sábado, 13 de noviembre de 2010

HISTORIA UNIVERSAL EL OASIS IX


Piotr Ilych Tchaikowsky siempre fue resistido por sus pares y por la crítica: su apego al clasicismo y el cuidado por las formas más su gran caudal de melodías dulces, sensuales, introspectivas, neuróticas y sentimentales, no le hacían buena prensa. Su carácter nervioso, hipocondríaco y desgraciado tampoco lo ayudaban así como no lo hacía la sospecha pública sobre su homosexualidad. Así vivía entonces Tchaikowsky: atribulado. Le tenía fobia a la gente y al contacto social. Podía conversar cortésmente con las personas y éstas no sabían la repulsión que le inspiraban, como se desprende de su diario íntimo:

“…Mantuve una conversación increíblemente cordial e increíblemente animada… Pero en el fondo de mi alma estaba desesperado y deseaba huir de ellos hasta los confines del mundo.”

“Cada conocido nuevo, cada encuentro con un desconocido ha sido siempre para mí un motivo de sufrimiento… Consecuencia posiblemente de una timidez que se ha convertido en manía, o tal vez la falta absoluta de todo lo que signifique la necesidad de la compañía humana; o bien de la incapacidad, sin esfuerzo, para decir acerca de mí mismo cosas en las cuales no deseo pensar (lo cual es inevitable en la relación social); en resumen, ignoro de qué se trata.”

Este sentimentalismo excesivo se imprime a fuego en su obra. Fue un niño precoz pero no en relación a la música. Su gobernanta decía que era “un niño de porcelana.”

Cuando oía música (comenzó a recibir lecciones de piano a los siete años) esta se le fijaba en su mente y continuaba resonando en ella. “¡Esta música! ¡Esta música! ¡Llévensela! ¡Está aquí, en mi cabeza, y no me permite dormir!” Así se quejaba el pequeño ante el precoz tormento. Comenzó a estudiar seriamente música recién a los veintiún años.

Cuando comenzó a dirigir se sentía aterrorizado cuando estaba frente a la orquesta y ese terror persistió toda su vida, incluso cuando llegó el período en que recibía permanentes solicitudes como director invitado, para ejecutar su propia música. Concibió la idea de que la cabeza se le caería de los hombros y en efecto mantenía la mano izquierda bajo el mentón para evitar que sucediera tal cosa.

Una de las más atractivas historias de Tchaikowsky tiene que ver con la relación que sostuvo con una mujer viuda y rica, Nadejda von Meck. Tenía ella 46 años y once hijos cuando, como amante de la música y admiradora del compositor, se propuso subsidiar a Piotr bajo una sola condición: que nunca se vieran. Tchaikowsky aceptó (la condición en verdad le venía de perillas a su personalidad) y durante catorce años recibió una pensión generosa que le permitía vivir sin preocupaciones y comprarse una enorme casa en el campo. Mantenían una voluminosa correspondencia. ¿Por qué ella temía verlo? ¿Temor a la desilusión? En una de las primeras cartas de esta correspondencia ella le escribió:

“Hubo un tiempo en que yo ansiaba profundamente conocerlo; pero ahora, cuanto más usted me fascina, más temo relacionarme. Prefiero pensar en usted desde lejos, oírlo hablar a través de su música y compartir de ese modo sus sentimientos.”

Naturalemente, Tchaikowsky se sentía aliviado. En su respuesta se refirió a la misantropía y a sus propios problemas:

“Hubo un tiempo en que me sentía tan poseído por este temor a la humanidad que casi llego a enloquecer.”

Y afirmaba que entendía perfectamente la actitud que ella adoptaba:

“No me sorprende en absoluto que a pesar de su amor a mi música usted no desee conocerme. Teme no hallar en mi personalidad todas las cualidades que su imaginación, en tren de idealizar, me ha atribuido. Y en eso tiene absoluta razón.”

Ambos se atuvieron al compromiso y nunca se vieron, aunque asistían a los mismos conciertos y se miraban de reojo. Una vez llegaron a encontrarse cara a cara. Ambos enrojecieron de embarazo. Tchaikowsky se descubrió y ella se movió inquieta, sin saber qué hacer. Y cada uno huyó del otro.

En 1890, tras catorce años de esta peculiar relación, Nadejda cortó abruptamente su apoyo económico y toda correspondencia. Piotr lo sufrió doblemente: desde el punto de vista financiero y desde el emocional ya que se sintió como juguete de una mujer rica.

En 1891 viaja por primera vez a New York a dar una serie de conciertos en la semana inaugural del Music Hall (rebautizado Carnegie Hall poco años más tarde). Le pagaron 2.500 dólares de honorarios. En su diario escribió lo siguiente:

“¡Estos norteamericanos son personas sorprendentes! Comparados con los franceses, donde con cada aproximación y aún en la bondad de cada extraño, uno percibe un intento de aprovechamiento, la franqueza, la sinceridad y la generosidad de esta ciudad sin motivos ocultos, y su ansiedad por servir y merecer la aprobación, son sencillamente sorprendentes y al mismo tiempo conmovedoras. Esto, y ciertamente las costumbres, las formas norteamericanas y en general los usos, me parecen muy atractivos; pero gozo de todo esto como una persona sentada frente a una mesa cubierta con todas las maravillas de la gastronomía, pero desprovista de apetito. Solamente la perspectiva de retornar a Rusia puede despertar en mí ciertas ansias.”

A pesar del sentir nacionalista que se desprende de este último párrafo y a diferencia de los compositores rusos que lo precedieron, Piotr Tchaikowsky más que abrazar a Rusia con su música quiso lograr abrazarse a sí mismo.