jueves, 21 de julio de 2011

HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA


Foreword

Bienvenidos: esto es la banalización del asco. Historia Universal del Asco. O, mejor dicho: estas son unas ideas confusas muy mal hilvanadas sobre el asco: su historia (también mía) y la posterior banalización.

Tengo internalizada la sensación de asco desde chico por diversos episodios, algunos muy menores, menores de domesticidad ínfima, otros muy mayores, escenas traumáticas que dejan huella. Una huella tan fuerte como la sucesión de lo doméstico en su disfraz de intrascendencia.

El asco no lo sentía yo sino que lo percibía en los otros llegándome su cegador reflejo con valor agregado. Di mucha impresión y asco (son sensaciones que se confunden cuando repentinamente el miedo invade al asqueado/impresionado o al impresionado/asqueado), muchísima a lo largo de los años. Iba a decir “sobre todo en los formativos” pero no es cierto: en la niñez y adolescencia uno se deja ser más perceptivo, no bloquea nada, por lo que el registro de la realidad es mucho más nítido que cuando uno va creciendo y refugiándose en el cansancio que amenaza convertirse en agotamiento.

La psoriasis resultó en mi vida una cuestión determinante a punto tal que mi propia personalidad y mis comportamientos son una réplica del desorden biológico tras dicha enfermedad crónica, incurable. Cuando las estigmáticas escamas se desparramaron por todo mi cuerpo luego de un tratamiento con corticoides vía oral (suministrado a un niño que apenas iniciaba la escuela primaria) la obsesión, que hasta ese momento era dominio de mis padres, se me vino encima. Había que esconderla, había que esconderse. El arte de la simulación y el de la resistencia son artes mayores: pensar que una infinitud de estúpidos que hacen cursos y seminarios se piensan a sí mismos como artistas en algún grado. Cuánta estupidez, cuánto agravio al silencioso psoriásico.

Cuando los estigmas se generalizan y cubren el 95% del cuerpo, el ocultamiento y el disimulo se convierten en utopías, utopías que un psoriásico en su pubertad enfrenta como realizables. Porque en la desesperación se lo enfrenta todo en una paradoja: enfrentar cualquier situación con tal de cumplir el objetivo de no mostrar las costras, enfrentar cualquier tarea para lograr que la realidad no quede expuesta.

Me voy a detener en dos escenas que me quedaron marcadas para siempre, muy diferentes entre sí pero igualmente reveladoras, aclarando que son apenas dos de un sinnúmero de situaciones, dos de carácter muy menor respecto de la densidad de otras que, por suerte para todos, les ahorraré. Una de las historias que narraré a continuación ocurrió a la salida de la niñez, la otra ya en la aparente adultez (hace demasiado poco demasiado mucho). Pero antes de pasar a ellas sólo quiero transmitir, a modo de introducción, una de las típicas situaciones diarias en las que la impresión y el incipiente asco que experimentaban terceros (terceros del psoriásico y su psoriasis) y que se hacían evidentes a los silenciosos ojos del receptor del asco en reversa. Ahí voy, en el párrafo siguiente.

En el colegio secundario ya estaba totalmente brotado. Cuando comenzaba el ciclo escolar, desprovisto del efecto aliviador del sol, tenía psoriasis en todo el cuerpo a excepción del rostro que se veía, muchas veces, menos afectado. En el resto del cuerpo la cosa era salvaje. De pies a cabeza. El uniforme de invierno del Instituto San Román (que yo utilizaba de marzo a diciembre) lo cubría todo, menos el cuello, la cabeza y las manos. Las manos eran un problema grande… En aquellos tiempos los amigos del colegio nos saludábamos estrechando las de unos con otros. Por más que la gente estaba habituada al estado de mi piel, la impresión y el incipiente asco no podían controlarse siempre. Por supuesto que dependía de cada potencial víctima del asco (víctima en primera instancia), además del momento y la situación. El asunto es que yo, sin quererlo, había desarrollado un sentido extra que monitoreaba y percibía la reacción de los otros ante el choque con mi psoriasis en sus más sutiles detalles. Por más que los demás pensaran que tenían controlado el asunto o más aún: por más que ellos no notaran que lo tenían (apenas) concientemente controlado, mi sentido podía ver más allá.

Una de las personas que más sufría los saludos conmigo era Mugre. Confieso que yo me sentía culpable y en silencio le pedía perdón por el mal momento que, muy a pesar suyo, pasaba al darme la mano cuando yo estaba muy brotado. Porque mientras yo lo seguía mirando a la cara, a los ojos, mientras las manos se juntaban para luego de un breve instante soltarse, mi visión periférica (que desarrollé mucho andando esos infiernos interiores, a tal punto que hoy por hoy podría rebautizarla como “visión esotérica”) registraba una sutil contracción de los músculos de la mano de Mugre (o de quien fuere, aquí no estoy etiquetando a mi amigo como “asqueado paradigmático”: le debo mucho ya que es uno de los amigos con quien más me reí) mientras la misma bajaba hacia un costado de su cuerpo siguiendo hacia atrás mientras rozaba su pantalón ida y vuelta en un infinitesimal instante (equivalente a la eternidad) en un ritual inconciente y desesperado para invocar a los Dioses que ahuyentan los temibles efectos nocivos que lo desconocido puede operar en el propio cuerpo. Miedo, impresión, asco. Sí, asco sin importar el grado: incipiente o acabado.

En este preciso momento acabo de darme cuenta que mi visión periférica (hoy esotérica) en ese momento lo registraba todo en los ojos de la eventual víctima del asco: primeras transmisiones en HD.

1980

(Nota preliminar, a propósito de mi “visión esotérica”: luego de escribir ahí arriba el título “1980” me detuve y bajé a la cocina para comer algo. Escuché el timbre de mi celular: como de costumbre lo había dejado por ahí, en este caso arriba. Subo, llego tarde y encuentro la llamada perdida de un número no registrado; llamo: me atiende el Chino, compañero de secundaria. Hablo y me dice: “no, en realidad no llamé, habrá sido mi hijito que estaba jugando con el celular y se ve disparó tu número desde la agenda”. 1980 es una escena ocurrida en el Instituto San Román en marzo de ese mismo año. El protagonista es el Chino con quien no hablaba desde hacía más de un año y medio. Mientras hablé con él no noté la “curiosidad”; luego de un rato, al regresar a la máquina para retomar donde había dejado, en este título “1980”, me bajó a la conciencia esta fantástica “coincidencia”. Si no me creés, dejá de leer ahora mismo; por favor)

Como dije anteriormente, el uniforme del colegio me brindaba una protección invaluable, sobre todo a partir de marzo, cuando el sol dejaba de alivianar las marcas, sobre todo las de la cara, torso y brazos. Aún así, el comienzo del ciclo lectivo de primer año me tenía reservada una sorpresa: las clases de gimnasia. Porque había un uniforme de gimnasia de pantalón largo y “rompevientos” pero, debajo de este, el mismo se completaba con una remera y pantalones cortos blancos. Confieso que toda la semana previa al primer día de Gimnasia (a las 14:30, un rato después de concluido el día de clases propiamente dicho) estuve, naturalmente, obsesionado con el pantalón corto y la remera. El pánico de verme forzado a descubrir mi cuerpo en ellos era tremendo. Todos mis compañeros eran unos desconocidos puesto que yo no había hecho la primaria en el Manuel d’Alzón, parte del mismo Instituto San Román de (Bajo) Belgrano… Tenía pánico, entonces, de dejar al descubierto toda la crueldad de mi psoriasis ante los nuevos compañeros de colegio que se suponía debían convertirse, sí o sí en algún grado, en amigos míos. Temía por mí y por ellos, todo a la vez. El miedo, la impresión, el asco que podían suscitarse. El rechazo. Esas cosas dominan la cabeza de un niño o adolescente con una psoriasis cruda y generalizada. Las 24 horas. Sí: las veinticuatro. Por lo tanto, los instantes previos a entrar al gimnasio del colegio esa tarde de marzo de 1980 no eran más que una condensación acelerada de todas las horas de los días anteriores durante los cuales mi mente estuvo “trabajando” en el asunto. La angustia, en ese marco, llega a niveles alucinantes. Y el control de la misma es un arte excelso, el arte de sobrevivir a la acechanza del fantasma de no ser igual, de estar marcado de alguna forma, de poder provocar miedo, impresión, asco. Rechazo. No es un tema menor: es algo serio, es un verdadero drama sobre los hombros de un inocente.

La tarde era veraniega, soleada, luminosa. Yo me sentía oprimido, reclamando sombras. A medida que íbamos llegando al colegio entrábamos al vestuario que estaba pegado al buffet, donde el patio confluía con la canchita de fútbol. Detrás de la misma se encontraba el por entonces novísimo y espectacular gimnasio techado.

El vestuario era pequeño, tenía lockers en uno de los costados y, frente a ellos, se disponían bancos de madera alineados a lo ancho del recinto. Yo me senté en uno que, al llegar, permanecía vacío. Naturalmente se fue llenando al mismo ritmo que mis temores comenzaban a sobrepasarme. Estaba mudo y el sonido de los demás chicos resultaba un tormento metálico. Por más fuerza que hiciese en mi mente ellos no desaparecían, tampoco el gimnasio, ni siquiera yo mismo. Mientras tanto, de la boca para afuera, no había más remedio que seguir disimulándolo todo. El primero que se sentó en el banco vacío que yo había elegido al llegar como mi precario refugio fue el Chino. El Chino se sentaba, en clase, en el segundo banco de mi misma fila: yo ocupaba el tercero. Había hablado con él un poco. El Chino era hincha de Boca, rubio, pelo enrulado, vivía en Núñez. No sabía de él mucho más que eso: las clases del primero C del Instituto San Román recién habían comenzado.

El miedo seguía acelerándose: muchos se sacaban los pantalones largos del equipo de gimnasia y lo guardaban en un bolsito o en algunos de los lockers. Mientras tanto yo hacía como si nada, como si todo detalle escapase a mi atención, hacía como que de tan relajado estaba distraído. Demasiado entretenido. Sentía pánico de la reacción de los otros ante la revelación de las impiadosas marcas en mi piel, tatuajes psicosomáticos que surgen desde muy profundo: producción infinita. No voy a describir cómo se ven porque es chocante, al punto del golpe bajo. Y esto no es un golpe bajo, es un descargo fuera de tiempo y lugar, aunque esa marcas persistan más allá del tiempo, siempre en el mismo lugar.

Finalmente… Llega el profesor y se presenta. Se llamaba (y llama) Crosta. Toti Crosta. Lo juro. Nos dice en qué va a consistir la clase y, antes de salir, nos indica terminar de sacarnos el equipo de gimnasia para dirigirnos al gimnasio nuevo. Todo era temor, más bien pánico: debía tomar una decisión, debía moverme: estaba atornillado al banco. El Chino se saca el buzo, luego los pantalones. A esta altura soy el único de veintitantos de pibes que aún tiene puesto el equipo completo y sé que tengo que hacer algo. La situación es compleja: la única manera de ocultar mi “peculiaridad” era plantando una segunda “singularidad”, una de carácter inocuo: sería el único que, desacatando la orden del profesor, estaría de pantalones largos.

En la obnubilación que promueve el pánico escénico y sin ser conciente de lo que estaba haciendo me bajé los pantalones hasta las rodillas mientras llamé la atención del Chino: “Che, Chino: tengo estas marcas, se llama psoriasis, ¿qué hago: voy en pantalón corto o me dejo el largo?” Es hasta el día de hoy que no me explico cómo pasé del miedo paralizante a mostrar mis piernas cubiertas por completo de psoriasis desde el final del pantaloncito corto blanco hasta las rodillas mientras le preguntaba semejante cosa a un pibe con quien no tenía confianza ni para pedirle un poco de Cíndor durante el recreo largo. La situación me había sobrepasado y no sabía lo que hacía en medio de mi irracional deseo de estar en otra parte. El universo entero había detenido su devenir en el acto que acabo de narrarles: todo era quietud desde los confines más recónditos de la Creación, todo estaba detenido y ese banco donde yo estaba con los pantalones azules de gimnasia bajados hasta la rodilla era el epicentro de la historia de todos los pequeños acontecimientos simultáneos que erigen al mundo. El Chino, por supuesto, también estaba detenido, mirando hacia abajo lo que un pibe, que había conocido hacía un par de días y con quien no tenía confianza ni para pedirle un poco de Cíndor durante el recreo largo, le estaba mostrando como ilustración de una confesión de ciencia ficción. No sé cuánto demoró el Chino en reaccionar y dar su breve respuesta: yo sentí que la pausa había sido una eternidad completa. En eso se rompe el hechizo y el Chino, desde sus ojos que se habían esmerilado en la visión inesperada, mientras movía su mano derecha de abajo hacia arriba en un recorrido corto, balbuceó: “dejátelo puesto”.

2003

Innumerables veces la vida me sorprendió en situaciones, lugares y actividades impensadas, impensables. Por ejemplo estudiando actuación o historia del teatro o dramaturgia o algún dislate más del mismo estilo. Caí en la necesidad de ocupar mi cabeza (es decir mi tiempo) que por aquel entonces estaba revuelta, más de lo habitual: había que dejar de pensar en ciertas cosas, al menos hasta que “un clavo saque a otro clavo”. Es así como un querido habitué de El Oasis Original Flavor me insistía: “tenés que ir a hacer teatro con esta mina…” En un momento de desesperación anoté su teléfono y la llamé. Comencé en 2002. Pensé que, debido a mi facilidad para avergonzarme, iba a durar media clase. No fue así: continué. Me entusiasme: me largué a estudiar en paralelo otras cosas relacionadas al tema. Un año y medio más tarde me sorprendió una relación amorosa con la profesora de actuación, una mujer de mi misma edad de una hermosura tal que, desde mi molde psicológico forjado allá en la Estación Infancia, no entraba ni como fantasía de la fantasía. La mujer deseada por todos sin distinción, la que se hacía desear por todos, envuelta en una relación amorosa de intensidad insalubre conmigo. Luego de más de un año de relación profesora-alumno nos habíamos enamorado a pesar de su estado civil. A poco de iniciado el idilio me mudé a una cuadra de su casa. Exactamente a cien metros de distancia, de la vereda de enfrente. Pero centrémonos en mi condición de psoriásico, de niño psoriásico en cuerpo de adulto.

Con el correr de los años yo había adoptado, como solución al problema de suplantar los benéficos efectos de Febo durante el invierno, a una loción preparada bajo el rótulo “solución alcohólica de coaltar”. Les ahorro el origen de la misma, no viene al caso. El asunto es que la loción tenía un olor fortísimo (a yodo, a coaltar) y manchaba de amarillo yodado absolutamente todo: las sábanas sobre las que uno dormía durante la noche quedaban impregnadas de un profundo olor, además de totalmente arruinadas mucho más allá del color amarillento, casi óxido, del que se teñían. Porque la solución de coaltar se colocaba en el cuerpo a la noche, antes de acostarse y adormecerse uno entre la nube yodada. A la mañana había que bañarse, pero por más que uno utilizase un cepillo de cerda muy dura, la piel nunca quedaba totalmente libre de la loción. El proceso consistía, básicamente, en un teñido de la piel con un líquido muy fuerte que, a su vez, quemaba las escamas. Por lo tanto la piel se iba alisando mientras tomaba un color uniforme, un bronceado caribeño. Bronceado que terminaba con la vida de la ropa de cama y también la del cuerpo. Ahora volvamos al departamento de dos ambientes al que me había mudado para estar cerca de ese amor inesperado tras un nombre de pila teatral y soviético.

Cuando el enamoramiento había salido a superficie apoderándose de los cuerpos de sus víctimas, una de ellas con psoriasis, yo vivía muy lejos de la casa de ella. Florida Oeste (bien Oeste) casi (Marilyn) Munro hasta la zona del kilómetro cero de la Capital Federal. Todo una distancia. Ella venía a mi casa las horas de los días que se podía gracias a las bondades de un remís; llegaba sobre el mediodía y a media tarde un auto de alquiler se la volvía a llevar. La previsibilidad me dejaba tranquilo en mi tarea de obrero de la psoriasis: tenía toda la mañana para bañarme y sacar el rastro de la solución alcohólica de coaltar de mi cuerpo todo lo que fuera posible, tras lo cual me dedicaba a retirar de la cama las sábanas “de batalla”, hacerlas un bollo, tirarlas en el rincón más recóndito del placard, hacer la cama con sábanas impolutas y rociar la misma con algún perfume apropiado para confundir el olor a yodo que estaba un poco impregnado en el fondo de mi cama y de mi cuerpo. Una vez que la preparación concluía me relajaba un poco a la espera de mi porción de cielo.

El asunto fue cuando decidí, de un minuto a otro, mudarme a una cuadra de la casa de ella. Respondiendo así al deseo mutuo (y que ella verbalizara al pasar ignorando aún con quién estaba tratando) de “vivir más cerca, para poder vernos más, todos los días”.

Una vez en mi nueva morada enfrenté el problema en el que no había reparado: la ahora no tan previsible llegada de ella me obligaba a cambiar metodologías: o bien me colocaba la loción, cuando se podía, durante el día por un par de horas; o lo hacía por la noche pero me levantaba a las 6 y media de la mañana para apurar el procedimiento descripto en el párrafo anterior. Es que ahora, estando a escasos cien metros y teniendo ella copia de las llaves del departamento, se venía directamente una vez que su marido salía a trabajar a las ocho de la mañana. A esa hora yo tenía que estar “limpio de coaltar” sobre una cama con sábanas impolutas. No podía arriesgarme a nada: no iba a arruinar mi ausencia de marcas psoriásicas con la necesidad de explicar olores y colores extraños. Por más que ella sabía de mi psoriasis: antes de que la relación comenzara yo había escrito una obra de teatro titulada “Un Peroncito” que trataba de un niño de ocho años con psoriasis que era llevado por sus padres a un médico “que había curado a Perón”. Había escrito yo esa “primera obra” en el marco de un taller de dramaturgia y, muy a mi pesar, había llegado a oídos de varias personas, entre otros los de ella: al ser seleccionada como finalista en un concurso internacional y el haberse enterado ella porque mi profesor de dramaturgia se lo había informado, no tuve más remedio que pasársela. Creo que eso terminó de desencadenar toda esta feliz historia de desarrollo agridulce y final tan infeliz.

Pues fue así como ella tuvo a priori el dato “psoriasis” de mi biografía, dato que fue muy ligeramente ampliado por mí en alguna que otra de nuestras conversaciones de enamorados durante esos sublimes momentos durante los cuales los cuerpos reponen fuerzas. Pero tenía un dato meramente abstracto, ya que no encontraba ni una sola prueba en mi cuerpo lo que me dejaba como un fabulador adepto a la exageración o, en el mejor de los casos, como un maestro de la ficción. Nada de esto me preocupaba mientras tanto yo tuviera bajo control mi gran Teatro Psoriásico de la Simulación y el Ocultamiento.

A medida que las semanas se transformaban en meses las zonas de vulnerabilidad de cada uno quedaban cada vez más abiertas para que el otro se adentrara cada vez más profundamente dando lugar, de este modo, a los sanadores efectos de la siempre tan feliz aunque desgraciadamente infrecuente confluencia de dos desesperaciones. That thing called love. Así, pasito a pasito, ella fue animándose a indagar un poco más en el misterio de la psoriasis: ¿dónde estaba, de existir o de haber exisitido? Como en un deseo de meterse en la fábula del “peroncito”, a espiar, a quedarse a dormir allí la tan ansiada siesta eterna bajo la milagrosa sombra de Dios.

Fue una de esas mañanas, de las primeras en el departamento, cuando ella, desplomándose en la cama y mientras su cuerpo todavía rebotaba tenuemente sobre el lecho dijo: “a ver a ver, cómo es la famosa psoriasis…” En ese momento, cuya imagen tengo tan presente como la del Chino parado frente a mí mismo sentado en el banco del vestuario del colegio diciéndome “dejátelo puesto”, escuché y leí esas palabras de la única manera posible: la respuesta donde morían todas las preguntas, aún y sobre todo las no formuladas, era ese otro beso que hacía que la Creación toda alredor de uno, en lugar de detenerse, se difuminara.

La psoriasis no estaba, y no porque me hubiese abandonado: no estaba en la superficie, circunstancialmente, a fuerza de voluntad. No hacía falta un pantalón largo ya pero sí se requería de un trabajo continuo, detrás de escena, para mantener los estigmas barridos debajo de la alfombra. Porque esa mañana no había comenzado con el conmovedor eco del cuerpo de ella rebotando sobre mi cama, en verdad el día había arrancado mucho antes, con el sol todavía oculto para esa habitación que daba a gris pulmón de edificio: mientras radios vecinas dejaban oír su lejana argentinidad, el ruido de la ducha me recordaba la necesidad de no dejar rastro de mi condena íntima para lograr que toda la historia y toda verdad pasara al terreno de la ficción: creación de una mente afiebrada y fantasiosa. “A ver a ver, cómo es la famosa psoriasis…” La psoriasis era yo, nunca pude explicárselo. No había necesidad de hacerlo. Al menos no entonces. El tiempo se la llevó y ella se llevó, sin saberlo, el misterio de lo que no se ve: se lo llevó, probablemente, para ir olvidándolo en el imperceptible deslizamiento del tiempo. Porque ese es el único olvido que duele: el olvido de lo que no llegó a ser descubierto.

Es que todo es posible… Una historia de miedos, impresiones y ascos provocados en terceros reducida a la nada de una “ficción”. Puro teatro. Al fin y al cabo es todo lo que yo desee durante toda mi infancia: finalmente un día los compañeros, el gimnasio o yo mismo, habíamos desaparecido. El Chino no llegó a ver nada, nadie jamás se impresionó ni sintió aprensión ni asco, ninguna de las literalmente innumerables veces que yo “inventé” esas escenas. Ella, la del nombre teatral de origen soviético que se hizo psoriasis en mí reflotando inexorablemente por más coaltar que tiña mi elefantiásica piel, en la banalización de un estigma y desde la buena fe del que ignora un dolor que no se ve de insondable, ella había dicho su línea, esa que a mí me dejaba tranquilo y dispuesto a cansarme una vez más, ahora en una tarea feliz, tras haberme cansado un par de horas antes trabajando en las oscuras profundidades del ocultamiento. “A ver a ver, cómo es la famosa psoriasis…”



Hubo alguna que otra cita que ella hizo de la psoriasis, en un contexto similar al narrado anteriormente. En el contexto de siempre. Una intervención un poco menos feliz que la contada arriba… “¿Sabías que Beckett también tenía psoriasis?” Sé de su buena intención, por supuesto: no estoy escribiendo esto a modo de repudio de estos episodios, sino todo lo contrario: quiero dar testimonio de cómo, sin siquiera sospecharlo, se puede banalizar algo complicado, de dar testimonio de cómo puede hacerse de lo medular algo superfluo. Tal vez sea valioso graficarlo porque, según mi modo de ver las cosas, se está haciendo insufrible ver cómo hoy por hoy se toma a lo superfluo (el “arte” y los “artistas”, por ejemplo; o “la militancia”) como algo medular. Y cómo esos “artistas” o “militantes” (de la nada) tienen un carnet que los habilita a indicarnos a todos nosotros qué cosas son “escenciales”, dónde queda el dolor, cuáles son los buenos, cuáles los malos y, por sobre todas las cosas, dónde está el enemigo.

2011

La verdadera banalización del asco tuvo su más acabada manifestación pública y masiva hace poquitos días. Un asco burdamente impostado tras la invención del objeto repulsivo (una invención típicamente neo-nazi). Porque digamos que en el caso de la psoriasis el objeto era real, por más que en el relato de título 2003 permaneciese subyacente. Esa misma desaparición circunstancial, ese finalmente exitoso proceso de ocultamiento, forzó una “banalización” de la cuestión por el peso de la “ausencia” del objeto disparador del asco (y por tanto del asco mismo), todo en el marco de la buena fe y del sentimiento de admiración amorosa por el otro otorgándosele así a la banalización un carácter dual. Pero en el caso que tuvo tanta repercusión pública en los últimos días, la banalización del asco es tan innegable como aborrecible. Y la invención del objeto “que da asco” constituye, como dije antes, un verdadero acto fascista. Lo peor de todo es que el ejecutor de este despropósito resultante de los tiempos que nos toca en desgracia a los habitantes de este país, es un representante de la “intelectualidad” local, un “artista” que se expresa libremente desde su “especial” “sensibilidad”. Un minúsculo, ínfimo, inepto, vulgar, mezquino, mediocre, pueril, insano, avaro, deshonesto, canalla, horroroso, ególatra, desvergonzado, indigno, corrompido, indecoroso, trivial, nimio, execrable, feo, monstruoso, pavoroso, siniestro, ordinario, rústico, inculto, nulo, incapaz, pusilánime, insuficiente, calamitoso, ignominioso, abyecto, bochornoso, despreciable, fito, páez, artista, argentino, cineasta, argentino, peronista, peronista, peronista y enclenque ser, a quien aquí se llama “artista”, y como si el despropósito fuese insuficiente, él lo cree, lo siente y se considera a sí mismo “artista”, uno importante, trascendente y vital. Pero, por sobre todas las cosas, se pretende a sí mismo como un iluminado, líder intelectual de una “generación” de “sensibles” e “idealistas” “jóvenes” argentinos descubridores de la piedra rosetta que desentrañará todos los misterios y disolverá cada uno de los males que nos aquejan a los hombres y mujeres no sólo de este paisito de morondanga sino del mundo entero. Y la misión de estos zaparrastrosos, la misión que se adjudican (así como se arrogan descaradamente la “iluminación” que les revela la unívoca verdad del mundo) es someternos a todos nosotros, individuos libres, al rigor de sus deshonrosamente apócrifas verdades. A que tomemos partido, a que nos adjudiquemos sus “enemigos” como propios y repitamos sus ideologías de estudiantina maniquea como una condición necesaria para no ser señalados y perseguidos. Para evitar el “escrache” en cualquiera de sus grados. Porque a esta altura de esta parrafada cualquier mortal se sentiría obligado a aclarar “yo digo todo esto sin ser macrista, ojo que yo no lo voté ni lo votaría”. A mí chúpenme un huevo: lamentablemente no voto en Capital porque de haberme correspondido le hubiese puesto diez votos a Macri. Y no por oponerme a esta nueva legión de ignorantes peronistas a quienes le cambiaron el ropero, la pelota, la muñeca y la heladera por canales y radios que pagamos todos nosotros para que ellos, siempre tan promisorios y jóvenes, desplieguen impúdicamente sus ineptitudes en cualquiera de las ramas del arte a las que se pretendan dedicar, estos neo-ignorantes (con “carreras” “universitarias”) cambiaron aquello de los años cincuenta por poder fumarse un porrito en la puerta del boliche porque “somos libres”, nunca “caretas”. Estos desgraciados que festejan el “matrimonio” igualitario que, según ellos, nos eleva a un estrato superior en tanto sociedad (¡JA!) pero que si vos caíste en la desgracia de estar “de la vereda de enfrente” y saben que te gusta la poronga (en caso de ser vos hombre) o la pochola (en caso de ser mujer) te van a tildar de puto o tortillera. Los progresistas paladines del anti-fascismo levantando las banderas de un germanófilo muerto hace décadas, levantando pancartas con el nombre de un admirador de Mussolini, todo en el nombre de la libertad, marchando y marcando gente a diestra y siniestra, estigmatizándola sin ton ni son. Estos justicieros de la doble moral, estos intolerantes, falsos profetas que abonan la tierra de todos con mentiras y tergiversaciones para luego regarla con su bilis nacida de una envidia ancestral que sienten por quien se esforzó más que ellos, desarrolló talentos que ellos no poseen y por quienes ganaron dinero sin la necesidad de recurrir, directa o indirectamente, a las arcas del Estado. Lucha de clases... El chiste adolescente que llegó demasiado lejos. Demasiado lejos en el tiempo cronológico (el de la historia del mundo y en el de la historia de las personas: muchachos, están un poco grandes para decir tantas pelotudeces): aquí todo el mundo parece seguir militando en la idiotez monocorde: a los 30, a los 40, 50 o 60 años. Toda esta gentuza que se autodefine como “intelectualidad”, todos esos nombres ignotos tras los cuales, en cualquier artículo y tras una coma, se lee “novelista” con total impunidad. ¡Pero de qué carajo me hablan! ¡Novelista! Novelista Vladimir Nabokov, la puta madre que los re-mil parió a todos. Y si novelista Nabokov, todos nosotros, con mucha suerte, miopes lectores. Novelista… Sí, claro. Y yo soy poeta, como Walt Whitman. Porque si Fito Páez es músico e intelectual, homologable a John Lennon o Frank Zappa, yo soy Santo Tomás de Aquino. Así me odian un poco más: tras que dije que me gusta Macri ahora van a agregar a mi prontuario “profesa la fe religiosa”.

Mientras tanto hay que tolerar que todo el mundo debata y opine desde los medios de comunicación con mesura y prudencia sobre lo que escribió un descerebrado en un pasquín oficial que solventamos todos nosotros con publicidad que el gobierno de turno hace de sí mismo pagándola con nuestro dinero, todos debatiendo desde el “respeto” hacia esa serie de injurias y agravios que este desgraciado lanzó sobre millones ¡por el simple hecho de haber votado a Macri! ¿Alguien puede dimensionar tal despropósito, semejante atropello? Aparentemente gran parte de la población no tiene la capacidad de hacerlo pues son víctimas de la misma ceguera: tienen psoriasis en los ojos, las costras infectas no los dejan ver desde la libertad individual y tratan de sumirnos a todos y cada uno de nosotros en su mismo lodo, colectivo y abstracto, mentiroso y falaz, todos y todo reducido al patiecito de sus pequeñísimas almas, todos arrastrándose en el serpentario de la “revolución”. “Hay que entenderlo a Fito, habla desde el lado del artista, desde esa sensibilidad especial”. Y, como de coté, en el marco de esa “tolerancia” al discurso intolerante y fascista, difamador y persecutorio, se deja caer una gotita más en el vaso de los “marcados”: porque ya nadie discute que Macri es un ser execrable, deshonesto e incapaz. Las argumentaciones son, cuando no inexistentes, escuálidas. Pero el axioma ha sido plantado (ese, el de “Macri facho-puto”, como tantos otros). A punto tal que, si vas a hablar algo que vaya en contra del librito de los “iluminados”, de estos sensibles revolucionarios, estos “jóvenes” idealistas, tenés que aclarar que no comulgás con, por ejemplo, Macri. ¿Desde cuándo yo tengo que aclarar si comulgo y, de hacerlo, con quién comulgo? ¿Acaso no estábamos en el “grado de civilización nórdica” con nuestro “matrimonio” igualitario y todo el corsito a contramano incluidos? ¿Cómo es que tengo que explicar y hasta disculparme por mi visión del mundo? ¿Por qué tengo que aguantar que un “sensible intelectual” o un “primer ministro” de la Nación digan públicamente que la mitad de la población es algo asqueroso? ¿Desde cuándo?

Fito Páez… ¡Por el amor de Dios! Nadie más banal y superfluo que ese idiota. Porque no voy a sacar a relucir que “vive frente al Alvear”. Porque a mí me gustaría vivir ahí también. En realidad a mí me gustaría vivir en el Kavanagh. Y por supuesto, que me escracharan mucho. Muchisisíiiisimo… Decía que no quería detenerme en ese punto, por más que este “artista” salga a decir que aborrece el modo de vivir que él mismo ejerce (con muchísimo menos clase, por supuesto: carece de ella; eso le acrecienta el odio, su corralito genético): el agravante es que este hombre, paladín de la seriedad, enemigo de lo banal (enemigo de “los noventa”, otro gran invento de los “iluminados” y su permanente tergiversación maniqueísta), se dedica a… ¡escribir cancioncitas de rock, ese género menor dentro del arte menor de la música popular! ¡Y bien mal que lo hace! Eso sí: a veces se dedica al cine y, ya cansado de jugar a ser Charly García (por el amor de Dios, cuánto mal gusto), Elvis Costello o Prince, ensaya un Almodóvar del conurbano rosarino… Ese tipo banaliza el asco. Y yo, que sufrí los efectos del asco llevando encima la mochila del mismísimo objeto que lo puede provocar, me indigno. Y exijo que me pida perdón a mí. Este sorete de cabra debería disculparse conmigo, luego con todos los demás. Porque estos son los tipos que, subidos al corcel de su oligofrenia, al caballito de su intrascendente megalomanía, pasan por encima a los individuos, a los sagrados individuos portadores del misterioso secreto de la libertad, portadores de los dolores reales, de los sufrimientos personales que son inherentes al género humano, ricos y pobres, cultos e incultos, lo olvidan todo en nombre de lo inexistente, del vacío de su discursito: individuos que olvidan que son individuos, uno más, exactamente uno más. Tristísimo. Y hoy por hoy altamente nocivo. Porque cuando veo que alguien como este zopenco dice que le da asco la mitad de una ciudad porque votó a Macri, porque quiere un gobierno de “derechas” (¡hijo de mil putas!), yo me indigno. Y me entristezco infinitamente. Porque es clara señal de que el chistecito bobo llegó demasiado lejos. Porque este episodio no es algo que comienza en el resultado de una elección y concluye en sí mismo: esto es la manifestación más acabada del estado en que se encuentra nuestra sociedad ante el sostenido avance de esta barbarie indigenista, de este tsunami de taradez que nos está arrimando a la devastación última. Me resulta tan desolador que no me siento en condiciones de enfrentar la situación, de intentar volver a poner el guante al derecho. Porque estoy ocupado en el Sublime Arte de la Simulación Psoriásica, Arte que no es más que una manifestación particular de la tragedia de estar vivos, de tener un cuerpo e ir detrás de algún atisbo de sentido, de ir inventándose el sendero que lleva hacia el ideal de libertad. Mientras tanto, parece que Fito está ocupado en otra cosa. Porque es la voz de una generación. Claro. Qué boludo yo, que ando en mis pequeñeces. En mis naderías: mi vida debería pasar, en verdad, por otro lado. Por combatir a Macri, por ejemplo, quien nos cierra los lugares para tocar, esos lugares para expresarnos y dejar nuestro valiosísimo legado a las generaciones venideras, este facho hijo de puta de Macri que está en contra de la educación pública, que hace todo para vaciar los hospitales y quedarse con el negocio de la medicina prepaga (Osde y Galeno son de él, y quiere sacar la villa de Retiro para hacer un negocio inmobiliario). Y yo embadurnándome todo en coaltar, cambiando sábanas manchadas antes de que venga ella, obsesionado con algo que no existe. ¿A quién podría darle impresión, miedo y asco las costras de una simple psoriasis? Qué lejos de lo importante estoy…



Hasta que un día me enamoré de una “compañera” en Sociales… Y la mañana de alguno de esos días ella, rebotando en mi cama, me dijo: “¿Sabías que Fito tiene psoriasis?”