martes, 17 de agosto de 2010

PLACES IN THE HEAD II


Como consuelo, como entretenimiento, como ilusión, como viaje secreto, como pulsión silenciosa, como inmóvil ejercicio, como sedativo y por lo que fuere, siempre me gustó en medio de la noche estando en posición horizontal y en el oscuro, pensar en un lugar donde había estado. Pensar la ciudad, luego el barrio, entonces la calle, después la esquina: así una imagen se cristaliza en el pensamiento y comienza uno a concentrarse en ese punto geográfico distante hasta pasar, sin advertirlo, de pensarlo a sentirlo: allí uno descubre que ese lugar continúa siendo aún “vacío” de uno mismo. Supe entonces, al llegar a esa instancia del juego, que en lo inanimado de cualquier espacio se encierra la vida. La intensidad de la experiencia, invariablemente, resulta mucho mayor a estar en el sitio imaginado en el plano de realidad. Tal vez uno mismo ande decantándose en cada objeto inanimado presente en los sitios por los que se va yendo, insuflando de este modo vida al mundo.
Siempre jugué a esto pensando en Londres, que fue la primera ciudad lejana que visité. Cuando estoy lo suficientemente distraído, lo sigo haciendo. La ausencia es el punto culminante de la vida.