sábado, 12 de junio de 2010

DIARIO DEL MUNDIAL II


("Si el vino viene, viene la vida...")



(Sábado 12 de Junio de 2010)

Querido Diosito: gracias por darnos otro mundial. ¡Cuánta excitación!

Hoy la jornada comenzó tempranito: por supuesto puse el timer del viejo veinte pulgadas que me queda sano como para que se encienda a las 8:30 en la sintonía del bello Canal 7, la televisión de tooodos todos todos; porque tengo un compromiso con este Diario del Mundial.

Así es que la magia de los rayos catódicos invadió la oscuridad del cuarto de persiana bien baja, tanto que ni un sólo resquicio había entre tabla y tabla por donde pudiera abrirse paso el poder de Febo. El chispazo eléctrico y la fanfarria de un himno nacional sacáronme del sueño que no tuve y me invitaron a la adrenalina de este deporte de primates de primera. Corea vs. Grecia, ¡qué excitación!

Antes del silbato inicial me dejé devolver al territorio del duermevela y desde allí pude analizar perfectamente el encuentro. Porque es así: ¿acaso no recuerdan hace tiempo esos cursos de idiomas que venían con cassettes y cuya explicación aseguraba que uno, reproduciéndolos durante la noche mientras se dormía, la enseñanza se hacía efectiva? Bueno, con los mundiales de fútbol pasa algo parecido: si los mirás dormido los entendés mejor, y hasta pueden llegar a ser entretenidos.

Es así que dos parientes lejanos de Blaian Jones marcaron sendos tantos y humillaron a una Grecia disminuida: ningún presocrático de los convocados aceptó ir al mundial. Qué estúpidos.

Como estos dos equipos, Corea y Grecia, son futuros rivales de nuestro querido país, ante cada grito de gol mis esferas oculares viraban y apuntaban a la pantalla para mirar las acciones determinantes aún con los párpados cerrados. “Corea jugó muy bien”, dijo un relator popular que en cualquier momento será ascendido a panelista de 678 (“ubicaciónn nueeeve…” “guardar las bolillas”). Y debe ser cierto: porque la televisión pública jamás miente y porque esta tarde le escuché decir lo mismo a Robert Smith.

Pero recién a las once de la mañana llegó el plato fuerte: Argentina vs. Nigeria. Al son de los solemnes himnos tomé una de mis dos almohadas y la doblé al medio apoyándola sobre la otra y elevando así mi casa craneana que apuntaba derechito derechito a la pantalla emisora de lucecitas de colores en infinitos puntos y rayas. Al partido lo miré por telefé porque trae suerte, no sé si buena o mala ni para quién es que la trae, pero dicen que la trae.

Los ya aquí mencionados “Pollo” Vignolo y el sindicalista de los bigotitos Fernando Niembro estaban a cargo de la transmisión. Qué suerte (buena o mala, qué va) la mía. El partido fue malo y si no hubiésemos contado con el jugador español Lionel Messi (¿por qué carajo algunos le dicen Leo Messi si se llama Leonel? ¿Hasta cuándo van a permitir que usemos este player que no nos pertenece?) seguramente la suerte (buena o mala) hubiese sido otra. Todos jugaron horrible a excepción del mencionado crack de la madre patria. Todos sin excepción. No me importa los que juegan apenas aceptablemente (que fueron apenas dos argentinos más), de esos está lleno el mundo y así le va.

Para que no digan que hago leña del árbol caído (cuando el árbol, indefectiblemente, caiga) voy a detenerme a criticar un poco ahora que el equipo nacional cuenta con puntaje ideal: esta Argentina sólo puede ganar un campeonato del mundo por obra y gracia de una actuación excepcional tras otra de la Pulga Ibérica, cosa que, por buena suerte, es improbable que suceda. Tévez es un jugador espantoso que sólo merece que de una vez por todas se filme la película de su historia que amenaza realizar la productora del gran Gastón Pauls desde hace ya años; Pipita Higuaín erró un gol que ni yo y tiró al bulto en uno o dos (qué importa ya cuántos) mano a manos; Jonás Gutiérrez es un freak de circo que nunca supo bien de qué jugaba y que para colmo de males ahora juega de quatro pomelo; Martín Demichelis bien puede seguir planchándose el pelo y que el arquero que se corte el suyo. Por otra parte, Di María jugó horrible pero es tan lindo pibe que lo perdonamos.

En un momento, promediando el segundo tiempo y cuando Argentina se pegó un par de sustos (no porque los negritos jugasen bien, si no porque eran horribles), la cámara enfocó el banco de suplentes de Argentinita. La imagen fue una postal de lo que es este equipo mamarracho, este engendro peronista del peor peronismo que pueda concebirse (ese adefesio que nos gobierna que atrasa cuarenta años y nos está enterrando por completo y para siempre): en primer plano Maradona, ese apenas futbolista genial (y qué carajo importa si era genial siendo apenas futbolista, que se vayan bien a la mierda con esa forrada de “le dio alegría al pueblo”), con un aspecto lamentable, Horacio Guarany mezclado con ese gitano sucio que le hizo una película (a Maradona) y que ahora no recuerdo el nombre (ese que se hace el loco del acordeoncito), con un rosario de esos cortitos (de su medida zocalesca, de su recorrido mental infinitesimal) entrelazado permanentemente en su gorda manita, estratega místico, veleta insufrible, que se pegó alternativamente a Alfonsín, Menem, de la Rúa, Chacho Álvarez, Chango Spasiuk y que ahora, para acceder a este puesto estatal de morondanga que tiene, transó con su supuesto enemigo Grondona (Julio, no Mariano que es un señor respetable) y el matrimonio Kirchner. El revolucionario de pacotilla, siempre fiel a sus loables principios, estaba entonces en un primer plano y con la mirada perdida en la nada: detrás de él dejaban verse Mancuso y el Negro Enrique, discutiendo acerca de qué medidas tomar para evitar que el agua se les viniese encima; y a la izquierda de ambos la brujita Verón gritando órdenes a los jugadores. Lo más curioso es que tras el pésimo partido de fútbol disputado y durante la conferencia de prensa, alguien le preguntó a Maradona si seguía el camino de Franz Beckenbauer que pasó de ser campeón mundial como jugador a ganar el título como técnico. La respuesta de Diegote fue digna de su inexistente integridad: sonriéndose dijo, “no, yo no tengo nada que ver con Beckenbauer”, dando a entender que el astro alemán era uno que había transado con el poder de la FIFA y que él era un tipo con principios, defensor de los derechos de los desposeídos. Qué argentino de mierda este gordo drogón.

Ni bien terminó el encuentro también pudo escuchárselo a Fernando “me-la-como-pero-no-ejerzo” Niembro buscando en la web y leyendo al aire lo que decían los diarios del mundo acerca de la actuación de la selección argentina: otra muestra de la estupidez y la ridículamente desmesurada vanidad que nos domina, vanidad que no es más que un exasperante complejo de inferioridad.

Por suerte más tarde se jugaba el clásico de los clásicos: Estados Unidos de Norteamérica vs. Inglaterra. Las dos naciones más admirables del mundo moderno, por afano. Por suerte jugaban, pero por mala suerte: el partido fue una basura inaguantable confirmando que los partidos de fútbol, a esta altura y desde hace mucho, son “para poner de fondo”, mientras hacemos otra cosa (en lo posible en alguna otra habitación). Inglaterra anduvo confirmando su calidad de perdedor insufrible en lo que al deporte que ellos mismos inventaron se refiere; y los siempre admirables Estados Unidos mostraron mucho menos que en el mundial anterior, apenas un muy sobrio arquero y el bueno de Donovan. Pero la perla indiscutible de este partido fue un diálogo que se dio entre los relatores de TyC Sports, Walter Nelson y Alejandro Fabbri (la pareja de relatores homosexuales más innegable de la televisión argentina, si no lo sabían presten atención durante la próxima transmisión que tengan el disgusto de ver):

W.N. –Qué cosa, cómo los equipos de los países centrales (políticamente hablando) ya no pueden sacar las figuras que en otros tiempos…
A.F. –Es que ya no tienen el mismo interés…
W.N. –Y, es que ahora hay otras cosas para entretenerse…
A.F. –No, Walter: a lo que yo me refiero es que no tienen vocación de sacrificio.

“Ah, bueno… Mirá a este hijo de una gran puta lo que dijo”, me dije a mí mismo cuando escuché esto mientras me ponía un par de medias y decidía que calzado usaría ya que llovía (así, de soslayo y haciendo otras cosas, se ven los partidos de fútbol hoy por hoy, y se los sufre igualmente): relaciona al sacrificio de los habitantes de una nación con la obtención de buenos futbolistas, no con la construcción de sociedades más o menos vivibles y exitosas. Es decir: acá, que producimos a todos estos primates que ganan millones alrededor del mundo sin saber en qué gastarlos, sabemos lo que es VOCACIÓN DE SACRIFICIO… Sí, por supuesto…

Así es que se fue la segunda jornada de este torneo mundial de fútbol, el aspaviento global más idiota que la humanidad haya logrado practicar en toda su interminable historia.

Y mañana sigue. ¡Qué excitación!