martes, 28 de junio de 2011

YOUR HARROW & YOUR HARVEST


Hoy es 28 de Junio y salió un disco que esperaba sin saberlo. ¿Cuántas veces esperaste un disco? O mejor dicho: ¿Cuántas veces esperaste la venida de un release date? A pesar de un resfrío que agudiza mi insomnio desde hace tres noches y perturba las horas de mis últimos días, hoy tuve que ir a hacer un trámite al centro. Me enchufé el iPod, respiré hondo y me tomé el tren a Retiro. Por Paseo Colón, un rato más tarde, una mano me hizo unas señas, una mano colgada tras un brazo extendido. Me saco los auriculares para ver mejor y descubro que se trataba de John Lydon. Me dice, sacándose sus propios audífonos: “Friday I’m in Love”. Aún entendiendo que me estaba confesando qué escuchaba demoré un poco en poder verbalizar mi respuesta: “Gillian Welch”. No puedo determinar cuánto tiempo estuvo atascada mi réplica, no en la medida de tiempo que marcan los relojes. En mi cabeza fue mucho, fue lo que a uno le toma resignarse, hacer una valija, llamar un taxi, ir a un aeropuerto (digamos LAX), tomarse un avión, bajarse en San Pablo, hacer trasbordo, llegar a Ezeiza, bajar del segundo avión, pasar el absurdo control aduanero, tomar un taxi, llegar a casa, desensillar, descansar un rato, tomar aire, subirse al tren y recién al rato caminar por Paseo Colón y ver una mano colgando de un brazo extendido haciendo señas. “Gillian Welch, no puedo parar de escucharlo”.

Uno vive sin intervenir ante la permanente obturación del deseo real. Porque se supone que uno debe acatar ciertas normas “de sanidad mental social”. A ver… Durante los estertores de El Oasis Original Flavor estaba yo atravesando una situación absolutamente inédita para mí, estaba viviendo una relación muy intensa que fue complicándose cada vez más, inevitablemente, dado el carácter de la relación misma. Yo, sistemáticamente, dejaba de ir a mi trabajo sin que medie una decisión, sin siquiera pensarlo. Simplemente quería estar con ella en los horarios durante los cuales eso era posible. Ella misma, parte del asunto, más de una vez llegó a decirme: “Ay, Germán (ella nunca conoció mi verdadera identidad)… ¿No tendrías que estar trabajando?” Juro que no comprendía la pregunta, me resultaba absurda. ¿Por una vez en la vida tenés la certeza de querer algo y vas a supeditar el ir hacia ello por abrir y atender un negocio? ¿Qué tipo de persona hace eso? Repito: ni me lo planteaba en ese momento, bajo ninguna forma. Simplemente hacía lo que quería hacer, lo que imperaba. Con naturalidad, con felicidad. Todo lo demás se diluía sin siquiera haberse constituido. Claro está que no necesito aclarar el final de la historia porque that’s the way the whole thing ends… Porque si del otro lado del espejo alguien empieza a considerar los castillitos de barajas de la realidad como interdicto al deseo, cagamos. A la larga o a la corta se desentiende la unión, esa bendita confluencia de desesperaciones que tan pocas veces sucede.

Sin andar homologando un tema con el otro y sabiendo que el deseo de escuchar un disco el día de su edición es muy distinto (y muy igual) a la intensidad de una relación amorosa genuina, desde que me enteré, hace poco más de un mes, que hoy se editaba en Estados Unidos de América el nuevo álbum de Gillian Welch “The Harrow & The Harvest”, tuve el silencioso deseo de estar en el tiempo y espacio adecuados. Y como en el arte del deseo no hay límites ni interrupciones, andúveme imaginando a mí mismo americano de distintos estados, especialmente de California y Tennessee, pre-ordenando la edición especial el 14 de Junio para luego aguardar al 28 para ese día, en la ansiedad lógica, ir a comprar la edición normal antes de entrar a la oficina (sí, porque cuando yo fantaseo lo hago con todo: hasta me imaginé con un trabajo). Allí lo escucharía todo el día sin parar y, de poderse, me escaparía con el auto a sentir el disco mientras manejaba por las rutas intestinas de Cali. Hubiese vuelto a mi casa una hora antes de que comenzara el Late Show with Conan O’brien, hubiese ordenado algunos Santa Fe Chicken Sandwiches, hubiese retirado un Six Pack de la nevera y me hubiese tirado en el sillón. Sólo la puerta mosquitero cerrada: la puerta propiamente dicha abierta para que se filtraran los sonidos de la noche con más claridad y se mezclasen con los de mi masticación, los crujidos de los envoltorios de los sándwiches, la apertura de las latas, el cloquear de las mismas al abollarse en su delgadez ante el gentil apretón de las manos que asisten a la boca a por un sorbo. El televisor, de tubo, sintonizando en TBS. Con eso me conformaba. Ni siquiera pedía una Green Card y mucho menos un DNA adecuado. Me conformaba con mi don para la simulación y el silencio, que siempre juega de nuestro lado. Quería, apenas, darle un marco adecuado al dísco y a mi fantasía alrededor del mismo. Deseaba algo terrenal, algo que está ahí al alcance de la mano. Lo estoy diciendo sin la más mínima dosis de sarcasmo.

Me podrás decir: “¿y vas a hacer todo eso, mudarte a California, comprarte un auto viejo, conseguir una casa en un suburbio, un trabajo en una oficina, sólo para poder esperar el release date de un disco, para comprarlo y escucharlo? ¿Y después qué con todo lo demás, qué vas a hacer cuando el asunto pase, esperar ocho años más a que salga otro “álbum preferido” o vas a deshacer todo lo hecho para volver a lo que deshiciste a fuerza de pura inconciencia?” ¿Después? ¿Qué importa del después? Con esa actitud toda tu vida es el ayer que te detiene en el presente.

Así es que, a fuerza de excusas utilitarias y/o razones dictadas por el sentido común, anduve escuchando el disco fuera de tiempo y lugar, en mi iPod, con un download ilegal para no esperar los 20 días que, con suerte, demora el servicio de correo en traerme a mi puerta lo que quiero ya en mi cabeza con tutti i fiocchi: casa y trabajo en Cali, auto, puerta/mosquitero cerrada y la otra abierta, TV de tubo, etc. Lo que pasa es que nos enseñan tan pero tan bien a obturar los deseos con la mayor naturalidad que uno tiene que esperar la providencial mano de John Lydon colgando de su brazo extendido allá por la calle Paseo Colón para darse cuenta de la vejación a la que uno se somete en nombre de “lo razonable”. That’s the way that it goes, that’s the way…

Mientras tanto vamos pensando que quienes nos arruinan la vida son los funcionarios de gobierno. No, no voy a salir en su defensa, saben que los aborrezco; sólo salgo al ataque de nuestro enemigo máximo (¿o debería ser prudente y hablar aquí en primera persona del singular?): nosotros mismos. Los razonables. Los responsables. Trasladen este aparente delirio a sus respectivas realidades, con diferentes responsabilidades familiares enlazadas a otras profesionales y laborales. Siguen siendo ustedes el principal enemigo, aunque tengan cien hijos y el único laburo del universo pareciera ser el que tienen, ahí en la planta nuclear de Montgomery Burns.

El disco que recuerdo haber esperado con más anisas previo a su fecha de salida fue Disintegration. No hay mucho a mi favor como para comparar con el hoy: en 1989 era mucho peor que ahora; la distancia espacial era la misma, pero se encontraba en su estado natural. No había internet, las noticias llegaban como podían, no existían las pre-órdenes y la posibilidad de conseguir un “promo copy” era remotísima. Había que esperar el milagro del correo y, mientras tanto, chequear con los conocidos todo el tiempo a ver si alguno había conseguido algo. Recuerdo que una de esas personas (Marco) me avisó que había obtenido una copia en cassette que no se escuchaba muy bien pero que al menos era completa. Me hizo una copia de inmediato. Hasta entonces lo único que tenía era Lullaby, un 3 inch CD single que había salido un mes y medio antes del álbum y que me había llegado por correo. Todo era fabuloso: la cara A con ese sonido de tambor irreal y los dos lados B: Babble y Out of Mind. La cuestión era que la copia de Disintegration que me había pasado Marco era, como mínimo, de vigésima generación. Por momentos al soplido se le agregaban desapariciones totales del sonido que no paraba de irse y volver, como si la cinta de alguna de las copias de generaciones intermedias se hubiese chamuscado o rayado. Así escuché por primera vez Disintegration, cuando en el mundo había salido hacía días y aquí no. Hasta que llegó el de verdad con El Negro, el cartero más famoso de La Paternal.

En 1996 decidí ir a esperar, por primera vez, la salida de un disco como se debe: en el lugar de origen y la fecha indicada. Wild Mood Swings. Porl Thompson me había hecho muy bien y muy mal al mismo tiempo: tras la gira de Wish por Gran Bretaña yo había tocado el cielo del fan (que ya no era) y el amor por las formas referidas a The Cure se había instalado en mí como un deber ciudadano, casi religioso. Por lo tanto me saqué un pasaje por British Airways y el domingo 5 de Mayo de 1996 ya estaba en Londres, respirando. El lunes me levanté tempranito, tipo nueve, y me desayuné al estilo inglés. Inquieto, sin disfrutar el vulgar manjar todo lo debido, ansioso por descender al Underground que me llevara, Central Line mediante, hasta Oxford Circus. 150 Oxford Street, 10 a.m. Entré en mi HMV favorita, la más grande, la mejor stockeada. Desde la tapa el payasito de lata me guiñaba un ojo como si supiera de mi representación del mito de Sísifo, apoyado muy canchero en una punta de góndola. Tomé un vinilo, un CD y un cassette: tenía únicamente un walkman para escuchar música durante mis viajes (cosa que raramente hacía: el 95% de mis estadías en Inglaterra fueron “music free”, al menos en lo que se refiere a música puesta a reproducir por voluntad propia; sólo me exponía a circunstanciales radios y emisiones de TV, además de la música sonando durante visitas a disquerías y recitales) lo que me obligó a comprar también el formato cassette. No había gente en la caja por lo que pagué: iba pensando en pedirle que me hiciera tres tickets por separado, uno para cada formato, pero no me animé a tanto, sólo le pedí dos, uno para el vinilo y el otro para el cd y el cassette, juntos; luego salí rápidamente. Me subí a un Bus que me dejó en el Thames River, de la orilla sur, frente a The Houses of Parliament. Allí busqué un banco iluminado por el sol londinense, me calcé los auriculares y apreté play. Lo demás poco importa: puse la cabeza en blanco y escuché mientras obligaba a mis ojos a encontrar evidencias visuales permanentes de que estaba ahí, en el lugar donde el disco, justo ese día, salía. A los pocos días me volví sin antes experimentar una versión aproximada de alguna de mis pesadillas recurrentes de adolescencia sobre The Cure: tocaban “acá a la vuelta” y yo me enteraba tarde, cuando estaba terminando. De eso trataba el desagradable sueño. Y sucedió así… Para dar por concluido aquel día cargado de rituales, decidí salir de mi habitación como última cosa de la noche y llamar a mi amigo John Eastwood por teléfono para avisarle que estaba a sólo 170 millas y comentar acerca de Wild Mood Swings. Me atiende y, tras la sorpresa de saber que lo estaba llamando desde Londres, lo primero que me dijo fue: “¿no supiste del secret taping de esta noche?” Resulta que había una especie de Secret Gig esa misma noche en una locación que anunciaron por radio durante esa misma tarde: allí filmarían unas canciones que se suponía iban a ser emitidas por la televisión unos días más tarde. La cosa sucedía a unas cinco cuadras de donde yo estaba parando (y hablando por teléfono en ese momento). Eran las 11 p.m., la grabación había comenzado una hora y media antes.

Nunca más se me ocurrió hacer algo semejante, eso de viajar a un lugar porque sale un disco. Es demasiado poco satisfactorio a esta altura: la cosa debería ser un tanto más sofisticada y fabulosa, que vendría a ser lo mismo. Hoy perdí una chance: ¿la última? Mientras tipeo estos pensamientos inconexos malogrando sus verdaderas posibilidades en el Reino de lo Difuso, el día laboral en Cali va terminando, no conseguí casa ni auto ni puerta/mosquitero ni six-pack ni Santa Fe Chicken ni nada. Ni siquiera fui temprano a un Tower Records a comprar el disco: quedé escuchando un ilegal download en mi iPod mientras contenía la respiración para cruzar Retiro con vida. That’s the way that it is.

Mientras tanto gasté uno de mis últimos disparos, tirando al aire: mi disco favorito en años salió mientras yo dormía el sueño de los obedientes. Poco importa que yo te diga cómo es el disco, a qué suena, por qué me gusta, qué canción me subyuga, qué línea me carcome. El trabajo interior que uno hace con un disco cualquiera no tiene valor alguno fuera de uno mismo, no vale más allá del universo personal en cuya construcción a uno se le va la vida. Vos estás dentro de ese universo ejecutando la acción de leer lo que yo estoy inventando. En esa creación no corresponde que yo te diga nada acerca de The Harrow & The Harvest porque no importa: es una excusa intercambiable. El disco nuevo de Gillian Welch en realidad no existe. Ahora andá y comprate el tuyo. That's the way it will be.