viernes, 15 de octubre de 2010

EL OASIS TV XVII


El mundillo pop y el universito rock no acostumbran aportar genios de la talla de los que vemos desarrollarse en otras formas del arte, en sus manifestaciones superiores (el rock es una pelotudez insostenible). Probablemente se cuenten con los dedos de una sola mano los genios que alguna vez anduvieron con eso de la guitarrita; bueno, tal vez te dé la otra si me agarrás en un día muuuuuy generoso.
La cuestión es que uno de los dedos de esa o esas manos se denomina The K Foundation, no tengo dudas. No importan las canciones (no me vengan con huevadas a esta altura de la Adrián Suaré): apenas se trata de rock o pop. Lo que importa es el concepto. La Revolución no es una vieja bobalicona con un pañuelo blanco gritando forradas 35 años fuera de tiempo, lugar y forma. Lo digo con todo respeto (por si hay alguno ahí afuera que lee y todavía se espanta por la volatilidad de un pensamiento cualquiera), o más bien lo pienso bien fuerte y digo apenas lo que puede mi lengua. Para la Revolución hace falta un cerebro. Uno inusualmente grande. Uno de porte y peso. Como los de Jimmy Cauty y, muy especialmente, Bill Drummond.