miércoles, 5 de enero de 2011

SECRETOS DE LA COLMENA


Buenas noches. Estoy aquí intentando un resumen del año. Me cuesta: sentarme a escribir en el inevitable riesgo de que mi incapacidad se haga evidente. Ante mí mismo, a viva voz en la cabeza, ante todos ustedes. Qué más da: si no dio nada.

Para comenzar ustedes dirán “Buenas noches: qué buenas noches si es pleno día.” Esa eventual discordancia entre el momento de la escritura y el de la lectura no hace más que confirmar que no estoy escribiendo: vos lo estás pensando; todo. Así funcionan las cosas en The Head: pensar que hay gente que quiere comprar discos: ¿Qué discos? ¿Qué digo? Digo que escribo, sin siquiera llegar a decirlo. Pienso que digo que escribo: qué importa. Si venía en viaje hacia mi casa, acá donde me están inventando, y en casi menos de un minuto de andar por la calle conocí a una japonesa que vivía en Coney Island: buscaba un roommate y allí fui. Nos llevamos bien y le pregunté si quería sentir cómo besaba un extranjero. La cosa se nos fue de las manos y tuvimos dos japonesitas y un japonesito. ¿Que qué tenían mío? Porque de ella tenían sus rasgos y belleza. Los vastaguitos, cuando iban en sus cochecitos por la calle, veían mundos insólitos que cerraban en sí mismos en menos que se baja un cordón y se sube el siguiente. Eso tenían del padre: afortunadamente nada más. Al otorgarme el casamiento legal mi tarjeta de ciudadanía, un amigo residente en Manhattan me dio un muy buen trabajo que supe hacer de modo tan singular como eficiente. Nos iba bien, digo: a mi familia interracial. Pero preferimos seguir viviendo en Coney Island y no rentar un departamento en el Upper West Side como nos habían sugerido. Es que nos gustaba ir en pleno invierno a la costa, cubiertos de ropa por completo a excepción de los ojos. Nos sentábamos en los bancos de madera: si nevaba nos poníamos en una de las pequeñas pérgolas que hay cada tantos metros sobre la rambla; si no nevaba preferíamos el cielo abierto. Mirábamos el mar y las lágrimas se malograban en unos cristalitos brillantes. Ella se llama Kyoko. A los chicos, durante nuestras incursiones costeras, los cuidaba su abuela. Kyoko era feliz cuando nos visitaba un amigo que aún vivía en Buenos Aires. Luego de la primera vez que voté en los Estados Unidos llegué a mi casa.

Como les decía: Buenas noches. Estoy cansado de la Argentina. Además de mí perdiendo energías despotricando, enfurecido por el violento maltrato que siento desde hace ya varios años viviendo donde vivo. Por lo tanto resolví no hablar más del asunto, y vivir. Si es lejos de aquí, mejor. Y como vivo en mi cabeza, que es donde trabajo y de donde a todos ustedes conozco, vivo bien lejos. De todo.

Antes de callar para siempre quiero resumir el año en una historia que ocurrió durante su efímero reinado, una historia bien local que ilustra mi apátrida frustración. Intentaré enhebrar la aguja de la memoria.

Ya casi no me escribo ni me hablo con todos los amigos y conocidos ingleses que se dedican, de una forma u otra, a la música. Cuando uno no llama ni escribe, a la larga, del otro lado también dejan de hacerlo. El ático de los recuerdos llénase así de encanto.

Anthony Reynolds es una excepción. Siempre quiso venir a la Argentina unos días poniendo la excusa de “tocar”. En algún momento estuvimos a punto de hacer algo. Pero no. Hablo de hace más de diez años. Anthony tuvo su merecido cuarto de hora tras el cuál fue arrumbándose en sus convicciones artísticas y vicios de bohemia. Los de verdad: no eso a lo que nos tienen acostumbrados los muñequitos locales.

De un tiempo a esta parte Anthony sostiene su ego de artista escribiendo libros y haciendo un disco a pulmón de tanto en tanto, dándose gustos personales aquí y allí con una u otra colaboración que logra cristalizar. Además emprende pequeños tours o aisladas presentaciones en España, Francia e Italia, curritos que va armando en el entramado de contactos que le han quedado de la época de gloria cuando tenía contratos respetables, aparecía en la prensa especializada bastante asiduamente y hacía giras prolongadas en varios países.

Yo, mientras tanto, sobrevivía análogamente en el reinito que me tocó en desgracia. Una de las actividades que aportaban el granito que junto a otros conformaban mi ingreso mensual, consistía en unas charlas sobre música y discos que yo daba en una productora con sede en Palermo que se dedica a hacer músicas para publicidades de tv o cine, trabajos que se difunden a nivel local o latinoamericano; excepcionalmente para los mercados americano y europeo. Allí iba yo una vez por mes con discos e improvisaba un monólogo ante el staff de la productora: media docena de músicos que eran los que componían y grababan las pistas para las publicidades.

No voy a dar nombres porque la gente que trabaja en esta productora (en especial la que me “contrató”) me cae bien, más allá de todo lo que pueda yo contarles aquí. A ver… La mecánica de trabajo de este lugar se fue formando a partir de las exigencias de los clientes: marcas y agencias de publicidad. ¿Recuerdan algunas propagandas donde la canción que las ilustra sonoramente era “casi” igual a una conocida de algún artista masivo? Bueno: el mercado local impuso esta forma de trabajar; el publicista deja el video del aviso dando pautas para encontrar la música correspondiente. La pauta puede ser, for instance, un “algo como Yellow de Coldplay”. En un primer momento el staff de la productora se dedicaba a armar un jingle donde el plagio a Yellow se encaraba sin vergüenza. Luego se sometía a revisiones de los publicistas y clientes de la agencia hasta que se daba el OK. Esto, como es lógico, trajo varios problemas legales. Por lo tanto la mecánica de la copia se “sofisticó.” Había que encontrar modos más indirectos de “afanar un tema.” Sobre todo si la pauta consistía en una canción demasiado popular. Por ahí era mejor buscar algo que se pareciese a Yellow y trabajar copiando a partir de ese punto “secundario”. O si vienen y me dicen “Yellow” yo propongo otras pautas o puntos de partida haciéndole escuchar al cliente alternativas menos conocidas y difundidas. Ahí es donde entraba yo en escena: era el alguien que estaba al tanto de la música que salía (y que salió) e iba a informarlos, a instruirlos en todo lo que pudiera.

Por supuesto que no toda la actividad de este lugar se limitaba a este procedimiento; los cambios en el mercado van trayendo nuevos sistemas y oportunidades: hoy por hoy la diferencia entre comprar los derechos editoriales de, digamos, 99 Red Balloons, es casi tan costoso como hacer un jingle que lo plagie. La curiosa convertibilidad K, digamos. Un departamento en Villa Pueyrredón se paga lo mismo que uno en Queens, por ejemplo. Cuando Belgrano cotice como Manhattan me pego un tiro. Pero perdón: decía que el modo de trabajo descrito más arriba no era el único de estas productoras y lo aclaro porque acá no estoy hablando mal de ellos sino que estoy describiendo una situación determinada sin valorizar ni positiva ni negativamente los hechos.

Con la intención de seguir sofisticando la metodología, una de las personas de la productora me pide si no podía conseguirles cantantes ingleses y americanos dispuestos a grabar los jingles para que el acento de las canciones no quedara trucho. La primera persona que me vino a la mente para el eventual trabajo fue Anthony: al tanto de su necesidad de hacer unos mangos sabía que podía estar interesado en el asunto; graba la voz desde su casa y listo. Le conté y lo contacté con la gente de la productora.

Aprovechando esta reconexión, Anthony me sugirió que me juntara con alguien de Buenos Aires que estaba por editarle un libro de poemas: quería ver si, con mi ayuda, podía concretarse, finalmente, su visita a esta ciudad de nombre mentiroso. Me pasó una dirección de e-mail y me contacté medio a regañadientes con el tal “Ale”. En la respuesta me enteré que se trataba de un ella: Alelí. Me dispuse entonces a un encuentro con un poco más de ganas.

Alelí era linda pero, desgraciadamente, muy tonta. Sufría del mal más común del joven argentino: primero considerarse joven cuando ya claramente se pasó la barrera de los treinta; segundo y principal (victoria principal) considerábase a sí misma artista. Porque escribía (como si eso no lo hiciéramos todos); también considerábase a sí misma editora: creía (y cree) tener una editorial porque imprime y edita “libros” a “autores” que pagan por su edición. Es decir: Alelí les cobra el dinero que sale imprimir los libros, les pone la marca de su “editorial” y listo: Faber & Faber.

Esa tarde/noche en un bar de San Telmo fue una rápida desilusión a pesar de la cuál intenté darle todos mis pareceres acerca de la aventura “Anthony Reynolds en Argentina” y ofreciéndole la ayuda que estuviese dentro de mis exiguas posibilidades. Le recomendé poner en el bill a un artista local “acorde” para asegurarse una mínima convocatoria (sugerí a Pablo Dacal a quien había visto interpretar unas canciones propias y otras de Leonardo Favio en un homenaje que le habían hecho al alguna vez iluminado cineasta local en la Biblioteca Nacional) y no mucho más que eso. Quedamos en hablarnos más adelante. Nota al pie: le pregunté cómo conocía a Anthony Reynolds y me dijo que le había escrito un e-mail luego de saber quién era y comprar un disco suyo, The Jazz Age. Resultó que lo había comprado en El Oasis Original Flavor. Le pregunté por qué no había comprado los dos anteriores (Pioneer Soundtracks y How to Make Love Vol. 1, bajo el mote Jacques y en colaboración con Momus) o alguno de los primeros simples, todos disponibles en la disquería oportunamente. No supo encontrar una respuesta. Como siempre, el interés de esta gente va de la mano de las, con suerte, tardías menciones en la prensa local, cosa que en el caso de Jack, la primera banda de Anthony, ocurrió recién con The Jazz Age. Me ahorré preguntarle por Scott Fitzgerald y su colección de historias breves Tales of the Jazz Age, libro que inspiró el nombre del álbum porque me pareció inútil, especialmente sabiéndola “escritora” nacional. Y peronista, aunque no lo supiera ni lo sospeche.

Afortunadamente para mí, y por desgracia para Anthony, una oportuna infección intestinal me dejó con excusas de excluirme del mundo real por un par de semanas, período que prolongué un poco más de puro gusto. Fue entonces que no contesté a ninguno de los numerosos mails que Anthony me enviaba, con o sin copia a Alelí. Dejaron de llegar mensajes. A los pocos días tuve que responder uno de un Anthony genuinamente preocupado por mi paradero. Le conté, exagerando un poco las cuestiones. De inmediato comenzó a contarme, como consuelo, de sus similares males sufridos en su vida de excesos tóxicos; yo asentía sin aclarar que lo mío había sido simplemente una intoxicación por empanadas árabes en mal estado (gracias Carrefour)

Cuando me puse al día del estado de las cosas me enteré de lo siguiente: en efecto había sido aprobado el subsidio que Anthony y su también galesa novia Cathy habían solicitado a la institución oficial de cultura galesa en Cardiff con la excusa de la edición y presentación de un libro suyo en Buenos Aires y de la grabación y edición de un EP de tangos (a sugerencia mía, para acrecentar las chances de recibir el subsidio que solventaría todos los gastos de la travesía) dándome como referencia a mí y a mi supuesto sello que, en épocas de El Oasis Original Flavor, había editado un EP de Jacques que fuera distribuido en el Reino Unido. Digamos que como referencia era mucho más sólida y real: el disco había sido elegido Single of the Month en Record Collector y el nombre del “sello” había sido impreso en varias publicaciones inglesas de música bien conocidas con motivo de otras ediciones. En definitiva: subsidio aprobado, dinero cobrado, pasaje comprado y un show armado: Sergio Pángaro maestro de ceremonias, Los Espejos Rotos (rebautizados para la ocasión como The Broken Mirrors: qué ingeniosos) como backing band de Reynolds. No quise ni preguntar quiénes eran (ni falta que me hacía): de Pángaro sí tenía referencias… Ináff. Resultado: me despegué del asunto. Sin decirle nada a nadie, en especial a Anthony. Y sin alarmarlo ni pincharle ningún globo. Que fuera lo que God quisiera.

Mientras tanto la relación Reynolds-productora local seguía avanzando: Anthony me copió oculto en un mail suyo al gerente de este sitio, el que me había pedido que le consiguiese cantantes de habla inglesa. Debajo del mail de Anthony se asomaba desvergonzado el del argentino que, reitero, es un tipo excelente a quien aprecio. A pesar de ello y desde su inimputabilidad (¿se dice así?) argentina, le pedía a Anthony que, como primera prueba y a la espera de algún laburo publicitario, le pusiera voz a alguna de las canciones de su disco, que estaba grabando. Le envió la pista de un par de canciones. Zambomba: ¡Otro artista! Todos artistas: ¿Soy yo el único que queda virgen? Qué lo parió: ¡Qué arrojo…! Pedirle a un tipo que no conozco con quien me contacté hace cinco minutos, un tipo a quien desconozco hasta en el plano profesional (lo que no resulta un dato menor tratándose de gente que desarrolla su actividad en torno a la música y que, además, se considera un músico en preparación de un disco), que grabe un tema para mi disco “como prueba y calentando motores a la espera de un laburo”, es bastante audaz. A mí no me sale. La prueba está: yo no soy músico ni artista, pero si actuara bajo la lógica local bien podría decir que lo soy y haberle pedido a Anthony o a cualquier otro que yo hubiese conocido y con quien tuviese la suficiente confianza, que grabaran algo en mi próximo álbum solista. Porque seamos sinceros: es más fácil hacer una canción cualquiera como las que se hacen descaradamente acá en nombre del arte que el enunciar que uno es músico. Pero a mí no me sale. Ni me interesa: hace rato que cumplí los veinte años.

Lo primero que hice fue escribirle a Anthony y pedirle disculpas: le expliqué que no tenía idea que el muchacho en cuestión fuese “músico” y mucho menos que estuviese grabando un “disco”. Grave error de mi parte: cómo ignorar esta Argentina Renacentista. Luego le dije: NO DEJES DE EXIGIRLE DINERO A CAMBIO. Porque todo daba a entender que la cosa se planteaba como “de onda”. Le expliqué a Anthony, como pude, que debía cobrar por ese trabajo. Pidió y logró convenir un pago por su voz en una canción. Punto para los justos.

Anthony estaba entusiasmado: vendría finalmente a la Argentina con su novia, se emborracharía, alimentaría su ego artístico, marcaría otro país en su mapamundi personal, grabaría una canción dance para un argentino por lo que recibiría 500 euros; sólo para el álbum Neu York había hecho una canción descaradamente dance y la idea de repetir le gustaba ya que algunos cantantes admirados por él lo habían hecho y muy bien: por ejemplo Billy Mackenzie. De todas formas los problemas con el músico local no demoraron en aparecer: AR me copiaba oculto. Evidentemente no tenía idea este muchacho a quien aprecio, llamémoslo XX, el de la productora, no tenía la menor idea, decía, de con qué clase de persona estaba tratando: un músico en un país donde la música y el mercado son de verdad, uno que tuvo contratos con discográficas de verdad y uno que bebe y usa drogas de verdad. Digamos, un músico de rock sin comillas. Todo sin comillas. Anthony le dijo varias veces que se quedara tranquilo, que ya iba a grabar el track, que estaba laburando en la letra y en la melodía, etc. Seguramente una mentira hasta que lo hiciera, pero esta gente LO HACE. Y miente mientras tanto. ¿No es acaso eso la vida misma? De este lado, mientras tanto, se impacientaban en la incomprensión: que se jodan por pedirle un trabajo a quien desconocen de plano. Y yo: yo en el medio.

Cuando concurrí a la productora en el marco de los “servicios” que les prestaba, el músico apodado aquí XX me contaba su tormento “con este tipo raro de Inglaterra”. Me sentó en un estudio y me hizo escuchar su música. Le dije que no se preocupara, que el AR vive en otro mundo (no me refería a Inglaterra sino a su cabeza, tan distinta a la suya tan argentina y por lo tanto tan lejos de la lógica de un perdido loco de mierda, loco de la guitarrita de verdad), que no lo iba a defraudar y que, sin duda alguna, pondría a su canción en un plano al que no podría llegar de otra forma. Fui lo más elegante posible. Pero no se entendió, evidentemente: la trifulca virtual recrudeció a punto tal que AR, en su delirio tóxico, comenzó a preguntarme si XX podía ser un tipo violento. Temía que fuese una especie de Phil Spector y le apuntara con una 38 en la sien frente a la consola de uno de los estudios de la productora. Pobre Anthony…

Pero esa tarde que pasé por la el barrio de Palermo no sólo tuve contacto con XX: también me interceptó uno de los músicos que presenciaban mis monólogos a cambio de unos billetes con la cara del bueno de Roca. El Tano, quien me confesó: “No hago más rock, desarmé mi banda. El rock me parece una boludez.” No pude disimular mi sonrisa mientras pensaba que mis charlas no habían sido en vano. Pero las alegrías no duran mucho, no en argentina y ante la presencia de “músicos”: “Ahora hago cumbia; pero cumbia deformada: como el ritmo, pero haciendo algo raro arriba.” En medio del espanto recordé inmediatamente que en mi visita del mes anterior El Tano me había preguntado si había algún grupo inglés o americano que hubiese hecho algo con la cumbia. Le había respondido que no. Dios mío: ¡¡¡Qué zoo, joder!!! ¡¡¡Guórezú, guórezú!!!

Reitero: no estoy burlándome ni descalificando ni calificando ni desvalorizando ni nada: simplemente describo una serie de sucesos tal cual fueron.

“G: ¿Es XX peligroso? No sé si quiero grabar allá con él, me pide que le devuelva el adelanto que me envió, ¿qué hago?” Intenté que XX recapacite pero impossible is something. “No le devuelvas nada, queda todo así: no grabás y te quedás con el adelanto. Y despreocupate: no es un tipo peligroso; dejá de tomar esas porquerías.”
Cabe agregar, o más bien comentar, porque si sigo agregando esto no termina más, que tengo detalles también de uno de los puntos de conflicto del asunto: el problema de XX con la letra que AR escribió para la canción en cuestión la cual, originalmente, apenas tenía un par de frases sueltas en un inglés muy de Avellaneda y unos tarareos ininteligibles. Tuve yo que sufrir en carne propia los embates de los músicos locales imposibilitados de escribir una puta línea que te piden ayuda con las letras y que después que se las hacés te las objetan o no las encuentran interesantes sin siquiera tener la mínima chance de comprenderlas. Bueno, AR también sufrió esos embates… MiDió…

Mientras se acercaba la fecha del asunto argentino, AR comenzó a copiarme abiertamente los mails como un modo de lograr mi participación, a pesar de que le dije que yo estaba afuera. En uno de ellos me preguntaba si no conocía un pianista: necesitaba un pianista quien lo acompañase en un par de canciones. Ahí no aguanté más y no pude evitar decirle, por línea privada, mi visión de Argentina: “Se supone son autores, editores, músicos, hay un grupo que va a oficiar de tu banda, y no sólo que no hay ni uno que sepa tocar el piano: NO CONOCEN UN PUTO PIANISTA QUE TE ACOMPAÑE EN DOS TEMAS. Y yo, que dentro de la desgracia de haber nacido aquí cuento con la ventaja de no tener nada que ver con el mundo de las “artes”, tengo que conseguirte un pianista... Dame un día y te cuento”.

Llamé a Sebastián Grand Prix, uno de los pocos músicos locales que frecuentaban El Oasis Original Flavor con quien siempre hubo buena onda. Él no se animó a encargarse del asunto por no ser el piano su instrumento natural así que me contactó con quien era entonces tecladista de Grand Prix, Juampi, quien también había sabido pasar por El Oasis. Juan, a.k.a. Juampi, agarró viaje enseguida por más que no hubiera guita de por medio (aún cuando yo iba a hacer lo que estuviese a mi alcance para que hubiera algún pago que no saliera del bolsillo de Anthony). Le pasé las canciones a tocar a Juan: le gustaron y dijo que se las aprendería sin inconvenientes. En su entusiasmo le elogió a Anthony su música (que hasta ese momento no conocía) emparentándosela con la de The Divine Comedy. El amigo Reynolds respondió al elogio con humor británico, por no decir inglés ya que AR es técnicamente galés. Voy a comenzar a copiar y pegar de los mails porque, de no hacerlo, comenzarían ustedes a dudar de la veracidad de este relato interminable:

El elogio a cargo de Juan:

“Anthony, I have already received the songs and I´ll start working on them. I liked them very much; it reminds me of Divine Comedy style...congrats!
I would need you to send me the (harmony/chords) of both songs as soon as you can and confirm that Brel´s is in Am.
Thanks
J”


Y la incomprendida humorada de Anthony en respuesta:

“Hi J.
Oh, I absolutely loathe the music of Divine comedy, its comedy music. Hate it.
Never mind.
Brel is in Am yes.
Ill work out the chords to those songs when I come back later. Disappointed is in F, Where the dead live in E major.
Later
A”


Supe que sucedería lo que sucedió luego ni bien leí este mensaje de arriba. Y tuve la certeza plena cuando, un par de horas después, apareció un mail de Alelí que era una catarata de exigencias (a cambio de nada) al pianista que yo había conseguido a instancias de su incapacidad más absoluta (ella ni enterada: alguien que le avise, por el amor de Dios) en un derroche verborrágico de una descortesía y falta de tacto y educación que pocas veces he visto: ¡¡¡Si hasta daba por hecho que los ensayos debían ser en casa de Juampi (¡sin saber quién era, cómo vivía o si tenía una casa siquiera!) pidiéndole que eligiese de inmediato dos o tres fechas y horarios de una lista de cuatro posibles!!!

Por supuesto que lo llamé a Juan antes de que él me llamase a mí. Qué infeliz soy: lo imaginé dolido en la incomprensión de la mordacidad de AR con su respuesta anti-Divine Comedy (una respuesta que, desde un punto de vista, fue una torpeza de su parte que podría haber evitado; la carta de perdón que le tocó luego se justifica en la ignorancia de los bueyes con los que estaba arando: pobre galés) y aturdido por las exigencias de esta mina, complicado aún más en su vida con trabajo y dos hijos y una esposa, supe que el pibe iba a tener ganas de huir y estaba pidiendo que alguien lo ayude a cumplir su deseo/necesidad. Yo lo hice, por supuesto. Prácticamente renuncié por él y, tras su consentimiento, lo comuniqué en privado a AR (sin explicar los motivos) y luego Juan se encargó de excusarse con un e-mail. Reynolds, de inmediato, me dijo: “Seguro que fue por mi Divine Comedy remark”. “No, not at all”, le mentí sin contarle nada de la otra desubicada descerebrada de Alelí Jíjíjí. Indulto para Reynolds por su auto-crítica.

Así estaba el pobre Anthony: a 4 días del Infierno Sur, ignorando las desgracias que lo esperaban, y sin un puto pianista. Él no sospechaba del despropósito de su “backing band” pero yo lo sabía sin saber pero sabiéndolo todo (del Infierno Sur) por lo que, como buen pelotudo, sentí compasión y le fui a buscar otro pianista. Fue fácil: me acordé de Odín, un purrete que laburaba en la productora donde daba las charlas, muy agradable no sólo por su abominable juventud: era educado, medido, respetuoso, le gustaban los Beatles y escuchaba más de lo que hablaba. Odín, sin ser pianista, es músico. Por lo tanto toca el piano y lo que haya que tocar. Y tiene el entusiasmo de los pocos años; y dijo que sí, eufórico. AR celebró su nombre de deidad nórdica mezclado con el apellido teutón (Schwartz), yo le dije que el pibe le iba a salvar el gig, él lo supo por la manía de creerme, manía que se iba acrecentando hasta el infinito con el paso de las horas y los sucesos. “G: You are the man there, please do not leave me”, comenzó a implorar.

Confieso que a esta altura de la Adrián Suaré había decidido desaparecer: nadie iba a saber de mí durante la semana que AR pasaría en Buenos Aires. No hacía falta más que desatender el teléfono e ignorar los e-mails. Pero Anthony me cagó contando con mi propia ayuda. Resulta que faltando dos días para su viaje debía enviarle dinero a Alelí Jíjíjí porque la editora debía pagar la edición (con la plata del autor). Anthony, naturalmente, le pidió un número de cuenta de algún banco, pero claro: de qué número de cuenta y de qué banco me hablan: qué se piensa este pirata, ¿que las editoras argentinas son de verdad? También tenía que pagar un adelanto por el departamento que alquilaría en San Telmo para su estadía. Le dije: “dejá que te pago todo yo y me lo devolvés cuando estés acá.” Dios mío: Qué país de hijos de puta.

Así fue que quedé engrampado y debía verlo a AR al menos una vez para recuperar esos billetitos con la cara del bueno de Franklin. Por lo tanto respondí afirmativamente a la invitación a la “cena de bienvenida” que se le dispensaría a Anthony en un restaurante vegetariano de dudosa calidad que está sobre la calle Uruguay a metros de la Avenida Corrientes. Cena de bienvenida en la que cada comensal debía pagarse lo suyo, Anthony y Cathy incluidos, claro está: Si Moliere estuviese vivo y fuese argentino, El Avaro tenía veinte actos más (gracias papá, que lo decía con Los Miserables y Víctor Hugo utilizando el término “tomos” en lugar de “actos”).

Pero antes de dicha cena hubo un par de episodios más de la “previa de los e-mails.” En uno, Anthony confirmaba lo que sería el set list del gig y, al final, invitaba a que se sugirieran cambios o agregados:

“Hello. Below is my proposed set list. Any thoughts, let me know.
Cheers
A

AR reads a few poems....
1) Wild is the wind
2) 3 o clock in the morning
3) Filthy names
(AR SOlo on Guitar)
4) FU
(with gabriel on electronics and a violinist)?
5) If you go away
6) The Disappointed
7) Where the dead Live
(With Odin on piano)
8) Lolita elle
(ar on guitar and .....violin)?
9) Nico's children
10) ?
11)?
With B. Mirrors”


Ni bien leí el mail y sabiendo que comparto con Anthony la admiración por la banda Japan y por David Sylvian (ignoraba aún que Cathy también fuese, en sus años mozos, fanática de la fantástica banda londinense), propuse que el show cerrase con September de David Sylvian, una hermosa canción de apenas un minuto que consiste únicamente de piano y voz. “September is here again” canta Sylvian con su voz de crooner y el show de AR en Buenos Aires iba a acontecer, justamente, el 1 de Septiembre. Qué mejor propuesta, pensé... La respuesta afirmativa de AR no se hizo esperar y fue veloz como mi sugerencia. Todos los demás mantuvieron silencio. Le envié la canción que abre Secrets of the Beehive a Odín quien quedó fascinado. Los demás, en silencio. Hasta que bajó un mail de Alelí, uno para mí solito:

“Ger,,
Apenas pueda les mando un mail excplicativo a Odin y Anthony ( a Anthony, otra vez) y a vos si queres, de como esta armada esa noche... y de como vienen sus dias
para q me digan cuando harian los ensayos segun esto,,no hay muchas opciones igual,, y asi terminamos el definitivo,,
me estuve quemando la cabeza, hablando de malas sangres, otra vez y no debia, tratando de entender porqué está hablando de un final con un tema de Silvyan si ya el final esta armado con la banda..
La parte administrativa ya la tenemos para esa noche..ahora que él se ocupe de esta parte artística...de ver que instrumento en que tema y que tema si y cual no,,y quien ensaya con quien de todas maneras ya estan las salas y horarios reservados,etc..
Al final quien es Odin? le dijiste que no hay plata?
qué bueno que al final haya piano,,pero no se a esta altura si podrán hacer algo,,, ojalá si!
Al final vas a traducir esa mini parte vos?
Bueno,,estamos al habla
beso!
Ale.”


Entendí de inmediato cuál era el problema con el tema de SILVYAN (¡Hija de puta, ni siquiera se toma el trabajo de copiar el nombre que desconoce de manera correcta! Pero es escritora eh…): Una cuestión de eguitos (luego los sucesos me confirmarían todo lo que yo sabía, por si hiciera falta). Para resumir: en “The Broken Mirrors” tocaba el novio de la mina que ayudaba en todo el asunto a Alelí, apodada Fita (manager de bandas, productora local: Dios mío querido, mandá un cataclismo a este lugar cretino lo antes que puedas, y que no quede ni uno solito) y el tal Gustavo que “tocaría” “electronics” era el novio de Alelí. Ellos, que no se conforman con no saber tocar ni tener el más mínimo talento, no saben en verdad quién es Anthony Reynolds. En su ignorancia tomaban al galés como si fuese Syd Barrett (supongamos que ellos supieran quién fue Barret y, además, que gustaran honestamente de su música) y lo utilizaban como una ficha más en el tablero donde se “validan” a sí mismos como “artistas” que colaboran con otros artistas, en este caso “ingleses”. Es básicamente eso: un cholulismo barato con pretensiones de intelectualidad… Y eso que no tienen cerebro.

En fin: no respondí el e-mail de Alelí sabiendo cuál era el problema que no se animaba o no podía plantear con claridad y, además, para evitar hacerle el favor de “traducir lo que Anthony dice entre canción y canción” (eso que ella menciona en su mensaje como “mini parte”). Uno puede no responder pero esta gente no recibe los mensajes cifrados en el silencio e insiste. Me llamó Fita. Me tuvo una hora en el teléfono, dando rodeos sin saber cómo decirme “Loco: el final apoteósico es Anthony Syd Barrett Reynolds con The Broken Soft Machine Mirrors, qué me venís con September de Silvyan Süller con Odín al piano…”. Le hice el favor de exponer su propio problema yo, ante mí mismo y en presencia suya. Y me respondí dirigiéndome a ella: “yo no tengo nada que ver con lo que se toca y se deja de tocar, no hay nada en el mundo que me tenga más sin cuidado que AR en Argentina, es más: no creo que vaya a verlo. Si tienen alguna duda, plantéensela a él que yo no incido en nada del asunto. Apenas le estuve dando una mano en algunos temas personales porque lo conozco hace mucho y todavía tengo el sentido de la cortesía en funcionamiento. Pero nada más.” Fin del asunto. Supe cómo terminaría todo. Y, para contar con testigos, se lo dije a Odín.

Y llegó el Galés a Buenos Aires. Ni bien pisó suelo de San Telmo escribió este mensaje:

“hello friends. We are here and safe. Osvaldo met us ans all is cool with the apartment.
We are going to bathe and sleep now, we are utterly exhausted. We will call/mail you when we awake this afternoon?
ca va?
See you soon!
best
A”


No era para menos: más de 24 horas desde que salieron de sus respectivas casas en Cardiff ya que hicieron escala en Washington, DC y luego en San Pablo. De todas maneras, pocos minutos después bajó otro mensaje de Anthony en respuesta a uno que había sido enviado por algún integrante de The Broken Mirrors (copio el mensaje de AR con el original del argentino debajo) mientras los visitantes estaban viajando horas y horas cruzando el mundo de arriba hacia abajo (qué error); mail que evidentemente Anthony había descubierto luego de enviar el suyo anterior:

“...I see..thats ...bad news...I just arrived..filthy , and exhausted....would have been good to have some notice of this...
so you wont be waking me as Ill only have time to change and wash...
if theres anyway to do this another time or even tonight then please let me know asap...”

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From: elvasco777@****.com
To: anthonyjohnfrancisaloysisreynolds@****.co.uk
Subject: RE: Proposed set List
Date: Wed, 25 Aug 2010 13:15:55 -0300

“Hello Anthony, i'm afraid i'll have to wake you on thursday and take you to Quilmes for recording your voice.
I'll be at the hotel at 2:30
Regards!”


Cuando terminé de leer esto estallé, una vez más, de indignación: no se puede ser tan sorete, tan descortés, tan desconsiderado, tan estúpido, tan hijo de puta. Ahí mismo mandé un “reply all” muy escueto:

“For God's sake:
Leave the man and the lady sleep, Quilmes is not L.A. Quilmes should wait, forever.”


No hubo respuesta, de ninguno. Esa noche era la “cena bienvenida”. Y allí estuvimos, entonces, sentados a la mesa del mugroso comedero: Odín y su igualmente agradable novia Eugenia (de sangre alemana, como mis caderas), un tal Osvaldo (cineasta: ¡faltaba más!), Alelí Jíjíjí, Fita a.k.a. Tonya Soreta (manager de rock), Gustavo “Cluster” Electronics (novio de Jíjíjí) y un integrante de The Broken Mirrors cuyo nombre ni recuerdo: entiendo era el Keith Moon de la banda. Anthony y Cathy fueron los últimos en llegar y sumarse a la mesa: por fin habían podido tirarse una hora en la cama y pegarse un baño. Luego de saludar a todos y tras el abrazo de rigor Antonito, sentándose a mi siniestra, me toma del hombro y me dice al oído: “We laughed our guts out all day with your e-mail… Bloody hilarious, G…” y me recitaba de memoria el contenido en voz baja y con cara de ogro mientras se cagaba de risa.

Los detalles del encuentro se los ahorro: demasiado tristes, demasiado pobres. Era complicado sostener una comunicación: los salvaba apenas un poco el mencionar algunas cosas pertinentes al show y a las actividades que lo esperaban al pobre de Anthony durante su semanita en el infierno: entrevistas en “radios” que “transmitían” “en internet” (seguramente una “radio” de otro amigo de ellos que tenía ese hobby muy mal llevado), más sesiones en el conurbano de Los Angeles, etc.

En un momento no tuve más remedio que ir al baño: si bien no había vino blanco seco ni champagne extra brut (ni ningún champagne) tal como quiso ordenar el ingenuo de AR, un horrible vino tinto “orgánico” le había dado un lindo trabajito a mis riñoncitos. Ingreso al minúsculo toilet de caballeros y me pongo frente a uno de los dos migitorios a hacer lo que Dios mandó. A los diez segundos entra al baño Keith Moon (que reencarnó en Quilmes aún antes de haberse muerto en Londres). Ni bien lo veo entrar pienso: “¿No puede esperar medio minuto a que yo vuelva a la mesa para ir al baño este pelotudo: qué le gusta, mear acompañado?” El tipito pasa por detrás de mí y se mete en el toilet propiamente dicho. Desde el habitáculo y con la puerta semi-abierta se dirige a mí, arrojando su voz a la breve distancia: “Tendrías que venir a Quilmes… Tendrías que venir…” Silencio. Silencio. “¿Para?” le pregunto. “Está lindo Quilmes, tendrías que venir…” “Hace muchos años que no voy”, le respondí, “cuando era chico fui algunas veces porque ahí vivía un tío mío que era militar, a media cuadra de la Calchaquí…”
“¿Y a Los Angeles fuiste?” me retrucó con sorna desafiante. “Sí: muchas veces. Los Angeles me gusta mucho: eso sí que está lindo.” Mientras le decía esto el tipo había “tirado la cadena” y pasado por detrás de mí (con ese idiota cerca se me había cortado la inspiración y seguía intentando abrir compuertas) saliendo del baño. Entonces pude continuar orinando.

Cuando volví a la mesa la reunión agonizaba dentro de la agonía en que se desarrollaba desde hacía rato. Anthony y Cathy se retiraron a descansar y los demás nos quedamos un rato más. No pasó mucho para que yo metiera mi bocadillo en pos de conseguir algún pago para el Piano Player Odín. Cuando Alelí hablaba de lo que les cobraría a unos amigos de Wim “Osvaldo” Wenders, yo le dije: “No hagas dos por uno para nadie, cobrá completo que 20 pesos no es nada y así vas a poder pagarle a Odín: no sigas la costumbre argentina de no pagar a la gente que hace lo que sabe hacer.” Juro que lo dije en un tono muy amable y hasta humorístico. Pero no hubo caso: Gustavito Cluster saltó como si lo propulsara un resortito desde el centro mismo de su oloriento ojete en defensa de su capullito de Alelí (como si alguien la hubiese atacado; hete aquí una cosa muy argentina: tomar el consejo, la crítica bien intencionada o el intento de hacer que el otro actúe correctamente -que equivaldría a hacerle un bien a ese otro, o al menos intentarlo- como un ataque, como algo que viene de un hijo de puta): que “vos qué te creés, que Alelí hace un año que está trabajando en esto a puro pulmón, que Anthony Reynolds está en Buenos Aires gracias a ella (juro que repetía el nombre del galés como si estuviese diciendo Buddy Holly o Jimi Hendrix o John Lennon o Muddy Waters: lo juro)” y que patatín que patatán... Ni siquiera tuve ganas de maltratarlo, a mí que me cuesta tan poco cuando un pelotudo quiere adoctrinarme administrando lo que él cree que es justicia. Corté la conversación de manera seca y terminante con contenido desprecio; los demás, Alelí incluida, intentaron atemperar, y nos fuimos. Lamentable: un grupete de “gente grande” (ninguno bajaba de la franja 33 a 43 años) haciéndose los artistas sin tener idea de nada (porque no es que no saben ejercer su metié: también desconocen la función de “receptor” del arte, esa que cualquiera que pretende pasarse “del otro lado del mostrador” -haciéndose hacedor- debe ejercer adecuadamente desde que tiene uso de razón y de manera natural), sin saber ni escribir, ni cómo editar libros, ni poder tocar música, ni saber componer, ni siquiera emborracharse (ni hablemos de drogas). Y tampoco tienen idea de quién es Anthony Reynolds ni Syd Barrett, ni Buddy Holly, ni Jimi Hendrix, ni John Lennon. Pero repiten sus nombres (en el de Anthony Reynolds) entre excitados y emocionados por el acontecimiento que no es lo que ellos creen que es porque ellos no pueden entender nada, ni siquiera creer que entienden. Si tuvieran quince o dieciocho, hasta veinte años, bueno… Los entendería. Pero son tremendos pelotudos con las bolas que les llegan al suelo y las tetas que ya van declinando... Pero sigamos que quiero terminar con esto que no sé bien para qué comencé…

Fueron pasando los días de infortunio para el galés. Yo era un mudo testigo de algunos mails donde él me copiaba oculto: no hay lugar para ensayar con Odín, que tiene que ser en el depto de San Telmo (que, a propósito, quedaba en un tercer piso por escalera, pisos altísimos, y quienes se lo alquilaron no les avisaron nada en ningún momento del detalle, detalle que a ellos no les importó pero que a mí sí: ¡llegaba arriba exhausto!), que tampoco nos consiguen un teclado, y así ad infinitum. Anthony quería verme “properly” pero nunca podía y se disculpaba por e-mail. A partir de un momento comenzó a firmar sus mensajes como el más conocido de los personajes kafkianos:

“no time to be witty......f=gotta get some potato...
7 please...
if you have a copy of our ancien 7/cd for odin?
ciao Joseph K...”


Tremendo: el tipo de golpe y porrazo se encontraba preso en un lugar extraño sin saber por qué y sin poder encontrar a alguien que le diera la más mínima explicación. Yo sí podría haber respondido a su dilema; la respuesta era una sola palabra: Argentina.

El quinto día de su estadía incluía la noche del recital; hasta entonces no había podido ir ni siquiera a caminar por el “downtown”, según me había confesó luego, desconsolado. Como integrante de una cultura superior, jamás dio muestras de su desconcierto y controló la situación evitando la más mínima pista de fastidio. Me resultan admirables: no sé cómo lo logran. NUNCA una palabra reaccionando al destrato que estaban recibiendo: son tan inteligentes que siempre dejan la posibilidad abierta de que sea una mala lectura de ellos y que lo que parece un destrato sea en verdad una cuestión cultural del lugar que están visitando y desconocen. Pero no paran de percibir y de ENTENDER. Uno de los piropos más grandes que recibí en mi vida me lo dispensaron una noche de las que pudimos vernos tranquilos, sin artistas locales a la vista. Llegamos a un bar y nos sentamos: yo de un lado de la mesa, AR y Cathy de la otra. Me miraron fijo y me dijeron, en voz de Anthony, lo siguiente: “Queremos que nos digas la verdad, que nos expliques, porque no entendemos. Ya conocimos mucha gente acá, muchos latinos (dijo latinos, y no argentinos). Vos no tenés ninguna cosa en común con ellos, ni una sola. Vos no sos latino y quiero que nos expliques, por favor te lo pedimos.” No supe qué decirles y me dio mucha vergüenza. Me quedé callado mientras les agradecía casi gestualmente. “Para mí sos londinense, hay algo que no nos estás contando: las cosas que decís, cómo las decís, cuando hablamos de música, los discos que mencionás: es difícil encontrar alguien en Londres que se ponga a hablar de Sylvian y cite un lado b de un single perdido: A Brief Conversation Ending in Divorce. ¿Quién sos, G?” Por supuesto no pude responderles. Tampoco le dije que estaban totalmente equivocados (muy a mi pesar) porque, por una vez, tomé algo lindo que se me decía con genuina honestidad y lo usé a mi favor: tal vez en otra vida, como los Broken Mirrors eran Keith Moon, George Harrison, Buddy Holly, Jimi Hendrix y John Lennon, yo fui Wilde. O por lo menos Los Angeles.

Resumamos y vayamos cerrando: la noche del show fue catastrófica. El lugar (ya ni recuerdo el nombre, pueden googlearlo o buscarlo en el sitio de Reynolds en caso de que les resulte de interés) estaba lleno. Como yo le adelanté a Odín, September, de ser tocada, no iba a ser la última del show. Como buenos soretes incapaces que son, hicieron que la cante abriendo el show. Cualquiera que escuchó música obsesivamente o, al menos, por unos cuantos años con verdadera atención e interés, sabe que September es ese tipo de canciones que requieren tener la voz caliente porque, de lo contrario, desafinás como un hijo de puta. ¡Pero qué saben ellos! O, como diría El Niño de Linares: ¡Qué sabe nadie!

Salió el esperpento este de Sergio Pángaro (perdón Gordon Schumway: sé que es tu amigo y vos sabés que no es ofensivo lo que estoy diciendo acá, ni siquiera para Pangarito: es apenas mi locura diminuta y a la carta) a dar pena, con un traje de dos pesos (y era caro), muy sucio, que llevaba sin nada de onda como el bigotín y el mechón de pelo grasoso que le cae sobre esa frente desierta. Trató de contarle a la gente quién era AR sin él mismo tener idea de quién es ni qué hizo, “ayudado” con un machete que parece haber sido escrito por un empleado de Tower Records de Cabildo y Juramento (un empleado que sigue yendo ahora mismo, en 2011, a trabajar y que no se dio cuenta aún que ya es un Stock Center). Entonces apareció Odín y comenzó con el primer acorde de September. AR hizo lo poco que pudo con ese hueso durísimo para arrancar y, tras hacer las tres canciones pautadas con Odín -dos propias y un cover de Jacques Brel-, comenzó el martirio. Odín desapareció y se largó el despropósito; de más está decir que la única relación de Gustavito Cluster con los “electronics” es que jugaba mucho al tetris en Sacoa de Mar del Plata, y que The Broken Mirrors eran cinco pelotudos que se creían… ¿The Rolling Stones? No: ¡Turf! El cantante/tecladista se meaba encima por ser Joaquín Levinton ¡pero no le daba ni para eso! Tocaron dos canciones con Reynolds quien, tras ellas, decidió desaparecer de golpe entre avergonzado y fastidiado. Claro, nunca nadie acusó recibo de todo esto que pasaba porque eso también es muy argentino: no tener capacidad de percepción, o distorsionar la realidad a antojo y conveniencia.

Al irse Reynolds, comenzó un set de The Broken Mirrors ¡de temas propios! ¿En qué cabeza cabe armar un recital del pobre de AR en Argentina con una banda local que lo acompañe en algunas canciones (por pedido y costumbre del Reynolds-autogestionable) haciéndolo tocar cinco suyas para que luego venga un set de ocho canciones de Los Espejos Rotos mientras el pobre infeliz espera turno para volver al escenario y cantar algo más? ¿Qué es este disparate, este dislate, esta falta de tacto, de respeto, de cordura, de amor por la música? Es sólo la egomanía a rienda suelta de una serie de oligofrénicos. Bah: es Argentina a pleno.

Es hora de aclarar que el despropósito no se limitó al contenido y armado del show propiamente dicho: Reynolds pagó, valiéndose del subsidio galés más dinero de su propio bolsillo, absolutamente todo. Y cuando digo todo digo su pasaje aéreo de ida y de vuelta, su alojamiento, su comida y cada uno de sus gastos personales: ¡¡¡hasta tuvo que pagarse los tragos de la noche del recital en el mismo recinto donde cantó!!! ¿Pueden creerlo? Tras el show, al escaparnos a tomar algo por ahí fuera y lejos del despropósito, me lo confesó: “Hace más de 20 años que toco en vivo. En todo ese tiempo nunca, pero escuchame bien lo que te digo: NUNCA tuve que pagarme los tragos de la noche del show. Y NUNCA toqué gratis, sin cobrar un solo peso. Hasta me cobraron los tragos, no puedo entender...” Él no podía entender y yo no podía creerlo. Tuvo que contármelo dos veces más, mientras yo no sabía qué decir de la vergüenza. Y me decía: “¿Siempre es así acá? ¿Cómo funciona? Porque el lugar estaba lleno, había mucha gente. Se lo dije a Alelí, pero me explicó que todo lo de las entradas iba para pagar la impresión de los tickets y de los flyers… ¿Es realmente así?” No encontraba respuestas: no podía explicarle la locura de ser argentino, la deshonestidad más absoluta en el plano intelectual, como punto de partida; y más allá de lo difícil que es explicarlo consideré que tampoco correspondía hacerlo, para protegerlo. Y se lo dije. Sólo agregué: “¿Entendés ahora todo lo que te dije en contra de este lugar y todo lo que te insinué durante el último par de meses, en los e-mails?”

Un detalle más, y lo tengo a Mark E. Smith de testigo de todo esto y de mucho más, ya que él estuvo la noche del show ahí, en ese lugar horrible: Cuando ingresamos a la sala donde sería el show nos ubicamos en una mesa de adelante. A los pocos minutos ingresaron Cathy, la novia de Anthony, junto a otra amiga galesa residente en Buenos Aires y su novio. Vi que se sentaron en una mesa lejos, bien al fondo. Los fui a buscar de inmediato y les pregunté que qué hacían tan lejos: ¡¡¡Ni siquiera habían tenido la deferencia de guardarle un lugar cercano al escenario a la novia del artista y a sus dos amigos!!! ¡¡¡Peronistas de decimocuarta, reverendos hijos de puta son!!! ¡”Editores”, “escritoras”, “músicos”, “cineastas”, “managers”, “rockeros”: mierda, son una mierda! ¡Manga de oligofrénicos!

Una vez más, para salvar el disparate, obligamos a Cathy y sus amigos a tomar nuestros lugares y nosotros nos reubicamos por ahí. Qué papelón, mi Dios… De todas maneras y mientras tanto, nadie era conciente de nada de lo que pasaba: Reynolds había desaparecido mientras Los Broken Mirrors seguían tocando “su material” ad infinitum. Le dije a Mark E. Smith: “Este no aguantó más y se fue a la mierda.” Comenzaron a buscarlo. Primero por el local. No estaba. Luego por la calle. Lograron encontrarlo. Lo trajeron de vuelta. Seguramente Fita, haciendo finalizar cada palabra de su castellano en “ou”, le pidió que subiese. Él, me confesó luego, le decía que ya no se podía, que el momento había pasado. Andá a explicarle eso a esta manga de hijos de puta... Ay, Anthony: cuánta inocencia, cuánta paciencia… Por supuesto, la lectura de “ellos”, como si no hubiese sido todo evidente y lamentable, se acomodaría a las propias conveniencia y oligofrenia: “este artista loco se piró y no quiere seguir tocando para concluir esta noche magnífica: Anthony Reynolds (no saben las ínfulas que ponían al pronunciar esos nombres que desconocen como lo desconocen todo) en Buenos Aires, con Los Broken Mirrors…” Sindicalistas del ojete de Perón…

Anthony, que es galés y por tanto sensible y por tanto cortés y por tanto polite y por tanto muy educado, accedió a regresar al escenario, una vez que estos turros fueron bajados abruptamente en medio de una canción. Agarró el visitante la guitarra y MUY visiblemente ofuscado, confuso y totalmente fuera de eje, ejecutó una desgarradora versión de Wild is the Wind. Nadie conocía la canción, por supuesto. ¡¡¡Si ni siquiera conocían Ne Me Quitte Pas de Brel a punto tal que se largaron a aplaudir en una pausa de la mitad de la canción a lo que AR, fastidiado por la ignorancia colectiva que arruinaba “el momento”, tiró al piso el ayuda-memoria de la letra y dio por finalizada la canción haciéndole un gesto de soslayo a Odín!!! Por supuesto, por supuesto: esto tampoco fue registrado POR NADIE. Se los puedo garantizar.

En fin… Forrearon al pobre y cortés galés un rato más, obligándolo a un outro muy “Live Aid” con todos los genios en escena haciendo, por orden de AR, una versión de Be My Baby (que había sido preparada como parte del show que en algún momento había planeado Reynolds: de lo contrario estos infelices no hubiesen sabido tocar ni a The Ronettes) que también fue cortada abruptamente antes de su planeado final, esta vez por puro hartazgo de AR: ya había sido demasiado. Mientras esperaba a Anthony junto a Mark E. Smith en la puerta del lugar, sobre la vereda, no pudimos más que presenciar la impudicia de esos cuerpos feos, sucios, y la conversaciones de la fauna allí presente, hecho que nos confirmaba lo que se sabe: lo de Alelí, Fita, Broken Mirrors et al no es más que una muestra de lo que son casi todos los imbéciles “de la escena” (Renacentista), de la “eternamente tardía” juventud argentina. Caras desagradables, pelos sucios, peinados cool de peluquería de barrio (de Aldo Bonzi, no de Harlem), conversaciones inverosímiles y eso sí: el pasamano del porro. Porque, ilustrándome el final de esa noche lo que pienso hace rato, esta clase de estúpidos que fueron al colegio e, incluso, a la universidad, son los ignorantes de la modernidad. Porque ya no los domestican y adoctrinan entregándoles una pelota de fútbol, una muñeca o un ropero: ahora pueden fumarse el churrito en la vereda de 25 de Mayo, a la madrugada, porque son libres. Libres. Qué manga de pelotudos: se creen vivos y pensantes, y son los ignorantes del neo-peronismo. Ni hablar de la función del “arte” y la “bohemia” en la domesticación de este ejército de oligofrénicos. Y pensar que se consideran pensantes.
El peronismo se pone “sofisticado” y ahora entiende que a los pobres hay que darles más pobreza (pero gratis y sin tener que trabajar), fútbol para todos y esas cosas; a los jóvenes que pasaron por el colegio y la universidad, hay que darles la ilusión de libertad en el porro en la vía pública y la “promoción” del “arte”, es decir hacerle el juego de la “autovalidación” que los termine de convencer que son artistas, homologables a Anthony Reynolds (sea quién fuere el pobre galés), Oscar Wilde y Caravaggio.

Quélevachaché: Luego de esa noche le quedaban al amigo dos días en Buenos Aires. Anthony, que es muy paciente pero no boludo, optó por evitar a todo el mundo menos a Odín y a mí durante las últimas 48 horas (bueno, un poco boludo es: debió haberme evitado a mí también): contestó que no a todas las invitaciones de “despedida” (es que para todos la noche del evento había sido perfecta, soñada, sin ningún altercado, armoniosa y con un show de la hostia, gracias al infinito talento artístico de Los Broken Mirrors y a Gustavito Cluster con quienes el “célebre” galés había tenido el honor de compartir una experiencia digna del Renacimiento Nacional y Popular. Redistribución del talento artístico ya.)

Intenté hacerlo olvidar del bizarro sinsabor llevándolo a ver a Raúl Garello al Tasso (él me pidió ir a escuchar tango en vivo) donde pasamos una agradable velada final. Y así termina el cuentito, este resumen del año. El año en el que me harté de estar expuesto al martirio argentino-peronista. El año en el que también me harté de despotricar en contra de este país cretino. Y aclaro: reconozco en mí la mala semilla, todos y cada uno de estos perversos vicios. Pero los reconozco y los combato, sin tregua. Y en mi resolución de final de 2010 hay un par de líneas que hablan de “experimentar la exposición lo más prolongada y continua posible a otro contexto” y de “evitar quejarse y criticar desde la palabra, y alejarse”. Y no estoy insinuando con esto que mi mediocridad sea responsabilidad de vivir en este contexto infame, no: me hago cargo. Pero no dejo de pensar que, expuesto en continuidad a otra cosa, puedo revertir, al menos en un mínimo imperceptible, el curso de mi alma. Y eso espero lograr, comenzando en 2011. Ya largué.

(Nota al pie: Nunca hago correción de los textos, menos en esta ocasión siendo esta entrada demasiado larga; me excuso aquí por los innumerables errores y mi pésima escritura.)