domingo, 31 de mayo de 2009

GREGORES FIELDS FOREVER


Las pesadillas de por entonces solían tener como escenario la casa de mi abuela Eudosia, es decir que todo ocurría a menos de una cuadra de distancia de la cama donde yo soñaba mientras dormía. Nahuel Huapí 3641 al fondo y Nahuel Huapí 3709 piso 3 departamento "A" respectivamente. Casi siempre se hacía ingreso conciente de esa cercanía en el mismo sueño, pero en sus propios términos: las formas y medidas se pierden en una brutal expansión que es la angustia en sí misma. Así muchas veces la sensación de intentar sortear esa distancia, que se siente mínima en la vigilia pero que se sabe imposible en el sueño, se ponía en marcha sin ningún resultado positivo.

La pesadilla consistía en que yo estaba acostado en lo de mi abuela justo en el estado que precede al sueño; era entonces cuando las proporciones de la realidad se perdían y, aún no estando solo en la casa de Eudosia, yo no podía acudir a por ayuda de algún familiar mayor y responsable: el famoso grito mudo y desesperado de las pesadillas no lograba alertar a ninguno de los invisibles acompañantes. Quería yo, sin lograrlo, dar aviso de lo que me estaba ocurriendo: un ser encapuchado, bruja sin sexo, estaba ingresando por el zaguán y se aprestaba a cruzar el pasillo hasta el departamento del fondo, el de la abuela, allá donde yo dormía y soñaba dentro de mi sueño de una cuadra de distancia (o menos). Dije que el intruso ingresaba pero todo era más una sensación que una imagen; de poder atrapar yo imágenes eran solamente cuadros sueltos que se sucedían frenéticamente rompiendo la lógica temporal: el intruso estaba tres pasos dentro del zaguán y seguidamente una imagen lo colocaba fuera del mismo, todavía en la vereda, para que la siguiente diapositiva lo materializara de inmediato a mitad del pasillo: la cuestión sustancial era que había venido por mí y no había solución al inminente rapto. Así como yo no podía hacer sonar mis desesperados gritos en reclamo auxilio, el intruso tampoco podía llegar al comedor de lo de Eudosia donde yo dormía en una cama puesta sobre la pared que daba a la habitación de mi abuela. La bruja siempre estaba llegando, siempre me estaba llevando; es decir que jamás pasaba más allá de ese zapping de imágenes que la mostraban ingresando por el pasillo. Sin embargo yo sentía ya sus manos sobre mí, desde el primer instante de pesadilla, manos que me atrapaban aún sin rozarme con una lógica naturalmente afiebrada: un cuchillo tramontina había sido lanzado desde el principio del zaguán hacia el fondo, daga flotante a medio centímetro sobre el nivel del suelo con la punta haciendo las veces de erguida proa de una platinada embarcación que me rastreaba implacablemente. En un continuo de velocidad crucero el dentado cuchillo se deslizaba con suavidad pasmosa y aún viéndose a mitad de camino ya había logrado pasar por debajo de la puerta de chapa verde de lo de la abuela y, tras navegar pocos centímetros dentro de la casa, había virado a su izquierda para así ingresar a la habitación donde yo estaba desdoblándome en infinitas dimensiones. La puntiaguda proa del ensoñado bisturí hacía contacto conmigo por la sola idea de sabérselo en su mágico y misterioso viaje hacia mí, que todo lo soñaba. Este fantasmagórico contacto implicaba la concreción del impreciso y contundente terror, la pesadilla misma, la inmensidad y el océano: filo de implacable brillo que no cesaba de singlar hacia donde yo fuera que estuviese sin jamás terminar de alcanzarme en el objetivo que ya había cumplido desde el inicio del duermevela: llevarme allí desde donde no se retorna, páramo de paz donde la precaria idea de resguardo que impulsa la vigilia se ha difuminado para siempre.

Pero lo curioso es que cuando efectivamente dormía en lo de la abuela Eudosia (generalmente siestas), en esa mismísima cama junto a la pared divisoria del comedor y su habitación, la pesadilla que allí se gestaba se corría unos metros respecto de la sufrida desde el 3709 piso 3 departamento "A" (casa de mis viejos) y mi rol pasivo se tornaba de aquélla tornábase ahora en lo contrario: La pesadilla soñada recurrentemente durante las siestas en lo de la abuela Eudosia (yo sabía lo que iba a soñar mucho antes de dormirme por el simple hecho de que lo iba a hacer en esa cama de esa casa) tenían el siguiente escenario: del otro lado del pasillo que concluía en la casa de mis abuelos (el departamento del fondo de una caza chorizo) había una vieja casa con un enorme fondo que llegaba justo hasta donde la casa de Eudosia comenzaba.

Este viejo caserón de finales del siglo XIX estaba deshabitado y sus llaves estaban en posesión de mi abuelo, el esposo de Eudosia, Don Luis, ferroviario y changarín. Nunca supe bien por qué el abuelo tenía las llaves y "cuidaba" la propiedad, nunca tuve en claro quién era Don Gregores, el supuesto dueño de esa casa abandonada, un veterinario que estaba siempre en el sur, en la Patagonia, trabajando con los animales. ¿Se trataba de algún pariente lejano o era simplemente un buen vecino cuya confianza mi abuelo se había ganado? Bien podría preguntarle hoy sobre estos asuntos a mi vieja o a mi tío Oscar (los hijos de Luigín) pero los parientes están aquí justamente para no develar estos misterios de la memoria infantil: la caja debe permanecer cerrada y las infinitas posibilidades de su contenido debieran ser el combustible que no permitiese que el don del entusiasmo se apague del todo. Vaya a saber entonces quién era Gregores... Para mí era simplemente un nombre propio para la casa, el nombre principal que estaba secundado por otros dos, el de Analía y el de Ruben: a ellos sí los veía de vez en cuando y lo que hoy no entiendo es por qué siempre los veía en la casa de mis abuelos y jamás en lo de Gregores; aún así sabía que ellos dos eran las caras visibles ligadas a este oscuro caserón: se trataba de esas construcciones altísimas con dos balcones franceses de enormes ventanales que cerraban en persianas de madera de seis hojas plegables. Junto a estas dos aberturas y hacia la derecha se hallaba la puerta cancel de dos hojas que oficiaba de entrada: al traspasarla había un pasillo tras el cual había otra puerta similar a la anterior que conducía a la galería y esta al jardín. Desde el zaguán también había ingreso directo a la casa en sí misma a través de una puerta que salía a la izquierda, inmediatamente después de la entrada desde la calle.

Casi todas las veces que ingresé en esa casa durante la vigilia lo hice junto a mi abuelo Luis y, algunas otras, junto a mi viejo (que en una época plantó zapallos y zapallitos en el abandonado fondo de la casa: en ocasiones, cuando iba a regar y/o a cosechar algo, yo lo acompañana.) De todas maneras, cada una de las visitas a la casa de Don Gregores estaba acompañada por la misma sensación de urgenica y temor, temor y temblor, sea que la travesía fuera en compañía de Don Luis o de Cacho.

Puedo reconstruir torpemente con la palabra lo que encontraba allí en las visitas de vigilia: un olor a humedad descomunal producto del cierre casi permanente de todas las puertas y ventanas de la casa; una voluminosa capa de polvo que cubría el escritorio, las sillas y la mesa de laboratorio que había en la primera habitación después de la entrada, especie de escritorio que daba tanto a otra habitación de cuatro por cuatro como a la galería; allí en esta especie de estudio es donde se encontraban objetos-pista de la actividad de Don Gregores: posters con perfiles de vacas, esos mismos afiches que yo encontraba en cada consultorio médico mostrando el interior del cuerpo humano aquí en el caserón eran de animales, hecho que no dejaba de fascinarme ya que inesperadamente me corría del rol de paciente haciéndome ilusionar con la posibilidad de escape del problema del propio cuerpo: en la infranqueable penumbra Gregoriana se enfermaban únicamente los animales; también encontraba en algún que otro cajón (que yo abría y cerraba rápidamente cuando la mirada del abuelo se encontraba fuera de alcance) enormes jeringas de vidrio: inyecciones tamaño toro. El piso era de madera oscura como el encierro y crujía con estrépito aún bajo las caricias de mis débiles pasos. Jamás vi que mi abuelo abriera la ventana y persiana que separaban esta habitación de la calle.

Las dos habitaciones que seguían a este escritorio las recuerdo vacías, a no ser por el polvo y la penetrante humedad ambiente. Tras ellas estaban el baño y la cocina, que daban directamente al fondo: lisa y llanamente un baldío a excepción de la temporada durante la cual mi viejo lo convirtiera en su propia quintita.

Decía entonces, bastante más arriba a esta altura, que cuando dormía esas siestas en lo de mi abuela Eudosia la pesadilla que solía tener durmiendo de noche en mi propia casa se tranformaba en una diferente, o tal vez en una versión distinta de la misma cosa. Hagan aquí de cuenta que con el backspace borré las palabras tal vez, por favor. Se tranformaba, digo entonces, en otra de idéntica escencia pero que transcurría en lo de Don Gregores: a diferencia de mis visitas durante la vigilia, en el terreno de los sueños yo ingresaba solo a la casa abandonada, sin mi abuelo ni mucho menos mi viejo. E ingresaba del mismo modo que la bruja o el intruso entraban al zaguán de lo de mi abuela: en incontables y desordenados fragmentos de acción. Entonces, en lugar de dormitar pasivamente la terrorífica espera en la cama del comedor de los abuelos, yo pasaba a la acción e iba al encuentro del terror mismo introduciéndome en soledad en el misterioso Mundo Gregores: ahora el polvo no sólo estaba sobre los muebles sino que flotaba en suspensión haciendo el aire irrespirable en una hipérbole del encierro al que se sometía a esa casa (o tal vez era allí mismo el lugar donde el encierro dormía sus siestas); las enormes jeringas ya no estaban ocultas en los cajones sino que yacían por doquier y eran quebradas por mis mercuriales pasos descalzos. Pero lo más extraño era descubrir la ausencia de los posters de las vacas, extrañeza que desembocaría en una sensación violenta: al atravesar las dos habitaciones vacías y meterme en la cocina me asomaba con la vista al fondo (sin salir, como espiando desde la penumbra del interior) que ahora, en el reino de los sueños, se econtraba repleto de vacas y toros a punto tal que los pobres bichos no podían más que empujarse en un movimiento similar al del océano. Los animales daban muestras de berrear, estaban gritando: el silencio, sin embargo, era el perfecto aliado del hermético encierro de la casa.

Esas eran épocas donde los discos no entraban en mi imaginario: al cumplir cinco o seis años, ya afirmado en la manía de caminar y confiado en mis propios pies, el disco del Tigre Rimoldi Fraga quedó guardado en el cuartito de herramientas del Tío Toto junto a la valijita giradiscos Ranser. Desde allí hasta quinto grado de la primaria mi vida transcurrió sin discos. "Menos mal que existen los discos: si no, no se podría vivir", dijo una vez, palabras más o menos, Sebastián GP en una de sus asiduas visitas a El Oasis Original Flavor. Recuerdo que le dije (justamente yo, que le vendía discos) que eso era una pavada, una tontería más en el mar de las frases hechas. Hoy, más que nunca, sigo convencido de lo mismo: el supuesto amor por los discos, los recitales, la música o lo que fuere es tan solo una forma, una cáscara: jamás la sustancia. Un depósito temporal (aún para aquellos que se pasan todo una vida repitiendo la misma forma o fórmula sin siquiera mosquearse) de la inmanente desesperación.

Igualmente, aún los que descreemos del poder salvador de las formas, vamos una y otra vez sobre lo mismo a por un poco de calma en nuestra naturaleza desesperada: aún hoy sigo atesorando discos y a pesar de eventuales arranques impulsivos para destruir la casita ("vendo todos mis discos: no quiero tener ni siquiera uno solo") sigo comprándolos compulsivamente. Pero soy conciente de que en los discos en sí, en contra de lo que creí durante algún tiempo muy pasado, no hay nada. Digo: no hay nada en su escucha, en su sonido, en su lenguaje. Hoy por hoy encuentro el pico de la excitación en el acto de pedir los discos, de ordenarlos a la distancia a un país definitivamente más extraño que este donde nací y vivo. Cuando llegan las cajas o los sobres a mis manos se produce una resolución de ese pico, en la inminencia, en el respirable aire de víspera. Esta resolución coincide exactamente con la apertura del paquete, de esto sí estoy convencido: el punto culminante es la apertura del paquete o sobre, no del disco. Una vez que el disco salió del sobre o la caja todo decae irremedibalemente, es más: a veces es un simple y categórico derrumbe. En mi caso ya no hay nada en el acto abrir el disco en sí mismo (si es que vino cerrado) o en sacarlo de su estuche y escucharlo. Claro que lo hago: pero ya no hay nada sustancioso ni atrapante; ni siquiera interesante. A Sebastián GP le debe seguir ocurriendo lo contrario, afortunado él. Y de escuchar mis divagues me tomaría por loco o, lo que es peor (y aún mejor), por estúpido; en el peor de los casos el pobre creería que me estoy haciendo el vivo. Pero la realidad indica que cada vez son más los discos que guardo "en su lugar" inmaculadamente cerrados.

...

Unos cuantos meses antes del Mundial 78 recuerdo muy bien una visita de Ruben mientras yo estaba en lo de la abuela Eudosia. Ruben, una de las dos caras visibles que, sin yo saber por qué, estaban asociadas a la casa de Don Gregores, ¿se acuerdan? Tenía este muchacho un Fiat 600 verde oliva y cada dos por tres decía la palabra "viste", en suave inflexión interrogante. Yo estaba con mi álbum de figuritas del Mundial, pasando las hojas y perdiendo la mirada. Después de un rato y en una impasse de la ronda de mate que se estaba dando entre Ruben, Eudosia y Don Luis, el visitante sale unos minutos. Al regresar me entrega una caja. Sí, una caja cerrada, de esas que yo veía en los quioscos cuando iba a comprar un sobre o dos de figuritas, de donde sacaban el sobrecito ese que yo compraba cada vez que se podía. Ruben me estaba regalando una caja cerrada con cien sobres de fichus. Jamás lo voy a olvidar; nunca lo olvidé. Ese momento, esos instantes durante los cuales la caja pasó de las manos de Ruben a las mías, esos breves minutos que me tomaron abrir la caja y luego los cien sobres de figuritas sin importar demasiado lo que encontraría dentro, son premonitoria prueba de lo que hoy estoy diciendo que me pasa con los discos. Este recuerdo me grita en silencio con sordo estruendo de pesadilla que todos estos años de discos nada tuvieron que ver con las canciones y la música (aún cuando ambas cosas hayan sido disfrutadas en determinado plano.)

El asunto debe estar en la sensación de que el misterio puede haber llegado a las propias manos, en respirar la inminencia de su eventual resolución o la posibilidad de descifrar el enigma. Pero indefectiblemente una vez abiertas las cajas y los sobres todo se derrumba, diluye y difumina; hasta la próxima repetición.

Tiene que haber algo que no alcanzamos a ver, algo siempre imperceptible escondido en algún fragmento, en alguna imagen o en algún intersticio del tiempo que transcurre desde que sabemos que el misterio viene hacia nosotros hasta el instante en que, una vez en nuestras manos, rompemos el sello y destrabamos el cierre en la ilusión de resolver todo misterio, en el ciego afán de develar la intriga ultimísima. Pero no. No había entonces solución final en pegar las fichus en el álbum y no la hay hoy mismo en el acto de escuchar los discos. Entonces no queda más remedio que ir una y otra vez hacia el ritual escogido, repetidamente como en una pesadilla, tantas veces como las que hagan posible descifrarlo todo en la conquista de la lógica de los sueños.