jueves, 31 de diciembre de 2009

2009: SAY HELLO, WAVE GOODBYE


“It's the end of the year
I have just settled here
It may not be much, but it's enough”


Los dos primeros fines de semana (uno de los cuales fue de los denominados largos) comencé a sufrir los embates de vivir en un departamento. Desacostumbrado yo a tal circunstancia me encontré, como cabecera de mi cama, a una pared de durlock. Fue así que tanto viernes y sábado más el viernes, sábado y domingo del long weekend siguiente, sufrí una música espantosa a un volumen infra-humano viniendo del departamento contiguo a la acartonada paredcita de mi habitación; hasta las seis y media de la mañana. Entre la música se filtraban dos voces de procedencia también infra-humana, una macho y otra hembra. La música iba desde la Bersuit a Divididos alternada con algún que otro disco que venía a hacer las veces de “que ponga uno ella así parece que la tengo en cuenta.” Ella, voz de altoparlante excitado, él voz de pelotudo que narraba historias sobre Iorio y el Indio Solari (lamentablemente no del que jugó en Real Madrid)

En dos de esas abominables primeras madrugadas de apartamento la música acalló ya de mañana para dejarse oír un jadeo femenino: “Ah… Ah…”, tres repeticiones de ese par onomatopéyico y un coda conformado por un solitario “Aah…” apenitas más prolongado. El pibe, mudito. Horrores de un departamento que se vende como “de categoría” pero que en verdad es categóricamente berreta.

Evidenciado de este modo que no sólo la vida de uno es patética, decidí el martes siguiente tocar al timbre del departamento Tres (el lindero a mi paredcita de durlock) para rogarles “no more weekends in hell.”

Ring-ring.
- ¿Quién es? (voz femenina)
- Soy el vecino nuevo, me acabo de mudar al Uno.
Silencio. Ruido de llaves. Se abre la puerta y se deja ver un hombre grande como para seguir hablando de Iorio y Solari, su figura superpuesta a una escenografía de monoambiente (detalle que ayuda a cimentar mi infierno de sonidos ajenos).
- Mirá, les venía a pedir por favor que, después de las dos de la mañana, bajen la música porque al otro día me levanto hecho mierda y no sirvo para nada. Todo bien con la música para mí, pero la verdad es que a partir de esa hora que te dije prefiero descansar.
- No, está bien. Es que el sábado justo tuvimos una reunión, pero nunca ponemos música.
Le dejé pasar la mentira y no quise aclararle que la reunión era, evidentemente, de a dos y que había durado cinco noches. Al fin y al cabo yo también le había mentido al decirle que para mí “todo bien con la música”: la detesto en prácticamente todas sus formas y a cualquier hora del día o la noche.

El arte de combinar sonidos y las tertulias acerca de luminarias de la vida rock local cesaron, aunque no lo hicieron así los ecos de algunas malas costumbres de estos vecinos del demonio (que vendría a ser yo).

Durante las semanas siguientes me hice a la idea de que tal vez la chica viviera allí sola y que el rockero loco (de aspecto desagradable, recuerdo con impresión esos diez segundos durante los cuales mi mirada intentaba evitar su figura y la del monono monoambiente) era apenas un visitante que hacía de pareja de la mujer sin rostro, esa que hasta hoy, para mí, es sólo una voz tras el durlóckfono. Es que jamás volví a escuchar al tipo; aunque sí, una vez más y a eso de las siete de la mañana de un día domingo, tres pares y medio de “Ah…” invadieron mi habitación mientras los ruidos de la vida de edificio ya me habían despertado. En este momento (en el que estoy escribiendo, no en “ese momento”, el de las voces departamentales que me sacaron del sueño) recordé a mi viejo definiendo a los edificios allá por la década del setenta: “Son conventillos modernos.”

“Ah…Ah…Ah…Ah…Ah…Ah…Aahh…”
¿Estaría auto-erotizándose la voz vecina y femenina en ausencia del fan de Iorio y Solari? ¿Habría estado haciendo la misma cosa aún con el muchacho en el departamento aquél primer fin de semana mientras él observaba todo dudando si hacer lo propio ante semejante espectáculo? ¿Qué imágenes acompañarían a los sonidos amplificados por mi paredcita de durlock, sonoridades que teñían lúgubres mis amaneceres de propiedad horizontal?

Pronto, tal vez demasiado, descubriría otra maldita costumbre de esta, ya en la realidad de esta narración, onanista mujer: se ve que a las ocho se levanta cada mañana laborable, se prepara para la vida y sale de su mononoambiente a las nueve: ¿entrará a las diez en una oficina del microcentro, o a las nueve y media en algún estudio de los barrios de Belgrano o Palermo? Vaya uno a saber; la cuestión es que la mujer se despierta con la radio: le da al timer todos los domingos laboriosamente entre los ecos de la voz de su amigo narrando historias sobre Iorio y Solari. La sintonía: Rock & Pop. El problema: el volumen infra-humano, una vez más. A las ocho de cada mañana laborable, redepente, la voz de Juan Pablo Varsky, ese muchacho que me caía bien pero que de golpe se convirtiera en otro paladín de la izquierda argentina y bien-pensante que vive en Nordelta, empieza a sonar más fuerte que el bajo más bajo y potente de la historia de la lírica italiana toda. Espantos tras la cortina de durlock.

Lo peor del caso es que la mujer deja la radio a ese mismo volumen hasta que se va del departamento una hora más tarde luego de meterse al baño, abrir la ducha, sentarse en el super-tazón, abrir la canilla para lavarse los dientes con la ducha al unísono, ducharse, secarse, hacerse un desayuno insuficiente, vestirse, arreglarse, juntar cosas, acomodar mínimamente el monoambiente, notar que se está olvidando las llaves, volver a la pileta a por un vaso de agua y retornar su rostro al espejo para retocar los vestigios de lo irreconstruible. Todo eso con Varsky a fondo y de fondo; y conmigo en la cama tras la paredcita de durlock.

Una mañana de la semana anterior a la de Navidad el volumen estuvo aún más alto de lo que yo pueda aquí mostrar con inútiles palabras. Juro que daba miedo. Así nomás, sin pasar por el baño ni la ducha ni el super-tazón ni el espejo ni comprometido ni casado ni nada me fui a tocar el timbre del Tres. Mientras caminaba el pasillo común el sonido de la Rock & Pop retumbaba de manera inefable y, reitero el juramento (mañana una traición), el resultado en mí era terrorífico.

Ring-ring.
Nada.
Riiiiiiiiinnngggg-rrrrrrriiiiiinnnnnggggggggggggggggggggg.
Nada.
Ring-ring. Ring-ring- Knock-knock-knock.
Nada.
KNOCK-KNOCK.
Y se apaga Varsky.
Silencio.
- ¿Quién es? (voz femenina)
- Soy el vecino del Uno, un poco más viejo. ¿Te puedo pedir un favor? Yo me levanto una hora más tarde que vos y me arruinás el último tramo de sueño despertándote con la radio a ese volumen: ¿la podés bajar? Suena como si estuviera a todo volumen en mi propia habitación.
- Sí, sí…
Silenzio Stampa.

Cada tanto estallan petardos de desconsideración e incivilidad desde el otro lado del muro de durlock, pero bueno… Mientras no sea una tortura diaria puedo tolerarlo (al fin y al cabo enriquece el abanico de pesadillas domésticas que nos van royendo los talones de la vida)

El asunto es que me intriga el rostro detrás de la voz femenina y, de tanto en tanto, escuetamente gimiente. Por ello, cuando voy a la piscina que queda en la terraza del conventillo moderno, oigo las voces de los asistentes (cuando los hay) conversando entre sí mientras yo converso con un montón de gente más, como ustedes saben; pero estas mis conversaciones no impiden mis escuchas. Entonces, allí en la piscina, juego a adivinar quién es la de la voz tras el durlock. Resulta un juego muy interesante: el otro día estaba convencido de que la había reconocido: “Es esta, es esta…” pensaba yo como metido en una novela de Salinger, “es esta de rostro equino con voz de excitación de altoparlante.” Era ordinaria sin saberlo, hablaba con su amiga y su amigo sobre Ricardo Fort y varias minas participantes del concurso de baile de la televisión (en mis años mozos, aún en los maitre, era vergonzante no sólo hablar sino también ver el programa Venga a Bailar conducido por Velazco Ferrero; hoy parece que los vecinos de un edificio de apócrifa categoría del barrio de Vicente López hablan horas y horas sobre Guirao Díaz y Ricardo Fort sin ninguna vergüenza ni tapujo)

Mientras me seguía diciendo a mí mismo: “es esta, ahora le pido que me haga una breve serie de “Ah…Ah…s” y lo corroboroboroboro”, me preguntaba (también a mí mismo, a quién más si no): ¿podrá ella reconocerme por la voz cuando le pida unos gemiditos o las dos veces que me oyó protestando tras una puerta (la suya) estaría medio dormida como para registrar cosa alguna en el archivo? Por las dudas y para que no descubrieran que soy yo este que pierde el tiempo de todos acá balbuceando estas cosas, no le pedí el gemidito.

Entonces “Mi Paredcita de Durlock” Original Soundtrack es el disco del año. Sí, porque esta es mi listita de los mejores álbumes del año y acabo de elegir al que está primero solo, tan solo que no pienso elegir otro que le haga compañía. Porque ya no me interesa hacer una lista de los mejores discos del año ni del lustro ni de la década ni del siglo ni del milenio ni de la era. Eso era antes de que fuera esto, una cabeza donde se acumula todo sin ton ni son: aquí y ahora la cuestión misma se vuelve inextricable. El mundo está lleno de listas de mejores y peores, no hace falta que yo agregue una propia. No le encuentro el sentido a acomodar mi incompletud y hacerla pasar por la cosa que no es. No quiero hacer como que no soy un eslaboncito más en esta cadena de la ignorancia que va de la supina a la evidente. No le encuentro sentido a repasar los pocos disquitos con los que me topé en el año y mentirme que tengo en claro cuál me gusta y cuál no, además de cuál me gusta más entre aquellos que me gustan. Descreo de mis creencias ya que cambian todo el tiempo en su discurrir heraclitano. Me gusta que lo inacabable e inabordable sea respetado como tal cosa: el universo de discos no se puede percibir desde la función ordenadora. De nada sirve decir que me gustó mucho el de Wild Beasts ni escaparse de uno mismo. Pato trabaja en una carnicería pero yo le compro a Coto. Si no mi vieja me reta.

El año terminó acá, en La Cabeza. Pasó de todo y fue insano. Creo que no toleraría otro año tan extrañamente intenso. Me quedo simplemente con que una serie de desgracias (que jamás son gratuitas sino consecuencia sutil de nuestras imperceptibles decisiones) desembocaron en el mejor momento de El Oasis, que quedó en la cabeza. No hay rivales, ni siquiera espectadores. A no ser por los 60 que tienen un carnecito, que es como un pedacito de mi paredcita de durlock repartida entre todos. Con ese carnet cerca escuchamos nuestras miserias sin vernos los rostros, sólo imaginándolos en un fútil intento de descubrir algún sentido. Pero no hay sentido, amigos. Sólo voces en la cabeza.

Feliz Año para todos.