domingo, 14 de marzo de 2010

BAHÍA SIEMPRE ESTUVO CERCA (TODO ES VERDAD)


Acabo de ver uno de los dos recitales más impresionantes de mi vida, así como si nada, sin estar del todo preparado en lo conciente. ¿Que soy adicto a las sentencias bombásticas? No se los voy a permitir, es una lectura demasiado mediocre. Una persona que sintió un poco de amor por mí, cuando la ola subía en busca de su punto culminante, decía: “Esta intensidad, no puedo creer… Esta intensidad, Germán, intensidad Germán...” Cuando la ola rompió y zamarreó violentamente algún cuerpo (hablo de esos zamarreos que no se ven desde la superficie, los más violentos), justo cuando el ataque benedictino había (re)tomado a esta mujer por completo, la frase había cambiado a un paupérrimo “Vos, siempre tan exagerado: ¿Sabés que sos exagerado, no?” Modos de ver las cosas, modos de vivir los instantes; que cambian de una persona a otra e incluso dentro de la misma persona, como pudiera yo notar.

Acabo de ver el recital más impresionante de mi vida, así como si nada, sin estar del todo preparado en lo conciente.

Dios me iluminó ayer. No: Dios me iluminó. Algunos datos que dan muestra de ello y cuya aparición cronológica intentaré respetar: Juan me dijo hace un par de semanas que iba a ver a Caetano Veloso, que iba con una chica, porque estaba intentando garcheteársela. Esa fue la simpática licencia verbal usada por Juan. Seguramente no hizo la aclaración como para justificar el hecho de ir a ver a Caetano Veloso, por supuesto que no. Pero la aclaración fue hecha porque, evidentemente, nos cuesta mucho a todos el corrernos un poco de nuestros hábitos, asomar la cabeza fuera de lo que creemos es el elemento constitutivo de nuestras preferencias, creencia en gran parte construida a partir de la idea que creemos que los demás tienen de nosotros: el cliente siempre tiene razón.

Unos días más tarde, cuando le devolvía a José la autobiografía de Mark E. Smith, y a propósito de este libro que nos resultara a ambos tan lúcido, el amigo prestador me dijo: “¿Leíste la autobiografía de Caetano?” A mi respuesta negativa José agregó: “Es impresionante, la tenés que leer.”

Luego, hace un par de días, lo volví a ver a Juan (verdadero nombre Mark E. Smith, pero apelo al Juan porque no me gusta leer autobiografías de gente que conozco y menciono en mis cuentitos); dijo en un momento refiriéndose de soslayo al concierto que ya había visto: “Ojo con Caetano, eh… Es…” Y movió la cabeza repetidamente hacia el costado derecho. Así lo recuerdo ahora y así fue irremediablemente entonces. Inmediatamente salió del salón en busca de una cerveza y, mientras entraba a la cocina yo recordé su aclaración tan vital allá cuando me expresara sus intenciones de ir a ver al cantautor brasileño; entonces le grité a la distancia: “Che, ¿qué pasó con lo más importante? ¿Se dio?” “No”, respondió con una justiciera sonrisa. Yo salía del salón hacia otro lado y no hubo lugar a la repregunta para saber si se trataba de un “No” definitivo o un “No” circunstancial.

Así fue que llegó el día de ayer. Dominado por lo atávico y sin que nada tenga que ver con mis verdaderas intenciones (ni mucho menos con mis deseos) averigüé en qué hotel paraban estos muchachos de Franz Ferdinand. Es que tengo un conocimiento mutuo con el cantante desde hace más de diez años, es decir de la época en la que él era pobre y desafortunado (aunque resultó ser un tipo que no tiene constancia). Entonces, sentía una presión de quién sabe qué origen (del campo de lo abstracto sin dudas) para contactarlo, saludarlo, estar un rato con él e ir a verlo hacer su trabajo. Es que siempre me trató tan bien como yo lo traté a él y como soy un ser literal quise responder a la frase de despedida del último encuentro: “See you next time in town.”
Llamé al hotel y el teléfono de su habitación sonó y sonó hasta que saltó el contestador. Mensaje de voz donde quedó grabado mi número de celular. Era el mediodía o un poco más y yo me dispuse a llevar unas grageas a algunos convalecientes.

Justo antes de emprender esa misión y como consecuencia de fijarme a qué hora era el concierto de Franz Ferdinand, vi en la página de Ticketek que había una última función de Caetano Veloso al día siguiente: 13 de Marzo. Con la naturalidad de lo trascendente tuve la inmediata convicción de que allí estaría. Sin mediar nada supe que compraría una entrada y que iría, sin siquiera preguntarme qué me movía a hacerlo. Como si supiese que era algo que de algún modo ya había ocurrido y que sólo restaba recordarlo.

Así fue como salí ese afternún a ver a mis pacientes. En un momento de la travesía me detuve a charlar con Jim Morrison. Como noté que en un punto de la charla, la misma se nos estaba haciendo demasiado larga; le dije: “Jim, te dejo que tengo que ir a sacar una entrada para ver a Caetano Veloso: a ver si se me agotan.” A los quince minutos tenía la entrada en las manos, o mejor dicho en una mano y luego en la otra: es raro sostener un objeto tal con ambas manos al mismo tiempo. Así fue que la coloqué dentro del libro que llevaba conmigo, como para que no se doble: Vidas Imaginarias, decían las letras en oro sobre tela azul.

Visité así a mis últimos pacientes del día, Kate Bush y PJ Proby; como ambos residen en la zona céntrica de la ciudad, aproveché y me acerqué al hotel donde paraban estos escoceses antes mencionados, locos de la guitarrita. Una vez allí, llamó uno de los recepcionistas a la habitación de este muchacho en cuestión y el teléfono sonó y sonó: “No está: fijate en el bar, que si no está ahí es porque salieron.” Como no estaba en el bar dejé un mensaje escrito en la recepción disponiéndome a esperar unos minutos a las puertas del hotel por si acaso esta gente regresara. Como a los quince minutos noté a un descamisadito vestido de traje negro y con cucaracha en el oído izquierdo cruzando la calle y diciéndole algo al gendarme que estaba de aquella vereda. Todo buen paranoico siempre piensa que están hablando de él, por supuesto. A los tres minutos llega un cuatriciclo de Prefectura con un impresentable prefecto montándolo. Se estaciona a mi lado y, mientras el agente de la ley en la otra vereda se acerca a nosotros, el motorizado me pide documentos. Todo paranoico siempre piensa que están hablando de él, y por algo será. Con sumo fastidio abro la billetera y le entrego mi cédula. “¿Hace cuánto que está acá?” “Más de media hora” (cuánta intensidad): “¿Por qué, hay un tope horario?”, le pregunto. “Permítame el registro” me dice espiando la billetera en mi mano. “No estoy en un auto, ¿para qué querés ver mi registro de conducir?” El descamisadito, tan genéticamente sagaz, pensó: “Si los documentos coinciden no es un delincuente peligroso.” Le dije: “Ahora andá y pedile documentos a aquellos quince pibes de allá, que están ahí parados desde mucho antes que yo. ¿Quién te pidió que me molestaras, alguien del hotel?” “Alguien llamó”, se limitó a decir el limitado que respondió a un alerta de un súper limitado enfundado en traje negro de medio pelo jugando a James Bond. “Disculpe la molestia”, me dijo a la espera de una respuesta de cortesía automática de mi parte, cosa que jamás llegó. Así es como decidí abandonar el lugar embebido en mi errático odio por el mundo que se empecina en otorgarnos fastidio doméstico por goteo y en venenosas dosis homeopáticas. “Se va a cagar”, pensé, “soy un tipo grande para estar esperando a un pelandrún a quien no tengo ningún interés de ver. Si le llegó o le llega mi mensaje y quiere, que me llame.” Así fue que salí hacia lo de mi vieja, siempre tan rockero yo; y en el camino sentía temor de que mi celular sonara: la idea de estar en lo de mi vieja, tan lejos del centro, y recibir un llamado que me obligara a volver al lugar de los hechos recientes me daba pavor. Por suerte eso no sucedió. Y fue así que me fui, sin saberlo aún en lo conciente, con una feta de felicidad apretada entre las páginas (entre la ochenta y cuatro y la ochenta y cinco, digamos) de mi librito de Marcel Schwob.

Dios me iluminó, entonces, del modo en que Él sospecho hace las cosas: aparentando que no las hizo. Y las hace tan bien que efectivamente tal vez no las haya hecho.
Así fue que llegó el día que estaba signado bajo el signo “voy a ver a Caetano Veloso.” Por primera vez en mi vida, valga la aclaración.



Un acomodador, dueño de facto de la pila de “programas” (que no son tales sino meros panfletos publicitarios con dos fotos cualunques del protagonista y una mínima información de cuatro renglones), me ubica en mi asiento. A cambio de las tres monedas que portaba (una de un peso, una de cinco y otra de diez centavos) me hago acreedor de la única pieza de memorabilia (o mejor dicho una de las dos únicas: también estaba la entrada) que conservaría acreditando la velada. Allí comienza la espera, tan llena de voces en infinitos planos, voces que se hacen palabras y palabras que se hacen frases sueltas con derecho de autor que la gente que nos circunda debiera cobrar en el Sadaic de la desesperación universal. Mientras tanto yo escucho, y miro, y escucho lo que no veo. “…Pero ahora después se vuelve sola a la casa, sola. Eso sí que le debe doler”, le decía una mujer a su acompañante masculino. Mil cosas imaginé como para darle un contexto a la frase suelta hasta que otra frase cognoscible irrumpió estrepitosa a la cabeza suspendiéndolo todo.

Tengo tan sólo tres discos de Caetano Veloso, todos en vinilo. El segundo, el tercero y el cuarto (Araca Azul). Luego tengo malditos mp3 de varios álbumes más: Jóia, Bicho, Transa y Estrangeiro. Es decir: soy un gran desconocedor de su obra. Pero allí estaba, con naturalidad y sin preguntar más de la cuenta. Llevado por recientes huellas invisibles dejadas por personas de nombres simples: José y Juan; llevado por la intuición del azar.

Es hora de aclarar aquí que, durante la tarde y en un tic ridículo que porto desde la edad en que comencé a ver recitales (a los once o doce), me hice de una copia del último disco de Veloso, Zii e Zie. Terminé escuchándolo tres veces seguidas y no en un plan de “saber lo que voy a ver”: no, y lo juro. Es que estaba sorprendido: me gustaba demasiado. Sin embargo eso no modificó la calma y la naturalidad con la que enfilaba yo hacia el evento: digamos que ni me mosqueé.

Las frases circundantes a mi butaca se extinguen abruptamente junto a la desaparición de las luces del teatro, y los murmullos indescifrables ceden en balbuceos lejanos, luego zumbidos que se mimetizan con el sonido ambiente. Se abre el telón. Mientras Caetano Veloso se acerca al micrófono y tres músicos toman sus lugares veo la disposición de la escena: la simpleza, la alfombra raída que todo lo sostiene, la batería despojada haciendo centro (Marcelo Callado), el bajo Rickenbaker (Ricardo Dias Gomes) negro y blanco tan bien paradito, la juventud de los tres músicos y su vestimenta tan casual y de entre-casa, todo el conjunto y cada detalle mientras sonó el primer par de acordes impuso en mi cabeza una leyenda: Elliott Smith. Es un poco estúpido, tal vez, que diga esto, pero es lo que sucedió. Fue como que en un instante pude estar presente en el ahora como si se tratase de un déjà vu en reversa. De inmediato todo se hizo conciente y comprendí que efectivamente el sonido y la mezcla eran casi idénticos a lo que yo recuerdo de los tres recitales que vi de Elliott Smith con su trío: prístinos, secos, contundentes, amables, profundos, bellos. Asimismo comprendí lo injusta que resultaba mi asociación para con el brasileño: si bien el concepto lo tenía, la noche me reveló que a veces nuestras ideas no están tan equivocadas; lo que fallan (o nos van quedando chicas de acuerdo con los acontecimientos de nuestro derrotero) son las referencias. Quiero decir: me la pasé la noche midiendo a un tipo inconmensurable con personajes de una estatura muy pero muy menor (más allá del enorme valor que puedan tener estas referencias en sí mismas). Qué bueno es darse cuenta todo el tiempo que uno vive equivocado y que, aún tras experiencias como la de esta noche, el error y la ignorancia son todo el combustible de que disponemos para continuar.

Decía entonces que sentí y comprendí el link entre Caetano y su trío y Elliott y el suyo. Si ustedes hubiesen estado ahí (digo: en esas dos ocasiones que constituyen un mismo lugar) sé que verían la misma cosa. Pero no pretendo ni quiero aquí hacer un análisis musical del asunto; y no quiero hacerlo, sobre todo, porque el acontecimiento y el artista protagonista superan mis posibilidades de una manera abismal. Al comprender eso, sólo asumo narrar la cuestión desde un punto de vista absolutamente personal, y lo personal nada tiene que ver con lo técnico ni con el conocimiento ni con proceso intelectual alguno. Sólo me limitaré a apuntar un par de cuestiones que, lamentablemente, están signadas por mi triste manojo referencial que tan poca justicia le hace a alguien de la talla de Caetano Veloso.

Zii e Zie es “el disco rockero” del brasileño, y su trío hace las veces de su particular Crazy Horse. Y juro que “Sá-Dias Gomes-Callado” es la banda de rock más increíble de la que puedo dar fe junto a la mítica agrupación de Neil Young. Pedro Sá es uno de los mejores guitarristas que vi en mi vida (bueno, no he visto a tantos, pero saben que soy exagerado y adicto a las sentencias grandilocuentes), a tal punto que en vivo superó de manera inefable todo lo excelso que yo había apreciado en las tres escuchas del disco hechas horas antes del concierto. En dichas escuchas estaba yo tan sorprendido de que un tipo icónico de la MPB hiciera un disco de rock tan lúcido que evidenciara su impresionante entendimiento del género: es la cruza perfecta e inimaginable entre The Beatles (“The White Album”) y Marquee Moon de Television. Andá a decirle a “nuestro Caetano”, Luis Alberto, qué opina de Television. “Futból de Prímera y Telénoche”, sería su única respuesta.

Yo estaba pasmado viendo lo que estaba oyendo desde mi butaca de pullman en el Gran Rex: Perdeu, canción que abre el disco y que fuera ejectuada en tercer término esta memorable noche, condensa la totalidad de Marquee Moon: arranca con una espasmódica y sincopada guitarra rítmica que te aclara que Verlaine pudo haber sido brasileño tranquilamente (aunque jamás argentino) Los ruidos armónicos del mismo guitarrista lo anuncian notable y cuando viene el solo, durante la última parte de esta maravilla de casi siete minutos (tan claro tienen Veloso y Sá a Marquee Moon que hasta en el detalle de la duración repararon: desarrollo, recorrido y crescendo exigen duración), la cuestión se hace sentencia grandilocuente: este guitarrista es cosa seria. Este tipo de solos, tan singularmente brillantes, tan únicos, sólo se los escuché a Tom Verlaine y a Neil Young. Después nos quieren hacer creer que los que rockean son “los Primal Scream.” A otro tonto con ese invento: yo pasé de grado hace unos cuantos años.

El Álbum Blanco merodea el ambiente de forma casi permanente, lo sobrevuela. Y el Álbum Blanco fue el combustible de Elliott Smith en sus momentos más inspirados, esos momentos donde con su trío intentaba sonar como un gigante que seguramente desconocía, mínimamente, como yo mismo: Caetano Veloso.

Presten atención a cómo comienza la letra de Perdeu:

Pariu, cuspiu
Expeliu
Um Deus, um bicho
Um homem

Y ahora a cómo termina:

O sol se pôs
Depois nasceu
E nada aconteceu

Genio descomunal. La otra noche le decía, justamente a Mark E. Smith, que sin una letra no se conforma una canción. Estamos hablando de las que valen la pena, de las memorables: las cada vez menos habituales.

Sem Cais es de una belleza sólo comparable a los mejores momentos de Harrison y de McCartney. Y a medida que me deshago de incredulidad voy tomando conciencia del gigante que me está aconteciendo por obra y gracia divina, tan naturalmente caí yo en la noche más indicada. Y a tal punto este muchacho de 67 años (no puedo creer que haya nacido en el 42, está hecho un pendejo) tiene incorporado al subconsciente a The Beatles (y muy especialmente el álbum varias veces mencionado en estos párrafos) que hizo una espeluznante versión de Volver en “clave blanca.” Si me decías que una noche de estas iba a ver el show más impresionante de mi vida, que iba a ser el más rockero de todos y ejecutado por alguien que, sin ser ajeno al rock (está comprobado con lo que estoy contando, si me dan crédito; y qué importa si no me lo dan) lo excede tan ampliamente, y que además en el set list del concierto iba a estar Volver de Gardel y Lepera, seguramente no te iba a creer. Pero a los hechos nada les importa tu poca o mucha credulidad. Seguramente pocos (o por qué no nadie) han cantado esta canción como Caetano Veloso esta noche, además del autor mismo; y arreglarla como para meterla de bonus track en el Álbum Blanco ya es demasiado. Ah, de los dos que mejor la cantaron en la historia, ninguno es argentino. Uno es francés o, por defecto, uruguayo; el otro brasileño.

Por momentos no daba crédito a mis oídos: con qué solvencia y naturalidad rockeaba esta gente: tan claro estaba el concepto de la psicodelia en estos cuatro tipos que el catálogo de referencias era perfectamente adecuado: The Velvet Underground se sumaba como sólo los talentosos pueden: había destellos durante los cuales el escenario irradiaba el caos más bello y conciso que experimenté en mi vida. Duraba segundos a una intensidad eterna y la canción sobrellevaba la carga y continuaba el camino de paisaje edénico.

Se me hizo corto, se me hizo felicidad pura. No recuerdo haberme encontrado muchas veces (ni siquiera pocas) tomándome la cabeza ante pasajes de un concierto, ni balbuceando de incredulidad y placer.

Al finalizar el show opté por salir del teatro rápidamente. Me subí a un 59 y en el asiento doble de adelante había dos pibes que venían del concierto de Dream Theater. Estaban mirando las remeras que se habían comprado. Mientras observaba la escena pensaba en ella, en lo que había pasado en el Gran Rex y en esto que está pasando ahora, en cómo narrar lo inasible: todo mezclado, todo mezclado; y me preguntaba: “Qué va a pasar cuando me den el auto: no voy a poder ver todas estas escenas de peatón que me hablan de las cosas.” “No va a pasar nada”, me dije al instante: “que me lo den rápido que tal vez me lleve a alguna parte bien lejos.” Y rápido. Rápido como hablaban estos dos pibes, sin que yo pudiera entenderles palabra. Pero lo que quedaba claro era la excitación que traían del show que habían visto: era una reproducción de mi experiencia dividida en dos y sentada en el asiento de adelante. Nada es especial sacado del contexto íntimo, descarrilado del recorrido emocional de cada mundo. Así es como los pensamientos se me superponían conformando el dislate habitual. Me vinieron las frases de la mujer vecina de butaca y la de Mark E. Smith mientras iba a buscarse una cerveza a la heladera: “…Pero ahora después se vuelve sola a la casa, sola. Eso sí que le debe doler” y “No”, respectivamente. Entonces me encontré yo mismo volviendo sólo, como interpretando la mísera maldición de la vecinita de butaca, circunstancia que constituía una especie de desgracia para la mencionada parlanchina: Modos de ver las cosas, todo es un modo de ver las cosas. For instance, yo nunca había visto a Caetano Veloso antes de esta afortunada noche y me había formado mi propio preconcepto del tipo a partir de mis tres vinilos, los discos en mp3 que poco escuché y la idea precocida del “valuarte de la MPB.” Eso sumado a mi triste escuelita rockera cimentó mi noche inolvidable. Sin embargo una mujer grandulona que bajaba las escaleras del Gran Rex junto a su acompañante masculino, decía: “Las conté, sólo cuatro tocó con su guitarra: ¿Era necesario tanto bochinche?" Mientras tanto yo había sido deslumbrado por una totalidad.

Así es que me volvía, con los dos fans de Dream Theater en el asiento de adelante, con la voz que anunciaba el castigo de alguien que volvía sola a su casa (un yo mismo travestido), con el “No” de Smith y la sonrisa aludiendo al no garcheteo; modos y más modos de ver lo mismo.

Mientras tanto la mujer maldiciente estaría volviendo a su casa junto a su acompañante masculino, muy probablemente su long-time esposo. Tal vez, sólo tal vez, se produciría allí un garcheteo, siempre dentro de lo esperable, de lo lógico de acuerdo a lo que creemos que somos: rockeros, esposos, esposas, tropicalistas, empleados o dueños. Ni siquiera hubo allí lugar para la incertidumbre de Mark E. Smith en tanto fue sin garantía de cumplimiento de su deseo garchetinero. Lo mío, en tanto, ocurría en el más absoluto de los sinsentidos, justo allí desde donde no se puede (ni se debe) planear ni las próximas doce horas. Y creo que lo fantástico, lo revelador, lo iniciático, sólo puede darse dentro de ese marco de imprevisibilidad: así había resultado, magníficamente, como intenté contarlo aquí. Es en este punto donde recuerdo a las dos brasileñas que estaban sentadas a mi izquierda, ambas con trencitas Bo Derek, ambas enormes y muy voluptuosas. Una de ellas hermosa; la otra una fea preciosa. En un momento del show e imaginando modos de manifestarle al universo el agradecimiento por haber sido expuesto involuntariamente a la experiencia Caetano Veloso, me vi de pie besando a las negras expresándoles mi gratitud una y mil besos. Como es natural en la cabeza las negras, tan brasileñas ellas, se lo tomaron a bien y todo resultó en que la noche cerraba en una gran comilona: feijoada para tres. Esto sólo podía ocurrir acudiendo a la vida sin razón para luego volverme a ninguna parte y tal vez solo; esta iniciación tardía, en el diccionario de mi vecina de butaca, esa que bajaba las escaleras contando las pocas canciones que Caetano Veloso había ejecutado “con su guitarra”, era un castigo tan divino como doloroso. Modos diferentes de ver siempre las mismas cosas. Será cuestión de descubrirse y sorprenderse en más recitales de más Caetanos, porque esta limitación en la que me descubro todo el tiempo no puede circunscribirse únicamente a mi rol de “espectador de música en vivo.” ¿Cuántos Caetanos nos estamos perdiendo por responder al patrón que aceptamos como propio?

El próximo recital besaré a las negras más efusivamente aún.