lunes, 21 de junio de 2010

TIEMPO PERONERO: DALE LA TETA A TU BEBÉ


Quién me mete a sostener este blog, qué me hace continuar. No sé. El aburrimiento y la tozudez inconducentes se me ocurren como dos de los infinitos motivos para justificar el sinsentido de los actos.

Esta tarde fui hasta lo de mi vieja y en el trayecto tomé la Avenida Cabildo desde Puente Saavedra (límite entre los dominios de Scioli y Macri) hasta Federico Lacroze, y luego por esta última hasta el cementerio de la Chacarita: destino final.

Me resultó curioso observar, en cada parada de colectivos con la que me topaba, un afiche del diario Tiempo Argentino que está a punto de ser relanzado. No me sorprendió la publicación del diario en sí misma ya que me había enterado de ello unos cuantos días atrás: es parte de la estrategia kirchnerista del dominio de la opinión pública, ese afán de cambiar la influencia del “monopolio” por la propia, por el viejo sistema del manual escolar con las fotos de Eva y Juancito, los papitos del pueblito. Pero no me voy a detener aquí en el detalle de esta “armada de propaganda” ya que no quiero que se me confunda con un opositor: yo no me puedo oponer a lo que no me interesa y la política en este país que me tocó en desgracia me nefrega. Pero cuando observo las pequeñas cosas, las mínimas muecas del comportamiento dominante me suena la chicharra de horror.

Primero me gustaría decir, al paso en que lo pienso, por qué ya no me interesa observar ni pensar la “cosa grande:” porque allí no hay nada. Porque me parece que sólo las nimiedades son reveladoras: la única puerta posible a la luz del alejamiento. Por ejemplo: yo no pienso sobre la “salud universal” o, mejor dicho, sobre la salud del hombre como cosa abstracta. En cambio sí pienso y me preocupo, en una constante, por lo que aqueja a mi propia salud, que vendría a ser lo chiquito, lo ínfimo, lo mínimo. Ejemplo: en este momento estoy con un brote de psoriasis dado que el sol, en este marco de frío, no puede alcanzarme. Por lo tanto se me repiten las voces que escucho desde que tengo memoria: las que me interrogan sobre si ponerme una loción o ya no más como lo había decidido, o las que me ordenar imperativamente esconder el brote a los ojos de la mujer que me gusta aún al costo de posponer indefinidamente una posible y eventual exposición del estigma. Igual igual que cuando tenía quince años, igual igual que cuando tenga todos los que vaya a tener. Así, entonces, este ejemplo sobre cómo pienso a la “salud,” porque eso es la salud para mí y no las publicaciones médicas donde los principales investigadores van dando a conocer a la comunidad de colegas los papers que relatan los resultados de sus últimas investigaciones para vencer al cáncer de lo que fuere. La salud es la costra en mi cabeza, no el contenido del último número del North-American Medical Journal.

Así es como ando mirando al mundo tras detalles pelotudos; pero si uno lo anda diciendo demasiado a los congéneres (y yo estoy comenzando aquí, por este ridículo blog) el riesgo de que a uno lo tomen por loco o por raro o poco razonable es mayúsculo.

Decía que hoy, esta tarde entonces, observé que a partir del comienzo de la Capital Federal, cada uno de los refugios de las paradas de los colectivos tenían un afiche sobre el lanzamiento del diario Tiempo Argentino (un 678 en versión gráfica), porque con Página 12 no es suficiente y porque NUNCA va a ser suficiente hasta que todos los tontos del rebaño, todos y cada uno, digan meeeeeeeeee… y no meeeeeeh. Vale decir que el afiche era feo, berreta y estúpido, como lo está siendo la Argentina muy especialmente desde hace unos cuántos años: decía algo así como “Más política, más deporte, más policiales, más espectáculo.” Yo me decía: “¿Y quién carajo quiere más de todo eso, en especial si por cada una de esas cosas se entiende lo que se entiende acá en esta aldea paupérrima, en este páramo idiota?” Además: ¿no tenemos DEMASIADO de todo eso en estos momentos? Un diario en blanco sería una buena idea, pero claro: no le pidan ideas a estos primates activistas.

Resulta que ese afiche feo, berreta y estúpido estaba pegado en cada una de los refugios de las paradas de colectivos, pero del lado de afuera de la marquesina, engomados sobre el vidrio y tapando los afiches publicitarios pagos de, por lo general, empresas privadas, publicidades que dan a la ciudad un determinado ingreso que, según reza la teoría, se vuelve a “poner” en los ciudadanos mismos.

Es así que seguían pasando las cuadras con las paradas de colectivos y la escena se reiteraba en todos y cada uno de los casos: en ambas marquesinas de cada refugio y de ambos lados de ellas, sin excepción. Al doblar en Federico Lacroze hacia Chacarita (unas cuarenta cuadras después de Puente Saavedra), observé que continuaba el mismo paisaje: evidentemente se trató de una tarea sistemática, un plan de propaganda tan sano y brillante como la mismísima edición del pasquín, como esta “clase gobernante.” Y yo pensaba: “qué cosa de argentino/peronista esta: se cagan en todo, desde lo anti-estético de una pegatina de cuarta hasta el costo directo que esta violación de pequeñas normas legales le acarreará a los habitantes de la ciudad.” Porque imagino que esto dará pie a reclamos de los anunciantes quienes tal vez pretendan y exijan una quita en el precio pagado por el espacio publicitario en la vía pública y porque, además, un montón de empleados de la ciudad saldrán mañana a despegar toda esa porquería dejando de hacer otras tareas para cuya ejecución nosotros les estamos pagando. Acto seguido pensé en la previsible forma de ver las cosas de estos peronistas de la revolución retardada: ellos toman a esta infracción y atropello públicos no como una falta de respeto y consideración para el pueblo que dicen entender y defender (siempre y cuando respondan a sus estúpidas demandas ideológicas) sino como una “molestia” y una “pérdida” que le ocasionan a su archi-enemigo de la derecha, Mauricio Macri. Porque en el concepto que tienen de las cosas estos energúmenos, los fondos públicos de la ciudad son de Macri, y no de los ciudadanos. Porque es así como ellos utilizan los fondos nacionales: para llevar adelante esta propaganda berreta, para más diarios, más pasquines, más programas de radio y televisión propios, la utopía del propio monopolio de la opinión pública. Porque lo único que importa y para lo único que están es para perpetuarse y eliminar toda idea de disenso y de convivencia de individuos (que jamás son “iguales”, son individuos DIFERENTES únicamente iguales ante la ley, ley que se respeta desde la norma más pequeña y aparentemente insignificante, hasta la más magnánima; y no hablemos de la justicia porque esta gente carece de esa noción de una manera absoluta): pero jamás para brindar un servicio público.

Y así van por la vida, con el peor de los agravantes: el de salir a PONTIFICAR, a machacar qué cosa es buena y cuál es mala, para remarcar quiénes son los buenos y quiénes los malos (los malos son todos a excepción de ellos).

Pero no nos vayamos por las ramas y permítanme observar lo más curioso de este accionar macabro que se revelaba en lo pequeño dentro de lo pequeño: de la vereda de enfrente, es decir de la que corresponde a la mano de la Avenida Cabildo que va hacia Provincia, podían encontrarse, cada tanto, los únicos refugios de paradas de colectivos que no contaban con la prepotente pegatina de “Tiempo Argentino”: estos tenían una diferente, un cartel rosado que decía: “DALE LA TETA A TU BEBÉ: Es casi tan importante como haberle dado la vida.” Debajo y como “firma” del afiche, simplemente se leía: “A.U. Argentinas Unidas.” Muy raro…

Como soy un malpensado inmediatamente me dije: “claro, en su cortísimo recorrido intelectual y su despreciable metodología ´democrática´, en paralelo al trazado de la campaña de PROPAGANDA y de odioso incumplimiento de las normas en territorio enemigo (Macri-Derecha-Menem-Militares-TerrorismodeEstado-etc.), ya habían pensado en las posibles explicaciones que iban a tener que dar sea en medios de comunicación propios (a modo de sus soliloquios siempre tan pluralistas) o en ajenos (a partir, probablemente, de alguna entrevista cedida por el bigotudo maleducado ese que es Jefe de Gabinete de este país del ojete): la responsabilidad, a partir del afiche de las tetas, no sería propia ya que como pueden ver, también había pegados afiches de una ONG, mutual o asociación fantasma tan típicamente peronistas que abundan en esta Argentina tan triste que estamos atravesando. “Dale la teta a tu bebé,” hasta es fácil adivinar el auto-regocijo de estos analfabetos al ocurrírseles la sarcástica leyenda que llevaría el afiche destinado a confundir un poco los tantos.

Entonces pensé, venia diciendo, todo eso del párrafo de arriba y, en paralelo, meditaba: “qué rebuscado que soy, mirá en todo lo que pienso por unos simples afichitos, soy un afiebrado, soy un fantasioso (es decir solitario) incurable.” Porque así soy: me pongo en duda a mí mismo a cada paso. Por eso debe ser que no soy peronista.

Pero esta duda que dejé caer sobre mi propio cuerpo se diluyó cuando me acerqué a uno de los refugios que contaba con el afiche sobre el amamantamiento: fue curioso comprobar que dichos carteles tenían exactamente el mismo tamaño y eran del mismo tipo de papel que los de Tiempo Argentino, afiches estos últimos de los que siempre había uno debajo de los de “Dale la teta a tu bebé,” cosa que facilitaba la observación de los detalles de ambos por simple contraste. Y no sólo eran del mismo tamaño y papel (ya que podría decirse, en defensa de estos delincuentes maleducados, que el universo de afiches responde a unos pocos tamaños que se encuentran estandarizados, al igual que los tipos de papel): tenían, tanto los del diario como los de la teta, exactamente las mismas marcas del diseñador, marcas que delimitan los bordes del dibujo y del corte, marcas que se encuentran en el marco de las películas a partir de las cuales la imprenta fabrica los afiches. Era de una obviedad tan burda como impresentable es esta gente que nos toca como gobernantes (claro: los que hacen este tipo de trabajos no son los solemnes y serios gobernantes sino que son los militantes, casi siempre hijos y sobrinos de aquéllos, que el día de mañana serán “los hombres dirigéennteeeees”.) Y aquí aclaro algo: ningún actor político es santo de mi devoción ni muchísimo menos (concurrí a votar sólo dos veces en mi vida), ningún medio periodístico me resulta simpático (ni siquiera los leo): pero cuanto más veo a estos peroneros impresentables más simpático me cae Macri por el sólo hecho de que lo consideran su enemigo.

La evidencia, entonces, me entristeció enormemente. Porque ya no pienso en la política local como discursos y disputas, como confrontación de ideas acerca de la economía o lo social que tienen como denominador común el apuntar al bien general, sino que, cuando la pienso muy de vez en cuando sobre política, lo hago a partir de estos pequeños detalles que observo cuando más desprevenido estoy, como hoy: yendo un día feriado a lo de mi vieja.

Mientras seguía dudando entre usar o no la loción para la psoriasis que dejé de usar hace un tiempo largo, mientras continuaba cavilando en el perenne y estigmático brote, sentí un gran desprecio por todos y cada uno de los políticos de esta Argentina tan lamentable: los imaginé pensando todo el tiempo en esta absurda disputa de mezquindades, pensando que la vida es eso, una visión infinitesimal de lo intrascendente en el disfraz de lo que la estupidez humana marca como “tema universal,” olvidando que la vida se reduce a un miedo personal, a la duda íntima; tan pequeño todo ello como una marca de psoriasis, que nos hace titubear en la eterna cadena de infinitos eslabones dilatorios que lía nuestros días, días cada vez más iguales al primero.