martes, 8 de marzo de 2011

ROMANOS EN INGLATERRA


Cuando comencé a viajar distancias considerables era aún muy joven. Todo lo era, y lo era para no contradecirme. No esperé casi nada más que a cumplir la mayoría de edad como para no andar necesitando papeles firmados por escribanos, certificados ellos (los papeles) por determinados organismos.
De niño tenía sueños mudos, se trataba simplemente de un sobrevuelo de paisajes extraños. Campos verdes que no eran de mi tierra natal: Yo, sin saber mucho de países ni nada que se les pareciera, había dictaminado que se trataba de Alemania y/o Inglaterra. Tal vez ayudado por pistas de alguna que otra película o serie de televisión que alguna vez había visto. Campiña y enormes caserones por lo general pintados de blanco, caminos acuchillados y no mucho más.
Cuando llegué por primera vez a Londres, en Agosto de 1990, una pen-pal me esperaba en el aeropuerto: Lorraine. Allí me desayuné que su auto estaba en el taller mecánico por lo cual su amiga Anita nos iba a llevar en el suyo hasta la ciudad. El primer tramo del camino lo pasé en silencio ya que la situación era extraña y se suspendía una dulce tensión en el habitáculo del viejo Ford, modelo mujer joven e inglesa. Iba yo entonces en el asiento trasero mirando el paisaje que, en un primer tramo, más suburbano y pueblerino, se me encaprichaba coincidente con el recuerdo de mis sueños de niño. Encontraba una familiaridad lejana con ese lugar y me sentía bien, me sentía seguro. De regreso en el éxodo.

Los romanos comenzaron a viajar hacia esas islas bastante temprano también, aún antes de la llegada de Cristo. En su atendible afán de conquista bautizaron a esas tierras con la palabra Britannia; Londinium fue como llamaron a esos paisajes que yo estaba viendo esa mañana desde el asiento de atrás de un Ford conducido por dos jóvenes mujeres de tez blanca y pechos turgentes. Eran ellas como las nietas de mi profesora particular de inglés, Mrs. Lenton.
Los romanos, entonces, le hicieron un enorme bien a las Islas Británicas y a sus nativos, los druidas. La conquista por parte de una civilización superior y más poderosa es, a la larga, un gran beneficio para el territorio dominado y sus habitantes.
Pues bien, por supuesto que el Imperio Romano se retiró de Britannia (a menos de cumplirse los quinientos años del arribo) y decayó hasta convertirse, hoy por hoy, en un simple país con una herencia invaluable. A lo largo de su extenso recorrido los romanos originarios se desparramaron por el mundo y el tiempo, primero para conquistarlo (al mundo, el tiempo es mera ilusión), luego para encontrar refugio de una serie de inevitables desgracias.

Debo decir en este punto que lamento mucho que mi turno haya demorado tantísimo tiempo en ser llamado; más de dos mil años, una enormidad en la vida de un hombre, casi nada a los ojos de la expansión del universo. El asunto es que soy un hijo de los habitantes del Imperio Romano, etapa “nos refugiamos donde nos lleve el barco, allá en América”. En ese azar de vapores mi suerte se llamó Taormina y la trajo junto a una muda de ropa un italiano del norte de, créase o no, la misma edad que yo tenía aquella mañana en el asiento de atrás del Ford de Anita, la amiga de mi amiga Lorraine. Yo me fui un 10 de Agosto de 1990 en un avión de British Airways; Luigi Marenco un 2 de Diciembre de 1923 en el vapor Taormina.

Mi abuelo, en su vida argentina, supo de la nada inventarse una esposa, tres hijos; conoció la pérdida de uno de ellos aún niño; también se hizo de un trabajo en el ferrocarril que pertenecía a capitales ingleses. Allí viajó de Buenos Aires a Posadas y de Posadas a Buenos Aires incansablemente mientras cocinaba para todo el pasaje. Al jubilarse pasó a cocinar en el Club El Tábano, del Barrio de Saavedra. Su pasatiempo era ir a Palermo, “a las carreras.” Mi abuela Eudosia lo peleaba por eso. Él se ponía encima un traje, se enroscaba el echarpe, se calzaba el funyi e inventaba un destino cualquiera antes de salir por la puerta de calle. Era como un paso de comedia repetido hasta el hartazgo: Nadie le creía pero él decía sus líneas y salía actuando su parte sabiendo muy bien que no era ni más ni menos que una representación miniaturizada de la vida entera de cualquiera de nosotros, desde las conquistas del Imperio Romano (por elegir un comienzo cercano) hasta el hoy de entonces. El tipo iba al hipódromo pero antes de hacerlo simplemente decía que se dirigía hacia cualquier otra parte. ¿Acaso es eso mentir?

Mentir es, quién sabe, creerse que uno va a dejar de ser uno en el comienzo del camino de un utópico otro por el sólo hecho de viajar lejos. Con esa ilusión guardada en el borde del subconsciente es que me fui de viaje en 1990. No me empujaba el hambre de entre-guerras ni mucho menos; ¿pero cómo se puede estar conforme con lo que nos toca en especial cuando uno tiene pocos años vividos? La resignación o madurez llegan, con mucha suerte, mucho más tarde. Tan tarde como cuando cantaron mi número, cuando los hijos del Imperio Romano ya se habían escapado a comienzos del siglo XX. Esa demora en el llamado alimentó aquella ilusión de ser otro en tierras extrañas, en Britannia. No duró mucho la ilusión pero el gesto atávico se repitió casi indefinidamente y se renueva sin pausa.

Más tarde aún y siempre a destiempo emprendo un trámite que me devuelva la ciudadanía de mi Nono Luigi, tan terco en su “tanitud” que jamás quiso, gracias a Dios, que le diesen un DNI. Así es que tuve que reconstruir su pasado ya que, entre la pérdida de sus papeles por parte de uno de sus hijos y la imprecisión de los recuerdos, no había forma de saber en qué comuna había nacido el tipo. Mi viejo, un adorable hincha-pelotas, solía pelear a su suegro cuando este decía que era del norte de Italia, de la región de Piemonte. “¿Del norte este? ¿No le ves la cara? Este, si es del norte, es de una cueva en la montaña”, la peleaba a mi vieja a falta de la presencia del abuelo. Y resultó ser así nomás (mi viejo siempre tuvo razón, descubro hoy también a destiempo): Orsara Bormida es una aldea que posa sobre una montaña y que, aún hoy, tiene apenas 400 habitantes. Nunca imaginé que al tener certeza del lugar de su nacimiento podría sentir una absurda emoción: Al mirar las fotos de esa aldea sentí como que la ilusión ante el primer viaje a Londinium (yo, un romano casi diluido en la espera de que cantaran su número) reencarnó con asombrosa energía. Sé que la ciudadanía italiana, aún en la renuncia eventual de la argentina que por ahora me sigue pesando, no hará que yo me convierta en algún otro cualquiera. Otro de quien digo que soy. Aún radicándome en Orsara Bormida y aprendiendo el oficio del padre de mi abuelo (Angelo, fígaro del pueblo) para ejercerlo en el mismo lugar un siglo más tarde (¿qué es un siglo en la historia itálica?) no lograría el ilusorio objetivo. Se me antoja una salida mucho más probable el andar imaginando que, desde la conquista romana de Britannia hasta el día en que me tocó nacer por acá como nieto de un italiano en la desgracia del exilio, mi número fue llamado muchas veces y que simplemente no puedo recordarlo porque es justamente ese olvido la regla basal de este juego de nacer y morir. Así me resulta mucho más fascinante de lo que ya es por peso propio este documental Opera Italia realizado por la BBC con la conducción del Director Musical de la Royal Opera House, Antonio Pappano, un inglés de padres italianos que se establecieron allí en el año 1958 abriendo un restaurante. Pasquale (vaya nombre operístico), el padre de Antonio, también se fue a ganar la vida a otra parte cocinando.

El documental en cuestión, entonces, está fantásticamente realizado, una verdadera delicia. Y en ese recorrido por Italia a través del tiempo y del espacio me han dado ganas de ser muchas, cada una de ellas con la sensual escenografía de la península itálica: La lascivia que se respira en los pequeños y medievales pueblos enclavados en cada rincón perdido de la ancestral tierra de mi abuelo Luigi siempre me resultó irresistible. Con pasar por Pisa una sola vez en mi vida, la tentación de ser un lugareño que deambula entre siesta y siesta tras las húmedas paredes de las viejas casas que se amontonan entre los recovecos que forman los tortuosos callejones se me ha hecho ilusión viva. Tan viva como la ilusión de la siempre latente posibilidad de haber sido otro. Porque lo admito, no es posible transformarse en otro desde la palabra del ahora, pero sí es altísimamente probable haber sido otro, infinidad de veces. Y el muestrario del especial de BBC Four, Opera Italia, es una hermosa paleta con la cual pintar las vidas pasadas que se nos venga en ganas.

Mientras tanto en Liverpool los romanos han encarnado en tristes y melancólicos lugareños. Tan distintos y tan iguales a otros porteños de la tierra natal, digamos genoveses por sólo escribir uno de los gentilicios posibles. Liverpool siempre fue más gris y neblinoso; y siempre miró hacia el lugar donde el sol se pone. A su vez recibió desesperados desde Irlanda y los envió hacia America, una America a su misma altura. En la mediterránea encerrona genovesa los vapores como el Taormina se vieron obligados a salir por Gibraltar para adentrarse al océano. Una vez allí los vientos bien podían llevar a los viajeros hacia un exilio más al sur.

Mientras tanto en Liverpool, había dicho, hoy siguen apareciendo jóvenes que militan en el mundito del rock (en el más amplio sentido del término) haciendo caso omiso al fabuloso y varias veces centenario arte de la Ópera. Estos hijos de druidas y romanos (mezclados con bárbaros, con nórdicos) de tanto en tanto me deslumbran, aún en medio del tedio que me han producido tantos años de atención a algo tan ínfimo como los discos de rock y de pop.

All Through the Night, el primer paso de estos Liverpudlians llamados The Sand Band, es un detalle entre tanto balbuceo innecesario. Es una sesión de hipnosis que bien puede llevarnos a las puertas del juego de recorrer nuestras identidades anteriores. Es un disco pequeño y, por tanto, aliviador. Sanador, arriesgaría: Total ya está todo pago. Así es cómo se me ocurrió compilar a su lado otros primeros pasos de otros Liverpudlians, esos hijos de la conquista romana, de los druidas, de los celtas, de los bárbaros. Porque cuando las cosas están bien hechas, cuando están hechas desde las fibras más íntimas, esas que trascienden el tiempo histórico que nos toca y su situación geo-política, todo se unifica, todo pudo haber sido hecho por cualquier otro y cada cosa tiene un alma común a las demás, sean ellas un guiso carrero a bordo de un tren que va en camino a Posadas, Misiones, Argentina, o una ópera buffa que deleitaba en su novedoso estreno al vulgo a comienzos del Siglo XVII, o un puñado de canciones sin mayores pretensiones que un grupo de romanos exiliados componen dos milenios más tarde ya sin liras en su poder y en un mundo cada vez más barroco en nombre de la evolución, la misma evolución que me obliga a aferrarme a la vieja ilusión de ser otro, ilusión que se va cambiando de ropa pero que mantiene sus mañas inalterables ya que, antes de cruzar la puerta de calle para salir, no confiesa su verdadero destino (el hipódromo de mi abuelo o mis viajes a miles de kilómetros para ver si me sorprendía en otro viendo algún recital) sino que se inventa uno cualquiera, uno que les venga mejor a los demás. ¿Acaso es eso mentir?