sábado, 30 de mayo de 2009

I WONDER WHERE YOU ARE NOW


Hace más de una semana que no me sube agua al tanque. No, no es una metáfora de la sangre y mi cerebro: una vez más estoy siendo literal. No me sube agua al tanque lo que hace que no tenga agua caliente y recurra a lo de mi vieja diariamente a por una ducha; podría omitirla aquellos días en los que "no hago nada", al menos socialmente hablando, es decir casi todos... Es una ducha...

La canilla de la pileta de la cocina, la del agua caliente, la de la izquierda del televidente (las canillas de derecha me dan asco) gotea, gotea y gotea. Anduvo goteando durante cinco o seis meses, vaya uno a saber. Pero ahora no me sube agua al tanque, o sube apenas un hilo tan delgado como el que gotea en descenso. Más bien: el flujo del goteo de la canilla de agua caliente ahora está determinado por la mínima cantidad de agua que logra subir al tanque haciendo así el líquido elemento un recorrido sin pausa desde abajo hacia arriba y desde arriba hacia abajo, una y otra vez sin solución de continuidad. Yo mientras tanto viajo hasta lo de mi vieja a desembadurnarme. Algún día tendré que pedir ayuda profesional.

A Oasis ya no soy capaz de ponerle el cuerpo. Digamos: no sucede que se lo ponga. Digo aquí Oasis como podría decir el nombre de otro grupo, pero viene bien que sea el nombre de la banda del hermano del medio de los hermanos Gallagher porque representa el pináculo al que cualquier grupo de rock podría aspirar por estos tiempos. Y si no te sucede ponerle el cuerpo a Oasis no te va a suceder con nada, al menos en mi diccionario rockero.

Desde tiempos inmemoriales que, a mayor o menor volumen, la música de mi cabeza está en simultáneo con la múisca que se emite desde arriba de los escenarios de los recitales que voy a ver. Y también a escuchar. al menos un poco aunque cada vez menos. Esta música intracraneana que me atosiga aparenta ser en verdad un spoken word y es básicamente esquizofrénica: mi frenético zapping. Invariablemente en algún momento del barullo mental se materializan pequeñas frases clásicas: "¿faltará mucho, cuándo nos vamos, llegaré al último subte, qué frío que tengo, o qué calor, tengo algo de comer en casa o busco algún lugar abierto antes de llegar, tocarán más de hora y media estos plomos?", lo que no quita que uno esté disfrutando en cuerpo y mente del show que se está viendo; y del que se está siendo parte: cuando al cuerpo le sucede el recital.

El domingo 3 de mayo en el Estadio de River Plate me sucedió como nunca esto de que no me suceda en el cuerpo. Sí: fui hsta Núñez, ingresé al estadio con Manu, pero el recital no sucedió en el cuerpo. ¿La mente? En suspensión, sobrevolando no sólo el estadio sino a mí mismo, al propio cuerpo y a los propios sentidos que en apariencia estaban en el deslucido gallinero; el colmo del monitoreo al propio yo. Es un poco frustrante, me gustaría confesar aquí. Porque sigo comprendiendo lo que sucede ante mis ojos y en el epicentro de mi oído, sigo entendiéndolo y tal vez como nunca. Pero resulta que no estoy ahí involucrado, absolutamente. Y la frustración hace su entrada triunfal cuando el recital es, justamente, de Oasis. Porque es el mejor grupo de rock por una abismal diferencia respecto del inmediato y diminuto perseguidor; Oasis es el grupo más importante desde Sex Pistols. Grupos de Rock británicos hechos columna vertebral: The Beatles, The Rollings Stones, The Who, Led Zeppelin, Sex Pistols, The Smiths, Oasis (qué curioso: sólo una persona tocó en dos grupos de este septeto sagrado, y el tipo en cuestión es hijo de un Beatle: esta figura ilustra qué papel cumple el cuarteto de Liverpool dentro de la música rock.) Las siete vértebras primordiales desde la cervical hasta el coxis de la actualidad. Y acá quiero enfatizar en lo siguiente: Oasis ocupa este lugar desde hace quince años. Harto estoy del ronroneo de los neófitos necios: "Ahora sí son un grupo realmente bueno... hoy por hoy son los mejores."
Siempre lo fueron, siempre descollaron, desde el minuto uno que lo dejaron en claro. Es tu problema si necesitaste quince años para admitirlo (o para hacer la representación de una admisión) y para merodear la realidad. Quince años...

DEFINITELY BABY

Cuando el abril del 94 yo ya acostumbarba a comprar singles debut a lo pavote, desde hacía muchos años ya. Los pedía a una disquería de Cambridge, Rhythm Records. No confundir con la Rhythm Records que, a comienzos de los años noventa, abriera un local en Camden Town. Rhythm de Cambridge era eminentemente una empresa de Mail Order. Mail de cartero, no de teclado: en un sobre color marrón recibía cada mes el catálogo de este sagrado lugar. Era una revistita de formato muy similar a la "Siempre Adelante", publicación oficial del Instituto San Román, colegio donde hice mi secundaria en el Bajo Belgrano. La especialidad de la casa Rhythm eran los singles: lo tenían todo, en especial lo que publicaban los sellos independientes. Allí había comprado los primeros singles, sea en cd o en vinilo, de cosas tan diversas como That Petrol Emotion, The Charlatans, Chapterhouse, My Bloody Valentine, Ride, Slowdive, Swervedriver, The Boo Radleys, The Sugarcubes, Shack, The Stone Roses, Mega City 4, The Jasmine Minks, Primal Scream y una infinidad de grupos más que no tiene sentido enumerar. Decía que seguí utilizando esta empresita para pedir los simples hasta el año 1995. El complemento de este catálogo por aquellos años era el de Gema Recordrs, distribuidora con sede en Reading, especializada en álbumes (CD full, diría años más tarde La Masini) con un catálogo de lo más completo de la época: eran hojas A4 de papel biblia bien bien liviano (ya que el libro mensual y sagrado tenía mucho más de un centenar de páginas con ocho columnas verticales en casa una y con una tipografía minúscula que hacía posible incluir títulos a granel en cada una de esas hojas) abrochadas en el vértice superior otra vez izquierdo y otra vez del televidente. Y aclaro que seguí comprando singles en Rhythm Records hasta el 95 porque adonde quiero llegar es a abril del 94, cuando pedí Supersonic.

El 11 de Abril salió un paquiete de Inglaterra a mi nombre y una semana después lo abría yo mismo en Buenos Aires. Allí estaba, entre un puñado de otros discos, el CD single de Supersonic. Quedé pasmado al escucharlo. El tema de título arrancaba con un beat Happy Mondays pero con una guitarra de veras rockera, nada de la confusión estilística de los de Shaun Ryder. Las armonías vocales eran fantásticas, la canción era increíblemente upbeat para la lentitud del pulso percusivo: señal Ticket To Ride, marca registrada de los primeros hits de Oasis. Una maravilla: hoy mismo en este preciso instante se me pone la piel de gallina y se me pianta un lagrimón. Eran tiempos durante los cuales aún podíamos sentirnos poseedores de un secreto, de un tesoro personal (la verdad es que ya ni recuerdo en qué estadío estaba el cáncer de la Internet, si en su fase dial-up o ni siquiera aún; no me interesa ese tipo de reconstrucción histórica.)... Supersonic en mano y como un secreto, aunque usted no lo crea... Qué canción para arrancar, ¿no? Los hand-claps de fondo en la coda, el perfecto solo de guitarra, la contundencia cristalina. Y eso no era todo... Take Me Away desconcertaba: ¿qué le pasó a la voz de este tipo? Claro, ¿quién podía tener la simultánea certeza de algo desde allí (que era aquí) y entonces, quién podía ya saber quién cantaba en un grupo absolutamente nuevo del que nadie sabía realmente nada en estas pampas? Como tengo tendencia a creer en lo mágico, es decir que creo absolutamente en todo lo que se me ofrece, confieso que recién a la quinta escucha del simple se me ocurrió que podía haber dos cantantes. Hasta entonces pensaba en un pitch en la voz (idea que junto al slide de la guitarra acústica adquiría un sentido especial.) Pero resulta que había un tipo relativamente bajito que también cantaba. El mismo que firmaba las canciones, un cabezón que con el correr de unos poquísimos meses se me revelaría como genial.

El tema tres del simple estaba acreditado como "en vivo" aún cuando no había rastros del sonido de una audiencia. I Will Believe: título premonitorio. La guitarra y la cadencia rítimica remitían suavemente a The Stone Roses pero la línea melódica era infinitamente superior a la que podían aspirar estos otros mancunienses: le pasaban el trapito aún en esta canción que el tiempo nos diría que quedaba afuera de todo, que el haberla incluido en el primer simple era una forma de lanzarse con algo un poco más modesto para guardarse todo lo extraordinario que ya tenían escrito y listo para grabar, porque no está bien disparar cien balas de cañón a la gente así como así desde el minuto uno.

El final del simple era para el White Label Demo de Columbia, que resultó ser la primer canción de Oasis en tener formato físico: habían hecho unos pocos 12 pulgadas para repartir entre algunos pincha-discos de fiestas londinenses, periodistas y otros personajes influyentes; promoción subliminal que aconteciera un tiempo antes del debut discográfico oficial. No paré de escuchar Supersonic durante toda la semana,, una y otra vez, fascinado: "a estos pibes les compro todo lo que saquen" me dije a mí mismo con inusitada seguridad. "Es más, ya anoto el 12 y el 7 pulgadas de Supersonic mientras esperamos lo nuevo."

Justamente para lo nuevo de Oasis hubo que esperar la friolera de dos meses (que en tiempos analógicos era bien poco): el junio de "Shakermaker". Mamita... A esa altura ya había leído un par de artículos en Melody Maker y en NME. Se hablaba mucho de Oasis, se escribía mucho quiero decir: yo desde acá jamás llegué a escuchar lo que hablaban allá. Y cuando estaba allá la oreja alcanzaba pero igual el cerebro mucho no entendía: es que allá hablan en inglés, ¿vió?

Shakermaker... Más rock ralentado, aunque esta vez totalmente empantanado: Ticket To Ride en valium. La voz nasal, áspera y alta de Liam me volvía loco. Como todo lo soberbio Oasis sonaba simple y fácil: andá y hacelo... Sin embargo ya se hacían escuchar las primeras voces opositoras: "el simple nuevo está robado a un viejo comercial de Coca Cola." Imbéciles. Tema dos, otro acústico del "otro cantante..." Tremendo; una vez más enloquecía con el contrapunto del lado A y del lado B: qué bien funciona... Rock por Liam, acústico por Noel. Y también me encantaba la letra, que resutlaba simbiótica a la música que la sostenía:

The Town where we´re living
Has made you a man
And all of your dreams
Are washed away in the sand


Hablaba de un casual encuentro con un amigo de la infancia que había tomado el camino de vida standard. Noel había tomado el camino del genio que es: el de compositor de standards. Como los de Lieber and Stoller, como los de Burt Bacharach: no menos que eso.
Luego venía un 8 track demo con un sonido muy en el tono de I Will Believe, el tema en vivo incluido en Supersonic. Alive. Y el cierre era para otro tema en vivo sin sonido de público: la pistoliana Bring It On Down. La tapa de Shakermaker era un museo de guiños. Una foto enmarcada de Elvis derritiéndose, flores mustias en un florero sobre un viejo bafle y un par de docenas de objetos varios diseminados que no hacían más que acrecentar el enigma (qué maravilloso cuando todavía los había tras los discos, cuando Oasis mismo era un enigma que algunos no animábamos a descifrar en un furioso golpe intuitivo.)

A esta altura de la soiré te estarás preguntando: ¿Pero qué pretende este pelotudo, una superficial, estúpida e inútil descripción de los primeros simples de Oasis? A ver... Lo que quiero que entiendas es que aún cuando hoy te parezca increíble, todavía en el año 1994 no cualquiera era testigo presencial de lo que te estoy contando: de real primera mano. Y no hablo de saber que salía un simple de un grupo nuevo que se llamaba Oasis. Te digo de pedirlo desde el culo del mundo (olvidate del mundo "online"), y hablo de pedirlo queriendo pedirlo y sabiendo quererlo; hablo de decidir, por uno mismo, que ese grupo era el que importaba, el que rompía con toda la medianía, el que era genéticamente EXTRAORDINARIO. Sin que nadie lo avale aún desde ninguna parte, sin necesidad de esperar uno, tres, cinco, diez ni quince años en comenzar a admitir por imposición de los tiempos y del pensamiento dominante (jamás por verdadera y pura convicción personal) que reza: Oasis es la mejor banda de rock.

En este momento me viene a la cabeza una anécdota ocurrida a mi regreso de París, ciudad a la que viajé exclusivamente para ver en vivo a Oasis en 1994. Pero me la ahorro para dentro de un par de párrafos porque ya está llegando el 8 de Agosto de 1994, y también el 15, mi cumpleaños, una semana después del lanzamiento de Live Forever, el día en que el tercer simple de Oasis llegó a mis manos...

Yo cumplía 27 aquél 15, los mismos que tenía Noel entonces desde hacía dos meses y medio. Fue allí donde perdí la cabeza por Oasis, durante la primera escucha de Live Forever el día de mi vigesimoséptimo natalicio. No entendí bien qué me pasaba, era una revolución comparable únicamente a la hormonal: un entusiasmo y frenesí adolescentes me invadieron de pronto, cuando ya estaba demasiado grande como para sentir tanto con el cuerpo. Noel me exorcisó los altamente tóxicos residuos fantasmagóricos de The Cure, esos resabios que aún quedaban tras la gira de Wish (a propósito de esto, en los capítulos que siguen en la narración trunca del Wish Tour, allá por el otro blog, durante los días de Manchester tengo un par de anécdotas en esa ciudad, epsiodios que se me revelarían absolutamente alucinantes con el paso del tiempo, casi paranormales; y sí, tienen que ver con Oasis en el año 1992: me lo reservo para el otro librito, el tercero, que se me ocurre prometer aquí bajo el título de Wish I Was Here); Noel me liberó e hizo que, por segunda vez en mi vida y a destiempo de mi calendario personal, un grupo de rock me sacudiera: I put my life in the hands of a rock ´n´ roll band, pero esta vez en las de la banda correcta. Pero volvamos al single de Live Forever...

You´ll need assistance
With the things that you
Have never ever seen


Up In The Sky, acoustic version. Sí, así como el título de la canción que contiene esas líneas transcriptas arriba me sentía yo. Me salía de la vaina escuchando Oasis. Ya no resultaba suficiente seguir gastando los singles reproduciéndolos (en el equipo y en mi cabeza) todo el tiempo. El cuerpo demandaba más que la pasividad de la pieza de La Paternal. Al cuerpo le sucedía actuar porque ya estaba demasiado involucrado a esta altura, el cuerpo en cuerpo y alma.

Live Forever... Mi Dios... Noel Gallagher la escribió en 1991, como tantas otras canciones que pasaran a la historia dentro de los primeros tres discos de Oasis. Sí, un loco que había escrito semejante canción y que la tenía guardada en su cabeza y señalada en algún cuaderno y en algún cassette lleno de soplido. La tenía y no hacía nada al respecto. Porque es un genio, porque bien pudo haber quedado toda su obra en unos cuadernos olvidados y en unos cassettes que hubieran sido borrados por el viento del tiempo; y él como si nada. Porque jamás se le hubiese ocurrido a Noel Gallagher armar una banda de rock. Le dijo que sí un día a su hermano menor, probablemente para sacárselo de encima inmediatamente y seguir hacieno lo que estaba haciendo, ese día en el que Liam fue a preguntarle si quería entrar a su banda Rain. Le exigió Noel el cumplimiento de ciertas normas como requisito para su ingreso, le planteó exigencias que cualquiera hubiese leído como descabelladas o modos alternativos de negarse al requerimiento fraternal sin necesidad de decir que no.

Aproximadamente dos semanas más tarde del día en que Live Forever llegara a mis manos era la fecha pautada para la edición del disco debut de Oasis en Inglaterra: 30de Agosto de 1994. Ya había ordenado que ese mismísimo día saliera un sobre para mí desde Rhythm (porque por más que se trataba de un álbum, formato que yo pidiera casi exclusivamente a Gema Records, Rhythm era un negocio personal y por ende se daba con ellos un trato del mismo tipo por lo cual la celeridad en los envíos era verdadera: si pedía que me lo enviaran el mismo día, la orden era cumplida en ejecución puntualísima.), sobre conteniendo el álbum soñado y anhelado por mí cada día con mayor intensidad. Los envíos desde Rhythm demoraban en llegar a casa una semana clavada (si los pedía por correo expreso certificado), de lunes a lunes. Este ritmo daría pie a que yo escuchara Definitely Maybe por primera vez desde un disco de edición norteamericana y no directo de la inglesa de Creation Records.

MAYBE I WILL NEVER BE

Los domingos tenía por costumbre ir a Parque Rivadavia: allí vendía mayormente copias en vhs de shows y de apariciones en televisión de distintas bandas, video-cassettes que yo pedía a mis corresponsales británicos a cambio de dinero o de algunos objetos varios relacionados a la música; también ofrecía a la venta aquellos simples que me pedía y no me habían gustado, o discos que recibía repetidos por algún error muchas veces inducido por ansiolítico afán. En este lugar donde yo me hacía el mango para gastarme luego mango y medio en más discos y más videos y más viajes y más sueños de ser otro, uno se encontraba con una fauna variada. Uno de los personajes más esperados por el concurrente medio (mitad interesados particulares, mitad revendedores y disqueros de dignidad imperceptible, si existente) era el que llevaba "las novedades americanas" de cada semana. Se trataba de un tal Xavier, uno de los tres o cuatro contrabandistas de turno que siempre surtieron de "discos yanquis" a las disquerías "alternativas" o cuevas de Alí de la Ciudad (ahora "autónoma") de Buenos Aires. Con el tiempo, cuando le pedíamos a Xavier los pocos discos norteamericanos que El Oasis Original Flavor vendía, lo bautizamos (internatmente) "El Surfista": era un tipo ya entrado en años pero de pretensión pendeja, teñido de rubio azabache y siempre con un bronceado guillotesco; solía estar acompañado de su esposa, una rubia mucho más jóven y apetecible que el desagradable dealer.

Cuando el oxigenado hacía su aparición en el Parque cada domingo, decía, el enjambre de babientos que se la pasaba toqueteando discos con blandas y sudorosas manos se abría en dos cual mar bíblico permitiendo así el paso de Xavier, quien apoyaba sus canastos de plástico llenos de las novedades que salían a la venta en el Gran País del Norte el martes siguiente a ese domingo. En esta ocasión, domingo 5 de Septiembre de 1994, exhibía su selección de lo que salía ese martes 7 (martes, día de lanzamientos discográficos en los Estados Unidos de América.) La mecánica de estos contrabandistas con aspiraciones empresariales era recibir por fax el listado de novedades de la distribuidora Bassin (sede Miami) con dos semanas de antelación. Ese fax estaba dividido en géneros musicales y, debajo de cada título, leíase un párrafo que introducía a la banda en cuestión intentando así venderla sea como fuere. Así es que, sin ningún criterio personal (podría citar mil y una anécdotas que descalificarían a este tipo de individuios y a todos los demás actores de la "escena local", llámeselos músicos, periodistas, disqueros, sordos oyentes devenidos en más disqueros, quinieleros frustrados, etc.), se anotaban con lo poco destacado por Bassin (fruto de la decisión corporativa de la industria cuyos tentáculos llegaban hasta esos parrafitos de los faxes enviados a los varios culos del mundo) además de traer los encargos específicos de cada disquero (quienes tenían acceso a copias del fax de Bassin ya que los dealers se las facilitaban.)

Fue así, entonces, que el insufrible Surfista llegó ese domingo 5 de Septiembre (fecha pautada para el lanzamiento norteamericano del álbum debut de Oasis) con una filita de cinco o seis copias de Definitely Maybe. Ni bien me percaté de eso (Xavi solía ponerse a un costado de donde yo estaba perseando con mis videos y mis CDs) la taquicardia casi me mata: en un evidente ataque epiléptico controlado por la necesidad de hacerme de una de las copias sin importarme que al otro día, o a lo sumo el martes, recibiría mi CD inglés que había salido de Cambridge casi siete días antes, me abalancé sobre el canasto de Xavier de Zona Norte (también tengo un programa de radio en mi cabeza) para comprar uno. Pagué mis 17 pesos (o dólares, qué tiempos aquellos) y me entré a desesperar mirando el reloj: "vendo dos videos más y me rajo a casa."

Entre los habitués que iban a mirar y ver si se enteraban de algo que alterara el vacío de sus desérticos interiores craneanos estaba Diente, villano de poca monta y quinielero frustrado. Solía parar este sujeto en mi "tiendita de videitos" a hacerse el amigo desde aquellos tempranos (para él) días. Así es que, cuando me ve esconder en mi bolsito el disco que recién le había comprado al Surfista, arremete contra los canastos de novedades del vecinito. Tras buscar unos instantes toma uno de los Definitely Maybe del canasto y, mostrándomelo y levantando un poco la voz para salvar la escasa distancia que nos separaba, dice: "Cuervo: ¿son buenos?" Yo, sin sospechar el grueso calibre de generosidad que encerraba mi inocente y sanguínea respuesta, le dije: "Es el mejor grupo de los últimos veinte años." Margaritas a los chanchos, rezaba el apropiado slogan que utilizara Rosso para promover su disquería Tabú.

Vamos a abreviar un poco esto: volví a mi casa, emputecí de placer, me desencajé de entusiasmo y no supe cómo bajar un poco la adrenalina para dormir al menos algo la inquietud que esas once canciones habían amanecido en mí: habían despertado a mi cuerpo que sin comerla ni beberla se encontró de pronto presa del viejo ritual que me llevó la vida para siempre desde tiempos remotos: los discos y los recitales.

Esa misma noche agarré las últimas Melody Maker y NME (estaba suscripto a ambas y también a la Record Collector, pero esta última no era fuente de información sobre recitales y giras) y busqué anuncios de shows de Oasis: ya no se podía contener, había que hacerse un viaje de inmediato nada más que para ver a esa banda en ese preciso momento, había que mover el cuerpo para tratar de dar cauce a la locura que me había despertado esa música. No encontré nada en esos números, nada de ahí en adelante. Pero no hubo que esperar mucho más: a la semana siguiente llegaron, además de la edición inglesa de Definitely Maybe, los nuevos números de los tabloides semanales de rock: allí se anunciaba la gira europea continental para presentar dicho álbum.

Todo era nuevo y la dosis adrenalínica habitual de los preparativos para emprender un nuevo viaje para ver recitales y comprar discos experimenaba un crecimiento exponencial: ya no estaba la seguridad de llamar por teléfono a Stargreen Box Office de Argyll St. ya que el asunto, es decir la primera fecha de esa gira, tendría lugar en París. Me las ingenié para conseguir el teléfono de una agencia de tickets de la Ciudad Luz y, muy nervioso, llamé: ellos no hablaban español, yo no hablaba francés, pero el inglés me permitió una vez más asegurarme una entrada. Tomé un avión el 1 de Noviembre, llegué a Francia el 2, el 3 y el 4 hubo rock (La Cigale frente a la Plaza Pigalle), el 5 estaba de nuevo en un avión y el 6 en mi casita de The Fathernal otra vez.

Fue un shock, fue confirmatorio: NO HAY PUNTO DE CONTACTO ENTRE OASIS Y LOS DEMÁS GRUPOS. No voy a detenerme ahora en un raconto del show, aunque bien podría hacer un esfuerzo y buscar el cuadernito donde había hecho yo, en aquel entonces, un review del concierto. No, no es que acostumbrara hacer eso (sí lo había hecho durante las primeras experiencias de mi primer viaje a Inglaterra que duró 4 meses aunque al día siete u ocho, fiel a mi estilo, abandoné la mecánica): un conocido que escribía en la revista local Revólver había aceptado hacer una especie de casting a mi eventual review del show de Oasis en vistas de publicarlo ante mi insistencia (no recuerdo ya qué es lo que yo buscaba con eso, o qué es lo que yo le pedía a cambio; ni siquiera recuerdo cómo lo había conocido a este pibe). Tal vez un día encuentre mi review del primer show de Oasis que yo viera, aunque no lo considero probable. Pero lo escencial (y lo anecdótico) sí que lo recuerdo, y con precisión fotográfica: al volver, vestido con mi remera oficial comprada en el recital, una azul con el logo original de Oasis bien grande sobre el pecho y las fotos de Elvis derretidas debajo, me encontré con Ernesto, alias Conejo. No me pregunten por qué pero con el paso de los años (o de mucho menos tiempo que eso) este pibe, luego de pasar por el primer suplemento jóven del gran diario argentino, comenzó a tener ciertos resquemores conmigo y El Oasis. Pero basta de digresiones: decía que me apersonao con mi review del show de París y se lo dejo. Recuerdo de modo claro y literal el único comentario que me hizo sobre Oasis el tal Conejo, tras oír mis palabras de admiración desenfrenada por lo que acababa de presenciar en vivo: "Sí, están bien... Lo que me gusta es que es música de Manchester pero sin el ritmito...", me dijo. Quedé desorientado, pensando en qué película estaría viendo él y cuál yo. Indudablemente no se trataba de la misma (película o disciplina.)
A pesar de la insistencia del Conejo en mi favor (al menos así me lo contó él entonces), mi review del show de Oasis fue rechazado por la "mesa directiva" de Revólver. El Conejo es hoy director editorial de la revista local de Rock de mayor tirada...

WHATEVER...

Sí, sí, soy cualquier cosa. Me voy al carajo y me pierdo en mi propia suave savia venenosa: too sour too soft. Yo iba al recital de Losobasi, a River. Pero ya no tiene mucho sentido que vaya hacia allí, como tampoco lo tuvo el que haya ido. Salvo para ir con Manu y estar un rato con él. Aunque no hablamos mucho: porque él tampoco habla demasiado. También fuimos juntos a ver a Madonna, y estuvo buenísimo.

Durante la tarde/noche de Oasis en River Manu debe haber pensado dieciocho millones de asuntos mientras sucedían esas cosas que pasaban en River sobre un escenario durante esa jornada. Y mientras lidiamos con ese caótico e incontenible fluir del pensamiento hacemos contacto intermitente con lo que pasa a nuestro alrededor y se supone nos ha convocado (el aquí y ahora, el recital): que no se podía creer lo malo que eran Los Tipitos (yo sí podía creerlo y mucho más, pero Manu es muy chico y encima sus padres escuchan menos rock del que escuchaba mi hermano mayor cuando yo tenía la edad de Manu: y ese hermano mayor resulta ser el padre de mi sobrino Manu), que un poco de odio a la gordita de la izquierda que no hacía más que tirarnos el humo mal fumado en nuestros propios rostros, que otro avión que baja de izquierda a derecha detrás del cartel electrónico; y también el show de Oasis. Un show que sigo percibiendo, que sigo sabiendo extraordinario: la herramienta intuitiva no sólo está intacta, se ha refinado hasta el epicentro del sopor. Pero confieso que me siento absolutamente frustrado hoy por hoy viendo a Oasis en el Estadio de River: a mi cuerpo no le está sucediendo y the eye of my mind flota, sobrevuela en suspensión el Monumental observándome a mí mismo mientras observo el show de Oasis desde afuera, desde muy afuera. Quince años después de las pavadas que conté más arriba me sorprendo en un estado casi fantasmal permaneciendo en la mismísima escena del crimen, observando tras un tul que empavona toda percepción. Oasis... Extraordinarios, sí. Y no aún extraordinarios ni ahora extraordinarios. Extraordinarios a secas. Por definición. Siempre fue lo mismo.

Pero yo no estoy ya en el lugar del pleno disfrute, a mí ya me sucede otra cosa. Y no me voy a empeñar en que me siga pasando o me vuelva a pasar lo que ya me sucedió, no pretendo más transitar lo ya transitado: mi mecanismo de engaño es un poco más sofisticado que eso, o eso es lo que espero.

Una sola cosita voy a decir sobre Oasis: que es sinónimo o pseudónimo de Noel Gallagher. Que no me vengan ahora los que alguna vez oponían resistencia (parcial o total) al indiscutible reinado de la banda de Manchester con boludeces como "ahora todos los integrantes son buenos músicos, con esta formación son otra cosa, están más maduros, están más psicodélicos, los discos son más elaborados, etc." Que no me vengan con las forradas de: "Y... Pero sin Liam no sería Oasis, las canciones de Andy y Gem son buenísimas así que ahora los discos son más ricos", no me jodan con todas esas boludeces de preescolar. Oasis es Noel Gallagher, lo demás es cartón pintado. Qué me importa si el cartón pintado resulta ser la mejor voz del rock en muchos años y una de las mejores de la historia (síntesis perfecta de las de Lennon y Lydon); me nefrega el oficio de Bell, Archer y Sharrock: ellos, sin Noel, serían una banda pedorra más; seguramente una linda banda, probablemente una del pelotón de arriba: pero una más, intrascendente al final de cada día. Porque los aciertos compositivos de Liam (las notables I´m Outta Time y Born On a Different Cloud, las inspiradas The Meaning Of Soul y Songbird) gozan con el incomparable beneficio de estar rodeadas por el celestial marco dorado de Noel. Lo mismo para las correctas canciones que Bell y Archer metieron en discos de Oasis (merced al carácter generoso del cabezón): al fin y al cabo no perdamos de vista sus pasados (pasados que yo avalé y disfruté, pero en su justa medida; porque si bien compré desde el minuto cero cada uno de los simples y discos que fueron saliendo tanto de Ride como de Heavy Stereo como de Hurricane number One -no encuentro el simbolito en mi teclado: será porque ese grupo jamás me gustó más allá de haberlo seguido por completismo de Ride, banda menor en el panóptico pero que siempre me gustó mucho- las bandas extraordinarias como Oasis tienen como efecto principal el regresar las piezas a sus lugares y darle a cada cosa la dimensión que en verdad tiene), no olvidemos sus pasados respectivos, decía, que están marcados a fuego por el sello de la segunda y tercera categoría. Indie shit, amigos. Oasis (léase Noel Gallagher) es de otra estirpe. Si aún hoy, tras quince años, no se te hizo evidente, tenemos que volver a salita verde... Si cuando comenzó a sonar, por ejemplo (y sólo por ejemplo) The Masterplan el 3 de Mayo en River no te diste cuenta de que entre Oasis y el resto existe la misma distancia que había entre The Beatles y el resto de sus contemporáneos (esta ecuación no iguala ni homologa a Oasis y The Beatles, no seamos tan tontos ni mal intencionados), tenemos un problema.

Pero volvamos a mi íntima frustración de la experiencia Oasis en River (o el último recital de rock de mi vida.) Ambiguas sensaciones invadiéronme. De cualquier modo que lo quiera ver o plantear, la dualidad a flor de piel por saberse ante lo extraordinario pero no poder atravesarlo (o no poder se atravesado por ello) es un lugar muy incómodo y frustrante. Es, para mis adentros, la ultimísima versión del fracaso. Fail again, fail better. Un beckettiano de pura cepa.

Mientras salíamos del Estadio Manu me preguntó de quén era la última canción que habían tocado: "¿Es de ellos?", me interrogó, puesto que no la conociía. "No, es de los Beatles", le dije. "La tocan desde el 94, así cerraban sus primeros shows."

...

"¿Cuándo abre el shopping?", le preguntaba Manu a su padre, mi hermano mayor, Marcelo, cuando pasábamos por General Paz justo frente a la Philips mientras me llevaban en auto hasta mi casa. Ese tipo de cosas son las que pensamos mientras estamos en los recitales, aún cuando estemos presentes en cuerpo, y en cuerpo y alma del cuerpo. Lo que pasa es que hay momentos en que esos pensamientos dominan de modo casi absoluto relegando al fondo y al más despiadado modo automático al recital que supuestamente nos convoca. En esa fase estoy yo: finalmente alguien a quien yo no controlo más le bajó el volumen a la musiquita y puso al taco el de las voces interiores.

Manu recordará en algún tiempo futuro, con suerte, algunas imágenes capturadas en este recital. Tal vez la bandera del Manchester City, o cualquier cosa que su cabeza se empeñe en reconstruir para preservar la idea de un acontecimiento. Mientras tanto yo, el lunes mismo, debería llamar a un plomero. Qué cagada que nunca guardo los volantes que eventualmente dejan en la puerta de mi casa: alguno debió haber sido de plomería, estoy seguro.