jueves, 4 de marzo de 2010

DATA QUE NO ESTÁ EN ALLMUSIC III


La nariz respingaba un poco mientras las manos le acercaban el plato limpio: “¡Tiene olor a huevo!” decía mientras lo devolvía a la mesa no demasiado cortésmente.
“¿Qué olor?”, replicaba interrogante mi vieja desde la cocina. “Los platos, están sucios, tienen olor a huevo.” Así la discusión continuaba un rato y terminaba cuando Lita recogía los platos y los enjuagaba para volver a traerlos a la mesa. Que de qué huevos hablás si hace días que no comemos nada con huevo; que será el detergente; que serán ideas tuyas. Nunca jamás olvidé esas escenas y, mucho menos, el “olor a huevo.” Lo fui distinguiendo a medida que pasaban los años y crecía yo un poco y me volvía una persona en detrimento del niño; es decir: mientras me convertía en un verdadero hincha-pelotas.

No era entonces ni es ahora el detergente; tampoco un delirio sensorial de mi viejo; menos que menos que la vajilla estuviera sucia: estaba lavada correctamente, como siempre. El problema es que si comemos huevos, sean como fueren ellos cocinados (muy especialmente cuando la yema no queda totalmente cocida), y no lavamos de inmediato esos platos antes de que la viscosidad amarillenta se solidifique, el olor a huevo será profundo y prolongado. Como una fragancia de Kenzo Francescoli, famoso media-punta oriental.

Si comés huevos fritos o poché o duros pero no demasiado cocidos o si comés trotillas jugosas, luego del último bocado eyectate de la silla y lavá bien esos platos mientras los restos de yema sigan vivos; ni hablar si te da por batirte un par de yemas con azúcar y oporto a modo de postre: si no lavás de inmediato ese bol mejor será que lo tires a la basura así como queda, sucio. Eso sí: cerrá bien la bolsa y sacala de tu casa inmediatamente, no importa la hora que sea. De lo contrario oirás una voz desde la boca de mi infancia tras el respingar de su nariz adyacente mientras un plato se eleva para ser olido, una voz que dice...