miércoles, 10 de junio de 2009

THE CUT THAT KILLS THE KNIFE


Read the stop signs
I can't love nothing
I mate, kill
You wake up and it's not morning
I can't sleep, I loved you once
I loved you so much


Si hay un disco que aún hoy conserva intacto su poder en y sobre mi cabeza es el homónimo debut de la extraordinaria banda de Boston Machachuche, Throwing Muses.

Somebody here's too smart
There's nothing that doesn't die
Why don't you do to my insight
What you do to my insides?


El álbum había llegado a mis manos durante la segunda mitad del año 1986, más o menos para primavera. Estaba grabado en el lado A de un cassette virgen de 90 minutos que una corresponsal inglesa me había mandado por correo. Recuerdo que ella (Lorraine Jenkins, vivía en Orpington, Kent, y era fanática de David Sylvian) tenía por costumbre, si el disco terminaba y aún quedaba algo de espacio en ese lado del cassette, seguir grabando el disco una vez más, hasta que la cinta se acabara de ese lado; por lo tanto, una vez que el disco culminaba en la inconmensurable Delicate Cutters, volvía a sonar Call me y luego Green (única canción del disco que no está escrita por Kristin Hersh). Del lado B de aquel cassette Lorraine me había grabado un pirata en vivo de Cocteau Twins, todo una excentricidad por aquellos años.

El asunto es que yo no podía parar de escuchar Throwing Muses, prendado de la voz de Kristin, que me parecía de otro planeta. Su fanatismo por Lennon se le hizo carne en las cuerdas vocales y halo en su sistema nervioso: la voz rasposa con un don interpretativo poco habitual daba rienda suelta al desesperado instinto de esta rubia regordeta que se me hiciera tan irresistible durante los años y desde el primer momento; admito aquí que estuve muchos años enamorado de ella y que no pude confesárselo luego de haberla visto en vivo por primera vez en la Horseshoe Tavern de Toronto: la verdad es que me daba no sé qué hacerlo, la presencia de sus hijos Dylan y Ryder difuminaban lo que podía quedarme de coraje.

Their eyes were locked
And their hearts were open
And in love, we couldn't breathe
In love, we couldn't say the word


Una de las tantas curiosidades acerca de este álbum que nos convoca es que no tuvo edición en Estados Unidos hasta muchísimos años después de haber salido en el Reino Unido. Es más: se editó en Argentina mucho antes, en vinilo y cassette, a través del sello DG discos (Grinbank había comprado los derechos de casi todo el catálogo de Beggars Banquet y, por ende, de 4AD.) Yo tuve mi vinilito argentino, que venía sin sobre interno, por supuesto (una bolsita de polietileno protegía al disco como a cien gramos de mortadela, que para Grinbank vienen a significar más o menos la misma cosa -si es que al momento está sin nada de hambre-): lo gasté literalmente, hasta que un buen día pude comprarme el de verdad, primero en vinilo y luego en CD.

El tiempo indicado para la escucha del álbum (no pongo aquí de "Throwing Muses" porque sus creadores insistían en que el disco no tenía título alguno resisiténdose a que lo llamen como al grupo) era la noche, cuanto más entrada mejor. Es un disco crudo, melódicamente violento, rítmica y estilísticamente esquizofrénico, escencialmente visceral, inspiradísimo, desesperado, neurótico, histérico, iluminado, estremecedor, aterrador, magnífico, inacabable, inagotable, perenne, inmanente, adictivo, directo, oblicuo, misterioso, insondable, críptico, hermético, esclarecedor, perturbador, siniestro, impiadoso, premonitorio y fundamental.
Suele cometerse una atrocidad cuando se habla de este disco o de la carrera de Throwing Muses y de Kristin Hersh (que son una misma cosa) en general: todo lo remiten, resumen y explican (como si existiera producción artística o creación posible de remitir, resumir y explicar) por la condición psiquiátrica de Hersh (sufre de bipolaridad desde su pubertad). Una flagrante estupidez.

Kristin y su media-hermana Tanya Donnelly formaron la banda Throwing Muses con dos compañeras de la secundaria en bajo y batería: Elaine Adamedes y Becca Blumen (poco tiempo después reemplazados por Leslie Langston y David Narcizo). En 1985, cuando Hersh apenas cumplía 16 años, el por entonces prestigioso, pretencioso y exquisito sello inglés 4AD los contrata (Throwing Muses había grabado un cassette en los estudios Fort Apache de Boston, demo que titularon The Doghouse; el ingeniero que los grabara, Gary Smith, quedó tan impresionado que le habló de la banda a Ivo Watts-Russell, dueño del sello inglés): fueron el primer grupo norteamericano en la plantilla y serían en poco tiempo un grupo tras el cual se generaría no sólo una camada exitosa de bandas americanas sino que se constituirían en piedra fundacional de lo que en Estados Unidos se comenzara a llamar "alternative rock" (no confundir con REM y su College Shit). Un solo ejemplo acerca de la importancia y generosidad de los punta de lanza de Boston: Hersh recomienda a su jefe inglés a sus amigos los Pixies (un monstruo que en términos de mercado se los iba a morfar rápidamente: la araña que salvaste te picó, quevachaché) quienes se convertirían luego, siempre en mi humilde opinión, en una de las bandas más sobrevaloradas de todos los tiempos. Es más: cuando Throwing Muses edita su segundo disco (tras dos mini álbumes, Chains Changed y The Fat Skier), House Tornado, llevan a los Pixies de soporte a la gira británica que según cuentan fue demoledora. Pero basta de esta cháchara y sarta de datos que cualquier interesado puede descubrir buceando un buen rato en el riacho adecuado (lo difícil es estar interesado, lo demás es una simple consecuencia): acá lo que importa (qué iluso) es que yo no podía parar de escuchar este disco allá en el 86 en la pieza de atrás del patio de lo de mi abuela, esa en la cual me dormía todas las noches no antes de las cinco de la mañana: mi viejo se enfurecía porque me sentaba a la mesa para cenar después de que me llamaban ochenta veces y, tras terminar con el trámite nutriente en no más de cuatro minutos, me volvía definitivamente al departamento de mi abuela (el del fondo); voz de Cacho: "ya está, ahí se va a meter en la cueva otra vez, ni come ya..."

Entonces a eso de las nueve y media yo estaba internado en la pieza, puerta cerrada con media vuelta de llave, persiana baja, centro musical siempre encendido, y meta disco y cassette... Hasta no menos de las cinco, no importa si dormía hora y media apenas.

I only love pieces of things that I hate
Like this box, this piece of roof
I can't grasp, can't see true
A piece of past
Days like today


El comienzo del álbum me parecía abrupto, como si en realidad la banda viniera tocando desde hacía tiempo (desde siempre), pero como los álbumes en apariencia tienen un recorrido finito, en algún momento tenía que comenzar (o dar la impresión de comienzo) y entonces lo habían largado lo mejor que podían, dejando la sensación de arranque escarpado. Y esa misma impresión se hacía concreta sensibilidad en cada uno de los instantes del álbum.

El bajo de Leslie "la negra" Langston era diferente a todo lo que yo había escuchado (y lo sigue siendo): de carácter melódico sin dejar jamás de cumplir su vital rol rítmico, tejiendo una red inextricable por sí solo, echarpe sonoro que se hacía impensable al sumársele el estupendo estilo de David Narcizo, un Stewart Copeland que en lugar de mamar reggae había sido atrapado en una nocturna y taciturna encrucijada entre el country & western, el apalachian folk y el garage-rock. Las guitarras de Tanya son espiraladas y femeninas, las de Hersh toscas y puntiagudas: te cortan la respiración.

Lennon está presente en la voz de Krstin como en ninguna otra mujer que se haya dedicado al rock a partir de The Beatles. Pero la pulsión Hersh tiene una errática tan personal como irreproducible: si bien Throwing Muses marcó un camino y una época musical influenciado en modos sutiles a diestra y siniestra, el carácter inequívocamente personal de su estilo hace que a nadie pueda ocurrírsele reproducirlo. A punto tal que casi todo el mundo olvida (aún no habiéndolo sabido nunca) que una parte importante del rock que se oyó durante los años siguientes (por tanto hoy) emanó de ellos.

La denominada Americana y el Alternative Country le deben demasiado, tanto que, de sospecharlo sus cultores, no se animarían a enfrentarse con los hechos. Y los rockeritos que la van de poetas y artistas torturados (no sé por qué me viene a la cabeza Thom Yorke quien hace de un simple problema oftalmológico una ilusión de desequilibro emocional y psicológico) deberían avergonzarse ante el solo hecho de saber que Kristin Hersh, a los diecisiete añitos, creó esta obra maestra.

Home is a rage
Feels like a cage
Home is what you read
How you breathe
Home is how you live
I feel boxed in
I feel boxed in
I feel boxed in
Think I'll be all right
Home is where the heart lies
The heart lies
The heart lies
Welcome home
Welcome home
Welcome home


Es la una de la madrugada, pasada. America (She Can´t Say No) me hace sentir el olor a humedad de la piecita del fondo, y el aroma del acolchado por el cual apenas asomaba la cabeza hasta los lóbulos de ambas orejas (el cuarto era frío y no había estufa).

Menos mal que la abuela Aída está sorda y no hay chances de que escuche algo del otro lado del patio.