lunes, 19 de julio de 2010

AL BORDE DE LA NADA Y EN NINGUNA PARTE


Cuántas estaciones había hasta Retiro no sé si sabía. Lo mío nunca fue la precisión, menos si de conocimiento se trata: siempre me manejé a partir de sensaciones, cuanto más vagas más convincentes. Así era que cuando me encontraba niño frente a esa estación que tenía el andén del lado derecho, dividiendo el paso del tren que nos llevaba del que nos devolvía, cuando me encontraba en esa estación que encima estaba alta como una montaña, sabía que faltaba poco para llegar.

El olor de los vagones también era una referencia espacio-temporal, aunque suene dudoso. La madera, la cuerina (hoy “cuero ecológico”, eufemismo de los tiempos) de los asientos, el encierro del invierno y la alternancia de vagones para fumadores y para no, daban al conjunto un aroma embriagador: un olor a madre. Tal vez la idea estaba ayudada a que, efectivamente, mi madre me llevaba en esta travesía ferroviaria hasta el Hospital Argerich.

Había que levantarse de madrugada, a esa hora inmoral donde el estómago se hace el vacío que nos acompañaría a lo largo de nuestros días: el niño no lo sospecha y es por eso mismo que siente en la panza lo que aún no comprende. Es hasta el día de hoy que, cuando tengo que madrugar sin importar el motivo, siento que las primeras horas del día son la encarnación misma de la angustia de estar despierto. Así es que los primeros madrugones de mi vida están asociados a los hospitales y al estado de enfermedad (qué importa si cierta o falsa, seria o levísima): siempre se dijo que los hospitales públicos son tan buenos, casi tanto como los profesionales que en ellos se desempeñan, por lo tanto desde tiempos inmemoriales la gente acude a ellos en malón determinando así los directivos del nosocomio que el sistema de atención sea más cruento e impiadoso que la más mortal de las enfermedades: “si usted viene acá es porque está enfermo, y si está enfermo tiene que saber que tiene que sufrir: lo que no tiene es alternativa. Desde el momento en que usted pone en hora su reloj despertador y le da cuerda comienza su vía crucis de paciente que le recuerda a cada momento y de todas las maneras posibles que usted está enfermo; y siéntase agradecido si llega al hospital a tiempo para obtener su turno: porque se dan sólo 40 números por día y a partir de, digamos, las seis de la mañana. Luego de obtenido el número quédese por donde pueda, por dónde le dé el estómago, ya que recién a las 8 comienzan a atender los profesionales que lo curarán por pura vocación y sapiencia infinita. Y como a las 6 se reparten los números, llegue a las 5 porque si no lo van a madrugar otros 40 enfermos, porque enfermos tenemos a patadas: si no para qué están los médicos.”

En los intersticios marrón vagón que había entre el angustioso dolor de panza a fuerza de reloj y la ultimísima tranquilidad del niño que es acompañado a la tortura por el calor extra-uterino de su madre, iba yo entonces desde Coghlan a Retiro en busca de mi número de paciente del día. Hay que hacer el sacrificio: la etiqueta de paciente enfermo no se gana así nomás (y lo más difícil no es llegar sino mantenerse). Como prueba a modo de imágenes sólo me quedan, más allá de las perennes hojas del árbol psoriásico, algunas vagas sensaciones: la bocina del tren, el olor marrón del interior de los vagones, la estación del “andén en el medio” que con el tiempo aprendí se llamaba Tres de Febrero, el colectivo verde que nos llevaba desde Retiro hasta el hospital y su penetrante olor (a hospital). A la vuelta, con suerte entre la media-mañana y el mediodía, el sol entibiaba la angustia matinal con el placebo del paso del tiempo: la inmensidad del hall de la Estación Retiro me aguardaba con menos histeria y me recibía en uno de los locales que era panadería: no se ingresaba sino que estaba armado para despachar la mercadería como si fuese un quiosco; mi mamá, allí y entonces, me recompensaba con tres tortitas negras que me eran entregadas en una bolsa de papel blanco cuyo borde superior estaba dentado. Esas tortitas negras eran lo más parecido que yo había encontrado a las que podía comer en Rawson, Provincia de Buenos Aires (muy cerca de Junín), cada vez que con mi familia íbamos a visitar a unos parientes cuyo vínculo sanguíneo jamás me quedó claro; es más: ni sospecha tengo por qué parte de la familia venía la cosa. Yo nunca fui de preguntar demasiado: siempre prefería las vagas sensaciones a los datos precisos de una realidad siempre incontrastable (e inconducente).

Pues entonces volvíamos en el mismo tren y en algún vagón “no fumador.” La realidad del regreso era diferente a lo que había sido el viaje de ida: el sol entraba por las ventanillas bajas hecho evidenciado no sólo en la luz de sus siempre oblicuos rayos sino en el polvo solar que se desliza lerdo sobre ellos; ¿el olor del vagón? Había experimentado un sutil extrañamiento en combinación con el aroma de las tortitas negras que se hacía sabor en la inminencia del contacto con el pequeño paladar del paciente niño que no era otro que yo mismo, eso quiero creer. Y hay un tercer dato de ese retorno que completaba el sustancial cambio: el inefable alivio de saber que la imborrable tortura hospitalaria había terminado, al menos hasta la próxima vez: no importaba en ese momento si sería prontísimo, pronto o no tanto. No importaba al menos durante lo que duraba ese viaje Retiro-Coghlan, durante lo que demoraba en comer las tres tortitas negras: altas, de masa blanca y azúcar morena en generosa dosis.

¿Cuántas estaciones había hasta llegar a Retiro? Realmente no lo sé, nunca supe cuantificarlas. Tal vez hubiese sido muy torpe hacerlo ya que, debiendo repetir el periplo por tiempo indeterminado, ninguna idea precisa de duración hubiese ayudado a afrontar el ácido sinsabor del camino hacia la tierra prometida de la curación. Además: ¿qué sentido tenía conocer qué cantidad de estaciones eran sabiendo que, en algún momento, la promesa de la panacea mudaría hacia algún otro punto geográfico que requeriría otro tipo de viaje y medio de transporte? Conocimiento temporal no es conocimiento.

Aún así y hoy, creo reconocer un hilo conductor en la persecución de la siempre cambiante y escurridiza liebre de la sanidad: la idea de que el nuevo estado de enfermedad será esta vez la última y definitiva. Era como los álbumes de figuritas: siempre había una que no venía en los sobres. Hasta que salían otras fichus con otra temática y a cambiar de álbum dejando al anterior incompleto: el no haberlo completado por poco era el motor y la promesa de que este otro nuevo sí sería concluido. Lo que resulta extraño es que los padres denunciaban la trampa de la “figurita difícil” (la •figurita utópica•, la “no fabricada”) pero nada decían de la trampa de la curación. Con espíritu cristiano había que sufrir y luchar si se quería llegar al cero de la sanidad: a enfrentar cada nuevo álbum con mucha fe, porque si no la misma falta de fe sería la razón para no llenarlo y no la inexistencia de “esa” figurita.

El asunto es que si uno se hace buen paciente en la Estación Infancia puede quedarse tranquilo que se morirá buen paciente. Tal vez por eso sea que, cuando me enfermo de cualquier cosa de esas que se supone vienen y van (como el tren marrón que nunca más pude volver a tomar) y sin importar si la enfermedad sea cierta o falsa, seria o levísima, tengo la vaga, imprecisa y embriagadora sensación de que esta vez será la última: en la búsqueda de la sanación no se encontrará la puerta de salida, tampoco la figurita difícil, ni siquiera la panadería en forma de quiosco con sus tortitas negras: será la enfermedad final, una sin la ilusión de la cura.

Pero aún así… ¿Cuántas estaciones hay desde la temporada del Argerich hasta la del otro día (últimas funciones), la del Trinidad? ¿Alguien sabe contarlas? Seguramente el niño que alguna vez creí ser sabía (no) contarlas en el rigor de su intuitivo y emocional método. Lo único que sé es que a unos treinta años de la última tortita negra digna que experimenté, una vez más tuve que reinventar aquél viaje en tren aunque muy fuera de las angustiosas horas de los madrugones existencialistas y exiliado para siempre de aquel tren marrón: la panacea, ahora, se había mudado de la Boca a Palermo, del Argerich a la Trinidad. Y mi punto de partida viró de Coghlan a Vicente López. Por último, como ya no hay niño en la superficie tampoco era necesario ir en busca de la compañía de la madre para emprender esta re-make del utópico viajecito del héroe. Qué mejor plan para un sábado a la noche que vómitos y nosocomios… Yo sí que conozco de joda.

La guardia del Trinidad Palermo está en el primer subsuelo de la clínica: luego de bajar la escalera uno debe tomar hacia la derecha hasta el final del pasillo. En ese rincón hay algunos juegos para niños entre mesas y sillas a escala infantil. Desde allí el pasillo vira a la izquierda y en un viaje lleno de puertas que dan a consultorios terminamos en una ventanilla y en el paso a la sala de guardia propiamente dicha. Entregué allí, en la mismísima ventanita del amor, mi carnet galénico explicando al sujeto mi dolencia: la socialmente tolerable (la próxima les cuento la verdad de mi queja: ¡si pudieran escuchar, sordos de mierda de toda sordera!)

Así es que di media vuelta y me senté en uno de los silloncitos que bordeaban el pasillo que terminaba en el rincón de juegos. En la espera uno observa lo que el ojo ve y adivina lo que no alcanza a divisar: los silloncitos eran todos de dos asientos y todos estaban ocupados por parejas conformadas por un hombre y una mujer: una de ellas rondaba los veinticinco o treinta años, otra los treinta y los treinta y cinco, otra los cuarenta y había una cuarta pareja cuyos integrantes tendrían unos cincuenta y algo. Mientras tanto, pasaba un padre que había dejado a su hijo con la esposa en el rinconcito de luz mientras iba a anotar a su pequeño gran proyecto de paciente inagotable; esta escena se repitió dos veces durante los siguientes diez minutos pero, claro está, con diferentes padres, madres y criaturas. Así era que los niños se acumulaban en el rincón lúdico donde se dedicaban a jugar, unos con mayor vehemencia que otros: sus argentinas voces parecían llegarme desde mucho más allá de los diez o quince metros que nos separaban.

Bajo el influjo de lo extraño y como anestesiando mi espera con el canturreo de esas mismas voces, pude ver proyectada en la pared frente a mí la estación de tren con el andén a la derecha, ese andén que separaba el paso del tren marrón que iba hacia Retiro del que volvía, la estación que me anticipaba de niño la inminente llegada a destino. En el arrullo coral de esos chicos jugando y sin necesidad de mirarlos, pude ver con nitidez sobrenatural la estación de tren completa frente a mis ojos, ojos que observaban perdidamente en un recorrido ascendente y oblicuo, justo como el polvo solar del viejo viaje de vuelta pero en reversa; lo más curioso es que ahora mientras escribo me doy cuenta que exactamente frente al lugar donde estaba sentado en la guardia esa noche de sábado, se encuentra la Estación Tres de Febrero: me separaban de ella unos doscientos metros de distancia en perfecta línea recta, elevada a unos veinte metros del suelo (unos veintidós del subsuelo donde yo estaba sentado). Únicamente todos los niños que creo haber sido (criaturas que no pretenden saber cuántas estaciones quedan hasta llegar a destino) pueden haber tenido una visión tal, de una nitidez demoledora de todas las leyes físicas.

En eso, trasladándonos desde el ahora de la escritura hacia el entonces de la espera en la guardia del Sanatorio de la Trinidad, tras el paso del último padre y de la última madre que llevaban al hijo en brazos hacia esa dichosa panacea siempre de guardia, me dí cuenta que era yo el único que estaba allí solo, suelto, sin madre ni padre ni consorte, menospreciando el debido uso de uno de los silloncitos “para dos” que llenaban el pasillo donde se espera a por un paliativo: resultaba ser yo, entonces, el único paciente suelto. Todos los demás adultos presentes habían reemplazado a su madre o padre por un igual del otro género. Habían reemplazado las tortitas negras vaya a saber por qué otro asunto que significara igualmente una breve dosis de olvido. Y en el rincón de juegos, bien al fondo, las tercas voces de los niños: apenas una estridencia con la pureza de lo intraducible, una intuición a través de la cual se lo puede ver todo.

Se hicieron las dos y las tres de la madrugada y en el pasillo seguían cambiando las caras, aunque siempre apareciendo de a estrictos pares. Tras ser atendido, me fui yendo con otra receta, la misma de siempre, la última. La única verdad es que cuando uno se va la guardia queda vacía, como todo lugar que uno abandona, como quedará el mundo tras el propio último estertor.

Al dar la vuelta la esquina del rinconcito lúdico estoy seguro de no haber visto allí niño alguno: los juguetes esperaban inanimados a que algún niño les insuflara un poco más de vida; es así que mientras regresaba trepando el rulo de la escalera sentí el eco de la risa histérica de algún niño, un eco tan nítido como lejano, y una vez más la voz de la infancia me hizo ver más allá del alcance de mis gastados ojos: a mis espaldas, en la miniaturización del mundo que ostentaba la esquinita de los juguetes, un tren dibujaba inmóvil el regreso de un niño que viajaba midiendo el tiempo con tres tortitas negras altas, de masa blanca y azúcar morena en generosa dosis.