jueves, 10 de diciembre de 2009

EL OASIS CALIDAD DE VIDA II


En el pellejo estaba el aroma y, aún así, allí también parecía residir lo que arruinaba la idea de la fruta en sí misma, en combinación con las siempre escondidas semillas. Se suponía que la piel era la parte áspera que malograba el carácter divino de la cristalina pulpa de claridad oceánica. Persistía el pellejo en la boca, resistiéndose a la más porfiada masticación que demoraba el estuario deglutivo; el crujir de las semillas trituradas le ponían música a este episodio de terror sensorial.

Pero el embriagador aroma estaba en el pellejo. Esa piel que la abuela Eudosia le sacaba con gusto a su nieto Marcelo, en el patio techado del departamento del fondo. Ese patio tenía el fresco de las tórridas tardes de verano amortiguadas por la penumbra interior de las horas siguientes al mediodía; tanto que era como si el patio fuese galería abierta con parra de uva chinche, como la que tenía Doña Leonor, la vieja del primer departamento, el que daba a la calle con persianas siempre cerradas, esa mujer que se dejaba ver casi nunca y que algunos decían se peinaba hacia atrás en un rodete mefistofélico.

Hace una semana había comprado la Aquarius sabor Uva y estaba en la heladera, transformándose lentamente en patio de la abuela Eudosia bebible. El color de la uva blanca, la botella transpirada, el halo al desenroscar. Insoslayable.

El Oasis, calidad de vida.