viernes, 29 de octubre de 2010

CONEY ISLAND SEAGULL


Hay una gaviota joven. Su cuerpo es aún pequeño y se erige frente al mar. Erguida en su grácil fragilidad el ave avizora la fusión con la belleza.

Hipnotizado, yo, por su incomprensible presencia, la suya, demoro en anoticarme de su defecto: tiene una sola pata. Sin embargo se la percibe esbelta, altísima en su cartilaginoso pedestal. Mueve su cabecita de un lado hacia el otro, con la elegancia de la levedad.

Pretendo capturar su mirada pero ella no se detiene en mi: es como si no pudiera verme. ¿No será que tiene una pata levantada, retraída como el tren de aterrizaje de un avión en pleno vuelo? Me dispongo a cambiar mi punto de vista para evacuar mi súbito interrogante. Doy un rodeo, o unos primeros pasos con el rodeo completo en mente. Paso por detrás de la gaviota a una distancia prudencial, apenas pisando la mojada arena: el ave sigue teniendo una sola pata y está parada en ella. Cuando casi completo la órbita me detengo satisfecho: lo he comprobado.

Aún así, la gaviota no sabe que estoy acá observando su singularidad. En ningún momento tuve la sensación de que ella hubiese percibido mi presencia: tampoco entiendo qué es lo que está mirando en su breve pero profundo paneo. ¿Habrá nacido sin una pata o la habrá perdido en un accidente típico de gaviota? No parece haber sido el caso ya que en ningún momento de mi recorrido a su alrededor noté alguna protuberancia donde debió estar el nacimiento de su segunda extremidad inferior, la inexistente. Se la ve perfecta así, con la perfección del extrañamiento: se la nota imperturbable.

Espero un poco más acallando el pensamiento todo lo que puedo: es que quiero verla volar. ¿Influirá en su vuelo la impensada deformidad? La cuestión es que no vuela, al menos no por ahora: sigue allí apoyada en su sola pata mirando más allá de mi presencia. No sabe que estoy, no sabe siquiera que esta playa que la rodea fue alguna vez llamada Coney Island. No sabe del paseo costero a lo largo del cual una incontable cantidad de hombres y mujeres vienen a pasear sus amores y frustraciones, alegrías y angustias, las dudas y los inequívocos desamparos.

Asimismo, la gaviota parece también desoir el inquietante soplar del viento que se arremolina por entre la herrumbe del parque de entretenimientos desierto; se me ocurre que lo desoye porque puede verlo. Ella ve lo que yo no puedo, ella desconoce lo innecesario. No sabe la gaviota que hoy es un miércoles gris que se reparte entre plomo y rocío, ignora que todos los puestos de commida bajaron sus persianas y que los juegos de la feria de entretenimientos descanasan su mecánico misterio. Simplemente está ahí, la gaviota, parada en su sola pata.

Cuando nació al mundo como nacen las gaviotas, justo entre el mar y la playa, entre el agua y la roca, no recibió ningún cuidado especial de sus mayores. Rompió el cascarón y salió al mundo. Trastabilló lo que hubo que trastabillar y aprendió a volar; más tarde a procurarse el alimento por sí misma.

Nunca nadie sintió pena por ella, por su aberrante defecto, por ser el objeto de un breve instante de perversión en el juego de Dios. Nunca nadie le otorgó mérito extra por el hecho de haber aprendido a vivir como gaviota con una sola pata: jamás. Nadie la condecoró, nadie le entregó un reconocimiento ni una caricia de repuesto: ni siquiera mamá gaviota. Tampoco se la ve cansada de descargar en su sola pata todo el peso de su joven cuerpo, que equivale al peso del mundo: parece no importarle mucho lo que le ha tocado, es como si desconociera todo lo que pudo haber sido de haber tenido dos patas como las demás gaviotas.

No debe querer que la vea volar porque sigue ahí, imperturbable en el breve recorrido de su animación tridimensional: mueve su cabecita de izquierda a derecha y de derecha a izquierda con los ojos perdidos en el viento, el mismo viento al que yo solamente oigo dándome un escalofriante rodeo antes de continuar su intrazable discurrir.