viernes, 11 de junio de 2010

DIARIO DEL MUNDIAL


("Sólo sé que no sé nada.")



(Viernes 11 de Junio de 2010)

Comenzó el mundial: ¡qué excitación! En la memoria idiota o en la memoria, idiota, (adjetivo que podría calificar en la oración tanto a la memoria como al lector: ustedes saben que esto último no entra dentro de las posibilidades intencionales de El Oasis) un mundial está registrado como un momento extraordinario; la alegría de obtener el fixture (que se pronunciaba ficsture y no fíc-cher) y la adrenalina de la inminencia de algo poco frecuente dominaban los días de la infancia: era el equivalente a tres o cuatro paquetes de figuritas a punto de ser abiertos o por qué no uno de los actos que recuerdo con cariño de los comienzos de cada ciclo lectivo: el armado del “horario” que se nos regalaba en la librería amiga o que venía como parte de un cuaderno o de un repuesto de hojas. Era la sensación de: “empezamos de cero, todo puede ser perfecto esta vez.” O: “dentro de estos cuatro paquetes de fichus puede aparecérsenos entre manos la felicidad completa.”

Algo similar a esto, decía, me pasaba con los mundiales de fútbol. El primero que recuerdo es el de Argentina 78 (me siento socialmente obligado a decir algo, a ver: “qué tiempos oscuros de la Patria, ¡nunca más!”), recuerdo que se resume en dos imágenes: la de un televisor blanco y negro de 20 pulgadas en la habitación de mis viejos, marca Panoramic, que emitía fantasmagóricas imágenes de unos tipos con pantaloncitos apretados; y por último un amigo de la familia, vecino de la casa de mi abuela Eudosia (que vivía a una cuadra de nuestro departamento), tipo llamado Ruben (sí, le decían Ruben y no Rubén), que la semana anterior al comienzo del mundial se apareció con un álbum y dos cajas cerradas con sobres de figuritas (50 en cada caja, 4 estampitas en cada sobre: 400 fichus, una panzada) haciéndome el infante más feliz de Coghlan.

Es así que pasaron los mundiales junto a la vida misma en su incesante monotonía, y parte de ese ritual mundialista se encuentra repetido con mínimas variantes. El clásico del ficsture como publicidad de algún comercio sigue vigente y la idea detrás del objeto es la misma: “arrancamos de cero, podemos ganarlo, o al menos podemos llenar los casilleritos para anotar los resultados uno por uno a medida que los partidos pasen, o podemos usar alguno para pronósticos," además de toda clase de idea lúdica que se les ocurra. De hecho agarré tres de estos cartoncitos hace unos diez días y los tengo acá a mano: me van diciendo qué partidos hay cada día y a qué hora se juegan. ¡Qué excitación!

Es así que hoy el enfrentamiento entre los combinados (los combinados son esas cosas donde se ponen los lomplei) de Sudáfrica y México me sorprendió charlando con Bruce Springsteen, un futbolero de ley; “sóquererou”, me corrigió cuando, pispeando de reojo las jugadas que traían peligro a la integridad del cero de alguno de los dos arcos, le dije “mirá vos: escribiste Rosalita y sos futbolero…”; “sóquererou, sóquererou… es Soccer, Football es otra cosa que también me gusta.” Se ve que El Jefe se hace tiempo para todo.

Así que el partido inaugural fueron fragmentos registrados de coté o soslayo junto al loco de la guitarrita oriundo del estado de New Jersey, fragmentos que derivaron en frases como “qué pelota sacó el negro” o “si no entró esa no entra ninguna más.” Fútbol, pasión de aburridas multitudes. Fue uno a uno: negros africanos y morochos mexicanos quedaron a mano.

El segundo match de la jornada lo protagonizarían las selecciones de Francia y Uruguay. Así que diez minutos antes del comienzo del mismo me tiré en la cama a prestar atención, a sabiendas del compromiso que tengo para con este Diario del Mundial. A los diez minutos de juego cambié de posición (estaba tirado “boca arriba”) y me puse sobre el lado izquierdo de mi cuerpo. La mirada cedió un poco y se perdió contra la pared que da al baño; los párpados pesaron, la neurona cedió, la boca se entreabrió y me perdí en el sueño llevado por un breve pero navegable río de baba. Cada tanto la mente recibía ondas del partido en la voz del "Pollo" Vignolo, famoso trolo y relator de fútbol. El asqueroso peronista Fernando Niembro vociferaba tonterías para congraciarse con la teleplatea charrúa mientras las dos neuronas (las mías) que se resistían al sueño trataban de levantar las mercúricas persianas oculares: todo intento fue vano ya que sólo lograron su objetivo cuando faltaban cinco minutos para la finalización del segundo y último tiempo. Miré entonces los tibios intentos de los franceses por doblegar la avaricia oriental, intentos tan vanos como los de mis neuronas pro-vigilia.

Comenzó el mundial. ¡Qué excitación! Ahora voy a anotar el resultado del segundo partido de la primera jornada (el de Sudáfrica-Mexico lo registré antes de pegarme la siestonga narrada arriba) mientras aguardo con ansias el debut del combinado de mi querido país. ¡Viva Argentina!

("Come on, fat cunt...")