miércoles, 22 de junio de 2011

WHAT IN THE HEAD


FIGURACIÓN

Un supongamos. Imaginen que la mitad superior de mis fémures, incluidas sus cabezas y desembocaduras en caderas, no fuesen mías. Que estuviesen hechas de un material extraño, ajustadas con varios tornillos largos y filosos y que el tejido humano, que crece como hierba mala, haya abrazado al intruso desde abajo, atrapándolo a su trampa (la del tejido humano). Ahora supongamos un día gris, húmedo, frío y caluroso al mismo tiempo (ni siquiera por intervalos: un verdadero grotesco criollo meteorológico). Imaginemos, seguidamente, que padezco de una particular forma de artropatía desde casi siempre. Entonces: ¿duelen esos huesos como si fuesen míos en caso de que no lo fueran? ¿O lo que duele, cuando duele, son tendones, músculos o nervios transmisores?

En tren de supongamos, figuremos que en el subte se alternan el olor a pis humano y el de pérdidas cloacales entre estaciones. Imaginemos que viajamos parados sin importar ya la hora del día en que estamos así como tampoco la dirección que llevamos. Un desfile incesante de mendigos en múltiples estados nos hostigan con la espada de la culpa colectiva: uno ciego te atropella desde atrás mientras otro te aturde con una guitarra enchufada a una potencia portátil pero expansiva: Hendrix es así. Otro se pasea con una especie de boombox expeliendo una marchita democrática mientras ofrece discos compactos revolucionarios. Justo cuando otro se cruza en dirección contraria con barbijo y una fotocopia de tamaño A4 plastificada: lo que dicen es confuso (lo que dice la fotocopia y lo que habla él), como un canto encriptado en siglas. Supongamos ahora que todos pasan en un unísono que no puede ser quebrado por ningún iPod que se haya inventado aún.

Imaginemos que viajamos entre la mugre en una permanente y cordial acechanza bactericida. Que las veredas y las calles y las estaciones de tren y los almacenes y las fondas y los galpones y los pasajeros de los trenes que escupen las estaciones, supongamos que todos son literalmente irreconocibles. Barro y miseria, cartón y basura entre nosotros. Y una culpa germinada como nunca nadie pudo haberlo sospechado. Prendió el brotecito, ¿eh? La culpa forzosa es tal que el barro no es barro ni la mugre es mugre ni la enfermedad enfermedad. Pero este país es un país.

Imaginemos que por la mañana, al despertarte, encendés una radio y allí dan aire a un señor que se dedica al negocio de la carne de animales muertos: dice que no jodamos, que este es el mejor país del mundo. Imaginemos que lo dice con naturalidad y se lo toma del mismo modo, suponiendo que no se trata de una barbaridad descalificadora digna de encierro neuropsiquiátrico. Imaginemos que la locura y la imbecilidad son norma, la única que se respeta a rajatabla.

Hay días que no te sale una, donde todo es un encadenamiento de trabas. A veces hay semanas que son así: y la vida no es mucho más que una cadenita de semanas. Uuno, en esos días, no sabe si volverse a la cama (con la radio apagada) a ver si pasa, o qué. Uno no sabe y duda porque piensa que tal vez sólo se trate de un supongamos y que las trabas no son trabas y los inconvenientes no son tal cosa. La culpa asoma su invisible e invencible cabeza en estado potencial: mirá si vas a dejar de hacer lo que tenés que hacer por andar imaginando pantanos. Y así uno sigue. Supongamos que sigue, porque casi siempre se sigue. Es todo lo que hacemos: seguir. Aún cuando todo indica que el camino está errado. Presos en el agujero de lo doméstico. “¿Y vos a qué te dedicás?” “¿Qué hacés de tu vida?”





SEE ME, FEEL ME

El zenit del día fue un breve encuentro con Jim Morrison en Tribunales: algún día lo voy a sacar (no sé si saben: está preso). Mientras lo esperaba noté que la plaza y las veredas y el palacio estaban desiertos, como si la gente, en un rapto de lucidez y bondad, hubiese desaparecido en masa. Supongamos que decidieron desintegrarse como una interrupción a la cadena de trabas e impedimentos en que se convierte el día, o a veces la semana. Pero suponiendo no se llega lejos: apenas se sigue. Así que al despedirme de Jimbo me volví sin más, sin nada, sin siquiera aduana: total no me van a extrañar, gente para coimear es lo que sobra.

Hay veces que no se entiende y cuando no se entiende, en la escuela y el colegio, era mejor preguntar; de lo contrario la bola de confusión crecía y crecía: too late, Marlene. Más vale preguntar a tiempo, o retirarse. Pero aún retirándote de donde fuere, vas a seguir. Lamentable o afortunadamente, a decir verdad da igual. Porque todo lo que se hace es SEGUIR. Se sigue: apenas se sigue. ¿Me siguen? Porque suponer no es fácil: te podés perder.

Si uno nota que no se entiende pero se hace el desentendido, la cosa se desvirtúa y en la confusión los que no comprenden pasan por entendedores.

Siempre es un error buscarle una razón a las cosas, es como andar por la vida en busca de una justificación vital. Y cuando uno hace esto es porque las cosas no están sucediendo. La palabra, en cualquiera de sus formas, es pájaro de mal agüero. Las cosas buenas, las esenciales, no se pueden ver y son difícilmente asibles, en especial para la tramposa herramienta de la palabra.

¿Para qué siguen en esto que, supongamos, alguna vez pergeñé? Esto de la disquería mental, digo. Sí, supongamos que alguna vez lo imaginé y tracé algún plan para llevar el supongamos adelante. Reformulo: ¿Para qué seguimos? ¿Por qué seguimos? No hay respuesta. Si la buscás en una dudosa contraprestación dinero contra cd+dvd “RRRRR!” (eso fue el sonido de chicharra): incorrecto. Si es por eso yo, de este lado (suponiendo que hubiera lados, aclaro para evitar que la chicharra vuelva a sonar), no seguiría. Imagino (una vez más) que mucho menos vos desde aquél otro lugar. A veces me gusta pensar que… No, no es un pensamiento. Digamos mejor: un par de veces intuí una imagen de lo que significa esto, tal vez en el afán de descubrir el misterioso valor que encierra (no sé por qué, pero el asunto es valioso: eso sí lo tengo claro): el espejismo se adivinaba en una serie de escenas aparentemente inconexas que forman parte de una totalidad que en un tiempo lejano se atomizó en un Big Bang estruendoso. Desde ese entonces y sin tener conciencia de ello, estamos practicando esta alquimia deshilachada en el afán y la convicción de un regreso al útero de la nada que alguna vez, antes de la gran explosión, nos albergaba. Así se producen sutiles conexiones en esporádicos montajes individuales y grupales que se suceden en las situaciones y lugares más insólitos y dispares: Springsteen en una torre de Puerto Madero donde suelen sumarse con mayor o menor brevedad prsotibularia Brian Jones, Lee Mavers, Emmylou Harris, Liz Fraser, Stevie Wonder o Chrissie Hynde; Joe Strummer en un Pelotero de Villa Devoto; Arthur Lee en una Peluquería de Almagro; Jah Wobble en un Nosocomio del mismo barrio pero del otro lado de una avenida otrora angosta; Nils Lofgren en una diabólica institución financiera; Marc Almond en un consultorio odontológico (siempre con el torno en su mano derecha y un vasito plástico sanguinolento en la otra); y la lista, en contrario de la paciencia, es infinita. En esos breves encuentros individuales, a veces grupales, se teje la mortajita esencial:

“Guardé su ingratitud dentro 'e tu caja
y con tu manta azul le hice mortaja”

En lo incomprensible está el misterio que lo sostiene todo, de no ser así nada existiría. Y con el misterio mejor no meterse porque se acaba. ¿El misterio? No, a ese no hay manera de liquidarlo. Lo que se acaba es la gracia.
Se me ocurre que durante las Polémicas es cuando más frecuentemente suceden esas fugaces ráfagas revelatorias: etéreas y de la sustancia de los sueños, se difuminan aún antes de haber terminado de constituirse en un imperceptible instante donde varias carcajadas armonizaron sin necesidad de ensayo. “¿Viste eso? ¿¿¿Lo viste???” Nadie puede verlo, ni siquiera decir haberlo visto.
En lo que no se puede mensurar, ni siquiera contar y mucho menos transmitir a conciencia, reside la razón de las cosas. Si la buscás en otro lugar no pierdas más tiempo porque no hay. Nunca hay nada en ese plano porque allí sólo es posible SEGUIR.





PIEL DE PLIEGUES

San Lorenzo o Rácing Club son un sentimiento inexplicable, igual que Evita, Maradona, Perón y la clase obrera. El rock, una forma de vida. Y la psoriasis un modo de ser. De todos estos males yo me quedo con el último. No te lo podés sacar de encima por más que tu organismo vaya desprendiéndose de sí mismo en imperceptibles dosis. Es como mis discos: hace mucho que los quiero vender y hace bastante que comencé la tarea: pero la sumatoria de esos desprendimientos (sumatoria que se supone va restando, vaya Deportivo Oximorón, el Gallito del Far West) nunca acaban con el cuerpo (ni con el alma). La aceleración de la generación cutánea del psoriásico entra en un loop infinito que hace que la fantasía de desaparecer desprendiéndose de uno mismo en epidérmicos copos de nieve no dé a lugar. Gran deporte obsesivo compulsivo el del niño paciente padeciente de psoriasis, ahí va arrancándose escamas en la desesperación del afán por lo imposible. Deporte nocturno, aún sin torres de iluminación en el estadio. Pero a la mañana siguiente no queda otra que enfrentar el entrenamiento del disimulo:

“You're forced to wear long sleeves for the summer
'Will I ever be a lover
Crying out loud?'”

En la esquina de Manuel Ugarte y Washington había y hay un edificio bastante feo. Por aquellas épocas, los gloriosos setenta, eran todo una novedad esas torres altas que, con el tiempo, fueron haciéndose cada vez más berretas. Moles de departamentos (“conventillos modernos”, diría mi viejo mientras vivíamos en el tercero A de un edificio de siete pisos) en esas construcciones sin balcones donde las ventanas van cortando un desierto del salpicrete beige. Si mal no recuerdo, este de la esquina mencionada tenía catorce pisos. En el último, departamento A, vivían dos hermanos (además de sus padres): Samantha y Claudio. Yo tendría unos once o doce años. Samantha tenía unos trece o catorce, además de una belleza física insoslayable potenciada a mis ojos de purrete en su apariencia de chica un poco mayor a la edad que en verdad tenía. Claudio acumulaba unos dieciocho, era como el mayorcito del grupo de amigos del barrio de Coghlan; destacaba, más allá del asunto cronológico, por su indudable condición de gay y un marcado afán de destaque: cuando desde su casa nos veía reunidos abajo en la calle, en la vereda de enfrente todos sentados sobre el cantero de otro edificio, salía literalmente por la ventana de su piso catorce parándose en la cornisa que había al comienzo de cada piso de la torre (cornisa de no más de quince centímetros de ancho) y, sosteniéndose sólo con una mano asida al marco inferior de la ventana que había atravesado, mariposeaba a los gritos exhibiendo una audacia nunca vista para todos nosotros que nos codeábamos a la entrada de la adolescencia.

El asunto es que con Samantha, en cierto “asalto” dominical que se hacía en la casa de alguno de los del grupo de tanto en tanto, reuniones donde la inocencia mezclaba amigos del barrio, la escuela y el club (River Plate, otro sentimiento-inexplicable-dejolavidaporvós), decía entonces que con Samantha nos habíamos propinado algunos besos. Hubiese dicho ensayado, ya que se trataba de mis primeros, pero opto por el verbo propinar ya que supongo ella estaba ya perfeccionándose en el asunto. Por supuesto que el precoz romance no se hizo esperar en cuanto a su destino de noticia: no había entonces muchas ocasiones para que dos jóvenes argentinos de esas edades se escondiesen demasiado de sus padres o de sus hermanos mayores. Descubiertos en situación sospechosa más de una vez, la divulgación y las cargadas consabidas tuvieron entonces un efecto multiplicador en el objetivo permanente del psoriásico: ocultar el cuerpo en invierno, ahí cuando el sol del verano no puede paliar los estigmas como para que el gatopardismo asista al escrachado.

Así es que luego de los sucesos samanthescos me descubrí en la amenaza que se avecinaba: enfrentar el verano, sobre todo su primera parte, la de la etapa inicial del estival y milagroso efecto solar (Febo se tomaba su tiempo en emparejar la piel del obseso). Con el marco de esta angustiosa anticipación llegó el comienzo de la temporada de pileta del club River Plate.





WAITING FOR THE RAPTURE

Fue en una de estas primeras veces del año donde la primavera se va haciendo verano que me sucedió algo extraño, esas situaciones que son la reproducción en la vigilia del recurrente sueño que, con algunas poco importantes variantes, todos hemos tenido: ese en el que de repente nos encontramos desnudos en la calle, yendo al colegio o a la facultad o al trabajo, como si nada, como si estuviésemos vestidos; pero de golpe descubrimos que no lo estamos.

El psoríasico tiene una policía del pensamiento mucho más laboriosa que la de George Orwell: los agentes están en alerta permanente marcando qué se puede y qué no puede hacerse, cómo moverse y dónde refugiarse a cada momento; cuándo trasladarse de un lado a otro (por lo general cuando uno se siente cubierto en la ausencia o distracción del otro), etc. En la pileta de River la policía interior indicaba hasta cuándo zambullirse y cuándo salir del agua. En este estado de alerta y cuando la fuerza de inseguridad creía tenerlo todo bajo control, una mañana soleada al borde de la por entonces nuevísima pileta olímpica del Club Atlético River Plate, de la nada se corporizó una mujer mayor (muy mayor a los ojos de un onceañero) que, tomándome de un brazo, me empezó a preguntar si yo tenía psoriasis. Con el sólo sonido de esa palabra en presencia de mis amigos del barrio entré en parálisis a fuerza de pánico. Todo se tiñó, de modo inmediato, del color de los sueños más angustiantes. La mujer pasó a ser una idea más que un ser corporal, era de golpe una especie de bruja, de esas que venían a buscarnos en las pesadillas de infancia. Yo dejé de tener voz al verme literalmente abducido por esta mujer que me llevó a un costado e hizo que me recostara sobre las baldosas de alrededor de la pileta olímpica, venecitas que aún hoy recuerdo como si alguna vez las hubiese visto. Mis amigos habían pasado a un segundo plano sin dejar de estar presentes ni por un instante: yo los veía a lo lejos pero cerca, como en un plano paralelo, los veía viéndolo todo, comentándolo, pero totalmente inconexos de mi virtual secuestro: incomunicados. Más indefenso que nunca, como si fuera posible, esta mujer estaba murmurando cosas en un idioma para mí incomprensible mientras pasaba sus manos por todo mi cuerpo como si estuviera cargándome o descargándome de alguna energía desconocida. La escena no tuvo duración: para mí fue eterna, como una vida en sí misma, independiente, con nacimiento y muerte y todo lo que se supone sucede en el medio. Probablemente, en la realidad, no haya durado más de dos minutos, de haber siquiera sucedido. Cuando salí de la situación, ya estaba vestido y nos estábamos todos volviendo a Coghlan en el 107. Por supuesto que me estaban cargando, en especial Claudio, el acróbata, quien me hostigaba del mismo modo y con el mismo speech que utilizaba cuando se burlaba por esos besos que me había dado con su hermana Samantha. Fue una experiencia traumática que nunca olvidé, por más que me ausenté de la pileta de River sólo una semana dando cualquier tipo de excusa para quedarme en mi casa: había que volver rápido para evitar, a fuerza de Febo, la espiral escamosa.





PH CONTROL

Así es nomás: cada tanto nos sorprendemos en una situación que parece desconectada de la realidad, como si ocurriese un quiebre en su continuo y las reglas de juego cambiasen por apenas un instante, produciéndose un contacto con algo lejano pero medular. Y no siempre la experiencia es desagradable, las hay en todo sentido. El denominador común a todas ellas es su inestimable valor: en la aparente desconexión siento que nos estamos comunicando con un lugar olvidado que existió antes del sol y del cuerpo. Podría contar aquí varias experiencias similares, tan poderosas algunas que hasta otras personas desconocidas y presentes en la escena me han dicho cosas como si supieran quién era yo y qué me estaba pasando en ese momento de mi vida. Pero sólo voy a detenerme un instante en una reciente que no tuvo manifestaciones tan alucinatorias pero que sí me trasladó de inmediato al borde de la pileta olímpica de River de aquella mañana de infancia.

Hace ya más de un mes fui a ver a Raphael. No conforme con mi primera y excepcional experiencia “El Niño vive” en Rosario, no pude evitar asistir a ambas fechas que el gigante de Linares diera en el teatro Gran Rex de Buenos Aires el pasado mayo. Voy a evitarles aquí cualquier comentario acerca de las increíbles dotes de performer extraordinaire del famoso artista español y los evitaré por innecesarios. Durante esas sanadoras experiencias que resultaron ser las tres veces que hasta hoy escuché cantar en vivo a Raphael uno, de alguna manera, siempre permanece con algún resabio de esa policía del pensamiento que unas veces dice defendernos de la psoriasis y otras de algún otro bochorno cualquiera. Porque de eso nos defienden estos internal cops: de los papelones, de esas situaciones que detienen el devenir de la vida en una imagen congelada para que la vergüenza de sorprendernos de repente en bolas comprando libras esterlinas en una ventanilla del Banco Piano de Cabildo se potencie al infinito. Y en un show de Raphael, habiendo visto a tantos boludos de la guitarrita tocando aquí y allí en el absurdo convencimiento de que se hacía lo correcto, a uno siempre se le levanta algún agente ocioso que empieza a hinchar las pelotas: ¡la famosa mano de obra desocupada! Aunque ocurra, afortunadamente, con frecuencia cada vez menor, de vez en cuándo la vida (qué cita más pelotuda e inadecuada, sobre todo en un párrafo donde Raphael está presente)…

Acabáramos: de golpe siento que me agarran la mano derecha. Sin saber si la extremidad helada es la mía o la que toma a la mía, mientras una fuerza extraña la eleva haciendo que el brazo derecho suba al máximo posible, me encuentro agarrado de la mano de aquella bruja que me abdujo de mi grupo de amigos en la olímpica de River para recostarme sobre el piso y murmurar en clave mi pasado y mi futuro. La música de fondo es lo que otrora hubiese sido vergonzante, canta una voz en español palabras bochornosas: “maravilloso corazón, maravilloso”… El ritmo es trillado, como todo ritmo; pero mi brazo derecho lo acompaña en un balanceo hacia derecha e izquierda, columpio sobre el abismo. Como si aquella irreal mujer de la infancia, tras orar su hermético rosario, me hubiese levantado del suelo y tomándome de la mano derecha hubiese optado por un ritual más musical. Mientras esa música sonaba, maravillosa, todo se había tornado irreal, como si todos los presentes estuviesen bien lejos pero observándolo todo, escrutando en su mutismo fisgón. Como si a mi derecha un secuestrador bufón con cuerpo de mujer se estuviese burlando del mismo modo y con el mismo speech de siempre y, de ser esto insuficiente, como si del lado izquierdo estuviese Bruce Springsteen cantando Born to Run y yo escondiendo que del lado derecho se cantaba Maravillo Corazón de Raphael. La cadena de brazos elevados y manos entrelazadas se cortaba a mi izquierda, para que el rockero no lo notase. ¡Qué boludo! El tipo estaba lejos pero pegado, en un plano paralelo desde donde todo lo observaba, en un silencio impuesto. Como siempre, como aquella vez en la olímpica de River, como tantas veces en otras situaciones donde las reglas de la realidad juegan con nosotros y nos comunican con el origen, con algo demasiado trascendente para suceder en un mundo de cuerpos.

Nunca supe cuándo terminó aquella canción y mi brazo descendió tras la liberación de mi mano derecha. De golpe me encontré en un instante posterior como si ninguna lógica se hubiese interrumpido en el aparente continuo inquebrantable que es la realidad. Pero pude saber con certeza que me había conectado una vez más a algo definitivamente inefable y esencial. Esas conexiones que suceden de vez en cuando, muy de vez en cuando, y que se presentan como una extraña interrupción de la “vida real”, tan pequeña ella en su grandilocuencia. Pero nada de esto se puede contar, nada puede ser transmitido a través de la palabra. La palabra, justamente, es la interrupción. Un escrito, cualquiera, es una interrupción de otra cosa de calidad superior. En todo caso, cuando aparece la palabra, se detiene la escritura. La verdadera escritura. Esa que se trata de rescatar en El Oasis in the Head. Eso que sucede de a poco y de manera fragmentada en esta experiencia que transitamos. Justamente de eso se trata y no de una contraprestación pecuniaria: se trata de esto que en vano trato de explicarles aquí, vaya atentado contra el secreto de la disquería mental… Pero aguante Deportivo Oximorón, el Gallito del Far West. Por eso mismo les digo, para concluir lo que jamás debí haber comenzado (esta interrupción a la otra escritura, esa obra colectiva que sucede fuera de los blogs, de los discos, de los diarios, libros, revistas, happenings y todo lo demás que se te ocurra), que a The Head no vengan a buscar lo que te ofrece el mundo ahí afuera, el mundo tal cual está planteado en su “realidad”. Aquí en The Head no hay nada de eso. Aquí no hay nada.