viernes, 18 de junio de 2010

DIARIO DEL MUNDIAL VIII


(La cupé de Garcé.)





(Viernes 18 de Junio de 2010)



Querido Diario: el fútbol me hinchó las pelotas, el mundial es basura pura. Imagino que en los viejos tiempos uno se entusiasmaba a fuerza de juventud o, mucho mejor aún, niñez; pero ya no: este torneo es la expresión más pobre de un deporte que ya cansó: el fútbol. Es una competencia mediocre dominada por la ausencia de talento y arrojo. Sólo la instancia eliminatoria que se viene dentro de una semana amaga con entregar un poquito de emoción pero no en base a la destreza deportiva en sí misma sino como consecuencia del morbo de saber que uno de los dos equipos está a punto de fracasar y de recibir el golpe de la derrota (tan dulce a los ojos de todos menos del derrotado.) Porque más allá de eso, nada. Pero nada de nada, ¿eh?

Podrá ser muy lindo estar in situ, tal vez, en plan de vacación en un lugar donde confluye gente de una treintena de países diferentes con ganas de joder un poco, gente que a la noche se encuentra por ahí entre vahos etílicos que desinhiben invitando a la masa de individuos a la sana diversión del olvido. ¿Pero un mundial para ver por televisión? Pero váyanse a cagar. Sí, claro: lo atávico vence y pondré algunos partidos como ruido de fondo, pero no me pidan que cabecee.

Inglaterra da asco, a Estados Unidos de América lo robaron (¡la venganza de los desposeídos del mundo!) y el colmo de los colmos: Alemania está débil de carácter: una expulsión afectó su temple y un penal malogrado terminó por desmoralizarlos. Ay, ay, ay: si los viera Hitler, manga de trolos…

“¡Autos, autos! Sobre mi cama. ¡Autos, Autos!” Cantaba Isabel de Sebastián en un tema de Consumación o Consumo, primer disco de Fricción. Pero yo propongo, tras guardar ese recuerdo musical en un oscuro cajón de los rulos de la memoria de donde jamás debió haber asomado sus narices, autos sobre la cancha; sí, sobre el campo de juego. Si todo esto se trata de especular, si todo será una compulsa de imposibilidades y miedos a la derrota, yo propongo un poco de imaginación en la tarea de impedir el placer en cuanto a fútbol se refiere: Hay doce suplentes en el banco, incluidos los dos arqueros, ¿cierto? Pueden entrar tres jugadores de campo y se puede cambiar los goleros. Nos sobran entonces siete jugadores de campo por bando. Yo propongo que haya estacionados siete autos detrás de cada uno de los bancos de suplentes, autos que podrán ser usados una vez cada uno durante el partido manejado por los suplentes que no hayan entrado ni vayan a entrar (es decir, jugador que se usa como piloto no puede entrar a jugar ni volver a pilotear otro vehículo): cuando uno de los equipos quiere enfriar el partido, ¿qué necesidad de tener un jugador que maneje el ritmo de juego si uno de los suplentes puede manejar un auto dentro del campo de juego interrumpiendo así las acciones? El primero de los jugadores que ve el auto, seguramente uno del mismo equipo del que maneja ya que los otros se harán los sotas, gritará: “¡Auto, auto!” Todo el mundo se congela entonces. El arte del equipo al volante estará en entrar de manera inesperada y, de ser posible, pisar la pelota: si la revienta es gol a favor. Si en el afán de reventar la bola se atropellara a un jugador rival, los compañeros del accidentado podrán dar vuelta el coche y prenderlo fuego con el conductor dentro. Mientras esto sucede el reloj no se detiene, por supuesto, si no qué gracia tiene. De este modo los objetivos de meter al campo de juego cada uno de los siete autos disponibles por partido y por equipo son dos: la simple interrupción del juego en un momento donde el propio equipo la está pasando mal (la velocidad de circulación mínima es de 15 kilómetros por hora, no habiendo máxima: si bien pasando a los pedos uno no gana mucho tiempo tal vez pueda pegarle un susto bien grande a varios de los rivales dejándolos desorientados y hasta aturdidos por varios minutos), o bien meter el auto a fondo con el sólo afán de reventar el balón y así marcar un tanto a favor. Allí se corre el riesgo de que suceda lo mejor, que se atropelle a un jugador rival: la posibilidad del vandalismo reglamentario del equipo contrario seria un atractivo irresistible que haría revivir a este deporte que ya cansó.