lunes, 7 de junio de 2010

COMBATIENDO AL ARGENTINO QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO


Correo Argentino, el correo oficial de la República Argentina. De nuevo en manos del Estado Nacional. Sabida es la versión popularizada del asunto Macri y el Colchón Cannon que no pagó...

El asunto es que vas al correo a despachar correspondencia tenés que saber que, mínimamente, perderás allí no menos de una hora. En la sucursal de Cabildo y Blanco Encalada nunca hay menos de ochenta personas esperando, casi todas dispuestas a enviar un telegrama laboral (el asunto de los que viven del pequeño juicio a sus pequeños empleadores es otro tema enervante clásico de la hipocresía del argentino medio que en algún momento destrataremos aquí) trámite que lleva el tiempo que el timbrado de ciento veinte cartas.

Así entonces uno espera y espera con paciencia de piedra. En eso un hombre de unos cincuenta y cinco o sesenta años se harta de esperar a Godot y enfila hacia la puerta de entrada y salida, visiblemente fastidiado. En el trayecto se cruza con una chicha de unos veinte o veintidós años que ingresa con un formulario de telegrama en la mano y el número de su turno en la otra. El hombre no tiene mejor idea que obsequiarla al paso con su propio número que ya no va a usar: la chica lo acepta.

Con dos números en la mano y la mirada haciendo un amplio zapping visual del lugar, la representante de una generación más cercana al hoy toma un asiento libre (el único de todo el recinto) dominada por una mueca titubeante; en su cabeza sonaban los ecos de la duda, era demasiado fácil adivinarlo: “¿Habrá alguien que haya visto la entrega de este turno que no es mío? ¿Podrá ponerme alguien en evidencia, llegado el caso, poniéndose a su vez en evidencia a sí mismo?”

El hombre regalero ya era historia en esta escena, terminó su bolo y seguramente estaría en la ventanilla de actores cobrando su mugroso cheque. Harto de la prolongada espera había decidido terminar con ella sin antes cagarse en los que hartos ya de estar hartos habían decidido quedarse y finalizar el interminable trámite que los convocaba en la sucursal del Correo Argentino.

La mujer enfundada en piel nueva y zapatillas Converse, con su tatuado antebrazo izquierdo asomando desvergonzado una harapienta blusa convertida en aceptada prenda de vestir gracias a la tiránica moda de turno, estaba combatiendo al fantasma del miedo a ser descubierta en el socialmente aceptado delito menor.

Luego de no más de cinco minutos un reloj de cuarzo canta en rojo el número de la chica: 674, al puesto de atención 7. Los demás seguimos esperando, de becketteanos nomás. Aquellos a quienes la casualidad no los había convertido en testigos mudos del acto de generosidad del hombre saliente para con la chica entrante seguían maldiciendo desde sus entrecejos el torpe funcionamiento del correo estatal. Yo, que había observado todo en el habitual silencio, pensaba que el Estado no sirve ni para manejar un servicio de correo porque sólo cuenta con nosotros como posibles directivos de turno, empleados y usuarios. Casi cuarenta años separaban al donante de la premiada y ambos se habían cagado rotundamente en la desgracia del prójimo, que es la propia desgracia.

Cuando llegué finalmente a la ventanilla desembolsé 53 pesos para enviar a la provincia de Chubut una revista NME que no pesa más de 150 gramos. Es más o menos el equivalente a 13 dólares u 8 libras esterlinas al cambio de hoy. Enviar la misma revista en los Estados Unidos de Norteamérica y en Inglaterra dentro del territorio de cada uno de esos países no sale más de 1,40 dólares y 1 libra esterlina respectivamente: doy fe de ello. Somos diez veces más caros y cien veces más turros. La tarifa del correo aumentó hace tres semanas por segunda vez en los últimos dos meses. Lo que salía 35 ahora vale 53. El orden de los factores no altera el producto.

Algún amigo en lo que se entiende como defensa de la idea de patria argumentaría que escenas como la de arriba ocurren en todo el mundo, aún en los Estados Unidos de Norteamérica y en el Reino Unido de la Gran Bretaña. Yo les digo que sí, que puede ser: pero que el grado en que uno puede encontrarse con estas actitudes allí es infinitamente menor al que aquí.

Me deprimo cada vez que me sorprendo, diariamente, en alguna actitud digna del argentino que llevo dentro. No puedo evitarlo, aunque sí hago lo imposible por observarlo.