sábado, 4 de diciembre de 2010

EN UN CORSO A CONTRAMANO...


Desde hace semanas tengo la intención de ir poniéndome al día con las entradas de blog pendientes, esas que tienen que ver con el anecdotario de un viejo choto, hechos recientes que tejen hilos con el pasado remoto, de tan remoto un invento: trampas de la mente. Pero no.

Hoy, una vez más, tampoco es el día de comenzar a pagar la deuda. Es que tuve una semana muy peronista y hoy una gotita rebalsó el vasito mágico que llevaba en la bolsita al jardincito de infantes.

Una nueva frustración en el intento de comprar una casa para dejar de sangrar el alquiler me puso de mal humor: los agentes inmobiliarios, al menos en este país, son menos confiables que los vendedores de autos usados. El detalle del asunto no viene al caso pero sí lo menciono para hacer notar que mi espíritu anti-peronista estaba activado, a punto tal que decidí no comprar ninguna propiedad sobrevaluada en esta ciudad mal parida que a esta altura parece más Calcuta que París. Me dije que tampoco seguiría alquilando, al menos no aquí: ¿por qué no retirarse todo lo que se pueda de este lugar inhóspito, de a períodos que la ley de algún país en serio me permita estar sin trabajar? Total, nadie sabría que tengo una disquería funcionando en la cabeza...

Pensé que la súbita reposición de esta vieja obra que entra y sale de cartel en mi cabeza no iba a durar mucho (la obra se titula "Me voy del país Arteche y la puta madre que te parió"), pero un hecho aparentemente estúpido o trivial hizo que la obra, en esta nueva temporada, pinte para éxito rotundo.

Tenía mi entrada para ver Falstaff en el Teatro Colón hoy a las 20:30. Iba a ser mi regreso a la ópera en Buenos Aires luego del viaje a New York de hace algo así como un mes atrás. Iba con ganas, a pesar del calor de esta edad avanzada, muy avanzada para andar saliendo del hogar así porque sí, apenas para oír una musiquita.

Al acercarme al Teatro me extrañó ver tan poca gente en los alrededores a pesar de ser las ocho y diez de la noche. Inocente, no pensé en una suspensión del evento aún a sabiendas de los “problemas sindicales” de los últimos días. La debida sanción a los que no respetan las normas me pareció suficiente como para detener el atropello y la prepotencia nacida allá lejos y en el tiempo gracias a ese hijo de mil putas apellidado Perón. Los "trabajadores," el "pueblo:" qué abstracciones absurdas ellas en boca de cualquier argentino-peronista de cualquier época, que eufemismo de “ahora te doy por el culo en nombre del pueblo y de los trabajadores.”

Carteles pegados en las puertas del teatro anunciaban la suspensión y posible cancelación de la función y pedían disculpas por los trastornos ocasionados. Una larga fila de turistas que esperaban a por la devolución del importe abonado por sus entradas era lo único que aparentaba tener vida en el recientemente reabierto recinto. También estaba allí todo el personal de portería y seguridad habitual en los días de función.

No hubo más remedio que volverse a casa, sin nada. Una vez más, un puñado de malintencionados soretes pasaban por arriba del derecho de un montón de personas. No voy a improvisar aquí una defensa del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que reabrió el teatro ni mucho menos: suelo no atinar a defenderme a mí mismo de los atropellos de la vida, imagínense si voy a tener ínfulas para defender a un extraño. Lo aclaro porque, de tan cretino este país, uno queda como un “activista de la contra” simplemente por dar una visión propia de las cosas derivada del uso del sentido común. A esta altura me importa muy poco eso de "quedar etiquetado," es más: con tal de molestar a un conjunto enorme de pelotudos y pelotudas me encanta simular el discurso que los incomoda; porque de tan limitaditos que son uno puede adivinar las reacciones que van a tener ante la mención de determinados nombres y la descripción de algunos hechos.

Entonces, mientras volvía del teatro el sentimiento “anti-argentino” se hizo fuerte. Todo el episodio me parecía una postal perfecta de lo que es este país: una gran mentira que se quiere hacer pasar como verdad, es decir un engaño muy dañino. Desde hace meses el funcionamiento del Teatro Colón viene siendo apedreado por un conjuntito de sindicalistas de baja estofa y alta pilosidad. Es una obviedad a cuatro manos que responden a directivas políticas del gobierno nacional de turno y que el objetivo es que el Teatro Colón (que bajo la concepción que tienen estos simios mononeuronales de País, Estado y Nación pertenece al bando político de turno y no a los ciudadanos) deje de funcionar. ¿Para qué? En un país cretino e ignorante como este, cinco días después de logrado el objetivo no importarán los datos de la realidad: la sentencia de “la gestión Macri es un desastre, hasta abrió el Colón y lo tuvo que cerrar porque los pisos estaban torcidos y se lesionaban los bailarines y encima hambreaba a los trabajadores” será repetida hasta el hartazgo en cada edición gráfica y emisión de radio y tv de la impresentable red de propaganda de este “régimen” aborrecible. Porque es así: la decisión política para joder al que piensa y hace distinto a ellos la toman sin ningún tipo de problemas sin importar si con ella le pasan por arriba a un montón de ciudadanos. ¿Y la legalidad? Esto es argentina. Así, con súperminúscula. Y por más que el que está "del otro lado" del peronismo intente hacer cumplir las leyes y normas vigentes, no se puede; la prueba está: otra función suspendida y, según lo que daban a entender, temporada terminada antes de tiempo. Toda la situación me parece un resumen perfecto de lo que son el peronismo y este país. Acá se hace lo que quieren “los muchachos” y lo demás importa bien poco. Acá “sólo pueden gobernar los peronistas.” Y es lamentablemente cierto. No porque sean los únicos capaces de gobernar, todo lo contrario: son los que se van turnando en el turbio manejo del poder de esta republiqueta de decimocuarta. Pero hay algo peor: esta última versión del peronismo, este insufrible revival de lo peor de los años setenta locales, es el cáncer más severo que sufrió este triste país que nos tocó en suerte en su puta historia: y por afano. Manipulan los hechos recientes y los del pasado lejano y lejanísimo. Condenan a cualquiera que ose oponerse a ellos públicamente, los descalifican, defenestran, escrachan. El pecado favorito de los tiempos para justificar esta cacería infame es el gorilismo o fascismo: les encanta destruir a determinados personajes públicos ilustrando su falacia argumentativa con, por ejemplo, una vieja foto del personaje crucificado con, digamos, Astiz. Mientras tanto se sientan a la mesa con Julio Humberto Grondona para apropiarse del negocio del fútbol y así usarlo como plataforma de propaganda para someter a este "pueblo" de ignorantes, este "pueblo" que comenzara a erigirse gracias al Cáncer Peronista allá lejos y en el tiempo: con las patas en la fuente y con el alpargatas sí, libros no. Borges: inspector de mercados de aves de corral.

¿Cuántas fotos hay de Julio Humberto Grondona con Videla, Massera y Agosti? Ojo que digo esto siguiendo la lógica de estos manipuladores hijos de mil puta que someten a este país a la peor década de su historia: a mí, por simple reacción a este tiempo de miseria impensada, me encantaría tener una foto donde estén posando los tres personajes recién mencionados junto a mí, a los ocho añitos. Tío Agos, que me hacía el avioncito; Tío Emi, que me armaba barquitos de papel y los hacía flotar por la zanja, y el Tío Rafa que me hacía reír como loco con su imitación de la Pantera Rosa. Porque, ya que estamos, embarrémonos del todo: si la historia no admite grises ni matices y debemos optar por “un bando” en la versión maniquea de la realidad que nos quieren imponer los cerebros de este “régimen” nefasto, si debemos dividir el mundo entre “los buenos” y “los malos,” para mí los buenos son mis tíos. Me tienen harto todos estos paladines de la justicia que no son más que una manga de ladrones incapaces de respetar a sus congéneres que somos todos. ¿Demócratas? Acá la democracia no existe, como no existe el rock, ni el cine, ni las artes escénicas. Todo esto es una farsa de poca monta.

Decía: ¿Julio Humberto Grondona no era “colaboracionista” de mis tíos y Mirtha Legrand sí? ¿Cómo defienden el punto toda esta manga de progresistas de pacotilla? Este país me da risa: hablan del “Cobos traidor” cuando estos hijos de puta llegaron al poder de la mano de Duhalde, otro hijueputa que volteó al gobierno anterior de un signo político diferente al suyo para poner a ese virola de cuarta que bien muerto está. Porque un político argentino muerto es un alivio para la población y un poroto para la República que no somos. Ni hablar si ese político muerto se reconocía como “peronista.” Retomo: llegaron estos turros de la mano de Duhalde, luego lo desbancaron del poder real a fuerza de billetazos y de aprietes (el método peronista) y ahora lo tildan de Demonio y de narcotraficante. Como si muchísimos de ellos no hubiesen oficiado de sus mulas oportunamente.

Esta "gente," además, llama “traidor” a Cobos. Y no estoy ejerciendo aquí una defensa del mendocino como antes no hacía lo propio con Macri: me cago en ambos. Pero prefiero un loro barranquero de presidente antes que a un peronista.

Lo que no deja de asombrarme es la ceguera y amnesia que dominan a los habitantes de este páramo idiota. Después hablan de memoria, de juicio y de castigo. Venganza personal, eso es lo único que quieren: soretes. Voy casi a la historia más reciente: cuando la última campaña electoral por la gobernación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se suscitó un debate entre los dos contendientes principales: Mauricio Macri y el candidato del gobierno nacional, popular y kirchnerista, Daniel Filmus. Recuero perfectamente que ambos coincidían en un ciento por ciento acerca de un tema puntual: iban a crear la Policía Metropolitana recurriendo a la transferencia de fondos desde la Nación hacia la Ciudad. Así, sin medias tintas: cualquiera fuera quien ganase íbamos a tener Policía Metropolitana con los fondos transferidos desde de la Nación. Filmus no era un candidato independiente, ni siquiera uno que llegaba con un pre-acuerdo con el oficialismo: ERA el candidato kirchnerista, lisa y llanamente. Por lo tanto no prometía la propia policía de la ciudad con fondos nacionales sin tener arreglado el asunto: no necesitaría, eventualmente, solicitar el traspaso del dinero a riesgo de que se lo negaran ya que todo era parte de la idea de gobierno que se vendía al electorado por parte de los que ya estaban y siguen gobernándonos. Pero bueno… La historia es conocida: ganó Macri y los fondos no estuvieron ni están. ESO es Argentina. Eso es PERONISMO. Eso es esta mierda que nos gobierna. ¿Y la gente? A la gente parece que este tipo de situaciones no le resultan terminantes o lapidarias: ni siquiera descalificadoras. La gente sigue comprando basura todos los días, todo el tiempo. ¿Qué mierda esperan de las próximas elecciones o del futuro de este país insufrible? ¿Que gane quién? ¿Que nos gobierne quién? Si gana un radical, no importa si el tipo gestiona aceptablemente o si es un imbécil, no va a durar mucho. Porque como te paran un teatro que reabrió el “enemigo ideológico” también sabemos que te cierran un gobierno y destruyen (una vez más) un país. ¿Y si gana Macri? Para ganar va a tener que transar con algún peronista. Y si ganara sin esa ayuda correría la misma suerte de cualquier radical o el que fuere. Porque es así: y después me dicen que Perón no fue el tumor inicial de esta metástasis irreversible.

¿Es un poco exagerado todo esto que no-digo aquí como reacción a que se suspendió una simple función de una ópera de Verdi? De ninguna manera. Además tendría docenas de situaciones cotidianas e intercambiables que delatan el carácter cretino de este país. Un país que enferma el alma de cualquier bien intencionado, que logra horadar hasta el alma más férrea.