lunes, 18 de enero de 2010

EYES OF A CHILD


En ese entonces los dos llamados telefónicos que recibía yo habitualmente en la casa de mi abuela Aída eran de diferentes índole y origen. El que no nos ocupa hoy y aquí provenía de Hungría: una chica de allí llamada Katy Hagi era mi única corresponsal extranjera con quien no dialogaba epistolarmente sobre música. Se ve que de alguna de las publicaciones de donde sacaba yo los contactos de interesados en intercambiar discos, había tomado su nombre y dirección publicados por ella en un anuncio de carácter personal; y movido por el misterio que me despertaba Hungría un buen día le escribí. Ella trabajaba en un Hotel de cinco estrellas en Budapest (situado en la primera mitad del nombre) y, además de escribirme no menos de dos extensas cartas semanales, me llamaba por teléfono a diario desde su trabajo. Atendiese mi abuela o mi madre me llamaban a los gritos entre extrañadas e incomodadas por la situación de imposibilidad de comunicación, y a los gritos digo porque yo estaba, seguramente, escuchando música en la piecita del fondo, atrás del patio (en mi piecita): “¡¡¡Germán!!! Es la chica esa que habla en inglés, apurate que no le entiendo…” Gritaba Aída invariablemente. Yo corría para acortar así el patio, la galería y el hall, hasta llegar al teléfono.

La segunda llamada que sí nos convoca era menos habitual (más que diaria semanal) pero mucho más comentada por mi familia que la primera. Si atendía mi madre (que estaba alternativamente en su -mi- casa o también en lo de mi abuela, las casas eran contiguas) me llamaba y, al acercarme, me decía tapando el micrófono y con una sonrisa de madre primeriza ante su pequeño retoño: “Es Robertito…”
Robertito tendría entonces unos 11 años (tendría esa edad cuando comenzó a frecuentar mi casa, cosa que habrá hecho hasta sus 14). Yo no tenía demasiados más: 17 o 18.

El niño había respondido una vez a alguno de mis anuncios de “grabo inéditos de Duran Duran, The Cure, etc.” La sorpresa fue la primera vez que vino hasta lo de Aída (mi también casa) a buscar su botín en cinta: por el pasillo se acercaba una mujer que apenas pasaba los 30 y, delante de ella apurando unos pasitos, un niño. De once años. Que venía a buscar sus cassettes con rarezas de Depeche Mode.

Las primeras veces sentía incomodidad ante la rareza de la situación. Rareza al cuadrado: ya bastante me había costado acostumbrarme a eso de encontrarme con extraños para cobrarles unos pesos por grabarles unos cassettes para así yo seguir comprándome más discos (y más cassettes, porque yo también me los hacía grabar, afuera y acá en Buenos Aires, en Tabú); suficiente con esa difícil exposición para un tímido por naturaleza como para agregarle que viniera a mi casa un niño acompañado de su madre a buscar rarezas de Depeche Mode grabadas en un cassette.

Pero las incomodidades, que siempre son sensaciones pasajeras y simétricas, fueron pronto superadas, al punto de que más de una vez la madre dejaba en casa a Robertito mientras hacía unos trámites y lo volvía a buscar luego de la merienda: Robertito se iba con la panza y las manos llenas, de café con leche y cassettes respectivamente.
Era lógica la reacción de mi madre cuando atendía sus llamadas, la reacción de la sonrisa, justamente, de madre enternecida: ante cada telefonada, habiéndolo reconocido fácilmente, disfrutaba ella preguntándole “de parte de quién” porque la respuesta era sublime: “Robertito”, se presentaba el niño a sí mismo.

Apuraba entonces sus pasitos por el pasillo, hasta el fondo, hasta lo de Aída, aventajando claramente a su madre de largas piernas e intensiva paciencia. Nos saludábamos e intercambiábamos las cosas (porque en estos casos muchas veces todo terminaba así, en un eventual trueque) como a escondidas de la madre, que nos hacía el favor de quedarse a un costado jugando al distraído.

Cuando Robertito fue estirando su cuerpo pero no sus mañas, justo antes de que dejara de presentarse a expensas del diminutivo, dejó de venir y de llamar. Seguramente la primera vez que se presentó como Roberto coincidió con la primera llamada telefónica que hizo tras la última al 553-5558 (el teléfono de Aída) presentándose como Robertito.

Fue entonces no lo volví a ver por unos cuantos años de modo que, en el reencuentro producido algún domingo en el Parque Rivadavia, su cuerpo ya había asimilado definitivamente el nombre Roberto. De todas formas frutos visibles del ADN casi no se habían modificado: el pelo rubio y delgado, la tez blanca, las facciones blandas y los ojos esquivos.

Luego y tras otro período de abstinencia, muchos años más tarde, apareció un día en El Oasis Original Flavor junto a su novia, casi su propia clonación femenina (si fuera esto posible.) En ese entonces me sorprendió con rastas (que lucían orgulloso él y la novia) y una barba tupida: el Dub había dominado su vida, seguramente a través de algún remix de una canción de Depeche Mode ya que todo es una puerta que conduce a insospechados parajes (que no son más que otras puertas.)

Pero de eso hará diez años, diez años que transcurrieron sin que supiera yo de la vida del amigo, esos amigos que quedan silenciados en algún rincón al que la memoria no acude jamás salvo que el inextricable cruce de coordenadas que determina la realidad sensorial de lo doméstico se encapriche en que, al salir yo de la aduana hace apenas un rato, levante la cabeza y encuentre que en dirección contraria, yendo hacia el mismísimo mísero tugurio estatal retenedor de intransferibles obsesiones individuales, pasen Robertito y su novia. Las miradas se cruzaron en un perfecto unísono temporal y las sonrisas afloraron en unos rostros ensanchados por el paso del tiempo calendario. El pelo rubio y raído, la tez blanca e irregular, las facciones tensionadas y los ojos esquivos, esos ojos que desde algún rincón olvidado por su memoria estaba comandando Robertito, quien en un esfuerzo de titanes que sólo los niños pueden ejecutar había movido y acomodado todas las coordenadas de manera que el triste trámite aduanero para retirar el cassette de rarezas de Depeche Mode devenido vaya a saber en qué edición limitada en Compact Disc de qué poco importante artista (y no es esto una calificación de los gustos de Robertito: digo que NINGÚN artista ni NINGÚN disco interesan ni importan demasiado), se convirtiera en un conmovedor reflejo de aquellos encuentros primero incómodos y luego memorables en la casa de mi abuela Aída.

Gracias Robertito, te debo una.