lunes, 7 de diciembre de 2009

MÁS LARGO QUE EL CIRUELA


Subo al colectivo 152 en Cabildo y La Pampa. Me apoltrono en el primer asiento de dos (lado derecho de la nave nodriza), contra la ventanilla. Pienso tantas boludeces a velocidad inaudita que voy yendo en blanco confuso. Cuando estamos cruzando la calle Quesada las voces de las personas sentadas detrás de mí se inmiscuyen en mi volátil atención:

Voz masculina: ¿Y tocó Post-Crucifixión?
Voz femenina: No.
VM: ¿Rutas Argentinas?
VF: Tampoco

Es la primera vez en mi vida que me subo a un colectivo y escucho una conversación lindera acerca de Spinetta. Y hablo de “composición tema”: Spinetta, no de un concierto que Spinetta diera la noche anterior (cosa aún más difícil). Históricamente este suceso que me sorprendía en el colectivo era altísimamente improbable, por no decir imposible.

El gran tonto que hay en mí, ante la primer respuesta de la voz femenina, comenzó a gritar en estridente mute: “¡¡¡Sí, sí la tocó!!! ¡¡¡Post-Crucifixión!!! ¿Qué te fuiste, al baño siete minutos?”
La conversación continuó mientras yo les contestaba y corregía en mi cabeza todo el tiempo, hasta que el colectivo llegó a la calle Ramallo y las voces se bajaron. Como lo hicieron por la puerta del medio sus cuerpos me fueron revelados: ella una chica muy joven, 18 o 19 años; muy joven y linda. Él pasados los veinte con modesta holgura, barba y aspecto de universitario de izquierda argentina. Aclaro la juventud y belleza de la chica porque como bien me dijo Nick Drake el mismo día del concierto asombrado por lo que se veía entre la gente asistente, a los recitales de Spinetta nunca iban chicas lindas (perdón si alguna lectora acostumbraba ir: en tal caso ustedes eran las excepciones confirmatorias de la regla); agrego yo: a los recitales de Spinetta no iban chicas jóvenes que al otro día tomaban colectivos por Belgrano y comentaban, bien o mal, las alternativas del recital de la noche anterior. De todas formas: punto para Spinetta ya que el pibe estaba más o menos informado de algunas cosas de la carrera del músico, sobre todo las de su etapa más contemporánea de Los Socios del Desierto. Claro que hacia atrás hacía agua, defecto propio de la sabiduría que nos da internet en combinación con el apuro natural de los tiempos que corren y la superficialidad de todo: la chica le dijo que había tocado Cementerio Club, pero no con Pescado; “subió el hermano a tocar la batería”, dijo extrañada seguramente pensando que los únicos parientes de Spinetta eran Latino Solanas y los demás hijos artistas del flaco del Bajo Belgrano y sin saber, además, que Artaud es en efecto un disco solista donde justamente tocó la batería un tal (Carlos) Gustavo Spinetta. El pibe no supo corregirla y cubrieron el bache hablando de Bajan, un tema que evidentemente en la mente de las nuevas y no tan nuevas generaciones, si no se toma como de Cerati se lo piensa como una canción que sólo tomó relevancia por la pedorrísima versión del estudiante universitario de zona norte devenido en rock star. Pero ese es un tema que viene más adelante, si es que me dan las neuronas y no me empieza a centrifugar la cancha de River acá a mi izquierda: “un médico a la derecha.”

Últimas frases de las voces antes de la calle Ramallo:

Voz Femenina: “Estaba Pettinato mirando el recital.”
Voz Masculina: “Sí, sí... Lo vi en la tele. También fue Santo Biasatti.”

(Silencio.)

Agrego yo ahora: Biasatti fue al mismo colegio secundario que Spinetta, aunque varios años antes que el flaco; yo fui al mismo colegio, muchísimos años después que los antes mencionados, obviamente. Yo no canto ni salgo en la tele, pero les informo boludeces de las que no se entiende un carajo; continuemos.

Estuve a punto de no ir a Vélez más o menos tantas veces como las que estuve a punto de ir. Justo en el último segundo, fui. Luego me arrepentí y más adelante me arrepentí de arrepentirme.

Durante la tarde de la noche indicada intenté comprar entradas vía internet y, oh sorpresa, el campo y las plateas altas estaban agotadas; sólo quedaban asientos sueltos en platea baja y en los bordes del “vip” preferencial. “What´s up, mate? It´s bloody Spinetta, innit? ¿Vélez? ¿Agotó un estadio de fútbol? ¿Lo va a llenar? ¿De fans? ¿Cómo se explica?” No se explica, como todo y nada, naturalmente. Pero uno puede imaginar algunas de las razones.

Se hace necesario aclarar, antes de arrancar (¿cómo, no había hecho eso ya?), que Luis Alberto Spinetta es el único músico de rock argentino que tuvo una temporadita de genialidad y que, por lo tanto, ES genial. Es el único que hizo más de dos excelentes discos que se constituyen como tales en sí mismos y no en relación a la pobreza franciscana circundante. Dicho esto, continuemos continuando.

Entre Rimoldi Fraga y Spinetta estuve unos cuantos años sin música: para cuándo la remake, pregunta la tribuna que hay en mí. Y cuando digo Spinetta, en un comienzo, más que a él solito escuchaba lo que encontraba de una serie de nombres que manejaba mi prima Gabi a partir de su vida de estudiante secundaria del barrio de Más o Menos Mataderos; ella contaba con unos pocos vinilos porque tenía un equipo que le había comprado su madre, mi tía Liliana: era un equipo japonés marca Sansei, con rack y todo. Recuerdo las tapas de Vida de Sui Generis y del primero de León Gieco, que era gatefold y estaba troquelada: ventanita al infierno. De Spinetta no tenía nada; Spinetta era el raro, el que no se entendía qué carajo decía y por tanto se lo suponía más inteligente y refinado: “un puéta.”

En esta etapa que narro aquí mi simulacro de declaración de independencia fue el primer radiograbador que nos compraron mis padres (a mi hermano mayor Marcelo y a mí): uno marca Pioneer plateado con radio am/fm/onda corta/onda media que conservaba yo hecho mierda hasta hace un par de meses cuando mi mudanza: entonces lo saqué al mustio arbolito del barrio de munro y se lo llevó el basurero del tiempo vaya a saber encarnado en qué cuerpecito de otra pobre criatura. En este grabador no sólo escuchaba yo los cassettes que me grababa mi prima sino que además le daba a la radio como loco todas las noches, siempre con los botones de rec, play y pause apretaditos. Solía colocar el aparato sobre un sillón estilo inglés de un cuerpo que tenía mi abuela Aída en el “jolcito” de entrada: yo me arrodillaba en el suelo delante del asiento como implorándole al éter mientras apoyaba mi cabeza sobre el frente del grabador. Junto al sonido de la emisión sentía las vibraciones electromagnéticas en mi cuerpo mientras prestaba mucha atención al locutor: si anunciaban el tema antes de pasarlo y era algo que me interesaba, largaba la pausa; si no lo anunciaban la largaba igual y, si no resultaba de mi agrado, cortaba y rebobinaba para así volver a poner la cinta en punta. Capturar una canción significaba una excitación descomunal, pero había que chequear que hubiera grabado bien luego de que terminara de ser emitida; hasta tener tal certeza todo era nervios, luego era la renovación de la intranquilidad a la espera de un nuevo pique. De eso se trataba todo mi mundo de entonces más allá de la escuela: capturar canciones y hacerlas esclavas de mis escolares caprichos.

Spinetta se me reveló justo ahí, más allá del nombre que conocía por boca de mi prima y sus amigos, el nombre de ese a quien se le entendía poco y se lo escuchaba menos. Y a mí me gustaba; cada vez más, probablemente porque no le entendía mucho. Así se convirtió rápidamente en mi favorito, pescando sus canciones con tanzas magnetofónicas muy gastadas que corrían en carreteles a perpetuo riesgo de cortarse en cualquier momento, desencadenando la tragedia y renovando la angustia. Esos eran los comienzos.

A lo que quiero arribar es a esto: no se llena un Vélez con 35.000 de estos freaks. Y con esto no quiero decir que la cancha hay que llenarla conmigo, no: la noche de megalomanía la tuvo Spinetta ayer, a mí no me culpen. Lo que digo es que no fue un acierto del músico celebrarse a sí mismo con semejante grandilocuencia que no se corresponde en absoluto con su propia esencia. Y es así, Sr. Luis Alberto, no me joda. No sea Flaco Pelotudo.

Los cuarenta años con la música eran la excusa inicial, los cuarenta años de Spinetta haciendo música. La cosa parece que se confundió con “40 años de rock argentino a través mío que soy el más groso.” (que lo sos ciertamente pero no porque lo pueda decir, sin demasiada convicción, Bebe Bovino Contepomi). Una especie de mega-concierto antológico de tipo enciclopedista. Totalmente desacertado e innecesario.

Spinetta, entonces, se celebró a sí mismo armando un fiestón con tanta gente que, necesariamente, resultó ser en gran parte desconocedora absoluta del objeto del festejo. Y ya sé que había UN MONTÓN de gente que sí conoce su obra en mayor o menor grado (porque tampoco acá estoy exigiendo un conocimiento absoluto ni mucho menos: NO!) Pero sí creo que un artista honesto merece oyentes honestos que puedan conocer muy parcialmente su obra (hecho que no los descalificaría ni mucho menos) pero de manera honesta. En resumen: era un Luna Park, Luis Alberto. Entiendo que sos un mortal que necesita una dosis de adoración, aún hueca; ¿pero hacía falta esta mega-dosis? Tu hábitat natural es otro, es algo más intimista e introspectivo (porque tenés un interior enorme donde se puede viajar hasta el fin de los tiempos), algo así como la serie que hiciste alguna vez en la Fundación Banco Patricios, allá por la calle Callao en alguna parte entre Corrientes y Rivadavia, solo con tu guitarrita y áura sin par. Es un poco jodido… En cierta manera, esa noche hermosa pero fatal El Flaco tuvo un gesto medio Ricardo Fort.

Aclaracion dos, antes de continuar: disfruté muchísimo del show, terminé hecho mierda porque fueron cinco horas de estar parado ahí (I Saw Her Standing There, perdón por la digresión pero la voz de Badía desde una A.M. perdida en el tiempo marplatense, radio encendida y sintonizada por mi primo Fabián y mi hermano Marcelo, me gritó: “La Vi Parada Ahí”, me gritó a mí que tenía seis y estaba en el período mudo que va de Rimoldi Fraga a Spinetta), pero psicológicamente las cinco horas se pasaron volando; me gustó volver a escuchar de nuevo no sólo lo que queda bien decir que nos gusta escuchar (Invisible, Pescado, bla bla bla…) sino también temas como Era de Uranio y ¿No Ves Que Ya No Somos Chiquitos? por nombrar sólo dos jadeantes adefesios jadeanos; la pasé realmente bien, digamos: fue tan largo y las canciones dispararon tantas cosas que me la pasé transitando absurdos recovecos de la mente, Viejos Ratones del Tiempo (que no la tocó pero sí y por suerte ejecutó Lo Que Nos Ocupa Es La Conciencia -Esa Abuela Que Regula El Mundo-). Pero quiero seguir el hilo de la improvisación y el absurdo, porque prometí esta entrada en otra entrada: Puertas, puertas, puertas, puertas, puertas, puertas, puertas… (a propósito: ¿¿¿alguien me explica POR QUÉ este Flaco Pelotudo en lugar de cantar en La Serpiente Viaja Por La Sal “Nadie la-ácométeeee, A-a írse…” decía “Nadie la-ápura, á-a irse…”??? ACOMETE es mi palabra favorita de toda la canción… ¡¡¡Flaco Pelotudo!!! Pero continuemos, porque lo prometí y porque lo hago con todo amor por el Sr. Spinetta.

Es indudable que si organizamos una fiesta para más personas que los amigos que tenemos tendremos que invitar a extraños. En el caso de Spinetta en Vélez los extraños tienen alma de colados ya que se hacen pasar, aún ante ellos mismos, por amigos del auto-agasajado. El poderoso bombardero publicitario (con su letal ala encubierta que se hace pasar por nota periodística) fue el modo de reclutar pseudo-amigos. Me dirán que Luis Alberto no tiene nada que ver con eso. Pero sí, sí que es responsable. Él que siempre se jactó de su discreción y compostura se mandó un homenaje en el estilo que, supuestamente, más detesta. Para que a él le moleste: muy menemista: emoción noventosa. Él que tuvo esa temporada de “encierro” donde salía en las revistas de actualidad en una foto mostrando un cartel “lean libros” mientras escapaba de los paparazzi con su gran álbum Carolina Peleritti bajo el brazo, recurrió a las fuerzas enemigas para poder inyectarse la dosis de adoración que consideró, en el umbral de los sesenta, una fuerza vital. Creo que la disposición de las localidades a la venta en el estadio de Vélez lo decía todo: la mitad del campo próxima al escenario estaba ocupada por sillas. El número de esos asientos más las plateas bajas de los costados eran justamente la medida de los amigos reales de Luis Alberto. Y en la organización medio que se vendieron solos: que detrás de los amigos pongan a los arrivistas (es obvio que estaban todos mezclados, estoy intentando ser gráfico), no importa que la gran mayoría de ellos no vean un carajo y escuchen como el culo (en el Campo Raso sólo se veían nucas y se escuchaba una inentendible música de frecuencia subterránea). Y que toleren como puedan este dislate de cinco horas y chiqucientosmil invitados, todos músicos geniales lo que a mí me coloca en la posición de patriarca de los genios, o genio a la enésima. Eso es de mal gusto, mucho peor que la fusión que se apoderó de Spinetta sobre el final de la década del 70 (sutilmente con A 18´ Del Sol y en un grotesco insufrible con Spinetta Jade). Reitero y recuerdo: como diría Jah Wobble, "¡la pasé fenómeno!”

En un principio fui una de las víctimas del Campo Raso: sólo quedaban plateas altas así que compré una en el infierno de las ventanillas del estadio y me mandé por la puerta de ingreso al Campo Raso. Logré pasar porque esto es Argentina y yo soy argentino. Cuando empezó el primer tema comencé a sufrir el mal que me veía venir y para el cual no había podido encontrar remedio preventivo desde que había ingresado: no se veía NADA. Cuando comenzó a sonar Mi Elemento supe que tampoco se oía. Ciego, sordo y mudo; pero no en mi cabeza: en la cabeza tengo conferencistas a granel, todos muy pelotudos. ¡Pero le ponen una voluntad!

Subí primero las gradas de la popular en un intento de llegar al rincón donde sabía se encontraban Brian Jones, Johnny Ramone y su amiga argentina La Delfina. Al cuarto escalón me choqué contra una barrera humana que era la encarnación del impenetrable chaqueño. Me detuve y miré hacia el escenario: desde este sector del estadio el sonido tenía una frecuencia aceptable y se podía oír, aún en medio del continuo balbuceo circundante. Desesperado por los dos alambrados que se interponían entre mi visión y el escenario salí nuevamente hacia el Campo Raso volviendo a ser ciego y sordo. Sin saber bien lo que hacía en mi frustración desesperada enfilé hacia fuera. Mientras la gente aplaudía el final de Mi Elemento me encontré debajo de la tribuna pensando en ver qué había y por qué no sucedía cuando este sector finalizaba y comenzaba el de las plateas: tal vez pudiera ubicarme en el lugar que originalmente me había sido asignado al comprar la entrada. Di toda la vuelta por debajo de la tribuna sin ver un alma alrededor: el ruido a concierto había pasado a otro plano y era como el sonido de las voces familiares en la habitación contigua de una siesta de niñez; los bordes de la geografía que surcaba eran acolchonados, lejanos y herméticos, el espacio infinito; mis movimientos eran imperceptibles y todo se sucedía como en deslizamientos. En eso rompe el hechizo y veo el alambrado que separaba el sector popular de las plateas notando que una puerta al costado estaba abierta y que no había ni una sola persona en un radio de por lo menos treinta metros. Camino como autómata, atravieso la puerta y sigo caminando unos cuarenta metros más para doblar a la derecha y salir al estadio justo en la parte delantera de la platea baja. Así, como obedeciendo una orden superior que se había apiadado del freakcito arrodillado frente al radiograbador listo para registrar alguna canción de Spinetta, entré justo a tiempo para el arranque de Ella También, canción bellísima de estructura simple y lineal. Ahora no sólo que veía muy bien (tratándose de un estadio de fútbol) sino que además escuchaba perfectamente. Es que el sonido estuvo pensado únicamente para el número real de asistentes a un show antológico de Spinetta y no para el despropósito que se había lanzado a rodar esa noche y que indefectiblemente iba a despertar únicamente alabanzas (de las macizas y de las huecas).

La idea de reunir a todas sus bandas con el objeto de hacer una antología personal en vivo no estuvo mal pero en vistas de la concreción no sé si fue una buena idea; es más: creo que ni siquiera llegó a ser una idea. Se me ocurren en este momento y al trote un montón de maneras más limpias, honestas y disfrutables que hubiesen tenido mejor resultado. Una fecha para cada banda, en un lugar apropiado en cuanto a sus dimensiones; incluso un lugar para cada banda, adecuando el espacio a la convocatoria de cada una de ellas si ello fuera necesario (aunque no creo)

Ahora bien: esta idea enciclopedista y bartolera a un mismo tiempo fue un error gravísimo. Tras cartón el auto-homenaje devino en “homenaje” al rock nacional. Y en la elección de los homenajeados afloró el contradictorio mal gusto que malogró el genio de nuestro más importante cantautor, entre otras cosas que también se evidenciaron esa noche: su puerilidad y chochera, por mencionar sólo dos características más. Si bajo un mismo concepto pasás del acierto enorme de homenajear a Miguel Abuelo haciendo una emocionante versión de la soberbia Mariposas de Madera a Té Para Tres de Soda Stereo con Cerati, transformás el homenaje a Abuelo en un improperio. Porque si me decís a mí, Miguel Abuelo, “genio” y mientras me estoy tomando algo por ahí veo que entra Cerati y lo abrazás y le decís “genio”, algo anda mal. Porque ese es el pecado común argentino, y circunscribámoslo aquí al mundillo de la música rock aunque se me haga extensible al universo local todo. Pero la gravedad de lo de Cerati y su Soda cáustica no termina allí: tras incluir una mediocre canción del aborrecible grupo del pelandrún este pasaron a destruir Bajan. Y digo destruir porque hicieron la “versión Cerati”, es decir con todos los vicios de su fraseo plástico y neuronas de gomaespuma: “No te apúuures, ya más-miamóoor…” en lugar de “No te apúuuures, ya más locóo…” es una muestra implacable de que el versionador NO ENTIENDE NADA. No sólo por el cambio de género, sino también por no comprender la libertad lingüística que gobierna en la inspiración. Claro, vayan a explicarle lo que es inspiración al salame de Zona Norte, que no la experimentó en su puta vida. “Yo conozco ese lugar donde todosss-sela créenn…”, “Estamos solosss enla sel-va, y nadiepuedevenir arréscatarnass…” Mientras la voz de mi viejo aún hoy resuena en mi cabeza: cada vez que un cantante de tango en la televisión cambiaba el género del narrador o de la persona a la este aludía en la letra de la canción que interpretaba se ponía LOCO y decía: “Mirá este hijo de puta, además de sordo es tarado, si lo agarra El Polaco lo mata: de las canciones no se cambia una sola letra, tenés que interpretar lo literal, si sos un tipo y tenés que cantar desde el punto de vista de una mina, tenés que hacerlo: ¿si no qué clase de artista sos?”

Y quiero, sin ir más lejos que a lo mejor nos perdemos, explayarme aquí en la nocividad del sujeto este que trata de ocultar su inevitable calvicie con rulos de peluquería de barrio. Si no me equivoco grabó Soda Stereo su espantosa versión de Bajan para un acústico de MTV coherentemente titulado “Comfort y Musica Para Volar” (qué hijos de mil puta), digamos que fue una versión de una versión que había hecho Gus en su disco Amor Amarillo unos añitos antes. Si tampoco recuerdo mal, en alguna horrible canción de su autoría incluida en el mencionado acústico de la cadena Music Televisión división Latinomérdica, metió el breve punteo de Cementerio Club que me evitaré traducir aquí a letritas, ustedes sabrán a qué frase de guitarra eléctrica me refiero. Bueno, el hecho es que a partir de ese disco de Soda Stereo, su numeroso público que por definición no entiende nada de nada de rock (ni de ninguna otra música, aunque ese es tema de otro debate y desafío a cualquiera a que me demuestren lo contrario,) supo de la existencia de esa maravillosa canción. Los que se enteraron que pertenecía a la obra de Spinetta obviamente que se quedaron en la versión de Gus, no vaya a ser que pasen a hacerse fanáticos de Antonin Artaud (no podrían serlo ni siquiera del disco grabado por Spinetta). Por algo son fans de Soda Stereo: un chapuzón y al sol como lagartos. Pero lo que sí hicieron es poner el nombre Spinetta en su estrecho imaginario como “un tipo groso” (mirá si será groso que Gus le hizo un cover). Considero que esta versión de Bajan, entonces, ayudó al ingreso del nombre Spinetta (y NADA más que el nombre porque no llegan ni a hacerse grabar un disco este tipo de descerebrados) al diccionario de muchísima gente joven (franja de la población que en Argentina va desde los 15 hasta los 72 años); tras el nombre del Flaco dos puntos y la palabra “genio.” Y esto es nocividad pura. ¿Por qué? Porque va en el sentido del malentendido que, al igual que esa abuela la conciencia, regula el mundo. El largo proceso de institucionalización de Spinetta, del que Bajan por Soda Stereo es parte activa e importante en el plano de lo concreto, más el bombardeo mediático en la misma intención sacralizadora, terminan llenando un Vélez con oleadas de amigos apócrifos, fans de lo desconocido. ¿Pero saben qué es lo peor y lo que da más bronca? Que Spinetta, en el triste costado de decrepitud que no le es ajeno y se le hizo evidente, avala este despropósito. Porque hace subir a Cerati y no se conforma con cantar Bajan a dúo: hace Té Para Tres y, para completar el tríptico, también tocó Cementerio Club (remember el guiño de Mierda Stereo del que les hablé más arriba.) Digamos: chochos tras estos tres temas ejecutados al hilo los amiguitos nuevos que acaban de salir de la pileta y ya están en el borde asoleándose como lagartos. El Flaco Pelotudo, en lugar de hacer Cementerio Club y Bajan (seguramente una de sus mejores cinco canciones de todos los tiempos) como corresponde, con su hermano a la batería y por qué no con Machi Rufino en el bajo, lo invita a Cerati como si necesitara valerse del despropósito Soda Stereo para darle entidad a su genial obra. Eso es auto-bastardearse, Luis Alberto. Eso va muy en contra de tu naturaleza. Eso significa la pérdida más absoluta de la lucidez en la tonta necesidad de adoración o, lo que es peor, de adulación. Eso no te hace, hoy en día, merecedor de la autoría de líneas como:

Tengo tiempo
Para saber
Si lo que sueño concluye en algo
No te apures
Ya más, locó
Porque es entonces cuando las horas
Bajan
El día es vidrio sin sol
Bajan
La noche te oculta la voz

Y es por eso que permitís, seguramente gustoso, cantar en tu mega-fiestita Té Para Tres:

El eclipse no fue parcial
Y cegó nuestras miradas
Te vi que shorabas
Te vi que shorabas
Por él

Mientras sonaba esta LAMENTABLE letra sobre su pedorra música en el contexto del auto-homenaje Spinetta recibí, en la era de las comunicaciones, un sms de John Bonham, que es un fifí y estaba en el VIP. El mensaje se leía en mayúsculas y perfecto castellano: “LA REPUTISIMA MADRE Q LO REMIL PARIO.” No era yo el único indignado, evidentemente.

Me siento en la obligación, ya que transcribí ese fragmento de Bajan más arriba, de mencionar al menos uno de los pequeños cambios que operó Gus a la letra original para poder grabar una versión propia acorde a su supina estupidez. En lugar de cantar tal vez la mejor línea de la canción “(Porque es entonces cuando las horas bajan), El día es vidrio sin sol” se salió con “(Porque es entonces cuando las horas bajan), El día es tibio sin vos.” No es necesario agregar nada, amigos.

Creo que el tema Cerati está agotado (por eso seguramente en algún punto próximo voy a retomarlo), como yo a esta altura de la Adrián Suaré. Pero voy a seguir, porque me propongo hacer un review más largo que el concierto mismo. Y lo voy a poner al Flaco Pelotudo atado de pies y manos con una cubetera en el ojete y los ojos a medio centímetro de la pantalla y lo voy a hacer leer todo esto las veces que sean necesarias para completar una lectura de cinco horas por lo menos. Y se va a tener que emocionar y va a tener que pasarla bien y putear al mismo tiempo y le van a tener que doler todos los musculitos que le queden y le van a tener que chirriar todos los tornillos que no le falten. Flaco Pelotudo...

La intención entre enciclopedista y sutilmente mortuoria que Luis Alberto tuvo tras la realización de este concierto quedó bien en claro cuando al comienzo y con un papel en mano, comenzó a enumerar a los artistas que le hubiera gustado versionar esa noche y que, por desconocidos motivos para nosotros el público, no pudo hacer. “El Señor Andrés Calamaro, El Señor Indio Solari, El Señor Moris...” Y la lista seguía (¡¡¡Si hasta mencionó entre los músicos que no pudieron estar esa noche a Sartén Asaresi, el ex Sueter Y Fricción!!!). Y por qué no incluyó en la lista al Sr. Paz Martínez, digo yo: ¡Si es mucho mejor compositor que esos tres tipos tipos mencionados arriba juntos! Era como si Spinetta fuera la maestra a cargo del acto escolar donde no debía quedar ni un solo prócer fuera de la celebración. "El para mí más grande de todos -agregaba-, Hugo Fattoruso." Esa enumeración nos anunciaba lo que vendría: el colmo de lo innecesario. El evento se anunciaba así Más Largo Que El Ciruela.

Qué Flaco Pelotudo...

¿Era necesario acaso hacer tan extensa revisión de su pasado más reciente, es decir de su banda actual y de la anterior, Los Socios del Desierto? ¿No fue nunca conciente de la acumulación de canciones y por tanto horas que la gente iba a tener que, a partir de un punto, padecer en un lugar inhóspito y pésimamente diagramado? ¿No se dio cuenta que fue efectivo para el desarrollo del show pero cruel para el público asistente (público que pagó entradas caras: tal vez el Luisito, tan acostumbrado en una época a ser el artista oficial de los sucesivos gobiernos radicales de la Ciudad de Buenos Aires, pensó que esto era un show gratuito en Barrancas de Belgrano, y por eso le chupó un huevo todo) el hecho de meter todo el bodrio actual y toda la revisión de su etapa más horrible al comienzo y dejar lo que casi todo el mundo quería ver (Invisible, Pescado Rabioso y Almendra) para el tan lejano final? Él, que siempre fue un “artista cuidadoso de su obra y respetuoso de su público”, ¿no supo que cuando llegara lo largamente esperado la gente podía estar ya en estado de coma irreversible o por qué no muerta?

Así fue que tuvimos que aguantar el desfile de todos los tecladistas de Jade (menos Lito Vitale que por suerte no pudo ir: es una pena porque después del último tema, a eso de las 3 de la mañana, podría haber hecho una remake de Ese Amigo del Alma), y guitarristas varios, todos genios, todos talentosos, todos buenas personas, todos hombres de bien. Pero me voy a detener aquí en uno solo de esos invitados ya que con su aparición quedó evidenciada la chochera que sufre Luis Alberto. Cuando presentó a Leo Sujatovich (que es un gran músico pero horrible tecladista, obrero del jazz y la fusión argentinos allá lejos y en el tiempo) por supuesto lo llamó genio (era sorprendente la falta de esa infinita capacidad de adjetivación que alguna vez distinguió a Spinetta) y dijo, como si fuese su propia madre (la de Spinetta) sentada en alguna platea de por ahí: “Es un músico tremendo; reside en Francia y ganó un premio: está haciendo una obra que se la van a estrenar allá.” Fue un poco patético. Flaco: Sujatovich, digo yo desde mi desconocimiento del caso puntual y sin temor a equivocarme, ganó alguna beca oficial que alguna institución gubernamental francesa lanza todo el tiempo como parte del presupuesto de cultura, y va a escribir una obra y se la van a estrenar en el circuito oficial durante un mes los días martes a las 15:30 horas, al igual que las obras de miles de otros músicos y decenas de miles y más y mucho más: esto se repite a lo largo y ancho del mundo desde los confines del tiempo y nada tiene que ver ello con la genialidad de nadie. Parecía un padre que en una reunión hace cantar al nene arriba de la mesa pensando que se trata de algo extraordinario. Fue bastante triste el momento para mí, debo confesar. No así la especie de medley que hizo con Sujatovich al piano: mirá que le puse onda, Flaco Pelotudo, que disfruté hasta los bloques-bodrio que hiciste durante toda la primer mitad del espectáculo… Nunca en mi vida imaginé que iba a volver a escuchar en vivo Era de Uranio. Mucho menos Umbral (que la hizo al presentar a Juan Del Barrio, si no me equivoco). No me quiero explayar aquí demasiado sobre el asunto tecladistas, pero bien podría agregar al tema chochera la presentación del Mono Fontana: “es ídolo en Japón”, tiró Luis Alberto… ¿Qué hace para ser ídolo en el milenario imperio: practica Sumo? Igual estuvo bueno “revivir” momentos musicales de la época. Fina Ropa Blanca (exquisita perla de Don Lucero) estuvo soberbiamente ejecutada (al punto que admiré a Fontana, quien siempre me resultó desagradable, Dolina meets Ruso Siviski). Pero bueno...

En resumen fue un exceso ese impúdico desfile de músicos de cuyo virtuosismo no me quejo en absoluto: confieso que no dejaba de pensar en lo bueno que es oír músicos que pueden tocar lo que sea con quien sea, harto ya estoy de esos grupejos de décima cuyos integrantes sólo están preparados para ejecutar sus estúpidas canciones terminando allí mismo toda su pericia musical. Y en este sentido quiero dar aquí mi aval a las presencias invitadas de Charly García y Fito Páez, presas fáciles de la crítica infundada. Más allá de la poca simpatía que les tengo a ambos de un tiempo a esta parte, merecen respeto. Aún García en su ya demasiado larga etapa de muerto viviente (acaba de revivirlo Palito Ortega en una analogía nacional de Brian Wilson y el Dr. Landy) me parece de presencia justificada. Claro estuvo que el estado de fragilidad de Charly debe ser extremo ya que sólo subió para la previsible y olvidable Rezo Por Vos y estuvo ausente en la previa, la versión que hizo Spinetta de tal vez la última canción respetable que grabó Carlos Alberto, Filosofía Barata y Zapatos de Goma. Ahí El Flaco dejó muy en claro que siempre se rodea de músicos solventes: la versión que hizo de ese tema con su banda actual fue potente y evidenció la triste caricatura en la que se convirtió el Universo García: sus bandas de la Era Zombie son francamente patéticas.

También, como decía antes, me parece adecuada la presencia de Fito Páez; no solamente por el dato La La La sino porque, quiérase o no, es un cantautor que puede presentar credenciales. Hace unas semanas enganché, en medio del frenesí del zapping, un programa en Encuentro donde Lalo Mir entrevista a músicos en el estudio de grabación. Ese episodio tenía a Páez como protagonista. Hizo al piano 11 y 6 e inmediatamente me dije: es digno, es una canción, resistió el paso del tiempo sin despeinarse siquiera. Y recordé sin avergonzarme que me gustaba Giros y que había ido a ver su presentación al Luna Park allá lejos y en el tiempo. Por lo tanto me horrorizo de Juanse y de Mollo pero no de Fito Páez. Quería decirlo, aunque parezca que no tiene nada que ver con la tal vez inexistente ilación de estos párrafos.

Es hora de ocuparse del homenaje a Pappo. Digamos aquí que, si bien no alcanzaron la estatura de Spinetta ni mucho menos, los “otros dos” tipos muy atendibles de la historia del rock argentino son Miguel Abuelo y Pappo. Lo digo así aún cuando suene pretencioso de mi parte andar juzgando más de cuarenta años de historia en dos renglones. Creo que la sección de este blog “Rock Agentino: No Todo Es Basura” quiere dejar en claro que hay mucha menos necedad en este estilo petardista y APARENTEMENTE descalificador que en la gris y mediocre visión de las cosas del rock local a cargo de los paladines de la revisión bien tardía de lo no experimentado. Basta de homologarlo todo y de poner en el mismo plano lo sublime y lo inacabado. Porque de rockeros y conocedores que no tienen ni el ABC (easy as 123 or simple as do re mi) estoy harto. Y aquí me detengo un segundo en ellos ya que poblaron parte del estadio de Vélez la otra noche, y viene muy al caso. Además si esa fue la Noche Megalómana Spinetta y esto es un review tan desproporcionado como el mismísimo show, acá va mi dosis megalómana.

Hace un par de años un ex cliente de El Oasis Original Flavor y músico de rock argentino me pidió que le escribiera las letras para su segundo disco que saldría, al igual que el primero, por Sony Music. Para hacer la historia de quien no voy a nombrar corta, por si las moscas digo que no lo menciono, este aspirante a Thom Yorke, Andrés Calamaro y Juanes todo al mismo tiempo, tenía el ego de Charly García pretendiendo justificarlo con la obra rockera de Mirtha Legrand. Es de esos tipos que, justamente, defienden al rock argentino como si lo conocieran y dicen que fulano y mengano son geniales cuando en verdad desconocen absolutamente los palotes de sus obras.

Resulta que el rock star en cuestión me pasa lo que él llamaba 36 demos de canciones. Uno de estos demos era una precaria estructura a partir de la reiteración de un riff robado a Pappo. Él decía entonces que tenía una canción a la que le faltaba "nada más" que la letra. Ese es el concepto de rock moneda corriente entre un gran número de rockeritos locales: letras como casilleros para llenar por llenar, porque se cantan palabras (aunque nunca se tornen luz). Resulta entonces que le hago una letra a dicha “música genial” en un intento de homenajear en algo a las viejas letras de Pappo actualizando su visión crítica de la vida circundante; y de paso, en el estribillo, un homenaje a Spinetta, amigo y compinche creativo de los comienzos de fierrero de La Paternal. Digamos: si sos rockero argentino que defiende lo suyo, vas a estar chocho con la idea. Yo, por las dudas, al darle la letra le expliqué el asunto porque a esa altura sabía con el buey que araba. La letra, que llevaba por título Mi Perro, era la siguiente:

me levanto a la mañana
me levanto sin dormir
me acomodo las lagañas
y me apresto a partir
mis zapatos tienen barro
mis pulmones mucho hollín
el cuerpo un saco de huesos
y mi perro en el jardín
en la calle los soldados
raudos van a trabajar
trabajar de hijos de puta
que no paran de llorar
no le agradezco a la vida
que me ha dado el saber
que lo negro y lo blanco
se mezclan en cada ser

mi perro al regresar
me va a enseñar
de la delicia
de no ser amo y descansar
y los quebrantos olvidar

sin embargo en la pantalla
del señor televisor
moralina por un sueldo
nos enseña el locutor
con su falsa independencia
ya nos trata de vender
que nuestro nuevo gobierno
es distinto que el de ayer
en tanto los funcionarios
lealtad particular
defenestran el pasado
que supieron encarnar
con tono de tiranitos
y un rockero en el salón
dicen cuatro estupideces
y se llevan el galeón

mi perro al regresar
me va a enseñar
de la delicia
de no ser amo y descansar
y los quebrantos olvidar

mientras tanto en las calles
nadie se puede salvar
el ejército de bípedos
cree en lo que le dan
desmenuzan al dios fútbol
vociferan sin cesar
miseria y sed de venganza
en un disfraz de justicia

mi perro al regresar
me va a enseñar
de la delicia
de no ser amo y descansar
y los quebrantos a olvidar
olvidar
juntos a olvidar
olvidar
juntos a olvidar…

Claro está que no se había percatado de ningún homenaje ni de ningún guiño. Le explicité treinta veces la “velada” cita spinetteana, tomada de Perdonado (Niño Condenado). No conocía la canción. Una de las mejores de toda la carrera de Spinetta, el mejor hombre del rock nacional. De un disco que cualquier hijo de vecino puede desconocer con absoluta razón pero que un “rockero argentino” no debiera. Digo: si me vas a defender tanto tu “corporación”, comenzá por conocerla. Por conocer lo bueno, al menos, digo.

El tipo no cantaba “delicia” sino “delicias” (¿Por la confitería tal vez?) y eliminaba la línea de “los quebrantos olvidar.” Aún mucho después de que le aclaraba yo la importancia de no cometer esos errores, por el “homenaje.”
Dos meses más tarde de la reiterada aclaración y de pasarle por escrito el nombre del disco de Invisible, no se había tomado el trabajo de revisar lo que se supone él debiera conocer. Y si el sujeto en cuestión no se dio cuenta de esto mucho menos iba a percatarse de la dualidad homenaje/crítica que encerraba la letra. Porque entre los rockeros en el salón gubernamental estuvo el mismo Spinetta, tan adepto a pegarse al Estado a lo largo de su extensa carrera (por supuesto que el comienzo de este vicio coincidió con su debacle artística: de Jade -Jodé- en adelante).

Bueno, de esta especie de paladines de la argentinidad rockera seguramente estuvo lleno Vélez. De esos, de los Bobos Contepomis, de los “fans” de Soda Stereo devenidos en admiradores de Spinetta (tengo un ejemplo en mi familia: admiradores de un hombre por un solo tema, admiración tan encendida que se apaga antes de conseguir un solo disco de cuarenta disponibles), etc.
Lo que quiero decir es que Luis Alberto Spinetta hizo méritos suficientes para merecer el vacío admiratorio (si se me permite) de tal prole. Eso es doloroso para mí, Flaco Pelotudo. Con todo amor te lo digo, zonzo.

Me voy a ahorrar críticas porque de lo contrario voy a sonar demasiado resentido y obnoxious, aún cuando no sea ni lo uno no lo otro (como ven soy bueno y no voy a mencionar la participación de sus hijos Dante y Valentino porque ese signo de chochera es no sólo justificable sino, además, festejable; lo siento por Javier Martínez: salió tu bolilla)

...

Cuando Luis Alberto nos mandó a todos al recreo tras el cual recién comenzaría la sección por la que todos habíamos asistido (todos los amigos reales, los que también disfrutamos del Rock & Pillow) me solté de la baranda que daba al foso tras el cual estaban las Plateas VIP y ensayé unos pasos: salió bastante bien porque no me caí y llegué a un puesto de comida donde apenas me animé a adquirir una Aquarius sabor Juanse de 10 Pascualitos. Así, con esa única ingesta desde el frugal almuerzo post-aduana de aquél viernes lejano del auto-homenaje spinetteano, me apresté a lo que se venía… Pero lo que se venía fue demorado un poco más: una innecesaria reformación de Los Socios del Desierto con Torrejita Torres en su bajo y el desagradable de Malosetti a la batería (en reemplazo del desaparecido Wirzt) para ejecutar un tríptico que culminó en la intrascendente y ridícula Nasty People.

A partir de ese momento, Sr. Tele-espectador, ante cada “cambio de banda” hubo un pequeño impasse para reponer el instrumental no-quirúrgico. Es así que la expectativa por lo que se suponía sería Invisible tuvo un crescendo de cinco minutos que multiplicó geométricamente las expectativas de casi todos. Aún así, fueron ellas superadas por lo que se reveló como el pico de la noche y, por qué no, el de la carrera toda del largo flaco del Bajo Belgrano: Invisible fue impecable, quedó muy en claro que Pomo Lorenzo y Machi Rufino fueron el mejor baterista y el mejor bajista que Spinetta tuvo a su servicio a lo largo de su historia musical, y por afano. Y lo peor es que ambos se mostraron, la otra noche, en su mejor momento. Literalmente, créase o no. Y Luis Alberto se mostró en su mejor forma de la noche, como guitarrista especialmente. Lo único que pudo haber faltado es un color más rockero cuasi metaloide en la guitarra. De todas formas fue inolvidable, al menos para mí que, por cronología, no pude agarrar a Spinetta sino recién a partir de Jade. La felicidad del bloque Invisible llegó hasta la elección de temas: el haber obviado a El Anillo del Capitán Beto y Los Libros de la Buena Memoria (que tocó demasiado en su etapa solista) mostró lucidez desde lo previo, cosa que lamentablemente no ocurrió en la sección Pescado Rabioso, la gran decepción de la noche. No se entiende bien qué quiso hacer Spinetta desde las decisiones previas: ¿tal vez arruinar el recuerdo de su banda más rockera e inspirada sin necesidad de invitar a ningún mediocre que no quiero volver a mencionar? De haber sido esa la intención, lo logró plenamente.

Lo primero que no se entiende de la reformulación de Pescado Rabioso es la incoherencia en el armado del grupo. Ni el Loco Bielsa hubiese hecho tanto quilombo. Puso al bajista original, Bocón Frascino, a tocar la guitarra y únicamente en el último tema del set, el obviable (por varios motivos) Me Gusta Ese Tajo. ¿Por qué este castigo a Bocón? En buen estado físico se lo veía, además de haberse hecho merecedor del premio Mejor Look Rocker de la noche. Después pasó al bajista de la segunda versión de Pescado a tocar la guitarra, y a cantar una que no cantaba en la época. Y se notaba que no hubo demasiado ensayo ni mucha disciplina en la preparación. Se le dio libertad a Lebón y sabemos lo que es Davidcito con libertad: un guitarrista muy Pata Villanueva. Después, por este despropósito de bajistas originales fuera de funciones (el ideal hubiese sido Lebón al bajo y Bocón a la guitarra ya que la rompió a puro cliché rockero bien ejecutado), ingresó a las cuatro cuerdas Guillermo Vadalá, ex bajista de Moria Casán. ¡Madre atómica mía! Metía frases de bajo hasta por debajo de la puerta: ¡Insoportable! Un desubicado total, fenómeno del mal gusto. Así, el fiasco Pescado culminó con la mala elección de al menos dos temas (el ya mencionado Me Gusta Ese Tajo y Despiértate Nena, ambos tocados por Spìnetta solista /Socios del Desierto hasta el hartazgo) y la inclusión de Post-Crucifixión y Serpiente Viaja Por La Sal no fue suficiente como para compensar. Desperdiciada la mejor banda, desperdiciado el mejor tecladista (Cutaia tiene buen gusto y lo prefiero a todos los otros fusioneros de tablón juntos.)

Luego pasamos a Almendra, que estuvo bien. Excelente el look de Molinari, que siempre me cayó bien y fue el compadre volador de Spinetta. Sonaron ajustados y solventes, a pesar de haberle dado demasiada cuerda a Emilio Del Guercio y su siempre peligrosa puerilidad en potencia. El pelado le pone una garra tremenda pero me hubiese gustado ahorrarme Fermín en favor de algo más volador de Almendra II.

Con Hermano Perro (otro desacierto en la elección del set Almendra) empecé a girar, girar y girar de cansancio y me dije: “No va más, déjennos vivir en paz, sáquenla un poquito, sáquenla un poquito.” Y me fui "a mi casa temprano.” Es que sabía que Brian Jones andaba con su máquina por las adyacencias y fui en su búsqueda: ¿quién no se volvería de una eterna noche de “rock” abordo del auto de Brian?

Mientras abandonaba el estadio (y salto por la borda de este absurdo review ahora mismo ya que siento la misma saturación que sentí la noche de Vélez y Sus Balas Eternas Perdidas) y volvía a surcar los fantasmagóricos pasadizos debajo de las graderías, sonaba Muchacha, canción que me alegra haberme ahorrado. Al finalizar se escuchó la voz de Spinetta en una dedicatoria a su madre, presente en alguna parte del estadio, posiblemente en Estado de Coma gracias a todo el amor megalomaníaco que su hijito peludo, el loco de la guitarrita, había decidido derramar allí esa noche.

Luego me enteraría de las cuatro canciones que dejé de oír, casi todo de la época en que yo era un activo fan de Luis Alberto, sobre todo Yo Quiero Ver Un Tren y No Te Alejes Tanto De Mí: no me perdí demasiado.

Mientras me alejaba del estadio me daba cuenta de lo lejos y lo cerca que sentía a Spinetta, es decir de lo poco que tenía que ver conmigo en el Ahora. El tiempo no existe pero nos corre a lugares distantes y nos juega pasadas extrañas, como esos deslizamientos en el túnel que me llevaron de la Desesperación a la Platea Baja.

En el auto de Brian (nos iremos a pasear) me encontré, volviendo. Porque viajar es un placer que nos suele suceder. Viajé como loco en la cabeza esa noche fruto del desquicio de otra cabeza; en mi territorio yo mismo comandaba el Súper-8 Volante, justo en ese circuito llamado cabeza donde a esta altura de la vida queda casi todo.