el tablero para fijar ejemplares, los alfileres en su caja laqueada, el cuaderno celeste. Habían arrancado la mitad de la primera página y la otra mitad contenía parte de un dictado en francés. Había luego apuntes diarios, nombres de mariposas cazadas y otras notas.
“Caminé a través del pantano hasta Borovichi…”
“Hoy llueve. Jugué a las damas con papá, después leí Fragata, de Goncharov. Mortal de aburrida.”
“Estupendo día de calor. Por la tarde anduve en bicicleta. Se me metió una mosquita en el ojo. A propósito pasé frente a su dacha dos veces, pero no la vi…”
Sleptsov levantó los ojos, tragó algo ardiente, enorme. ¿Sobre quién escribía su hijo?
“Salí en bicicleta como siempre” siguió leyendo. “Nuestros ojos casi se cruzaron. Mi querida, mi amor…”
-Esto es inconcebible –susurró Sleptsov-. Nunca sabré quién…
Volvió a inclinarse y leyó con avidez, descifrando la escritura infantil, que formaba renglones más bajos sobre el margen y curvados hacia arriba hacia el final.
“Vi un nuevo ejemplar de la Camberwell hoy. Quiere decir que llegó el otoño. Lluvia por la noche. Seguramente se fue, y ni siquiera llegamos a conocernos. Adiós, mi amor. Me siento muy, muy triste…”
-Nunca me dijo nada… -Sleptsov intentó recordar, frotándose la frente con la palma de una mano.
En la última página había un dibujo hecho con pluma, la parte posterior de un elefante, dos gruesos pilares, las puntas de dos orejas y una cola diminuta.
Sleptsov se levantó. Agitó la cabeza tratando de contener otro acceso de horribles sollozos.
-No puedo soportarlo más… -dijo entre lamentos entrecortados y volvió a repetir más despacio aún-: No… puedo… soportarlo… más…
“Mañana es Navidad”, oyó que le recordaban en su interior, inesperadamente, “y yo voy a morir. Claro. Es sencillo. Esta noche misma…”
Tomó un pañuelo y se secó los ojos, la barba, las mejillas. En el pañuelo quedaron machas alargadas y oscuras.
-…la muerte –dijo Sleptsov en voz baja, como si terminara con esta palabra una larga oración.
Se oía el reloj. Los dibujos de la escarcha se entrelazaban en el vidrio azul de la ventana. El cuaderno abierto brillaba, radiante, sobre la mesa. Juno a él la luz atravesaba la muselina de la red para cazar mariposas y relucía sobre un ángulo de la lata abierta. Sleptsov apretó los párpados y tuvo la sensación fugaz de que la vida en la tierra se presentaba ente él desnuda, comprensible… horrorosamente en toda su tristeza, humillante por su falta de sentido, su esterilidad, su carencia de milagros…
En aquel instante se produjo un ruido súbito, un ruido débil, como el de una banda de goma que se estira demasiado y se rompe. Sleptsov abrió los ojos. El capullo dentro de la lata se había abierto de pronto por una punta y una crisálida negra y arrugada, del tamaño de un ratoncito, reptaba por la pared arriba de la mesa. Se detuvo, aferrándose a la superficie con seis patas peludas y negras, y comenzó a palpitar de una manera extraña. Había surgido del capullo porque un hombre transido de dolor había trasladado aquella lata a su cuarto abrigado y el calor había penetrado su envoltura apretada, de hoja y seda. Hacía tanto que esperaba ese instante, tal era la tensión acumulada que en ese momento, liberada, se expandía, despacio, milagrosamente. Poco a poco los tejidos arrugados, los bordes aterciopelados comenzaron a desplegarse. Las venas que la surcaban en abanico se volvieron más firmes al llenarse de aire. En forma imperceptible se transformó en un ser alado como el rostro al madurar se vuelve bello. Y sus alas, débiles, húmedas aún, siguieron creciendo, desplegándose, y por fin quedaron en el límite establecido para ellas por Dios, y allí, sobre la pared, en lugar de una pequeña mancha de vida, en lugar de un ratoncito oscuro, apareció una gran mariposa nocturna, una Attacus idéntica a las que vuelan, como aves, en torno de las lámparas en el crepúsculo indio.
Y por fin esas gruesas alas negras, con su mancha como un ojo vidrioso en cada una y un tinte purpúreo sobre los curvados extremos anteriores, aspiraron finalmente muy hondo bajo el impulso de una dicha íntima, subyugante, casi humana.


(Vladimir Nabokov, 1925)





viernes, 23 de diciembre de 2011

EL OASIS MEMORABILIA VII / EL OASIS ORIGINAL SHOTS X


New Orleans, LA







Love in a motel.







Keep going nowhere.







One more Po' Boy for the road...







All possibilities.







Just another theatre.







"Yeah... I know..."







I collect... I reject...







Ok, let's go: Katrina is coming to town...






jueves, 15 de diciembre de 2011

DESPOLEMIZÁNDONOS


Perdón Luis Alberto, perdón por haber tenido pensamientos de desdén para con tu luminosa persona alguna vez. Fue todo hecho sin maldad y desde mi infinita y cromada ignorancia. Hoy me encuentro retornando a mi infancia y a mis más tiernas edades posteriores, para darme cuenta que estabas ahí y no había necesidad de volver, ni de alejarse tanto de vos. Por lo que no estoy regresando sino que me descubro viendo un poco más claro. Redepente. Satori junto al malvón.

Si vos que lées también querés ver un poco más claro, vení este sábado 17 de Diciembre a "Despolemizándonos". En Sálvame María a las 6 de la tarde en punto, ahí nomás de la calle Arribeños, del Instituto San Román y de todas las delicias de un Bajo Belgrano que nunca cambia y al que no hay necesidad de retornar.

Ah, y si venís avisá, sobre todo si andás necesitado de alguna gragea de uranio.

Dulce 3 Nocturno para todos.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

WASTEHEAD, LIFE IS A PROLOGUE



Nunca había llegado de noche a Londres, mucho menos una noche de domingo que se hace lunes de madrugada. Entre tanto detalle que quise tener cerrado en el entramado de tan desproporcionada travesía, dejé bajo los dominios del sobreentendido en mi cabeza el cómo caminar desde la estación Archway hasta el departamento donde había alquilado una habitación, en el 272 de Sussex Way.

La primera imagen de la ciudad, la que se suele ver desde la ventanilla del avión una vez aterrizado el mismo, era la de esperarse: el asfalto mojado y el dibujo de las gotas cayendo desde el haz de la luces hasta la indiferencia del suelo. El bolso pesa (casi 18 kilos, dice la balanza sin saber mucho), la mochila suma y la mandolina le agrega un poco de incomodidad a la secuencia. A la tensión del trámite migratorio se le adhiere un chango sin frenos y una bajada en espiral que requiere una dosis de fuerza extra a un cuerpo medularmente agotado. Al abordar el tren subterráneo uno se sumerge en el reconocimiento de esos sonidos que por más descansos que de ellos se tome la cabeza no se demora en reconocer como extraños y habituales al mismo tiempo. Leicester Square, estación de trasbordo, aguarda más esfuerzo en el arrastre de bolsos: escaleras que se suben a pie hasta un nuevo andén y otro tren, esta vez de la Northern Line que nos deja en Archway ya pasada la medianoche. Nadie más que lluvia, y una Traffic con un puñado de trabajadores que arreglan la vía pública durante la noche. Porque todo el tiempo se está arreglando algo de Londres, en cada barrio, a cada paso: nada amigable para un obsesivo a quien se le ocurra la necesidad de ver, algún día y durante un breve instante, la ciudad funcionando a pleno con el mantenimiento al ciento por ciento. Es tan utópico como pretender presenciar un concierto sinfónico sin que se produzca una sola tos ni un breve carraspeo en toda la sala a lo largo y ancho del mismo.

En el laberinto de las calles de la capital inglesa es normal que en la esquina de una estación cualquiera del Underground confluyan cinco, seis y siete arterias. “Excuse me, Sir: which one is Holloway Road?” “Down there, mate”, responde uno de los tipos enfundados en un chaleco verde fluo y sin mosquearse por la tupidísima garúa demoledora de almas.

El asunto es que en una ciudad del trazado de Londres siempre es un error dejar funcionar un sobreentendido respecto de la orientación necesaria para llegar a alguna parte. Doce y media de la madrugada de un lunes, lloviendo, con las calles mostrando su universal depresión desértica, así se desparrama la primera dosis de energía por el camino cuyo comienzo recién se emprende. Y digamos que para un esqueleto dividido en dos por un sector de titanio, para unos tendones cansados de la frialdad teutónica y el tesón peronista, para una mente vieja y afiebrada que se empecina en ignorar la invención de la novedad del cuerpo, para todo eso (y mucho más), decía, resulta todo un poco demasiado. El bolso pesa más a cada paso en su arrastre, las caderas de prestado se tuercen de aquí para allí de acuerdo a qué mano tome como propia la carga por unos metros, la incertidumbre al sospechar que el sobreentendido fue un error y que la calle buscada no es esta ni la otra ni la que le sigue, la desesperación acelerando al porfiado empeño que se desliza en la transpiración que baja por la espalda al compás de la lluvia rociada incansablemente por esta ciudad ajena a uno aún en su escepticismo, todo esto nos va recordando que la realidad es dura. Las diez cuadras, mal planeadas, son quince, luego diecisiete y, tras una pregunta a esos cinco lads que salieron a fumar a la puerta del pub que quedó cerrado y en privado para ellos tras las once de la noche, ya se hicieron veinte. Los tendones tensan el andar, la cadera asusta cuando el tesón afloja porque parece que se está por llegar: a ninguna parte pero se llega. Así es este camino: postas en la cadena de lo abstracto. Nos inventamos una llegada para volver a salir hacia una nueva repetición ilusoria.

Una vez en la cama, tras el contacto de rigor con el nuevo Landlord, se recuentan los dolores en los fantasmas luminosos de lo oscuro, basuritas oculares que las cansadas órbitas inventan como hipocampos en un tablero de telematch: este es rutina, este otro un llamado de atención, este puede ser una futura alarma, aquel de allá me da miedo. El cuerpo descansa lo que la mente no, pero descansa apenas lo que la mente permite: siempre apenas lo suficiente para poder seguir al otro día, hasta el nuevo racconto de resplandores a ojos cerrados y sobre el negro. Que vaya esta descripción como una de mis primeras definiciones de lo que es “viajar para ver recitales”. Porque siempre la idea instalada me resulta un poco desbordada de imprecisión arquetípica. Como la idea de “qué bueno, tener una disquería…” Darle vuelta al mundo para ir a ver un recital, en el campo de batalla, suele ser una porquería. El pico ocurre cuando compraste la entrada, a la distancia. A partir de allí, todo va en caída. No lo digo haciéndome el vivo ni mucho menos ironizando: es así y no hay vueltas. Que después rescates la experiencia porque necesitás hacerlo o porque el rescate sea válido o porque no hay más remedio, eso es otro cantar... Pero “viajar para ver recitales” es esa travesía que desde la torpeza de este asiento intenté describir más arriba: y eso que arranqué recién cuando el avioncito estaba frenando en su carretear… Asfalto mojado, huesos cansados, madrugada, extrañeza, dolores, fantasmas, desesperación hecha tesón, situaciones contra natura, todo eso tiene mucho más que ver con el asunto que las cancioncitas que se tocan en los recitales. Invariablemente, los resortes de las camas londinenses rechinan el sonido del cansancio.






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El primer día de cada viaje que hice a Londres desde 1990 tuvo un ritual invariable: pasar por Stargreen Box Office. Argyll Street, a la vueltita de Oxford Circus. Allí yo comencé a comprar tickets por teléfono a principios del año 1990. Y a través del milagro del Sr. Bell yo conocí los primeros picos de excitación y éxito en los recitales de mi vida. Comprar una entrada por aquellos años no era para cualquiera: las psicosis se merecen, se trabajan, se ganan. Pánico me daba el teléfono cuando había elegido el recital (en alguna revista a la que estaba suscripto o ante la alerta de algún pen pal) y debía comprar mi entrada. Con todos esos números frente a mí, con el doble cero y un cuarenta y cuatro que no iba a Pompeya invariables de arranque, tenía que tomarme un tiempo para juntar coraje y finalmente marcar. Sabía que tenía que hacerlo, calculaba la diferencia horaria pero daba vueltas. Pasaba junto al teléfono varias veces, evitándolo con promesas de “mejor en cinco minutos” o un “tengo ganas de ir al baño”, hasta que llegaba el momento de tomar el tubo por las astas. Una vez marcado el número, un también marcado silencio telefónico preanunciaba el doble ring tan típicamente inglés. Con él la taquicardia se imponía y la voz se atropellaba desde todos los ensayos mentales que oficiaban de atolondrado apuntador de una muy mala obra teatral, una argentina. “Good morning, this is a long distance call from Buenos Aires, sorry about my english hope you can understand me…” Había que indicar el recital, con el problema que significaba por aquellos tiempos el acertarle a la pronunciación de los nombres de grupos y artistas, pero las dificultades no terminaban allí: había que pasar los datos de una tarjeta de crédito, de una internacional, que por aquellos tiempos no eran tan comunes como ahora. Y nuestros nombres impronunciables, y una chorrera de números y la puta madre que los parió, quién carajo me mandó a llamar por teléfono a la concha de la lora para comprar una entrada para ver un recital del ojete. Si hace cuatro años iba a ver a Los Pillos al Teatro Santa María por qué carajo ahora quiero ir a ver a Nick Cave, Shack o The Charlatans si soy el mismo pelotudo de siempre. Uruguay y Córdoba queda más cerca y la entrada se compra ahí, en medio del sutil aroma a Gamexane y la espera a por el recital en el Hall del teatrito hasta las dos, tres y tres y media de la madrugada…

Pero bueno… Así, eso es ir a ver recitales afuera: no es viajar porque me manda el diario o la radio o porque voy a la Creamfields a tocar a las doce menos veinte del mediodía. No es armarse el itinerario por Internet ni mirar videos en YouTube para ver qué onda The Vaccines. La previa a tomar el tubo por las astas, el tomarlo, el marcado del número de dimensiones senegalesas (siempre deseando, en el fondo, que diera ocupado), el silencio teatral tras el discado, el doble ring, el “Stargreen Box Office, good morning, may I help youuuuu…?”, TODO ESO ES IR A VER RECITALES A LA CONCHA DE LA LORA.

Cada vez, entonces, que iba al localcito de Stargeen durante mi primer día de cada estadía londinense, me encontraba con ella, la que en un principio atendía el teléfono invariablemente (hasta que el negocio se fue expandiendo y tuvo hasta cuatro chicas atendiendo sendas líneas), siempre tan sonriente detrás del alto mostrador que la mostraba como dos hombros y un gesto de generosa amplitud. Ante cada encuentro se producía un sobreentendido que sí funcionaba: yo era el argentino que llamaba por teléfono unas cinco, seis, diez o doce veces antes de cada viaje, el que compraba un ticket para cada recital, el que se llamaba German no sé cuanto (esos nombres con tantas vocales abiertas, tan simpáticamente hispanos…), mientras ella era la que me vendía las entradas. Saludo, sonrisa, breve intercambio de palabras mientras ella buscaba mi sobre en una caja de zapatos, mientras me lo daba y me hacía firmar (entonces) los tickets que había que firmar, mientras yo miraba el gig listing que ella hacía a mano, una hoja enorme, de esas que son del tamaño de cuatro hojas carta, escrita en letra chica y renglones que se pechaban en un intento de rectitud con tanto ahínco que no dejaban espacio para margen alguno… Ella, que se pasaría tal vez gran parte de una noche haciendo el manuscrito del original que luego fotocopiaría, esos listings que yo comenzaba a revisar con pasión de víspera mientras ella me entregaba las entradas del comienzo de cada travesía… Ella. Y nunca más que eso con ella: trato de viejos y queridos conocidos que no tenían tiempo ni lugar para detenerse en intimidades, como si las dejaran para la noche siguiente en la que uno iba a cenar a la casa del otro. Veintidós años repitiendo la escena: ella invariable. ¿Yo? Les juro que también, y se los juro a los ojos de ella que esta vuelta miré por primera vez. Porque cuando llegué este martes de hace dos semanas y entré al localcito de siempre, pegado al mostrador estaba un hombre grande que seguramente sería su marido: un típico marido inglés, muy mayor a su mujer, pelado de pensamiento y fuera de combate. Estaría ayudando. Y en el fondo del local, que se va angostando en un efecto cónico, estaba ella a un teléfono (además de otra a otro, entre ella y la pared) Mientras el viejo finalizaba de atender a un cliente que ya estaba allí cuando yo había ingresado, un cliente de estos modernos que no valen ni ocho cuartos, yo me dije con mucha pena: “qué cagada, ella no me va a ver, no me va a atender…” cuando de repente, como si me hubiese oído (porque lo hizo), finalizó su conversación telefónica y sin mediar nada se levantó de su silla, dio un cuarto de giro y se dirigió hacia a mí, como si ya me hubiese visto mientras hablaba (cosa que no hizo), como si siempre me hubiese visto entrar y sólo hubiese estado simulando que atendía a un cliente extranjero como si fuese 1990 (cosa que era) con el secreto objetivo de que su marido no registrase nuestra relación, así fue que se me acercó como nunca siempre y me besó esa sonrisa que me quita el tiempo: “Hello daaarlin’… How are youuuu? So lovely to see you…” Y vi entonces por primera vez en 22 años y aún mayor número de visitas sus ojos, claros tras su pelo corto y rubio, su tez blanca salpicada en pecas, su atemporalidad demoledora, su amoroso estado de gracia. Todo el amor que nos habíamos dispensado en breves, sintéticos y ascépticos diálogos tan británicos (casi como pequeñas escenas diagramadas por Nöel Coward) se desbordó este martes glorioso del que les estoy hablando. Le declaré mi amor, como si hubiese hecho falta, como si nada más existiese a nuestro alrededor. Me declaró el suyo y vio mis ojos por primera vez. “Tdrouing Museis… gooood…” dijo con acento norteño dándome una entrada como disimulando lo que allí en verdad estaba sucediendo: al fin y al cabo hasta hacía unos instantes andaban por ahí un marido y una empleada… Fue el momento más sublime de mis 22 años de “ir a ver recitales” y vuelvo a aclarar: no lo digo haciéndome el vivo ni ironizando. Ella es la mujer de mi vida.






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Siempre me manejé por impresiones, intuitivamente: se me instalan ideas en la cabeza y allí quedan, estampadas, sin importar mucho el origen se transforman en realidades indeclinables. Al fin y al cabo: ¿tiene algún origen la realidad? La existencia de Dios me resulta indemostrable desde mis limitaciones, sin embargo está ahí, a las sombras de la desesperación.

De chico tenía imágenes de casas a la vera de caminos campestres, nunca supe si las había soñado o si las estaba soñando. Esas imágenes se me hacían que eran Inglaterra y Alemania que en la cabeza de una criatura son verdades intercambiables. Otra cosa que supe desde niño fue que quería contar algo, escribiéndolo. Pero debía evitarlo ya que, el concretarlo, implicaría un final. La muerte. ¿Que cuándo sería eso? No sé, pero sería. Como Dios. En esas instalaciones a modo de estampas o postales había una con el número treinta y dos (simplemente) y otra donde había un piyama blanco y amarillo de dos piezas que se lo estaban sacando a un niño que lloraba sobre una camilla. Así fue que comenzó mi vocación por dilatar las cosas, por dejarlas para otra oportunidad prolongándoles la vida o, más bien, ahuyentándoles la muerte. No escribiendo me aseguraría más vida y más tiempo que, en algún momento, tal vez dedicase a escribir una historia que nunca acabara. Una sin comienzo y mucho menos prehistoria. Sin origen ni porvenir. Una serie de sucesos que se dispararan desde distintos resquicios de la mente proyectándose en un tiempo sin tiempo donde lo lineal no existe y todo termina siendo un punto en el infinito, la expansión del cuerpo hacia la nada.

También me inventé otras cosas… Intereses, gustos: enunciados.

Todas mis invenciones llevan el sello de la imperfección, la marca de la insatisfacción. La esperanza de volver a intentarlo para rescatarme del fracaso y dilatarlo, para ahuyentarle la muerte. Así es que en cada uno de los primeros viajes que hice a Londres, durante el último día, me iba hasta el Támesis, a la orilla opuesta a The Houses of Parliament. Allí, acodado en el balcón de la rambla miraba hacia abajo la vertiginosidad del oleaje sobre el borde cementado, ahí donde el río también se descubre prisionero. En eso, disimulándome en la indiferencia de la gente, me sacaba una caspita de psoriasis de debajo de alguna manga. Desarrimaba un poco el pulgar del índice y espiaba que fuera lo suficientemente grande como para verla caer siguiendo su recorrido hacia la inmersión. A veces no era fácil, pero una mente preparada para completar lo inacabado de la realidad todo lo puede. Así, depositando infinitas partes del incompletable yo en las aguas de ese río, me aseguraba el regreso sin siquiera sospechar que podría haberme preguntado, alguna vez, si en verdad deseaba que eso sucediera. Simplemente el rito se había instalado y así era. Y así volví, siempre con municiones perennes listas para ser arrojadas al hambriento río, inquieto e insobornable. Inagotables, el discurrir del río y la descamación. Rituales de autoinmunidad. El hastío se renueva en energía, el fracaso en esperanza nueva, el llanto en subrepticia calma, la mentira en ilusión vigorosa, la certeza en el olvido. La caspita desciende titubeante en la inseguridad de su inconsistencia y se sumerge en la adivinación del ojo inventivo. De chico también decía que quería ser médico para encontrarle una cura a la psoriasis. Así, aprovechando los continuos y furiosos brotes, ya en la cama cuando noche, me ponía boca arriba y levantaba una rodilla hasta que la planta del pie quedara horizontal apoyada sobre el colchón. Me inclinaba un poco hacia un lado haciendo que la mano llegase al frente de la pierna, unos centímetros por encima del empeine. Allí y entonces, sobre la dureza del joven hueso, solía dejar algún borde levantado una caspita que, de no sufrir los embates de las uñitas de niño durante algunas noches consecutivas, había crecido lo suficiente. Tomaba entre el índice y el pulgar con mucho cuidado ese borde que descubría tanteando y comenzaba a arrancar la caspita con mucho cuidado, como si se tratase de un sticker que fuera uno a pegar en un álbum de figuritas mágico cuyos huecos para ir ubicando la colección estuviesen en un continuo cambo de forma y tamaño hasta que la pieza de colección se constituyese simplemente para ser insertada en su lugar correspondiente. Cuanto más grande se despegara la caspita mayor era el placer y la satisfacción intraducibles del niño psoriásico: un intransferible gozo que compensaba el escarnio público de los estigmas ocultos tras mangas largas y un espíritu utópico con tendencia al engaño y la credulidad. Una vez conquistada la presa, adivinando su tamaño desde la oscuridad de las manos, me levantaba a prender la luz. Colocaba la piel muerta de hiperactividad del reverso, es decir del lado que había estado pegado al cuerpo, cara que siempre tenía una superficie más rugosa e irregular: la levantaba hacia el haz de luz y la miraba al descubierto de sus veladas transparencias. Era un caleidoscopio de alucinatoria asimetría, un universo en expansión donde los infinitos y resplandecientes puntos que lo conformaban estaban bullendo en la búsqueda de venturosos trazadores de líneas que los unieran en un sentido, aún uno trágico. Y ahí estaba yo, queriendo ser médico o arrojando una caspita al río, sin un antes ni un después, repitiéndolo todo en una alternancia sin solución desde la primera vez.






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