viernes, 24 de diciembre de 2010

AN OUT OF TUNE CHRISTMAS CAROL




No conservo demasiados recuerdos de Navidades pasadas. Mejor dicho, no genero demasiados. La Navidad de la que sí recuerdo cosas fue una hace mucho, mucho tiempo. No me pregunten en qué año porque ese tipo de datos desdibujan los recuerdos. Sí sé que la habíamos pasado en la casa de mi abuela Aída, en el departamento del fondo de una casa chorizo que, en un principio, pertenecía por completo a la familia; Pijoan más Bordagaray. Con el tiempo el curso económico siguió al de la carne en el camino de la descomposición y caras feas y extrañas comenzaron a recorrer el pasillo. Se me antoja un carácter decadente en la familia, ahora, sin más motivos que el de seguir escribiendo línea tras línea. Se me antoja que, en una forma u otra, todas las familias tienen el mismo carácter: la curva puede ser pronunciadísima o de una levedad casi plana, pero no hay más remedio que la caída. Porque estamos presos en cuerpos y no hay salida por buen comportamiento. Y la impronta del cuerpo impregna todo lo que somos, decimos y hacemos muy a pesar de las fantasías que corretean por la mente y nos dan esperanzas de que así no sea: meras ilusiones de presidiario.

Decía que la Navidad que recuerdo la pasábamos en lo de mi abuela Aída, en la casa del fondo. Allí donde durante muchos años tuve mi habitación, la que estaba al final del patio, habitación húmeda a punto pecera, incubadora de grandes artropatías. La mesa se disponía en una galería con techos de tejas francesas que daba al patio que en parte era un jardín: en sus buenos años la abuela Aída solventaba su prestigio en la frondosidad y belleza de su jardín y en las empanadas de carne muy jugosas que freía en grasa vacuna: esas empanadas reinaron la fantasía culinaria familiar por más de una década hasta que un buen día la abuela decidió, sin saberlo, hacer más pronunciado el recorrido de su curva que pronto desembocó en su simpática demencia senil que, al avanzar sobre la línea del tiempo, se hizo oscura, escabrosa. Es la vida que me alcanza. O más bien la muerte: no corras que es al pedo.

En la galería había una mesa larga que se disponía en una línea paralela al ancho del patio. Una mesa de roble con tapa de fórmica, muy fuerte, que para mi viejo era “la mejor mesa del mundo”. En la lógica de las casas que se iban construyendo de a poco, la distribución de los ambientes era un disparate a tal punto que había dos cocinas o, más bien, la cocina completa estaba dividida en dos cuartos: uno al final de la galería y otro que estaba antes, en dirección opuesta al patio. En la “primera cocina” estaba la heladera, la mesada y la pileta; en la segunda se hallaba una cocina de tres hornallas, el calefón de marca Universal, una mesa redonda plegable y dos sillas.

La acción navideña, entonces, ocurría entre estos tres cuartos y el patio, cuyo centro estaba marcado por una mesa perfectamente redonda. Más allá de estos espacios, había escapadas al baño (por razones impostergables), al hall si el teléfono sonaba (y alguien lo oía) y a la habitación de la abuela si es que había que buscar alguna cosa en su ropero como por ejemplo otro mantel de tela blanca.

Estábamos todos: mis hermanos, padres, la tía Delia (La Sorda, según le decía mi viejo), Luisi, Moni, Haydée, Gino, el tío Toto con su mujer Nené y sus hijastras importadas de Quilmes: Claudia y Sandra (a.k.a. Archivaldo, otra vez según apodó mi viejo), mi prima Gabi y su madre Liliana. La comida era variada y abundante, una cosa más que la otra y viceversa. La nochebuena era calurosa y la pequeña pileta de plástico en forma de riñón estaba llena de agua limpia, recién cambiada. Uno de los clásicos recuerdos de infancia están hechos de esas tardes de un día caluroso cuando la abuela Aída aceptaba renovar el agua de la pileta una vez que caía el sol: no tenía desagüe ni bomba y se vaciaba a baldazo limpio. Cuando quedaba apenas un centímetro de agua y los baldes ya no recogían el líquido elemento, comenzaba la acción de los secadores y de los trapos de piso que se escurrían sobre los baldes hasta llenarlos al menos por la mitad. Una de las postales más contundentes que conservo del asunto son las piernas de la abuela Aída (a veces podían ser las de mi vieja, o las de ambas) semi-abiertas asomando del vestido de entre-casa o del batón, generalmente de una tela floreada y gastada, mientras se agachaba/n a llenar un balde que se sostenía inclinado con una mano mientras que con la otra se empujaba agua con la ayuda de una palita plástica, de esas de la basura. Si hasta puedo sentir el olor al patio mojado, a la tierra fresca de la franja de jardín, a las sombras de la tarde que en el patio iban fabricando la temprana noche de verano en una alquimia de infancia… Llegan los aromas y con ellos todos sus colores hasta ahora, aquí llegan hasta ahora…

En medio de toda esa magia que la imprecisión de la distancia no puede (o, con suerte, no sabe) evitar, se preparaba la mesa mancomunadamente. Hasta los que aún éramos niños ayudábamos: “Contá cuántos somos” me encomendaba la abuela Aída desde tiempos inmemoriales en cada reunión familiar y lo hacía desde la sabiduría de ser madre de padres: con una doméstica tontería, llenaba de alegría a un niño quien, también tan sabio por ser hijo de hijos, pensaba que el mundo entero estaba a su alcance y disposición ahí mismo, seguro, en ese cálculo de yemas arrugadas por haber estado horas enteras remojándose en la pileta, un mundo simple, finito e inacabable. En esos días bastaban las manos prematura y temporalmente avejentadas de un niño para confirmar la inexistencia de la muerte en el encuentro de todas esas personas, que eran todas y lo eran todo: la ficha de la muerte, en el tablero infantil, no tiene más remedio que ser otra cosa: tal vez un caballo dorado, o un bombero amable y heroico.

La comida resultaba abundante, entonces, y las bebidas alcohólicas corrían que daba calambre. Cuando uno es un niño todos los adultos son “viejos”. Esa visión infantil de las personas mayores potenciaba la fascinación de verlos cada vez más niños a medida que la velada avanzaba. La bebida le había caído bien a todos y hubo un momento en el que el punto justo de borrachera alegre de cada uno de los adultos presentes se había producido en simultáneo promoviendo una escena fantástica: los adultos se habían desdoblado en niños dando lugar a una batalla de carnaval; valía mojar con lo que fuere: baldazos de agua que se cargaban en la pileta, vasos y otros recipientes que se llenaban en la canilla de la primera cocina o en las del patio, botellas a las que le quedaba algo de contenido y, sobre todo, los sifones: La Sorda y la abuela Aída (hermanas a las que les decíamos Ethel y Gogó) corrían descontroladamente desde la galería al patio, del patio a la galería, de la cocina a la galería y de nuevo al patio, mojando y siendo mojadas por todo lo que se les cruzaba: era un todos contra todos desopilante donde no faltaban los resbalones y las caídas que hacían crecer exponencialmente las carcajadas y los gritos: ¡si hasta el tío Toto no podía parar de reírse ni aún cuando el chorro de un sifón le entraba por la boca al punto de ahogarlo! Es que La Sorda se había avivado y había tomado como base de operaciones el cuartito junto a mi habitación donde se guardaban los cajones de soda. Varios fueron arrojados a la pileta: no importaba su tamaño modesto, los cuerpos podían apilarse allí de a tres y de a cuatro, por lo general llevados por los brazos de mi viejo y de Luisi, que eran los adultos jóvenes y con más fuerza entre los concurrentes. Nunca olvidé la sensación de felicidad, de olvido y de niñez colectiva que experimenté esa noche. A partir de entonces comencé a comparar cada nueva Navidad con la de la “batalla del agua”: todas resultaron decepcionantes. Luego comencé a comparar la intensidad de los raptos de felicidad que, cada vez más breves, me brindaban los días de la vida, con el recuerdo cada vez más magnificente de aquella Nochebuena desopilante. ¿Había sido cruel de parte de esos adultos volverse niños sólo por un rato y grabar en la mente de los que entonces éramos niños de tiempo completo tanta felicidad? ¿O habían sido crueles con ellos mismos por el hecho de no comportarse así a diario, por olvidarse de lo que alguna vez fueron en la tarea de proteger a sus propios hijos de la “verdad” del mundo, la verdad del hombre? Es la curva de la carne que se descompone, la misma curva que se nos atraviesa en el alma y que nos impide ver el gallo de Timmy. No se entiende… ¿Qué importa que no se entienda? Porque si llegaste hasta acá seguramente no entendés la referencia al gallo de Timmy. Y querés saber, querés que te lo expliquen. Eso es parte de la misma curva que, por más voluntad que pongamos en mantener el pulso firme para mantenerla plana, sigue su camino. Es más: Cuanto más voluntad le ponemos, más rápido avanza en su curvo andar. Me refiero en este caso a la curva del alma, no a la de la carne.

Descubrir una Navidad a todo el mundo adulto como niños encubiertos mojándose los unos a los otros, corriendo, riendo a carcajadas, gritándose cosas ininteligibles, es el equivalente a la primera vez que Timmy vio un gallo en vivo y en directo sin saber lo que era, sin estar prevenido. Y el que se los termine explicando es una confirmación de que yo también, de este lado, trato en vano de sostener el pulso para dominar la curva. Todo hay que explicarlo, necesitamos que todo se nos explique. ¿Cuándo comenzó esto? ¿En qué Navidad? No quiero saberlo. Quiero no saber. Quiero que toda el agua del mundo caiga sobre mi cabeza desde todos los costados posibles arrasando con todo, quiero que sólo quede en pie un olor de patio mojado y un aroma a tierra fresca, que todo sea sombras de una tarde que, en el fondo de la casa de mi abuela Aída, van tejiendo muy lentamente la temprana noche de un verano nuevo en una alquimia de infancia. Sólo entonces, tal vez, podríamos ver cada uno y todos los colores por vez primera. Una vez más. Feliz Navidad.